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Jean-Paul Sarte: La angustia de la nada bajo el cielo vacío - Entre el compromiso político y el literario

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CopyLeft Artículo de Teodosio Muñoz Molina - 30 de Agosto de 2006
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2. Entre el compromiso político y el literario
 

Engagement, Littérature engagée (Compromiso, Literatura comprometida) eran términos imprescindibles para el esnobismo intelectual de París y para los devotos del existencialismo en el mundo entero.

"Tenía entendido que sólo había buena y mala literatura. Eso de la literatura comprometida me suena lo mismo que equitación protestante", ironizó Borges en una de sus memorables boutades.

Mucho antes que Borges, Albert Camus osó decir, con un dejo de malhumor, que prefería "los hombres comprometidos a las literaturas comprometidas", porque "ya es bastante tener valor en la vida y talento en las obras".

Lo que dijo Camus sonaba a provocación en la verticalidad marxista de los años cincuenta y equivalía a derramar sobre él arroyos de tinta incandescente y segregarlo como a un leproso intelectual, un hereje, o, en una jerga más a tono, un reaccionario, un fascista, un salaud. El compromiso sólo podía establecerse con el marxismo, y los no iniciados o los desertores engrosaban ipso facto la masa indiferenciada de la mala conciencia burguesa.

En el tiempo en que la prensa hacía del existencialismo una religión del inmoralismo que se practicaba con furor en les caves de Saint Germain-des-Prés, Jean-Paul Sartre, con la presentación del primer número de la revista Temps Modernes, convocaba a la vida militante de todos los camaradas y adeptos: "Queremos que la literatura vuelva a ser lo que nunca tendría que haber dejado de ser: una función social. Queremos contribuir a la provocación de cambios en la sociedad que nos rodea".

"Comprometerse" y "estar en situación" eran las consignas del momento. Y, desde ese compromiso, actuar sobre la situación colectiva de la misma manera que respecto a la situación personal, es decir, comprometerse también junto a los otros.

Bajo la nueva perspectiva, "los otros" ya no representaban el infierno, ni un objeto de odio por constituir un obstáculo para mi libertad. Ahora eran los camaradas de mi libertad, de "una libertad que tenemos que conquistar juntos". ¿Quién se iba a fijar en una contradicción más de Sartre si brillaba en la apoteosis literaria?

Hablando del vociferante compromiso político de Sartre, podría pensarse en alguna forma de participación contra la ocupación nazi (como lo había hecho Camus con peligro de su vida desde las páginas de Combat). Todo lo contrario. En lugar de participar en la resistencia, Sartre no sólo dio indicios de apatía sino de una colaboración con el enemigo alemán, no tan escandalosa como la de Céline y Drieu la Rochelle, pero muy concreta.

Esto, que parece una blasfemia contra el supremo impugnador de la mala fe, no es tan difícil de comprobar.

En los años 1933 y 1934, Sartre fue pensionado del Instituto Francés de Berlín. Poulou (como lo llamaba su madre), entusiasmado con las filosofías de Husserl y de Heidegger, no pareció percatarse del triunfo de Hitler ni del auge del nazismo ni del antisemitismo alarmante del régimen. Tal conducta no nos debe sorprender, si consideramos que el mismísimo Sartre llegó a decir: On n´a jamais été si libre que sous l´occupation. (Nunca fuimos tan libres como durante la ocupación). El testimonio no pertenece a un enemigo sino a Jean Evert Hallier, que dirigió con Sartre, en 1968, el efímero diario La cause du peuple.

En 1940, el famoso cautiverio en un campo alemán no deja de ser una humorada. El batallón, que alistó a Sartre como meteorólogo, se rindió sin combatir y Sartre fue liberado casi de inmediato.

También en 1940, llegó a la capital de Francia el teniente nazi Gerhard Heller, censor de la Propagandastaffel, desbordando de admiración por La náusea de Sartre, por André Gide y, obviamente, por los colaboracionistas oficiales Céline y Drieu la Rochelle. Al menos, así lo cuenta en su libro de memorias Un alemán en París.

En 1941, sin proscripción de ninguna especie, Sartre fue nombrado profesor del Lycée Condorcet. Se podría objetar que, en caso de necesidad, cada cual se gana la vida como puede en un medio hostil. No debió ser tan hostil para Sartre, ya que pudo publicar sin censura El ser y la nada (1943), Las moscas (1943) y Huis-clos (1944).

Y, si con esto no alcanzara, hay algo más que no admite atenuantes de ninguna especie. El sindicato de escritores de Francia, del que Sartre era miembro destacado, acordó con Otto Abetz un convenio que proscribía a los autores judíos y a los apátridas "porque, así liberado, el pensamiento francés se expresará en plenitud". Y Sartre fue uno de los que firmó el convenio.

Todos los antecedentes mencionados no le impidieron aprovechar sin ruborizarse la llegada de la Liberación y, con ella, la adhesión al marxismo, el cenit literario, la ruptura de amistades con Raymond Aron, con Merleau-Ponty y con Camus, porque se desviaban de las instrucciones de Moscú al señalar los errores y abusos del régimen stalinista. Y llegó también la revista Temps Modernes donde Sartre bramaba: Tout anticommuniste es un chien. (Todo anticomunista es un perro).

En el extremo de la coherencia, prohibía que, en su revista, se hiciera mención alguna de los goulags, a pesar de las pruebas abrumadoras que incriminaban las aberraciones y crueldades del stalinismo.

El choque con Camus fue el más violento y escandaloso. La aparición de L´homme revolté (1951) provocó un artículo muy negativo de la revista Temps Modernes, firmado por Francis Jeanson. En él se calificaba a Camus de derechista, reaccionario y torpe en algunos de sus juicios. Camus se había arriesgado a afirmar que ya no creía en las revoluciones, "porque las hacen los intelectuales y las traicionan los políticos. Ser revolucionario es ser incongruente en una época como la nuestra gobernada por el cinismo. Las dictaduras, incluida la del proletariado, no se implantan por amor a los explotados sino por odio a los explotadores. En el principio de todas las revoluciones está la libertad y en el final la dictadura".

Pocas veces se han escrito páginas tan fuertes para desenmascarar ideologías pseudocientíficas que, en nombre de la historia absoluta o de la dialéctica de la historia, menosprecian y destruyen sistemáticamente a la humanidad en aras de un ilusorio paraíso futuro.

Camus, pasando por alto al autor del artículo, por considerarlo un testaferro intelectual de Sartre, protestó en una carta de lectores que encabezó con frialdad: "Monsieur le Directeur".

La respuesta de Sartre fue más dura que, si en lugar de criticar a su querido P.C., Camus le hubiera mentado la madre:

"Sin nada de cólera, pero por primera vez, desde que lo conozco, sin cumplidos. Su carta basta para mostrar que a usted le ha llegado su Thermidor. ¿Dónde está Mersault, Camus? ¿Dónde está Sísifo? ¿Dónde están esos valientes trotskistas que predicaban la revolución permanente? Una dictadura ceremoniosa y violenta se ha instalado en usted que se apoya en una burocracia abstracta y pretende hacer reinar la ley moral".

Una vez más, la frialdad razonadora de Sartre destrozaba a un hombre y esa vez le tocó a Camus que confesaba su incapacidad de razonar más allá de una experiencia vivida pero que, como otro africano, Agustín de Hipona, o de Tagaste, veía las cosas oculi cordis "con los ojos del corazón", y , por la misma razón, rechazaba "una filosofía que sirve para todo, inclusive para convertir a los asesinos en jueces".

Abandonado por todos, a Camus le quedó el consuelo del Premio Nobel en 1957, concedido, entre otras motivaciones, por ser el autor de El hombre rebelde. Hasta tal punto se sintió herido Sartre por esa opción de la Academia Sueca que, en 1964, rechazó indignado la misma distinción. Fue suficiente que Camus denunciara las mentiras y vesanias del P.C. para que Sartre pontificara que el comunismo es "el único instrumento útil para la elevación de la clase obrera".

Las represiones soviéticas en Hungría y en Checoslovaquia denunciaron mejor que Camus el carácter quimérico de la actitud de Sartre ante el comunismo. Es cierto que protestó por los atropellos de los tanques del Kremlin pero no tanto como para que no le renaciera la esperanza en las bondades del marxismo con la Revolución Cubana.

El Mayo del 68 lo despreció y lo humilló tratándolo de "viejo pendejo pasado de moda".

Enamorado y víctima de una dialéctica que lo hacía sentir omnipotente, sembró de antinomias toda su carrera, con el caballero negro Stalin y el caballero blanco Togliatti, con la escritura burguesa y el desenfado popular, con la filosofía y la praxis y, declarándose alternativamente marxista, castrista, maoísta o anarquista, terminó encrespando todos los ánimos contra él. Los maoístas disimulaban educadamente las barbaridades que Sartre había proferido contra sus ídolos. Los comunistas del P.C.F. sugerían con mucha suavidad que Sartre estaba volviéndose cada vez más irresponsable por culpa de la botella.

Triste final para quien era capaz de reconocer sus errores de diez años atrás y que otros diez años después consideraría un error lo que en el presente defendía como una certeza absoluta.

El sentimiento invencible de orfandad y bastardía que acosó la vida de Sartre lo arrojó a "la cálida fraternidad" de un partido autoritario, sin prever que esa cálida fraternidad apenas encubría una fraternidad de terror, donde el hielo oprime el corazón en función de las consignas del partido o del estado. La obstinación de Sartre en defender la política comunista (pese a los paréntesis de lucidez crítica) implicaba una especie de fe profana. Su sentimiento de orfandad y de bastardía podría haber encontrado una buena solución en la parábola del Hijo Pródigo.

Autor y licencia de 'Jean-Paul Sarte: La angustia de la nada bajo el cielo vacío - Entre el compromiso político y el literario'
Teodosio Muñoz Molina Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero15/jpsartre.html CopyLeft
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