Jean-Paul Sarte: La angustia de la nada bajo el cielo vacío - Jean-Paul Sartre y el Existencialismo
1 - Jean-Paul Sartre y el Existencialismo
L´enfer c´est les autres... et le bourreau
c´est chacun de nous pour les autres.
(Huis-clos)
Durante un cuarto de siglo, la voz de Jean-Paul Charles Aymard Sartre llenaba el mundo. Constituido y aceptado como el Papa del Existencialismo y del "ateísmo perfectamente lógico", emprendió la demolición de todos los valores morales, sociales y religiosos.
"Absurdo", "compromiso", "angustia", "mala conciencia burguesa", "estar de más en el mundo", "el infierno son los otros", "literatura comprometida", "el en-sí y el para-sí" eran términos acuñados por el sartrismo y aceptados sumisamente como monedas de cambio por los intelectuales de todo el mundo, cuya admiración abría la boca ante los dogmas que la sartrelatría divulgaba.
"El autor de La Putain respectueuse ha escrito, sin quererlo, en este título, la definición más indulgente de la Italia literaria."
Lo que Papini escribió tan sin piedad sobre sus compatriotas involucraba al provincianismo de los intelectuales de la periferia cultural del mundo entero.
La prensa y la radio reproducían con devoción las declaraciones más triviales del escritor francés, que el gran público asociaba con las protestas contra los atropellos de los derechos humanos.
La necesidad de sentirse en la cresta de la ola y muchos de sus conflictos irresueltos, que proclamó universales en sus obras, eran acarreos que había acumulado desde la época del destete. El padre de Jean-Paul Sartre, ingeniero naval, había muerto en Indochina cuando el niño no había cumplido todavía los dos años. El abuelo materno, Charles Schweitzer, recibió en su casa a la hija viuda y al nieto huérfano y convirtió al niño en un aparatoso objeto de adoración al que Sartre no renunció jamás.
Como él mismo relata en su autobiografía Les Mots, "feminizado por la ternura materna, debilitado por la ausencia del rudo Moisés que me había engendrado, infatuado por la adoración de mi abuelo, era puro objeto... si al menos hubiera podido creer en la comedia familiar". "He dejado atrás a un joven muerto que no tuvo tiempo de ser mi padre... Debía mi libertad a una defunción muy oportuna, mi importancia a un óbito muy esperado." Abundando sobre la importancia del abuelo, añade: "Me adoraba. Era evidente. ¿Me amaba? En una pasión tan pública me resultaba difícil distinguir la sinceridad del artificio".
La influencia de ese abuelo teatral y dominante parece haber sido tan decisiva como nefasta en la vida y en la obra del autor de La Nausée
El sentimiento de estar de más, que tanto pesa en la obra sartriana, se relaciona con el huérfano de padre reemplazado por el abuelo y, doce años después, por un padrastro. La sensación de bastardía que le transmiten esos dos reemplazos será otra de las constantes de una obra que apela al leitmotiv de la negación orgullosa de la paternidad y la afirmación violenta de una autonomía absoluta.
"Mi abuelo era muy comediante; y yo también". El sentimiento de teatralidad vacía del abuelo fue incubando en el niño la incredulidad y la desconfianza, porque "estaban representando un papel: el de personajes encargados de la educación de un huérfano (Francis Jeanson: Sartre par lui même.).
"En el fondo, todo esto me abatía: no me condujo a la incredulidad el conflicto de los dogmas sino la indiferencia de mis abuelos" (Les Mots).
"Bastardo aceptado y por consiguiente legitimado", Sartre se proyectará en la proclamación de la orfandad desafiante del hombre bajo el cielo vacío.
Si somos huérfanos y si no hay un Dios, tampoco hay esencias ni valores objetivos. El hombre debe crear los valores. Pero, si se apoya en algo objetivo, lo hace de mala fe y deja de ser libre.
En la famosa conferencia de divulgación, publicada después en el libro El existencialismo es un humanismo, Sartre pontificó que "el existencialismo no es otra cosa que el esfuerzo de extraer todas las consecuencias de una posición atea coherente". Y, desde su infalibilidad pontificia fue excomulgando (como los dogmáticos a los que tanto combatía) a los cobardes, que fingen ignorar la propia libertad para justificar su elección de no elegir, y a los salauds (sucios, puercos, obscenos) que pretenden refugiarse en un orden de valores preexistentes para legitimar la elección que han hecho.
Para Sartre, sólo el existencialismo se mueve en la buena fe. Los otros, los estigmatizados, entran en el juego del abuelo Schweitzer: la mentira tácita, el pensamiento cómplice, el doble juego. Los escritos y declaraciones del "ateo perfectamente lógico" se establecieron con terca insistencia como los eslabones de una carrera de contradicciones: el hombre carece de buena fe y la sinceridad es ontológicamente imposible. El hombre es la mala fe y es la mentira viviente y constitutiva.Ahora bien, ¿cómo un filósofo que excluye la posibilidad de la buena fe del hombre puede reclamarla para sí mismo?
No se trata de recusar el humanismo sartriano en su lucha contra los conformismos o contra los fariseísmos de toda clase. El existencialismo no podía dejar de ser el retorno a la autenticidad que reclamaba arrancando las máscaras, denunciando las conductas de mentira o duplicidad y sacudiendo el sopor hipócrita de la mala conciencia que se hace la dormida. En ese aspecto, el existencialismo sartriano se inserta en la gran tradición clásica de la filosofía que, desde Sócrates, ha venido sacudiendo el conformismo satisfecho de los "decentes", rompiendo las soluciones perezosas o tímidas y reavivando las exigencias del espíritu.
Pero, ¿cómo no enfrentarse con un Sartre que atribuye al hombre la capacidad de crear sus propios valores y por ende lo incapacita para juzgar a otro hombre que también puede crear los suyos?
¿Con qué derecho se puede juzgar al otro, si la libertad es el ser del hombre, es decir, su nada esencial, y, por esa misma libertad entronizada en la nada, plantea elecciones injustificadas e injustificables?
De ahí le vendrá el sentido de la angustia que se funde con la toma de conciencia de su libertad, y de ahí derivan también las llamadas conductas de mala fe que pretenden escapar de una libertad que precipita al hombre en la nada de su ser.
La aceptación consciente de ser un bastardo, un huérfano de padres y de Dios, un algo arrojado a un mundo sin sentido, será la única manera de participar en ese mundo. No hay otra salida. Negar eso es justificar la mala fe y ubicarse en la facción de los salauds , que son triunfadores y vanos, viven de la ilusión y apoyan su existencia en la mentira personal, social y moral.
Partiendo de la nada personal del hombre, las relaciones con los semejantes no dejan demasiado espacio para el optimismo. "El infierno es los otros, y nosotros el verdugo del prójimo". El otro me molesta con su mirada y, por esa mirada, me siento desposeído de mí mismo.: "Yo soy visto transparente, transparente y traspasado. El otro, a quien yo odio, representa de hecho a todos los otros, y mi proyecto de suprimirlo es un proyecto de suprimir al otro, es decir , de reconquistar mi propia libertad. Es la supresión de mi servidumbre lo que se proyecta".
A pesar de todas las apariencias en contra y so pretexto de asumir el sinsentido del hombre y del mundo con autenticidad y ánimo viril, los postulados de Sartre se organizaron como una verdadera religión en la Europa de la posguerra.
El Café de Flore, donde solían escribir tanto Sartre como Simone de Beauvoir, la Sartrisa vitalicia, se convirtió en la catedral del nuevo culto.
El Papa del Existencialismo servía de coartada a todos los intelectuales, intelectualosos y demás noctámbulos que cuestionaban, entre alcohol y nubes de tabaco, el sentido del mundo, el compromiso de la literatura con la realidad política y la existencia absurda del hombre. Acaso esté de más aclarar que la única realidad política digna de un intelectual no podía concebirse fuera del marxismo.
Cualquier escritorzuelo se justificaba en Sartre, el maestro supremo que había elevado el error a la categoría de la última de las bellas artes.
Convergiendo hacia el nombre de Sartre, discípulos entusiastas y fanatizados lanzaban invectivas sin fin contra enemigos tan acérrimos como ellos. Las revistas doctas de todo el mundo se ocupaban del pensamiento del nuevo Sumo Sacerdote de la filosofía y de la literatura y ni siquiera faltaban los teólogos (pese a las recriminaciones de Claudel y Mauriac) que se calzaban las antiparras para examinar Les chemins de la liberté y rastrear en la obra alguna huella de la necesidad de Dios.
Los filósofos volvían a repasar Sein und Zeit de Heidegger, al que Sartre apelaba ruidosamente, por más que el alemán ya había rechazado en público cualquier vinculación con el colega francés.
En el pináculo de la fama y de la gloria, Sartre se regodeaba en su imagen de estudiante que ridiculiza metódicamente todo lo que los hombres habían aprendido a venerar. Su facundia cáustica, y una precisión idiomática demasiado perfecta para ser natural, fascinaban a los secuaces hasta el embeleso.
Después de una guerra que, como ninguna otra, había empleado la violencia y la mentira, la obra de Sartre acaparaba la adhesión de los espíritus que las habían padecido.
La náusea, Los caminos de la libertad, Las moscas, Huis-clos, Las manos sucias, Le Diable et le Bon Dieu, Muertos sin sepultura, La putain respectueuse, Los secuestrados de Altona,,
las biografías de Flaubert (El idiota de la familia), de Baudelaire y de Genet, la autobiografía Les Mots, el tratado filosófico El ser y la nada y tantos otros títulos encaraban, a través de la novela, el teatro, el ensayo o el artículo periodístico, la situación del hombre en el mundo, un hombre cuya pasión era llegar a ser Dios pero, como a ese hombre también se le había dicho que Dios es impensable e imposible, el hombre de Sartre se convertía en una pasión inútil sobre la tierra.La concesión del Premio Nobel de Literatura en l964 ("por la calidad de sus escritos, su anhelo de la verdad y la influencia fundamental que su pluma ha ejercido en estos tiempos") sorprendió menos que el tempestuoso rechazo de un Sartre que recordaba a la Academia Sueca que, "en la actual situación, el Nobel es otorgado objetivamente a los escritores de Occidente o a los rebeldes del Este. No quiero ser institucionalizado ni por el Este ni por el Oeste. Nadie me puede exigir que renuncie por 200.000 coronas, a los principios que no son sólo de uno sino compartidos por todos los camaradas".
Las razones "objetivas" del rechazo fueron reducidas por los maliciosos a la única del mismo premio concedido a Camus en 1957, tras una polémica escandalosa con el argelino que, al parecer, despertó antes que Sartre las simpatías de la Academia Sueca.
Las revueltas estudiantiles de Mayo del 68 lo precipitaron en una decadencia melancólica de la que no se levantaría. Los universitarios hallaron un nuevo profeta en Marcuse y despreciaron al libertario inveterado motejándolo de "viejo pendejo".
Los obreros maoístas no entendían qué hacía aquel señor bajito, bizco y rechoncho ofreciéndoles en una esquina el diario de izquierda La cause du peuple, que a ellos les resultaba indiferente.
Las apariciones en público de sus últimos años deprimían a cuantos lo habían admirado en su esplendor. Se lo veía como un santón metafísico y casi ciego que arrastraba los pies detrás de una mujer con rodete que lo mandoneaba sin disimular el fastidio. Era Simone de Beauvoir que, en La ceremonia del adiós, nos presentó a un Sartre que no se medía con el vodka, que se adormilaba en el sillón y dejaba caer el cigarrillo encendido. Sin compasión por su compañero de andanzas, de amores y de ideas, nos enteró de sus piernas flojas, de los balbuceos de su boca torcida, de los dolores en la lengua que apenas le permitían hablar o comer, de sus flemones, de la dentadura deteriorada que terminaría humillándolo hasta la prótesis total, de las brusquedades que no le escatimaba cuando Sartre le orinaba el sillón, ajeno al control del cuerpo y quizá de la mente. Y aquel hombre que, en otro tiempo, tenía las respuestas de todas las preguntas, se obsesionaba por una sola inquietud: "¿Es cierto que sigo siendo tan inteligente como antes?".
Víctima de un edema pulmonar, el gran impugnador del siglo XX falleció en el Hospital Broussais. La despedida de Simone de Beauvoir desestima cualquier esperanza en pos de una coherencia a ultranza: "Su muerte nos separa. Mi muerte no nos unirá".
¿Dónde estaba el verdadero Sartre? ¿En el novelista viscoso, equívoco y un tanto canallesco? ¿En el polemista que, sin conmoverse, desbarataba al oponente con pasmosa seguridad y afirmaba que la solución de un problema era ésta y no aquélla? ¿En el filósofo lúcido y lógico, que jamás dudaba y dejaba la impresión de estar manejando axiomas de los que extraía consecuencias ineluctables? ¿En el que, en un campo de prisioneros, compuso el auto de Navidad Bariola, l´homme qui voulut tuer l’ enfant Jésus (Bariola, el hombre que quiso matar al niño Jesús), sólo porque un jesuita joven le había caído simpático por su franqueza brusca y su audacia teológica? ¿En el que llegó a decir (quizá con sinceridad o como una más de sus contradicciones): "Mi ateísmo es provisional. Está vinculado con el hecho de que Dios todavía no se me ha revelado"? ¿O en el que, muy poco propenso a la ternura, fue capaz de expresar una de las grandes verdades del hombre: "Frente a un niño moribundo, de nada sirve La náusea ni la literatura"?
El epitafio más definidor de lo que Sartre y su época representaron brotó de un admirador anónimo: "Dios ha muerto. Nietzsche ha muerto. Marx ha muerto. Sartre ha muerto. Y yo no me siento nada bien".
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