1 - El texto absoluto


Artículo creado por Felipe Vázquez . Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero25/falacia.html
23 Septiembre 2006
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“Cuando descubro una errata en un libro, dejo la lectura, pues no sé ya si estoy leyendo la obra de un autor o las inepcias de un editor”. Publiqué esta frase hace unos años, cuando andaba en busca del texto absoluto. Absoluto no en un sentido metafísico sino en términos editoriales. Y las ediciones críticas fueron lo más cercano a la idea del libro definitivo, como si el autor fuese un dios cuya palabra es infalible y exacta. Desde esta perspectiva y con referencia a la tradición gnóstica, me parecía que editar un libro con erratas era como falsear la creación, aceptar que nuestro universo fue publicado por un editor inepto. La edición crítica adquirió, al amparo de mis obsesiones textuales, el prestigio de una Biblia; el soporte de un texto sagrado cuya alteración, así fuera piadosa, podría desencadenar el caos en ese Texto que otros llaman universo.


Uno de los muchos propósitos de la edición crítica consiste en fijar un texto literario, con sus variantes anotadas al margen, para poder realizar interpretaciones fiables. No es lo mismo, por ejemplo, hacer la interpretación de un poema con erratas y saltos de línea, que hacerla a partir de un poema tal y como lo dispuso el autor. En el primer caso se corre el peligro de interpretar las omisiones y equívocos del editor; en el segundo, en cambio, el crítico puede asomarse al universo lírico del poeta. En Para nacer he nacido, Pablo Neruda daba un ejemplo de cómo una simple vocal puede cambiar no sólo el sentido completo del poema sino arrojar una luz equívoca sobre las preferencias sexuales de un poeta, pues no es lo mismo escribir “Yo siento un fuego atroz que me devora” que ver publicado “Yo siento un fuego atrás que me devora”.


Hay erratas que propician cierto misterio en un poema, hay incluso las que mejoran el original, pero son casi siempre una plaga que, cuando se advierte en un texto propio, nos orilla a un despeñadero donde perdemos pie y en cuyas afiladas lajas dejamos embarrada la dignidad. Esto nos enfrenta al problema de la falsa obra literaria -que lo es desde el momento en que dicha obra sufre alteraciones o mutilaciones- y de la falsa lectura. Pero el temor de interpretar un poema que es un falso poema -digo poema porque, por más libre que sea y por su misma carga revelatoria e inefable, su estructura debe tener el rigor de un diamante-, no puede entenderse si no consideramos que ese texto es una construcción definitiva. Desde esta óptica, el poema es una suerte de tiro de dados: un golpe de azar que engendra lo absoluto y que, al mismo tiempo, queda abolido por él. Esta referencia a Mallarmé no es gratuita: comprender Un coup de dés plagado de erratas significa entrar en posesión de un falso absoluto. Y esto conduce a extraviar la tradición lírica.


Además de la errata debida a la incuria, está la debida a la ignorancia del corrector. Así, cuando escribí que “el silencio, en un poeta genial, no es una traición de lesa poesía”, el corrector enmendó: “el silencio, en un poeta genial, no es una traición de esa poesía”. Este es un caso modesto. Pero quizás alguien argumente que Pound fue el editor de The Waste Land y que, en parte por eso, el poema de Eliot logró un sitio central en la poesía del siglo XX. Primero quiero aclarar -incluso contra quien sostiene que Pound no comprendió la versión original de The Waste Land y que la versión editada por él son los tijeretazos de la grandeza que no pudo ver- que Eliot suscribió las observaciones del autor de los Cantos, pues sin duda consideraba superior esa versión, y que, más allá de las enmiendas, él mismo estableció la versión definitiva del poema. Y segundo, no me refiero a ese tipo de editor, un hombre cuya sensibilidad y talento le permiten perfeccionar una obra, sino al que debe publicar un texto con apego a la voluntad de su autor, más allá de que éste acepte correcciones de diversa índole.


Quizá muy pocos editores pueden darse el lujo de editar un libro sin erratas, pero al revisar diversas ediciones críticas (o que pretenden serlo) he experimentado ese malestar que sentimos cuando alguien abusa de nuestra confianza y nos traiciona y nos estafa. Leí hace días la edición de Carlos Blanco Aguinaga de El Llano en llamas, publicada por Cátedra, y descubrí que está plagada de equívocos. Uno confía en que el editor de un texto ha establecido la obra y que ésta puede consultarse como si fuera la Torah: no puede haber una sola errata, de otro modo estaríamos falseando el mensaje y la cifra del universo, nos sería imposible acertar con el Nombre de Dios y, en el caso extremo, nos despeñaríamos en ese caos que otros llaman infierno. Como sugerí más arriba, una edición crítica es el equivalente profano de un texto absoluto. El editor tiene la misión de establecer el texto de manera impecable. A partir de la publicación de un texto definitivo, el crítico confía en que puede realizar exégesis, especular sobre los límites de su interpretación y contextualizarlo en las redes horizónticas de producción escritural. Pero ¿qué sucede cuando el crítico interpreta un texto cuyas erratas lo vuelven ajeno a la voluntad de su autor? Hace una lectura errónea y, por ende, una crítica falsa. Se vuelve entonces un candidato involuntario del ridículo.

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Autor y licencia de 'Juan Rulfo y la falacia del editor'


Artículo de Felipe Vázquez . Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero25/falacia.html CopyLeft
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