Tras la muerte de Jesús los primeros cristianos difundieron historias de su vida y de sus enseñanzas. Decenas
de ellas se recogieron por escrito, pero los padres de La Iglesia eligieron sólo cuatro para el Nuevo Testamento. En el siglo pasado, muchos evangelios rechazados fueron redescubiertos. Algunos, como el de Pedro, son similares a los canónicos. Otros, como el de Judas, son muy diferentes, y destacan la gnosis el conocimiento directo de Dios mediante el despenar de la esencia divina interior de cada individuo Algunos Ejemplos de evangelios gnósticos:
Evangelio de Tomás, h. 110
Se sabe que la biblioteca de Nag Hammadi ha sido escondida en el siglo IV de nuestra era, cuando el consejo de Nicea proclamaba la unidad de la fe y oficializaba la doctrina. Todas las desviaciones eran juzgadas entonces como heréticas. En reacción a la uniformización de la religión, los textos, muy naturalmente, se escondieron y protegieron esperando el momento de ser mostrados de nuevo. ¡Nadie había imaginado que permanecerían ocultos durante 1600 años!
Evangelio de María, comienzos del siglo II Enuncia secretos que Jesús revelo a María Magdalena y no a sus discipulos varones.
Evangelio de la Verdad , h. 150 En esta versión, las enseñanzas de Jesús liberan el alma de un mundo físico defectuoso: «El día perfecto eres tú y en tí alienta la luz que no desfallece».
Libro secreto de Juan, h. 150 Denuncia al Dios del Antiguo Testamento por intentar ocultar la verdad a la humanidad. Sostiene que Adán y Eva recibieron el espíritu divino del verdadero Dios.
Segundo Tratado del gran Set, III Dice que el Cristo verdadero nunca fue crucificado.
De hecho, no está claro si los autores de los evangelios -ni siquiera los de los cuatro más conocidos- presenciaron los sucesos que narran. Craig Evans, estudioso bíblico del Acadia Divinity CoRege, de confesión evangélica, opina que los Evangelios canónicos acabaron por eclipsar a los otros. «Los primeros grupos de cristianos por lo general eran pobres. Sólo tenían medios para encargar la copia de unos pocos libros, de modo que sus miembros dirían "yo quiero el Evangelio del apóstol Juan" y así sucesivamente -argumenta-. Los Evangelios canónicos son los que ellos mimos consideraban más auténticos.» 0 quizá las alternativas fueron sencillamente derrotadas en la batalla del pensamiento cristiano.
El Evangelio de judas es un vívido reflejo de la lucha librada hace mucho tiempo entre los gnósticos y la Iglesia jerárquica. Ya al inicio del texto, Jesús se ríe de sus discípulos por rezar a «vuestro dios», refiriéndose al dios demiurgo que creó el mundo. Compara a sus discípulos con un sacerdote del templo (casi con certeza una referencia a la ortodoxia de la Iglesia ), a quien tilda de «maestro de falsedades» y acusa de «sembrar árboles infructíferos, en mi nombre, de manera vergonzosa». Exhorta a los discípulos a mirarlo y comprender quién es él realmente, pero ellos vuelven la vista.
El pasaje clave viene cuando Jesús le dice a judas: «Tú sacrificarás el cuerpo en el que vivo». Esto significa, en pocas palabras, que judas va a matar a Jesús y que así le hará un favor. «El hombre en el que vive no es Jesús en absoluto -dice Meyer-. Por fin podrá deshacerse de su cuerpo, de su parte material, liberando así al Cristo verdadero, al ser divino que existe en su interior.»
El hecho de que la tarea le sea confiada a judas es un signo de su estatus especial. «Levanta los ojos y mira la nube con luz en su interior y las estrellas que la rodean -le insta Jesús-. La estrella que indica el camino es tu estrella.» Al final, judas tiene una revelación e ingresa en una «nube luminosa». La gente en la tierra oye una voz que sale de la nube, aunque puede que nunca sepamos lo que dice, a causa de un desgarro en el papiro. El evangelio termina bruscamente, con una breve nota en la que se cuenta que judas «recibió Q de dinero y entregó a Jesús a los soldados que habían ido a arrestarlo.
Para Craig Evans, este relato es una invención sin sentido escrita hace mucho tiempo. «No hay nada en el Evangelio de judas que nos diga ajo históricamente verosímil», afirma.
Pero otros estudiosos lo consideran una nueva e importante aportación al estudio del pensamiento de los primeros cristianos. «Esto cambia la historia del cristianismo en sus inicios -asegura Elaine Pagels, catedrática de religión en la Universidad de Princeton-. Nosotros no buscamos en los Evangelios información histórica, sino los fundamentos de la fe cristiana.». «Es un hallazgo muy importante -conviene Bart Ehrman-. Muchos se sentirán molestos.»
E1 padre Ruwais Antony es uno de ellos. Desde hace 27 años el venerable monje vive en el monasterio de San Antonio, un refugio aislado en el desierto oriental de Egipto. En una visita al lugar le pregunté qué la parecía la idea de que Judas hubiese entregado a Jesús actuando a petición suya, y que por lo tanto fuese un hombre bueno. Ruwais se sintió tan turbado ante esa idea que casi perdió el equilibrio y tuvo que apoyarse en la puerta. Después, sacudió la cabeza con disgusto, murmurando: «Nada recomendable».
Antes, el padre Ruwais me había llevado a la iglesia de los Apóstoles. Bajo nuestros pies se hallaban las celdas originales, sepultadas durante mucho tiempo y excavadas recientemente. Aquellas celdas habían sido construidas por el mismísimo san Antonio cuando fundó la comunidad a principios del siglo IV.
Pocos años después de aquel acontecimiento, un escriba anónimo cogió su cálamo de junco y una hoja de papiro y empezó a copiar: «Crónica secreta... ». El amanuense no pudo estar muy lejos, ya que el área donde supuestamente fue hallado el códice se encuentra a 65 kilómetros al oeste. Puede que hasta fuera un monje, pues se sabe de algunos monjes que veneraban los textos gnósticos y los conservaban en sus bibliotecas.
Sin embargo, a finales del siglo IV no era muy prudente poseer ese tipo de libros. En el año 313, el emperador Constantino había legalizado el Cristianismo, pero su tolerancia sólo incluía a la Iglesia organizada, sobre la cual hizo llover riquezas y privilegios, por no mencionar las exenciones de impuestos. Los herejes, cristianos que no aceptaban las doctrinas oficiales, no contaban con ningún apoyo, eran penalizados y finalmente se les prohibió que siguieran reuniéndose.
Ireneo ya había señalado los cuatro Evangelios de san Mateo, san Lucas, san Marcos y san Juan como los únicos que los cristianos debían leer, y su lista acabó por convertirse en política oficial de la Iglesia. En el año 367, Atanasio, influyente obispo de Alejandría y gran admirador de Ireneo, emitió una orden que debía ser acatada por todos los cristianos de Egipto en la que enumeraba 27 textos, entre ellos los cuatro Evangelios actuales, como los únicos libros del Nuevo Testamento que podían considerarse sagrados. La lista se mantiene hasta hoy.
No podemos saber cuántos libros se perdieron mientras la Biblia cobraba forma, pero sabemos que algunos fueron ocultados. Los libros hallados en Nag Harnmadi fueron escondidos en el interior de una sólida tinaja, alta hasta la cintura, tal vez por monjes del cercano monasterio de San Pacomio. Uno de ellos habría podido esconder el Evangelio de Judas, que apareció junto con otros tres textos gnósticos.
Los documentos sobrevivieron durante siglos de guerras y catástrofes. Nadie los leyó hasta mayo de 1983, cuando Stephen Emmel, que realizaba en Roma su trabajo de posgrado, recibió la llamada de un colega pidiéndole que viajara a Suiza para analizar unos documentos coptos que una misteriosa fuente había puesto en venta. En Ginebra, Emmel y otros dos expertos fueron conducidos hasta la habitación de un hotel donde se reunieron con otros dos hombres: un egipcio que no hablaba inglés y un griego que hacía de intérprete.
«Nos concedieron una media hora para estudiar el contenido de lo que resultaron ser tres cajas de zapatos, en cuyo interior había unos papiros envueltos en papel de periódico -recuerda Emmel-. No nos permitieron hacer fotografías ni tomar notas.» El papiro estaba empezando a desintegrarse, por lo que no se atrevió a tocarlo con las manos. Arrodillado junto a la cama, levantó cautelosamente algunas hojas con unas pinzas y entrevió el nombre de Judas. Supuso erróneamente que sería una referencia a judas Tadeo, otro de los apóstoles, pero aun así comprendió que estaba ante una obra totalmente inédita y de gran importancia..
Uno de los colegas de Emmel pasó al cuarto de baño jura negociar un trato. Emmel no estaba autorizado a ofrecer más de 50.000 dólares (42100 euros de hoy), pero los traficantes pedían 3 millones (2,5 millones de euros), ni un centavo menos. «Era impensable pagar tanto dinero», dice Emmel, hoy profesor en la Universidad de Münster, Alemania. Ermnel recuerda con pesar el «hermoso» papiro y lamenta lo mucho que se ha deteriorado desde entonces. Mientras las dos partes de la negociación almorzaban, él se escabulló y anotó frenéticamente todo lo que pudo recordar. Esa fue la última vez que un estudioso vio el documento en 17 años.
Según los actuales propietarios del Evangelio de judas, el egipcio de aquel hotel de Ginebra era un comerciante de antigüedades de El Cairo llamado Hanna que había comprado el manuscrito a un traficante local, que a su vez se ganaba la vida localizando piezas de ese tipo. No se sabe exactamente cómo ni dónde encontró la colección el traficante. Ahora está muerto, y sus familiares del distrito de Maghagha, a 150 kilómetros al sur de El Cairo, son extrañamente reticentes a revelar el sitio del hallazgo.
Poco después de que Hanna adquiriera el manuscrito y antes de poder sacarlo del país, toda su mercancía fue objeto de un robo. Según la versión de Hanna, los objetos robados fueron sacados ilegalmente del país y acabaron en manos de otro anticuario. Posteriormente, Hanna logró recuperar parte del botín, incluido el evangelio.
En el pasado, pocos se habrían preguntado cómo salió de su país de origen una valiosa antigüedad. Pero hoy, los países ricos en patrimonio tienen una actitud más proteccionista: prohíben la propiedad privada de piezas antiguas y controlan rigurosamente su exportación. Los compradores respetables, como son los museos, intentan asegurarse de que la procedencia de una pieza sea legítima, estableciendo que no ha sido robada ni exportada ilegalmente.
A principios de los años ochenta, cuando se produjo el robo de la colección de Hanna, ya era ilegal en Egipto poseer antigüedades sin registrar o exportarlas sin permiso oficial. No están claros los efectos de esas leyes sobre el códice, como tampoco lo está su procedencia.
Aun así, Hanna estaba decidido a sacarle el mayor beneficio posible. Los expertos en Ginebra le confirmaron que era valioso, de modo que el comerciante viajó a Nueva York en busca de un comprador con dinero de verdad. La incursión no dio los frutos esperados, por lo que el egipcio regresó a El Cairo. Pero antes de partir de Nueva York alquiló una caja de caudales en una sucursal del Citibank en Hicksville, Long Island, donde depositó el códice y otros papiros antiguos. Allí permanecieron, intactos y enmoheciendo, mientras Hanna hacía varias tentativas de venta. El precio siempre era demasiado alto.
Finalmente, en abril de 2000, cerró un trato. La compradora fue Frieda Nussberger-Tchacos, una griega nacida en Egipto que triunfó en el negocio de antigüedades tras cursar estudios de egiptología en París. Ella no está dispuesta a revelar lo que pagó, pero admite que la rumoreada cifra de 300.000 dólares (250.000 euros de hoy) «no es la correcta, pero se le acerca». Pensando que la Biblioteca Beinecke de Libros Raros y Manuscritos de la Universidad de Yale podía estar interesada, dejó su mercancía en manos de uno de los expertos de la biblioteca, el profesor Robert Babcock.
Al cabo de unos días, cuando salía de Manhattan para coger un avión de regreso a su casa de Zurich, el profesor la llamó al móvil. Sus noticias eran explosivas, pero lo que mejor recuerda Frieda Tchacos es su exaltación: «Me decía: "Es un material increíble; creo que se trata del Evangelio de judas Iscariote", pero yo sólo oía la emoción que vibraba en su voz». Únicamente más tarde, durante las largas horas de vuelo a través del Atlántico, Tchacos comenzó a asimilar que verdaderamente era la propietaria del legendario Evangelio de judas.