



En La ciudad de los prodigios , el personaje de Onofre Bouvila abre y cierra la novela. Es el eje que hilvana todas las acciones. La abre con su llegada a Barcelona y la cierra con su desaparición en extrañas circunstancias. La ciudad y el personaje aparecen íntimamente unidos, identificándose y reflejándose a cada paso. Las dos historias, la de Onofre y la de Barcelona, se contarán paralelamente y compartirán el protagonismo. El capítulo I se inicia con estas palabras:
El año en que Onofre Bouvila llegó a Barcelona la ciudad estaba en plena fiebre de renovación. (pág. 9)
Lo que encontramos a continuación no es la historia de Onofre sino que se yuxtapone la de Barcelona. La presentación de la ciudad antecede a la del personaje que sólo la encontramos unas páginas más atrás, en un texto que parodia el lenguaje legal y formulario de las partidas de nacimiento y nos pone en antecedentes sobre sus orígenes:
A ciencia cierta sólo se sabe que Onofre Bouvila fue bautizado el día de la festividad de san Restituto y santa Leocadia (el 9 de diciembre) del año mil ochocientos setenta y cuatro o setenta y seis, que recibió las aguas bautismales de manos de don Serafí Dalmau, Pbo., y que sus padres eran Joan Bouvila y Marina Mont. No se sabe en cambio por qué le fue impuesto el nombre de Onofre en lugar del nombre del santo del día. En la fe de bautismo, de donde provienen estos datos, consta como natural de la parroquia de San Clemente y como hijo primogénito de la familia Bouvila. (pág. 15)
Por lo tanto, el desarrollo de la novela lo constituye el desarrollo de la vida de Onofre y el desarrollo de Barcelona como ciudad. Ambos, personaje y ciudad se inician siendo pequeños puntos para convertirse al final de la novela en adultos ricos y poderosos de la civilización moderna. Ambos, personaje y ciudad, forman el símbolo del espíritu de la época (1887-1929) tal como se lee en la necrológica de Onofre:
Con él la ciudad tiene contraída una deuda de gratitud perenne, dijo un periódico en esas fechas. Simbolizó mejor que nadie el espíritu de una época que hoy ha muerto un poco con él, dijo otro. Su vida activa se inició con la Exposición Universal de 1888 y se ha eclipsado con ésta del veintinueve, observó un tercero; ¿Cómo debemos interpretar esta coincidencia?, concluía diciendo con malicia evidente. (pág. 392)
Al elegir a Onofre como protagonista, Mendoza recurre a uno de los motivos que vertebran toda su obra: el gusto por los personajes marginales. Onofre Bouvila se nos presenta desde un principio como un medrador (al estilo más picaresco), un antihéroe que lucha contra la adversidad que representa una ciudad en vías de modernización y ante la que, aparentemente, acaba triunfando al acceder a la más alta burguesía.
Por otra parte, al elegir Barcelona como ciudad escenario de la novela, se opta también por la periferia frente al centro representado por Madrid. Este hecho da lugar a todo un juego de críticas y burlas sobre el centralismo y el nacionalismo con motivo de la organización de la primera Exposición Universal celebrada en la capital catalana:
En esta época la economía del país estaba tan centralizada como todo lo demás; la riqueza de Cataluña, como la de cualquier otra parte del reino, iba a engrosar directamente las arcas de Madrid (pág. 39)
Incluso se alude a los problemas de Cataluña como a los de una colonia más:
El Gobierno por su parte se limitaba a recoger los frutos que esta situación ponía en sus manos y abordaba con desgana el problema interno de Cataluña como si se tratara de otro problema colonial: enviaba al principado militares trogloditas que sólo conocían el lenguaje de las bayonetas (¿Martínez Anido? ¿El comisario Verdugones de Una comedia ligera?) y que pretendían imponer la paz pasando por las armas a media humanidad. (pág. 163)
El contraste entre Onofre Bouvila y los prohombres que le rodean, permite un juicio bastante preciso sobre el valor de la actitud moral de cada uno de ellos. El personaje principal vive fuera de la ley, fuera de la sociedad burguesa; sin embargo, esto no le impide, irónicamente, convertirse al final de su trayectoria en paradigma de la época. La capacidad de Onofre Bouvila para interesarse en la realización de los sueños que elabora la imaginación del hombre acerca de la justicia, hace que no tema la evolución. Su perspicacia sobre los móviles de las emociones humanas lo llevan a potenciar la industria del cine, pero también a enriquecerse mediante la especulación. Atento a los móviles más secretos de su sociedad, Onofre Bouvila trata de encarnar, mediante la reconstrucción del palacio de los Rosell, las aspiraciones históricas catalanas que a lo largo de los siglos habrían acumulado frustraciones y derrotas. Bouvila está lejos de ser el típico héroe de una pieza, pero sobre el fondo de su medio destaca por el poderoso atractivo de su inteligencia y por su capacidad para sacar el mejor partido tanto de los hombres que le rodean como de las situaciones que vive. La clave de su éxito la confiesa cuando dice:
Qué tiempos espléndidos para quien tenga un poco de imaginación, bastante dinero y mucha osadía. (pág. 235)
Barcelona adquiere tonos legendarios, míticos, bíblicos, fantásticos y acaba recibiendo el tratamiento que podría recibir un lugar metafórico. Barcelona es la verdadera protagonista del relato, escenografía "prodigiosa", causa y efecto de los acaeceres, posibilitadora de la intriga. El título se constituye en sintagma-síntesis, representativo de la idea central. La ciudad permite y favorece profundos y reveladores "racontos" históricos entre las dos Exposiciones Universales, 1888 y 1929. Barcelona se convierte en algo más que una ciudad mediterránea, es la historia y la fantasía, la crónica y el arquetipo, el espacio dominado algunas veces y otras el desconocido laberinto. Pero no siempre Barcelona y Catalunya aparecen como geografías ideales, sino que también hay lugar para alguna crítica:
Porque no hay en Occidente pueblo más gregario que el catalán a la hora de elegir su residencia: a donde uno va a vivir, allí quieren ir los demás. Donde sea, era el lema, pero todos juntos. (pág. 184)
El escenario urbano, representado por los arrabales en su mayor parte, fuera de la muralla que rodeaba antiguamente la ciudad es el escenario elegido, y allí sucede buena parte de la acción. El primer recorrido que hace Onofre por la ciudad para buscar trabajo es, simbólicamente, la Barceloneta, uno de los barrios populares con más solera de la ciudad. A lo largo de la novela, se nos va ofreciendo un detallado cuadro de la época en el que se insiste, no en el esplendor modernista, sino en su alteridad, en lo marginal y en lo deforme. Es también una Barcelona estratificada en zonas absolutamente contrapuestas entre sí; en La ciudad de los prodigios:
no falta quien se aturde, creyendo haber sido transportado a otra ciudad mágicamente. A sabiendas de ello o no los propios barceloneses cultivan este equívoco: al pasar de un sector a otro parecen cambiar de físico, de actitud y de indumentaria
Esto no es óbice para que en las obras de Mendoza aparezca ese "humor barcelonés" o propiamente catalán, basado en ese amor-odio hacia su tierra, que conlleva una distorsión irónica mediante la incorporación de rasgos ridículos a modo de crítica y burla. Son novelas, en muchos casos, de diagnosis irónica de una sociedad (la barcelonesa o la catalana), que ha estado siempre buscando ser algo más, pero que siempre se ha quedado en eterna segundona, viendo las cosas pasar pero sin participar directamente en ellas (10). Mendoza achaca a las clases dirigentes catalanas ese provincianismo y conformismo burgués que la han relegado muchas veces a un segundo plano. El humor de Mendoza, muy catalán, es iconoclasta, tirando por tierra a veces aspectos que se consideran consustanciales de la cultura catalana tradicional, con un sentido del humor autocrítico y donde nada es lo suficientemente sagrado para no hacer burla de ello: gobernantes, reyes, burgueses, empresarios de última hornada, arribistas...
En La ciudad de los prodigios Mendoza desacraliza el papel sagrado de la epopeya como género que reconstruye la historia de la ciudad para convertirlo en una reconstrucción histórica seudohumorística (recordemos, por ejemplo, la descripción que realiza en la primera página del libro de los pueblos colonizadores de la ciudad) y, por lo tanto, falsa. Aquí Barcelona aparece como el pretexto recursivo de una pequeña epopeya: la del variopinto sincretismo cultural velozmente asimilado por una laboriosa burguesía.
Es destacable que el marco de Barcelona en novelas como El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas y La aventura del tocador de señoras aparezca presentado en dos aspectos diferentes: la parte rica con la brillantez de sus edificios de lujo, de las "porterías de ensueño" (El misterio, 71) y el barrio Chino de la miseria y "de los alegres bares de putas" (El misterio, 29). Sin embargo, en esta novela hay pocos fragmentos dedicados a la descripción del barrio rico, de su belleza y arquitectura. La acción se traslada continuamente a los espacios lóbregos de la miseria, criptas y laberintos subterráneos, colegios fortificados. No hay nada de esplendor en esta ciudad.
El procedimiento de descripción de la ciudad de Barcelona en novelas como La verdad y La ciudad consiste en partir de la base real para ir progresivamente exagerando los rasgos hasta convertir las descripciones en fantásticas y con frecuencia con tintes cómicos. ¿No actúa así también la memoria colectiva en muchos casos? No es de extrañar, por lo tanto, que la historia de Barcelona esté llena de inexactitudes, como lo está la memoria popular. De esta reconstrucción de su ciudad se aprovecha el novelista para presentarnos una ciudad capaz de lo mejor y de lo peor, pero que en el fondo siempre ha estado supeditada, quizá por el propio carácter conformista de los que la habitan. Eduardo Mendoza se mantiene en una suerte de realismo simbólico, que bajo su apariencia histórica, está cuestionando el descripcionismo ideológico del llamado realismo social.
Efrén Castells les había vendido varios frascos de crecepelo y a algunas (mujeres) les había salido barba. El regidor que en nombre del alcalde acudió al Palacio de Bellas Artes hubo de enfrentarse a un comité de mujeres barbudas. (pág. 89)
En 1916 en Cádiz hubo una corrida famosa que empezó un domingo y acabó el miércoles, sin que el público abandonase la plaza. De resultas de ello los obreros de los astilleros habían perdido el empleo; hubo huelgas y algaradas, ardieron algunos conventos y los obreros fueron readmitidos. (pág. 283)
(El Barón de Viver) había rociado de gasolina su despacho y se disponía a encender una cerilla cuando se abrieron las puertas de par en par e interrumpieron allí santa Eulalia, santa Inés, santa Margarita y santa Catalina... (pág. 371)
El propio Mendoza (11) no duda en describir en algunos artículos lo que ya podemos comprobar en sus novelas y que lo aproximan a otros escritores como Josep Pla, Salvador Espriu, Ignacio Agustí, Juan Marsé o Vázquez Montalbán. Son artículos definitorios de esa atracción-admiración-odio-rechazo con que muchos barceloneses contemplan su propia ciudad o con que cualquier ciudadano contempla el mundo que habita. No podemos olvidar que los personajes de Eduardo Mendoza son productos a la vez que víctimas de su ciudad. A pesar de que la imagen de Barcelona que emerge de las obras de Mendoza resulta ser muy grotesca y despojada de toda la grandeza de su ciudad, el autor muestra otra cara bien diferente de fondo, una Barcelona que disecciona con bastante cariño y nostalgia (12), quizá gracias a su gran sentido del humor que le permite reírse de los problemas que han exasperado tanto a otros escritores. Acerca del carácter ambiguo de su ciudad escribe:
Huérfana, cuando no algo peor, como la Cenicienta, Barcelona ha tenido que ir a buscar marido a todos los bailes, disfrazada con la ropa exigida a cada circunstancia (...) Es una ciudad burguesa y anarquista, provinciana y cosmopolita, rica y pobre, limpia y sucia, refinada y callada. (...) De esta época dorada, que seguramente nunca existió, sólo queda la nostalgia y unos pocos novelones desencuadernados que Pepe Carvalho hojea y quema
El juego del despiste que tanto gusta a Mendoza lo pone también de manifiesto hacia su ciudad. Estudioso como pocos de la historia de Barcelona a veces prefiere tergiversar él mismo la realidad para adaptarla a su mentalidad transgresora en un pequeño juego delirante que conduce a narrar lo que no fue pero podía haber sido y, sin embargo, ¿quién dice que no fue?:
La Barcelona que yo describo me la invento. Hay una serie de cosas que quiero contar y meter en este espacio: a veces, la propia historia de Barcelona ya me sirve. Y cuando no existe el suceso que me interesa, lo incluyo. En cambio, otros hechos muy importantes para la historia de la ciudad, si no me son útiles para la narración, me los salto. La ciudad de los prodigios es en este sentido un ejemplo de desfachatez, porque la Semana Trágica me la liquido en una página, y en cambio dedico nueve a escribir unas cosas que nunca sucedieron. (Ajoblanco, noviembre 1986, pág. 55)
Barcelona no tiene ríos, un puerto que hay que dragar continuamente porque no es natural; es una ciudad que hay que inventársela para justificar su existencia. (Elle , diciembre 1989, pág. 52)
Porque el verdadero sentido de la Barcelona de Mendoza no es otro que el colocar en su adecuado contexto la vida de los personajes que el escritor crea, en una especie de adaptación al medio naturalista que confunde hombre y paisaje. Si Barcelona es buena y mala a la vez, guapa y fea, ostentosa y humilde, así también son los seres humanos que la habitan, donde no hay lugar al maniqueísmo fácil y donde el juego realidad-ficción llega a sus últimos extremos. Si Mendoza cree en la imposibilidad absoluta de alcanzar la verdad, también cree, reivindicándola, que su ciudad no es tan diferente al resto de ciudades:
Las ciudades son representaciones de la forma de ver de sus habitantes, quienes asumen vivir de una forma natural lo que en un principio debía ser una convención artificial. (Diario 16, 21 de abril de 1989)
Hoy Barcelona es una ciudad luminosa, alegre, playera, donde los guardias urbanos reparten pescadito frito en vez de multas. Calles sin mácula. Día tras día, como la vieja actriz que ha de hacer función continua para subsistir, la ciudad se repinta las arrugas y los moretones de la última disputa delante de un espejo que no le devuelve el reflejo de su propio rostro, sino el del personaje que le tocará representar cuando suene el tercer timbre. Desde el fondo de su máscara dirige un guiño de complicidad a este fantoche: si un caballero de la primera fila le propusiera retirarla, le diría que no.
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