La Barcelona prodigiosa de Eduardo Mendoza - Las ciudades y la literatura
Te vas dando cuenta que la Barcelona de ahora no es la única, que existió otra, quizás más próxima. Algunos buscan la identidad en la infancia, yo busco la identidad colectiva. Si algo no me interesa en la vida soy yo, pero sí la sociedad en la que vivo, las ciudades de las que me alimento. (1)
Un detallado repaso de los más importantes textos novelados de nuestros dos últimos siglos nos confirma algo obvio a priori: que la ciudad es el lugar natural, escenario y tema preferido, en sustitución de otros motivos propios de siglos anteriores como la naturaleza o el paisaje. Esta sustitución propia de la evolución histórica aportó asimismo otros motivos fundamentales para reconceptualizar el pensamiento occidental, como el progreso y la clase social asociada a él, la burguesía. Este triángulo casi perfecto en su concepción, ciudad-progreso-burguesía, ha aportado vertientes totalmente innovadoras en nuestros dos últimos siglos, si bien no ha sido totalmente fundamental para el nacimiento de una literatura urbana. La localización geográfica de la ciudad como eje y núcleo de los textos novelados se debe a la alteración temporal y psicológica que padece el nuevo individuo al traspasar el umbral del siglo XIX.
Si el medio natural constituye un continuum geográfico dominado por las leyes generalmente inmutables y cíclicas de la naturaleza, que experimenta cambios muy pausados salvo la aparición de fenómenos catastróficos, el medio urbano constituye un espacio social y arquitectónico arbitrario, cargado diariamente de accidentes de mayor o menor extensión que transforman la forma y la vida en las ciudades, y las relaciones de los hombres con este medio. (2)
Ya en la Biblia , el libro por excelencia de toda la civilización judeocristiana, la representación de todos los males se halla descrita con una crudeza inusitada en su primer libro, el Génesis (capítulos 18 y 19), concretada en las ciudades de Sodoma y Gomorra y en su destrucción; el nombre de una de ellas ha quedado incluso para denominar uno de los pecados nefandos o innominables. Aunque con menor virulencia, también la fastuosa Babilonia, vencedora de Jerusalem (587 a. C.) aparece a menudo como símbolo de corrupción, sobre todo en el libro de Ezequiel; incluso en el lenguaje castellano popular el nombre de la ciudad se usa como sinónimo de confusión y caos. Pero, por otro lado, aparece la ciudad también en la Biblia como espacio de refugio y de libertad, tanto para Caín como para Josué. También en el Nuevo Testamento, Jesús se retira al desierto a orar, huyendo del bullicio urbano y ni el templo de Jerusalem se halla exento de la actividad mercantil (episodio descrito en los cuatro evangelios: Mateo, 21, 12-17; Marcos, 11, 15-17; Lucas,19, 15-46; Juan, 2, 14-16). Pero al mismo tiempo, Jesús casi sólo debe predicar en las ciudades, especialmente en la Ciudad Santa, Jerusalem, que en el Apocalipsis (capítulos 21 y 22) encuentra la descripción esplendorosa de la ciudad futura y divina. Desde entonces, la ciudad de Dios ha sido una representación del paraíso y una utopía, a la vez, a lo largo de la historia, de la misma forma que la idea de ciudad como encarnación del pecado se seguía manteniendo también durante la Edad Media y durante el Renacimiento.
Desde el momento en que las ciudades se hicieron suficientemente grandes como para convertirse en un medio discontinuo respecto a la naturaleza -a raíz del despliegue del comercio y del nacimiento de la clase burguesa moderna-, aparece una nueva mitología. Tal como señala con enorme precisión un buen segmento de la novela europea, la aventura más frecuente en la historia de la Europa moderna y contemporánea ha sido la de huir del campo para probar fortuna -burlar la fuerza mitológica del destino, al fin y al cabo-, en la gran ciudad, y no a la inversa (3). Aquel cambio radical de la fortuna que en los medios rurales se presenta siempre bajo la apariencia de la casualidad o bajo el aura de las utopías, en los medios urbanos se convierte en caminos verosímiles y plenamente practicables por todos los hombres. La gran ciudad es fundadora de unos estímulos que no se producen con la misma densidad ni con la misma calidad en los medios rurales, y esto convierte a la metrópolis en un territorio presidido por la lógica nunca agotada de la aventura, siempre mediatizada por factores relativamente controlables.
Debemos hablar, por lo tanto, de una estrecha ligazón existente entre una serie de mutaciones estructurales en la novela del siglo XIX y XX, y, por otra parte, el establecimiento en Europa de la nueva civilización capitalista, civilización entendida tanto en un sentido ideológico (triunfo del liberalismo, aceptación del positivismo) como socio-económico (la revolución industrial, la tecnificación de los medios de producción, la progresiva concentración humana en las ciudades, en detrimento del mundo rural, y con el consiguiente crecimiento dialéctico de la burguesía y la clase obrera, que tan bien describe y critica Mendoza en sus novelas). Así tendríamos, por ejemplo, que el nacimiento del costumbrismo y el folletín son frutos de la nueva atmósfera que se respira en la Europa de la primera mitad del pasado siglo, modalidades narrativas ambas que, además, son síntoma de diversos cambios acaecidos en los circuitos de comunicación existentes entre el autor y el lector.
Estudios importantes como los de Walter Benjamin ponen de manifiesto los tópicos y motivos recurrentes que sobre y acerca de la ciudad cultivan los novelistas desde el siglo pasado: la soledad del individuo sumergido en la muchedumbre humana, muchedumbre en ocasiones fantasmal, disuelta a su vez por las sombras de la noche y las extrañas fosforescencias de la luz de gas que en un principio debían forzosamente sorprender al ciudadano medio; un erotismo tipificado por la búsqueda de la mujer anónima vista como silueta huidiza, que aparece y desaparece en medio de la vorágine callejera. Es decir, el erotismo entendido como respuesta casi instintiva, epidérmica (recordemos el motivo de la dama huidiza baudeleriana). (4) También observaremos en las novelas urbanas otro de los síntomas más típicos de la narrativa urbana del pasado siglo: el espectáculo del esnobismo o la lucha por las apariencias -con sus repercusiones psíquicas de inseguridad, hipocresía, envidia- por parte de los nuevos burgueses quienes se espían una y otra vez en público para así instalarse mentalmente en un estatus superior al que les corresponde según su realidad sociológica.
De esto derivamos que la novela sería la forma literaria propia del proceso histórico y generativo que se concreta, en términos sociales y de congregación humana, en la ciudad. Del mismo modo que en la ciudad los mitos se transforman o mueren bajo el peso de la voluntad individual de transformación del propio destino histórico, así mismo la novela forja un mundo en el que los hombres escogen o se libran de destinos diversos e imprevisibles -pero verosímiles- y se mueven en un marco simbólico a la búsqueda de algo que tiene que burlar, esquivar o sustituir todo tipo de hados predeterminados o inevitables. En este espacio literario que es la ciudad, más a fondo que en ninguno de los demás, los escritores han esquivado y se han burlado de la severidad de todo procedimiento o de toda presunción ideológica, dogmática o sumergida en una tradición secular, para transformarlos en los procedimientos, las insinuaciones y las ambigüedades semánticas, en la voluntad de realismo y de des-mitificación que es propia de la vida misma en las metrópolis. Si bien es cierto que anteriormente ya se había producido este dialogismo que se enfrentara al carácter estanco de la ley (diálogos socráticos, Erasmo, Cervantes, Gracián), nunca se había llevado tan lejos esta capacidad del novelista como paradigma y concentración de la individualidad nacida alrededor de la ciudad, como se ha extremado en el caso de la novela del siglo XIX, y aún más del siglo XX.
Desde principios de los 70, se ha desarrollado una corriente de reflexión sobre la ciudad diferente de la que giraba alrededor del marco ideológico racionalista, y que se puede ordenar en torno a tres ejes: la literatura como testimonio sobre la ciudad y la ciudad como referencia en la obra literaria; la forma urbana como homóloga a la forma artística y la ciudad respecto a los medios de comunicación y a la comunicación no verbal. Todos ellos tienen en común un enfoque simbólico, psicológico o semiótico que intenta indagar cómo se establece el diálogo entre el ciudadano y el espacio construido. A diferencia de lo que ocurría a finales del XIX, cuando se acaba el siglo XX la crítica sobre la ciudad real no conduce a utopías de las que en mayor o menor medida se nutrieron los teóricos del primer tercio de nuestro siglo. En una entrevista (5) , Umberto Eco afirmaba que para él la ciudad ideal era la griega simbolizada por el ágora. El ágora nos transmite hoy lo que ha perdido nuestra ciudad: valores urbanos como los de sociabilidad, belleza, libertad, que históricamente han nacido en nuestras ciudades y que habría que recuperar frente a una ciudad donde predomina el espectáculo entendido como derrocamiento de la vida, como relación de subordinación de personas entregadas a las imágenes de consumismo rápido.
La literatura de la segunda mitad del XIX contribuye a la historia del urbanismo dando un testimonio imprescindible sobre la realidad urbana de su época. En numerosos relatos la ciudad tiene un papel principal, desencadenante de la acción, porque la ciudad aparece como la gran protagonista de la Historia. Hablar de ciudad y literatura en ese tiempo nos lleva necesariamente a hablar de Balzac, Víctor Hugo y Zola, así como de Baudelaire, porque a través de sus obras podemos conocer cómo vieron estos testigos de su tiempo las profundas transformaciones de París en la segunda mitad del siglo y cuáles fueron sus trascendencias en la sociedad urbana de la ciudad más emblemática de esa época.
Balzac fue el primero en considerar a la ciudad como portadora de un lenguaje, de un condicionante de conducta y pensamiento. Mucho antes de que naciera la semiótica ya hablaba de la calle como un sistema de signos, como un espacio de comunicación. Víctor Hugo, por su parte, se detendrá en una extensa reflexión sobre arquitectura y urbanismo analizada desde los significados que transmiten, convirtiéndose algunos de sus textos en precursores de la semiótica de la construcción y la ciudad. (6)
Estos textos nos remiten a la ciudad como metáfora del laberinto en una imagen similar a la de otros escritores como Baudelaire. Éste percibe la ciudad a través de la calle como espacio donde se mueve la multitud y en medio de ella, anónimo, el "flaneur", ese paseante que sólo busca el placer de mirar (como el Javier Miranda de La verdad sobre el caso Savolta ). La multitud como significante de la calle de la ciudad moderna transmitirá significados contrapuestos. Frente a esta visión Baudelaire no moraliza la ciudad, sino que pone a sus habitantes en situación de evocar, como afirma Benjamin.(7) Baudelaire mira a la gran ciudad que se levanta vertiginosamente a su alrededor con una nueva sensibilidad. Como una obra de arte, pero lejos del concepto ilustrado o romántico de la belleza. Sustituye como objeto poético la naturaleza de los románticos por la ciudad cuyo tema son las multitudes anónimas que circulan por sus calles, como ejemplifica en muchos poemas de Las flores del mal .
Tras los escritores de la generación romántica será Zola quien ofrecerá una imagen de la ciudad esencialmente pictórica; pero el discurso literario de la ciudad en la obra de Zola está también al servicio de una crítica social. La jauría es su obra más significativa de esta crítica urbana; en ella se encuentra el vocabulario formal que conforma la nueva ciudad burguesa como los bulevares, las calles perfectamente pavimentadas e iluminadas, pero también las nuevas funciones de la ciudad moderna, el intercambio comercial y el movimiento. La imagen de la ciudad que transmite la literatura del XIX es la de una geografía moral, donde la ciudad es el lugar de la degradación.
En 1925 y 1929 se publican dos novelas: Manhattan Transfer de John Dos Passos y Berlín Alexanderplatz de Döblin. Estas dos obras pueden servir como el contrapunto al optimismo utópico de las vanguardias. Los personajes de ambas novelas están atrapados en un drama urbano. Los espacios y las gentes que lo pueblan remiten en ocasiones a Baudelaire, pero aquí no se encuentra la belleza trágica que encontró el poeta francés en un mundo que nacía, sino la ciudad en aquel momento era el signo de un mundo que moría.
Estamos, pues, ante una consecuencia de las propias contradicciones de vida de los hombres en la gran ciudad que se materializa en un elemento básico de la novela moderna que aparece continuamente también en la novelística de Eduardo Mendoza: "la "ironía", es decir, aquel procedimiento gracias al que un solo individuo (el novelista) es capaz de ver a los otros individuos de la misma comunidad y a todo aquello que generan en tanto que comunidad -costumbres, formas de vida, pasiones, oficios, bondades y crímenes- son una fabulosa fantasía estructurada narrativamente ella misma. El novelista en este sentido, no hace otra cosa que adecuar una estructura simbólica real, generada por lo común, con una estructura narrativa ficticia generada por la capacidad de narrar. Así, la ironía, el polifonismo y la diversidad de los puntos de vista se apropian de la novela moderna. La ciudad constituye la estructura social óptima para el despliegue de la novela en la medida que es, por lo menos hoy, un lugar poco favorable a cualquier jerarquía de las voces, un espacio proclive a la mutua relativización de los discursos o de las perspectivas enunciativas. Visto desde el punto de vista de su correlato narrativo, la ciudad favorece la subsunión de todos los enunciados a la voluntad distante y neutra del narrador. En el discurso novelístico, esta ironía atrapa incluso a la voz del narrador y la desautoriza, o la hace invisible entre la conjunción de las voces independientes de los demás. La novela postula, a modo de mera hipótesis, no una nueva verdad del mundo, sino una lectura del mundo que destruye el principio mismo de verdad, multiplica y esparce las pequeñas unidades de sentido vislumbradas entre el embrollo cotidiano de existencias concretas en un espacio real y limitado.
En la evolución del género novelesco europeo y norteamericano, la ciudad es responsable de la desaparición y del descrédito progresivo de cualquier verdad más excelente que las otras. La ciudad favorece en el orden económico el nacimiento y el cultivo de la iniciativa privada; la afirmación del trabajo individual y la sanción de este individualismo por un éxito personal; la legitimidad de una lucha competente basada al mismo tiempo en el respeto de la libertad individual y en un combate abierto entre las diversas capacidades y competencias.
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