La biblioteca suspendida: derecho a la ecografía - El don de la Biblioteca de Alonso Quijano (II)
Volviendo a Tonino: ¿no es acaso la figuración del círculo en la problemática del don aquello mismo que anulaba toda posibilidad de don? El nombre secreto pasa del padre al hijo, de la mano del padre a la mano del hijo en su estructura más superficial, como por efecto de cambio o compra: la promesa del hijo vale el secreto, el tiempo futuro para el secreto, pues se trata de una promesa de tiempo, se trata de una descendencia. Tonino, como Anselmo, ignora lo que hay que saber del secreto, lo que hay que saber -sin saberlo- del texto: se dispone a obtener el secreto del farmacéutico Espoz como aquel que alarga la mano para tomar cualquier cosa, una llave por ejemplo. El texto, como el secreto, el texto es un secreto, tiene cierta forma de un don, se resiste a la posesión y a la apertura, al círculo de las llaves, a la circulación en juego de las llaves.
He hablado del tiempo del secreto. Abraham algo tiene que contar en esta historia de la literatura y del secreto, si es que el secreto puede tener una historia. El holocausto que se disponía a llevar a cabo Abraham (Génesis 22), y que llevaba en el más absoluto secreto -por cuanto que no contó a nadie, ni tan siquiera a Sara, lo que se disponía a hacer con su hijo, y de otra parte puesto que ni él mismo conocía el sentido del sacrificio, lo que configura una duplicidad en el secreto-, el secretum tremendum del que hablará S. Kierkegaard6, suponía la muerte del tiempo, del tiempo de Dios en la tierra de los hombres, la esperanza de Dios en la familia de Abraham, pueblo judío, suponía su propia muerte. Abraham, pone el cuchillo en suspenso sobre la cabeza de Dios, pues Isaac, como he dicho, es la metonimia "temporal" de éste en el mundo. Sin embargo, lo que aquí nos importa no es esa cierta "estructura superficial" a la que aludía por economía hace unas líneas, es decir, esa forma de circulación del secreto que se deja apropiar por la lógica tradicional del secreto. Decía que para que haya secreto, que si hay secreto, algo debe haber en él que permanezca todavía en secreto, y ésta es condición irrefutable que bloquea una semántica de la posesión. El secreto puro suspende esa posesión que abre la veda o camino para la "circulación de mano en mano", del "de padres a hijos", y eso es algo que debe saberse cuando uno se las ha con el secreto, quizá sea esa la única sabiduría que corresponde a la relación del sujeto con el secreto, a saber, que hay secreto que debe permanecer secreto, y es en esta escena del secreto donde el nombre -en nuestro cuento el "nombre secreto de la ciudad de Roma"- y el nombre propio como paradigma total de éste, adquiere una enjundia a reseñar. ¿Es acaso traducible un nombre propio? ¿Cuál es el significado de éste? ¿Cuál es el estatuto del nombre propio en literatura, es decir, del autor, con respecto a su obra y al resto de los nombres propios? ¿Cuáles son las diferencias, si las hay, entre este tipo de nombres propios y aquellos que no se enmarcan en la esfera de lo que entendemos como "literatura"?7 ¿Cuál es la relación del nombre de autor con la obra? ¿Es traducible el título, como nombre propio de un texto literario que es, nombre mediante el cual se conoce y archiva el texto literario? ¿Es en definitiva posible la traducción?8 ¿Quién tiene las llaves, o la llave maestra, para abrir a la luz estas preguntas? La pregunta por la traducción siempre será una de las cuestiones centrales y secretas de la literatura, de la relación que existe entre eso que llamamos "el sentido" y eso otro que llamamos "la literatura". Quizá aquellos textos que suscitan y nos llaman, nos reclaman a hacernos más preguntas sobre este nuestro saber literario, sobre la literatura, sean aquellos que deban hablar en nombre de la literatura, textos los de la deconstrucción -y con ello no me refiero solamente al corpus elaborado por Derrida y sus seguidores, pues queda probado y resta por probar que un buen número de textos -literarios- que no han surgido de aquel "contexto" mantienen un mismo espíritu deconstruccionista9- que no han escatimado medios en hacer una fiesta de las ruinas de la traducción, un juego eterno a partir de las cenizas del sentido, dando voz y aliento al mismísimo silencio. "Nunca los textos traducidos dicen la misma cosa que el texto original. Siempre ocurre algo nuevo" afirma Derrida (No escribo sin luz artificial, 62), algo nuevo que está en relación consigo mismo, en diferencia consigo mismo, difiriendo el texto de sí, en relación el texto consigo como si fuera lo otro del consigo, de la violencia del chez soi francés. Veamos un ejemplo donde también hay secreto:
La excelente novela de Juan Goytisolo Las semanas del jardín, toda ella una fiesta del secreto y de aquello que queda como en suspenso, fue traducida al inglés de un modo que no deja de ser sorprendente: no aparece en los archivos de las bibliotecas, como cabría esperar por otra parte atendiendo a criterios de traducción literal, como The weeks of the garden, sino que acontece su título en la forma de The garden of secrets10. No pasó por alto el responsable de esta traducción la enjundia del secreto en una obra como ésta y quiso hacerlo notar desde el propio nombre, que no deja de ser una pequeña traición al nombre -digámoslo así- "originario".
En la novela de Goytisolo, digo, también hay secretos, guarda sus secretos, y una novelita o relato ensartado que, lo mismo que la Novela del Curioso o que "La familia suspendida", guarda sus enseñanzas sobre el secreto, nos presenta a unos personajes que circulan en torno al secreto (no en vano los personajes que se nos presentan como autores del texto forman la figura de un círculo, "un círculo de lectores" leemos en la portada). (Abramos de nuevo un pequeño excurso para reseñar algún aspecto de la herencia del secreto cervantino, si es que está viva y es posible la herencia de un secreto, la forma de su herencia, su estructura de herencia, problema del que en este trabajo se trata de una forma un poco elíptica o evasiva, ella misma suspensa, en Vila-Matas y J. Goytisolo11; éste es uno de los fragmentos que escogió Goytisolo para el lema que queda suspendido a la cabeza de Las semanas:
"…el ventero se llegó al cura y le dio unos papeles, diciéndole que los había hallado en un aforro de la maleta donde halló la novela del Curioso impertinente, y que pues su dueño no había vuelto más por allí, que se los llevase todos, que pues él no lo sabía leer, no los quería. El cura se lo agradeció, y abriéndolos luego, vio que al principio de lo escrito decía: Novela de Rinconete y Cortadillo, por donde entendió ser alguna novela, y coligió pues la del Curioso impertinente había sido buena, que también lo sería aquella pues podría ser fuesen todas de un mismo autor…" (Quijote I, 47)
Las semanas del jardín, la novela no encontrada de Miguel de Cervantes. Novela sin archivo y novela fantasma, "mas no por ello inexistente" -aseguraría Vila-Matas-, novela suspendida, pues, en la literatura universal; Las semanas del jardín, novela de ¿Juan Goytisolo? (recordemos que él no aparece como el autor de ésta ni en el lugar reservado a los derechos jurídicos de autor, es decir, en el copyright, asignado a "Un círculo de lectores") cuyo título, signo, es la huella de una huella, que a su vez es huella de algo como suspenso en el "fondo de la nave", una huella, como la maleta que Cervantes perdió en la venta, de una huella perdida, olvidada. El olvido de la maleta en la venta de Palomeque, tal como ha sugerido Manuel Asensi12, figura un problema clave en la teoría de la literatura en estas últimas décadas, que es el de la "muerte del autor". El autor de un texto, para Asensi, no está en él ni simplemente presente ni simplemente ausente. El autor es una "categoría literaria" -convengamos por comodidad en este nombre- tan imposible como necesaria a un mismo tiempo, siendo análoga en este aspecto a la traducción. No debemos ya dar un tiempo a los discursos que nos hablan de la muerte del autor, de su ausencia como algo dado y seguro (la biblioteca de Don Quijote, mejor dicho, la problemática que gira en torno a ésta es una problemática ante todo de la muerte dada, de la posibilidad o imposibilidad de ésta), pues el autor no puede, por más que se ausenta o aleja y no detenta el significado de su texto, ausentarse totalmente. El autor se ha ido, pero "puede ser que vuelva"; él mismo está también como en suspenso, es espectral, fantasmático, está en un sin estar, es indecidible su estar ahí, su manera del estar ahí, en el espacio del texto, su estar está suspendido, y suspende, como el estar ahí de un perfume, de un aroma que nos sorprende y el origen se nos pierde, que no se ve, que nos ve sin verle, estableciendo una disimetría en la mirada, pero que se huele, que puede ser que (re)aparezca. Esta maleta perdida, olvidada en la venta, y de la que, no olvidemos, surgen la Novela del Curioso impertinente y la de Rinconete y Cortadillo, quedando la lectura de ésta última aplazada o suspendida, inaugura una genealogía de maletas y obras perdidas y olvidadas, de autores perdidos y olvidados pues las anteriores son sus metonimias, que continúa en nuestros dos relatos ensartados: en Las Semanas del jardín 28 lectores intentan reconstruir en el plazo de tres semanas la historia imposible de un joven poeta del que han sido hallados unos poemas en una maleta olvidada, extraviada, es la imposibilidad del relato mismo y de la reconstrucción de un cuerpo, el de Eusebio, un permanente juego con las cenizas13; en "La familia suspendida" Tonino, durante el viaje, habiéndose apeado en la estación de tren de Barbastro a tomar un refresco, ve como se aleja el tren con su maleta y en ella todas sus pertenencias. A su llegada a Zaragoza, destino final de su viaje, intentará recuperarla no sin dar a entender cierto desapego por ella y lo que contiene. Ante sus requerimientos el empleado de la estación pronunciará muy a la española: "Vuelva usted mañana", forma del aplazamiento hispana por antonomasia -el eco del artículo de Larra es aquí insoslayable-, y de la suspensión en definitiva. Aplazamiento y maleta, suspensión y maleta, suspensión y autor, un binomio que no va a de dejar de asediarnos de aquí al final de esta lectura.)
El relato insertado en Las semanas del que quería anotar unas consideraciones que entiendo necesarias y quedaron suspendidas por este largo paréntesis es el que lleva por título "La cocinera del bajá". Simplificando mucho el argumento de la historia, y llegando al meollo del asunto, habremos de decir que quien se enfrenta ahora con el enigma del secreto es una tal Madame S. La cocinera del restaurante que ella misma regenta, cuyo nombre, lugar y fecha de nacimiento se desconocen totalmente, secreto del cual vienen a desgranarse cientos de leyendas en la ciudad, se encuentra en un pésimo estado de salud, con lo que los secretos de los que se vale para componer los diferentes platos, que por cierto, debido a su exquisitez, habían hecho del restaurante de Madame S. uno de los más reputados y requeridos, corren el peligro de perderse para siempre. La cocinera se niega con rotundidad a desvelar su secretos, quiere mantenerlos en silencio y llevarlos a la tumba, mientras Madame S. hará todo lo posible, hurdirá todas las artimañas posibles para hacerse con ellos, dada la esquivez de la vieja empleada. Fracasado todo intento de apropiación de los dichosos secretos, y en vista de que la enfermedad y la edad se disponen a hacer una mella considerable en la vida de la cocinera, Madame S. le propondrá un trato, un cambio, por la vía económica, tal como sucediera, de nuevo, en La fausse monnaie de Baudelaire: Madame S. se comprometerá a costear los cuantiosos y suntuosos gastos de hospital y farmacia, a cambio de la donación de los secretos de cocina. Doble escena de don: mis monedas por tus secretos, mi economía calculada -que imposibilita todo don, si lo hay- a cambio de tus secretos. Alguien que paga por el secreto, dispuesto a pagar lo que esté en su mano por el secreto. Nuevamente, lo mismo que Tonino, lo mismo que el amigo de La fausse monnaie, alguien que falta a la naturaleza, que se muestra estúpido ante el don y ante el secreto, ante la propia literatura. El final de la historia es de suma importancia. La cocinera, que se había comprometido a dictar todos y cada uno de sus secretos en su lengua materna durante los últimos días de su vida, por lo que fue necesaria gran cantidad de papel para almacenarlos, estuvo repitiendo continuamente una única y proverbial frase que así rezaba: "El que busca el secreto fuera de sí, se pierde a sí y pierde su secreto" (Las semanas, 70). Si ni la misma cocinera conocía o no el secreto, los secretos de sus platos, es algo que no podemos decidir; me inclino a pensar, como ocurriera con Abraham y ocurre hoy día con el verdadero escritor, que no; me es lícito hacerlo. No, ni la misma cocinera conocía el secreto de su secreto: ¡cómo iba a transmitirlo! Quizá esta frase que no dice casi nada, nada apenas, sea el mayor don que Madame S. pudiera recibir, un don sin cálculo, pues para la propia cocinera le era secreto su secreto, y un don sin cálculo en las consecuencias que acarrea el don: en esta ocasión sí se da un happy end, pues, en lugar de oficiar de arqueóloga, Madame S. se volcó en los fogones y
La comida resultó sabrosísima y los clientes le rogaron como de costumbre que transmitiera sus felicitaciones a la autora de tan exquisitos platos. Madame S. prometió que lo haría.
Fue así como la cocinera del bajá sobrevivió en la sutilidad y se convirtió en una leyenda viva. Sólo Madame S. conoce su ausencia y se recoge puntualmente los viernes ante su tumba. (Las semanas, 70, sub.mío)
Una lectura atenta del relato, teniendo en cuenta todos los considerandos hasta ahora expuestos, creo, licita bien a las claras el que se pueda establecer cierta analogía, amén de la escena del don y de la herencia, entre la cocinera del bajá y la entidad del escritor, el autor de un texto literario; Madame S. reescribirá la historia del secreto de la cocinera, del que no sabemos su origen pues puede que esta escena sea una repetición de otra escena anterior y así ad infinitum, guardando a su vez un secreto, el de su muerte. La cocinera quedará presente ausentándose finalmente: volvamos a escuchar el texto: "Fue así como la cocinera sobrevivió en la sutilidad y se convirtió en una leyenda viva". La cocinera queda como suspendida también, sobrevive suspendida; la suspensión, palabra que tengo por bien cercana a la de diseminación o incluso infinitamente más rica, parece, en su indecidibilidad, la forma de la supervivencia pura, bien que esto es algo que todavía me queda, para mañana, por pensar, ignorado por delirantes como el Tonino de "La familia suspendida", cuyo delirio paso brevemente a reseñar.
La historia de "La familia suspendida" empecemos por allí, es la historia del fracaso de la muerte del padre. Tonino, fue herido de pequeño en su afecto, en su narcisismo, a causa del desdén de sus padres, los cuales dedicaban su tiempo al hijo pequeño. Tras la muerte de éste último, quedando él como el único que podía asegurar la descendencia y la circularidad del nombre secreto de la ciudad de Roma, para "dejar bien sancionado" a su padre, para suspenderlo -como en el examen de su afecto y cariño dados, de padre a hijo-, para matar al padre, cogió el hábito y de este modo, atentando contra la ley del padre, se castró por adelantado matando el tiempo del secreto, haciendo efectiva la paradoja a la que Blanchot se refiere entre paréntesis al tratar de la vida de Kafka:
La prueba para Kafka es más pesada que todo lo que se la hace más ligera (¿qué sería la prueba de Abraham, si no teniendo hijo, sin embargo, le hubieran pedido el sacrificio de ese hijo? No podríamos tomarlo en serio, no podríamos más que reír; esta risa es la forma del dolor de Kafka). (El espacio literario, 56)
Matando el tiempo del secreto, suspendiéndolo, se mata también al padre. El padre viaja dentro del secreto como dentro de una maleta. Pero, tal lo hemos comprobado anteriormente, ¿no es casi inevitable que el destino de una maleta sea el de quedar extraviada? La maleta ha de vivir, ha de sobrevivir con ese riesgo que la amenaza, riesgo que asumían feliz y orgullosamente los miembros pertenecientes a la constelación de los shandy, objeto de la novela de Vila-Matas Historia abreviada de la literatura portátil, la cual sólo aceptaba como miembros, además de aquellos escritores que fueran solteros, es decir, que habían renunciado a todo proyecto de vida en familia sobre la tierra, a aquellos escritores cuya obra en su integridad cupiese en el espacio mínimo de una maleta. Era pues ésta una constelación de hombres "mínimos" que llevaban su obra en una maleta, a riesgo de perderse, lo mismo que el texto, como viene afirmando J. Derrida14, corre el riesgo de no querer decir nada, y no sería nada sin ese riesgo, no valdría la pena pensar en la textualidad sin la experiencia de ese riesgo. ¿Y es que no hay mucho de ese riesgo, o algo de ese riesgo en toda esa cantidad de libros "perdidos" de las bibliotecas de A. Quijano, del capitán Nemo, de Alejandría o de Brautigan? Como el asesinato del padre, el incendio de las bibliotecas deviene inservible: recordemos que "el donoso el escrutinio" al que es sometida la biblioteca es un auténtico fracaso en el Quijote, quedando cura, barbero y ama suspendidos en sabiduría de lo que hay que saber, que el "asesinato fracasa puesto que el padre muerto tiene todavía más poder" y que la mejor forma de matar(lo) "¿no es mantenerlo vivo (acabado)? y la mejor forma de mantenerlo en vida ¿no es asesinándolo?" (Derrida, "Ante la ley" 112) El fracaso favorece más a la reacción moral: el fracaso de Tonino es múltiple: en primer lugar fracasa como hijo y se siente culpable como hijo ante su hermano y ante sus padres; en segundo lugar fracasa ante el secreto por dos veces al infinito, una ante Espoz y otra ante su padre, o las dos ante la ley del padre, y también, por economizar -huelga decir que se presenta como fracasado en cualquier proyecto de vida, ya sea la familia descendiente o su propia ocupación o trabajo en el mundo pues carece de vocación- fracasa en el asesinato del padre. Todo esto no puede sino ser el origen de una culpabilidad insufrible e insoportable. El padre no va a aparecer en ningún momento en el relato, nunca hablará, mas no por eso dejará de estar presente, sino que va a quedar presente por ausente, presente sin voz pero suspendido como fantasma o como espectro, asediante y amenazante, culpando: el asesinato del padre y de la ley del padre, lejos de dar muerte confirma a la ley y al padre, es el error del error, el gran error de entre los tantos cometidos por Tonino. Tal será la culpabilidad que éste sienta que se convertirá en un sujeto delirante y, en lugar de saldar las cuentas con el padre en vida, proyectará su verdad y su escenario del secreto de familia, su escenario de perdón y de culpabilidad a la ciudad de Zaragoza, viendo aquello que nunca estuvo y escuchando conversaciones que sólo surgieron en su cabeza. El error del delirante, afirma C. Castilla del Pino (El delirio. Un error necesario, 34-5):
es consecuencia de una dis-locación, en la que un objeto interno (representación, interpretación, deseo, sentimiento, etc.) es colocado en el espacio exterior. […] el delirante no es que cometa un error […] sino que él está en el error, instalado definitivamente en un error total, sobre él y sobre su entorno, el conferirle a sus creencias el rango de evidencias.
La realidad, en cierto sentido, la entendemos como se entiende un texto, y el error del delirio en la interpretación de la vida es que cuando se lo padece ésta se convierte en algo legible sin dificultad. La inaceptación de sí (y "La familia suspendida" es un relato pleno de personajes frustrados por la inaceptación de su cuerpo, del soporte de sí como sujetos empezando por Tonino y hallando el caso más sangrante en Cuervo, hijo del farmacéutico Espoz, frustración que terminará con su suicidio) es lo que ha llevado a Tonino al delirio, espacio en el que se mueve a sus anchas, en el que es capaz de leer sin error, donde todo es tocado por su luz divina y se hace claro. Este espacio, este lugar fantástico fabricado por el delirio es, podría decir Tonino: "el lugar que me concede la entrada desta llave".
El delirante tiene la razón frente al mundo, se ha replegado sobre sí, negando la realidad, cosntruyendo y proyectando en el mundo su propia realidad asequible y agradable para sí, a causa de la frustración de un deseo, el deseo -que parafraseando a Lacan es siempre el deseo del otro- de ser querido y el deseo de poseer el secreto, de hacerse con el secreto, deseo que ha quedado fuertemente reprimido, suspendido en su subconsciente, pues "suspendido" en español también quiere decir reprimido, aplazado en lo oculto para salir oculto, en apariencia de un sin-estar pero estando. El delirio es, pues, una forma de alcanzar el objeto deseado en la forma de la fantasía, es la creación de un mundo interior fantástico que se toma por exterior, por verdadero, en el que todo signo es familiar, conocido y por consiguiente redundante, redunda en lo que el sujeto ya sabía, confirmando lo que ya sabía. Es pues el delirio, ante la imposibilidad de afrontar el mundo, de enfrentarse al padre y al secreto, un falso proyecto de vida. El batacazo ante el fracaso del sujeto en el propio delirio, traducido en la experiencia de Tonino en su fracaso frente a la herencia del secreto del farmacéutico Espoz, pues en realidad no había tal secreto, sume al exdelirante en un proceso de desadaptación al brusco abandono de la realidad que el sujeto como delirante se había edificado.
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