La biblioteca suspendida: derecho a la ecografía - El don de la Biblioteca de Alonso Quijano (III)
Varias lecciones nos ofrece la historia de Tonino que debemos resumir en bien pocas líneas: el delirio consigue lo que no consigue el sujeto normal en el mundo, esto es, entender el mundo a la perfección, interpretar el mundo, mas el mundo que él mismo se ha construido para sí. En vista de esto ¿no sería el logocentrsimo, el fonocentrismo y todas las formas y discursos que adquiere la metafísica de la presencia la viva imagen del delirio? En este sentido, la suspensión, todo aquello que viene a golpear y a suspender vendría a ser un fármaco contra e delirio de la presencia del significado. El I would prefer not to bartlebyano, esta frase-no-frase o apariencia de frase vendría a ser como afirma Gilles Deleuze el medicamento literario que viene a curar del error del delirio filosófico:
La filosofía occidental era el cráneo, o el Espíritu paterno que se realizaba en el mundo como totalidad, y en un sujeto conosciente como propietario. El insulto de Melville, "crápula metafísica", ¿va dirigido contra el filósofo occidental? (Deleuze, Crítica y clínica, 122)
¿Quiere esto decir que es la literatura, la sin ley, aquella que tiene los mecanismos para curar del delirio de la filosofía tradicional, de la ley misma? Juicio, ley, padre, literatura y delirio se dan cita y comparecen aquí todos juntos, en conjunto. Dejemos hablar a Deleuze en esta extensa cita:
¿Pero nos es más bien el juicio lo que supone criterios preexistentes (valores superiores), y preexistentes desde siempre (desde la noche de los tiempos), de tal modo que no puede aprehender lo que hay de nuevo en un existente, ni siquiera presentir la creación de un modo de existencia? […] El juicio impide la llegada de cualquier modo de existencia. Pues éste se crea por sus propias fuerzas, es decir por las fuerzas que sabe captar, y vale por sí mismo, en tanto en cuanto hace que exista la nueva combinación. Tal vez sea éste el secreto: hacer que exista, no juzgar. Si resulta tan repugnante juzgar, no es porque todo sea equivalente, sino por el contrario porque todo lo que vale sólo puede hacerse y distinguirse desafiando el juicio. ¿Qué juicio de experto en arte podría referirse a la obra venidera? No tenemos por qué juzgar los demás existentes, sino sentir si nos convienen o no nos convienen, es decir, si nos aportan fuerzas o bien nos remiten a las miserias de la guerra, a las pobrezas del sueño, a los rigores de la organización. (Deleuze, Crítica y clínica, 188)
Hay que reinventar el gesto en lugar de reproducir el gesto u oponerse al gesto que, como hemos comprobado en el caso de Tonino, no hace sino confirmarlo, confirmar la decisión de la ley, confirmar al padre, reafirmar el juicio, la tradición y la no-posibilidad de un tiempo de enriquecimiento, de un tiempo para lo nuevo y el acontecimiento, para el advenimiento, si (es que) se quiere, de un vida mejor. Decía M. Foucault (De lenguaje y literatura, 68) que la literatura, aquellos textos que en su opinión eran verdaderamente literatura, realizaban tres operaciones dentro de lo que él denominaba "el asesinato sistemático de la literatura", a saber: rechazar la literatura de los demás, rehusar a los demás el derecho de hacer literatura discutiendo que aquello que hacen sea literatura, y por último discutirse a sí mismo el derecho a hacer literatura. Juicio irreprochable para aquellas obras que quieren hablar y reinventar los gestos, producir acontecimientos, responsabilizarse y tomar decisiones en el nombre de la literatura.
Me dispongo, pues, a pasear por el laberinto del No, por los senderos de la más perturbadora y atractiva tendencia de las literaturas contemporáneas: una tendencia en la que se encuentra el único camino que queda abierto a la auténtica creación literaria; una tendencia que se pregunta qué es la escritura y dónde está y que merodea alrededor de la imposibilidad de la misma y que dice la verdad sobre el estado de pronóstico grave -pero sumamente estimulante- de la literatura de este fin de milenio.
Sólo de la pulsión negativa, sólo del laberinto del No puede surgir la escritura por venir. ¿Pero cómo será esa literatura? Hace poco, con cierta malicia, me lo preguntó un compañero de oficina.
-No lo sé -le dije-. Si lo supiera la haría yo mismo.
A ver si soy capaz de hacerla. Estoy convencido de que sólo el rastreo del laberinto del No pueden surgir los caminos que quedan abiertos para la escritura que viene. A ver si soy capaz de sugerirlos. Escribiré notas a pie de página que comentarán un texto invisible, y no por eso inexistente, ya que muy bien podría ser que ese texto fantasma acaba quedando como en suspensión en la literatura del próximo milenio.
(Vila-Matas, Bartleby y compañía, pp.12-13)
¿Es posible que una literatura, en este caso Bartleby y compañía, que visto lo visto es en cierto modo análoga a la escritura deconstructiva, por cuanto que es una fiesta de la logofagia, tipo adnotatio15, nos ayude a comprender el don de la Biblioteca de Alonso Quijano, el acontecimiento que produce la suspensión de las bibliotecas destruídas, fantasmas o inexistentes? Aún más. ¿Es que este tipo de bibliotecas "imposibles", "suspendidas" pueden ayudarnos a conocer mejor la naturaleza del hecho literario, del texto literario? Creo poder contestar afirmativamente a esta pregunta, y claro está, cuando algo o alguien se afirma alguien también cae -si no cae uno mismo que no es poco-16. La quema de las bibliotecas es un leitmotiv redundantísimo en el imaginario cultural de la Humanidad, tanto que hay quienes lo llevan a la práctica con una maestría y una gracia que no tienen parangón con el especialista más ducho en las artes del escupe-fuego. "Artistas del fuego" deberíamos llamarles en recuerdo de los relatos de Kafka. Mencionemos sólo el episodio de la quema de la Biblioteca de Sarajevo durante la reciente y sonrojante guerra de los Balcanes17. No es para nada casual esta pulsión de destrucción tan cercana a la página, que viene como de la misma página, y que hace de la página textual casi un objeto destinado a ser quemado, destinado a ser ceniza y humo suspendido, ceniza y humo como de tabaco.
La biblioteca del capitán Nemo, biblioteca que había dicho No en un determinado día al mundo, como dijo No el propio capitán Nemo, sumergiéndose en las aguas, quedando suspendidos ambos en las aguas, era también la pieza de fumar, el único sitio destinado a la quema del tabaco en el artilugio submarino, también el único espacio en el que podían encontrarse receptáculos -ceniceros o urnas- para depositar el resto que queda de la acción de fumar, las cenizas, aquellas que quedan o restan como por acción de caldera, del fuego de la caldera. En La fausse monnaie los dos amigos vienen de un bureau de tabac, y la acción, la historia se desarrolla habiendo gastado en comprar tabaco y es la historia también de un resto, de un resto que queda después de haber comprado tabaco, la historia de la petite monnaie, la historia de la calderilla, de lo que queda después de -como a veces se dice- "haberse fundido casi todo el dinero". En "La familia suspendida" no es un apunte nimio el que el farmacéutico Espoz, personaje principal y central en la trama, sea -como la madre de Tonino- un fumador empedernido. El que Espoz se encuentre esperando una caja de puros habanos de manos del conserje de la fonda en la que se hospeda Tonino, es lo que propicia su fatal encuentro. Tabaco, humo, ceniza, texto. La biblioteca como tabaco, como destinada por el gasto a ser resto, ser siempre un resto que se disemina sin solución de continuidad. El signo como ceniza, sin origen ni fin dados, como producto de un juego, el de fumar, que no prevé la consecuencia de su desgaste, que quizá es dejar(nos) sin voz. La biblioteca hecha (de) humo, humo en el aire suspenso, y por qué no como el propio Nautilus en el agua suspensa, pues "suspensión", en química, hace referencia al estado de un cuerpo cuyas partículas se mezclan en un fluído sin llegar a mezclarse con él. ¿No estaría acaso la biblioteca, pues toda bilioteca es una bilioteca que está en suspensión, reclamando no un derecho a la radiografía, cuanto que un derecho -para el cual está por cierto por inventar la ley que lo ampare, si es que hace falta- a la ecografía…
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