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La ética es un elemento básico para el desarrollo de la naturaleza humana en su relación con el medio social, en tanto determina la estructura moral del medio y la manera en que el individuo acuerda con éste las relaciones de intercambio. En este marco, y merced a la influencia sociopolítica que el manejo de la información implica para el correcto desenvolvimiento de estas relaciones de intercambio, el grado de eticidad comunicacional al que responden los principales vehículos de permuta informativa de la sociedad venezolana, los mal llamados Medios de Comunicación Social -a quienes prefiero denominar con una categoría mucho más acorde con su naturaleza política, económica y mercantil, que es, al fin y al cabo la que los determina: Medios de Entretenimiento Masivo (MEM)- nos sitúa frente al problema de establecer los criterios de una necesaria correspondencia entre la ética de la comunicación y el ethos social.
Y como resulta imposible eludir que lo que debería ser un proceso integral de comunicación -societario1, en esencia- se encuentra hoy en Venezuela circunscrito al simple enfoque informativo, considero que se impone la necesaria y pertinente revisión de los conceptos que los llamados Medios de Comunicación Social venezolanos tienen de las diferentes categorías comunicacionales, así como del tratamiento que le otorgan frente al público, en función del campo de intereses que manejan como empresa y a la determinante aplicabilidad de su lógica comercial.
Para nadie es un secreto que por cada una de las categorías comunicacionales básicas existen conceptos específicos de la naturaleza del proceso que resulta necesario considerar, en función del nuevo enfoque sociopolítico que en Venezuela se le está dando al problema comunicacional y mediático: tornar a la ética de la comunicación en un instrumento de control informativo.
Esta consideración tiene su base en una inquietud concreta: llegar al por qué de la avasallante fragilidad conceptual y de la escasa capacidad para establecer diáfanas categorías que imperan en el oficio periodístico, es un asunto de vital urgencia para la profesión misma y, en general, para toda la sociedad venezolana, si es que no queremos vernos envueltos -y sin posibilidad de retorno- en la mediatizante cultura de la acriticidad. Esta cultura -denominada cooltura por algunas transnacionales del entretenimiento mediático- depende del poder sociocultural e ideológico abarcado por un pragmatismo utilitario que impulsa a dejar a un lado la necesidad de saber con propiedad, armonía, exactitud y justicia lo que el hombre es y cómo lo que es va determinando lo que lo rodea.
En este sentido, resulta válido exigir que sea aquella frase escrita por John Dos Passos en su novela Paralelo 42 la que guíe a los periodistas en su labor profesional, más que cualquiera de las deontologías contemporáneas, pues en ella se sitúan los términos de la labor periodística en su justo rango y a favor total del periodista como profesional capaz y cabalmente comprometido con su labor intelectual y crítica, que es, al fin y al cabo, lo que todo verdadero comunicador hace: “el anhelo de todo periodista era desentrañar el significado exacto de todo cambio operado en la realidad”2.
Ahora bien, debe recordarse que Dos Passos definía esta labor como un anhelo. Esa función de develador de significados era -según el escritor estadounidense- la aspiración más alta de la voluntad periodística. Acá es necesario agregar que el periodista debe esforzarse por lograr un desentrañamiento no sólo exacto, sino justo y responsable. Y, para favor de esa armónica correspondencia entre ética de la comunicación y ethos social, debería ser esta la función propia del periodista, algo más loable que la mera búsqueda, preparación y redacción de noticias, o que la edición gráfica, la ilustración fotográfica, la realización de entrevistas, reportajes y demás trabajos periodísticos, según reza en la ley de ejercicio de la profesión en nuestro país3. (Como ven, estoy firmemente convencido de que el periodista debe dejar de ser la simple extensión del grabador, del procesador de palabras o de la cámara fotográfica, en que lo ha convertido la urgencia de intereses impuesta por el poder empresarial de los MEM).
Todo esto se relaciona con las ya suficientemente manipuladas, confusas y fragilizadas categorías de la libertad de comunicación: la libertad de expresión, la de información y la de prensa, y con la aclaración de los ámbitos y niveles en que estas se aplican; porque para entender el juego de intereses presente en la realidad comunicacional venezolana basta con advertir la manera tan irresponsablemente indiferenciada como son empleados estos términos tanto por periodistas, como por directores y dueños de Medios.
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