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Resulta clara la confusión conceptual en frases que, para referirse a una misma categoría, emplean términos de distinta significación: no es lo mismo hablar de libertad de expresión, que de libertad de prensa, aunque los peligros de una puedan ser los mismos para la otra. La libertad de expresión -permítaseme aquí el atrevimiento categorial- es un derecho natural y universal consagrado por la naturaleza misma de la democracia y soportado jurídicamente en cada Carta Magna y en las distintas declaraciones sobre los derechos universales del hombre11. Este derecho se ubica, universalmente, por encima de cualquier deontología, como por sobre cualquier política interna o código normativo gremial. Es del disfrute absoluto de todo ciudadano o persona que habite sobre la tierra, porque es un derecho de uso y no de propiedad (Es decir, natural y no positivo, aunque pretenda ser o pueda estar reglamentado). En su letra se establece, además, como correlato, la prerrogativa del empleo de cualquier medio para ejercer la facultad de comunicar.
La libertad de prensa se aplica, como derecho universal, en dos direcciones: 1ra.- En cuanto al uso del Medio por el Medio mismo y 2da.- En cuanto al uso del Medio por el ciudadano común. Por la primera vía circula el dominio del Medio sobre el uso y sistematización de la información, de acuerdo a su política editorial y a los criterios comunes de fehaciencia, pluralidad y justicia. Por la segunda, se mueve el derecho del ciudadano a exponer, a través del Medio, sus criterios, opiniones, o réplicas a una información considerada como dañina por no fehaciente, tergiversada, etc. Ahora bien, como derecho natural, la libertad de prensa asiste a la propiedad más que al uso, y he allí una de las ventajas del Medio. Naturalmente, la libertad de prensa se aplica y beneficia al Medio mismo, en cuanto es éste quien tiene la potestad sobre la recolección, sistematización y circulación del contenido periodístico, materia con la cual se nutre.
Se tiene pues que, en medio de estas dos libertades se encuentra la garantía a la libre circulación de la información, que, como claramente expresa su denominación, no es otra cosa sino el flujo incondicional de los contenidos informativos a través de los canales destinados para ello. Ahora bien, este flujo informativo debe sistematizarse u organizarse bajo los criterios de fehaciencia, pluralidad y justicia que la libertad de expresión y la de prensa reclaman y deben garantizar; además, por supuesto, de las determinaciones de la política editorial y de los criterios propiamente técnicos aplicados al manejo de la información.
Debo señalar, en consecuencia, que quien encuentra discordante hablar de flujo incondicional y de sistematización determinada como parte de un mismo proceso ignora la condición dialéctica de todo desarrollo comunicacional, y quien lo sostiene como tesis, para justificar algunas mediáticas patentes de corso, además de ignorar deliberadamente la condición señalada, obvia el hecho de que independencia crítica y discursiva no es igual a anarquía legal, ni mucho menos a privilegios de poder o a injusticia distributiva.
En la misma línea elusiva, indicada en el párrafo anterior, puede ubicarse la alarma ante la demanda de fehaciencia y de derecho a réplica. Hay que entender que la comunicación no es ni atropellante ni comulgante y que, como bien lo expresa el teólogo jesuita Jesús Aguirre, tampoco debe ser tan simplona como para “dejarse briznar por cantos de comunión”12. Ello la torna peligrosa, resueltamente peligrosa, pero sólo para quien guarda secretos. Además, ante un palmario desentrañamiento de la realidad -para no utilizar el término veraz, que parece producir tanta urticaria a los modernos comunicadores sociales- cualquier réplica resulta insustancial e insostenible. Por ello, el temor ante estas demandas -del todo democráticas, por cierto- sólo se explica por el riesgo al que someten a los detentores del privilegio comunicacional. Sin duda, debe hacerse un esfuerzo para comprender lo siguiente: en el proceso de comunicación son los Medios y sus dueños quienes han introducido la injusticia, y en el marco de sus supuestas libertades sólo se encuentra encarcelado el periodista, mientras que la sociedad se expone a recibir un tratamiento bastante inarmónico y poco ético.
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