Hábilmente definió el investigador Garrido Domínguez el estudio del personaje como "la cenicienta de la narratología" (Garrido Domínguez, 1993:67). Aunque considerado tradicionalmente como un elemento subordinado a la trama, estudios recientes acentúan la relación de implicación entre personajes y acción, pues no hay posibilidad de acción sin agentes que la lleven a cabo ni puede darse una narración en la que no ocurre nada. Así, desde el formalismo se apuesta por determinar al personaje en cuanto a su función en el relato. Como apunta Bobes Naves:
El funcionalismo señala como elemento fundamental del relato las acciones y la situaciones en sus valores funcionales (funciones), y sólo por relación a ellas se dibujan los actantes, es decir, los sujetos involucrados en las acciones. Los personajes son los actantes revestidos de unos caracteres físicos, psíquicos y sociales que los individualizan. (Bobes Naves, 1993:144-145)
La narratología considera a los actores los elementos de la fábula que causan y sufren los acontecimientos funcionales, y actantes a la clase de actores que comparten una cualidad característica. En este sentido, es proverbial el esquema actancial propuesto por Greimas de Sujeto y Objeto, Destinador y Destinatario, Ayudante y Oponente, aunque existen otros tipos de modelos actanciales que a veces se ajustan mejor a un relato en particular. Mieke Bal señala a este respecto que las relaciones psicológicas, ideológicas o físicas que los actores mantienen entre sí pueden facilitar la inclusión de los actores en grupos de actantes. Por su parte, el personaje tiene un carácter mucho más individualista y ha sido definido como un actor provisto de características humanas distintivas. Según Bal: "Un personaje se parece a un ser humano mientras que un actor no tiene por qué" (Bal, 1990: 87)
En este punto comienzan las discrepancias entre los investigadores sobre la noción de personaje. Mientras la crítica tradicional lo entendía como expresión de la condición del ser humano, los últimos estudios se decantan por definirle básicamente por sus actos, al considerarle primordialmente un agente de la acción, según las enseñanzas del pionero Aristóteles.1
En el discurso narrativo el personaje se construye con datos que van apareciendo en forma discontinua y que proceden de tres fuentes. En primer lugar, están los informes del narrador sobre el personaje. En segundo lugar, el personaje se va llenando de contenido por lo que hace y por lo que dice. Por último, hay que tener en cuenta lo que otros personajes dicen de él y la forma en la que se relacionan con él. De hecho, la identidad del personaje se realiza de forma gradual y sólo puede darse por terminada al final de la narración.
Partiendo de estas nociones básicas, centrémonos ya en la construcción de los personajes en Carlota Fainberg, la novela seleccionada de Antonio Muñoz Molina. No es éste, por cierto, el trabajo del autor que más atención ha acaparado por parte de la crítica. En una extensa nota previa a la novela, el escritor afirma que el embrión de esta obra se halla en un relato escrito en el diario El País en el verano de 1994, el cual se pedía argumentalmente relacionado con la más conocida obra de Stevenson, La isla del tesoro. Sin embargo, los elementos de aquella ficción no alcanzaron su forma definitiva en el relato y siguieron alimentándose en algún lugar de la imaginación del autor hasta que se desplegaron en este trabajo. Muñoz Molina termina su nota inicial declarándose satisfecho de su novela:
La razón principal para escribir un libro es la misma que para leerlo: que a uno le guste mucho estar haciendo lo que hace. Lector inveterado de novelas cortas, yo he disfrutado tanto inventando y escribiendo esta Carlota Fainberg que me ha dado algo de pena que se acabara tan pronto. (Muñoz Molina, 1999:13)
A pesar de las alentadoras palabras de Muñoz Molina, la lectura de la novela deja un sabor agridulce al lector. Y tal vez sea precisamente su extensión lo que más perjudica a este relato ya que en poco más de ciento cincuenta páginas se mezclan un buen número de elementos narrativos -propios de la novela fantástica, de memorias y de aprendizaje- y se cuentan, al menos, tres historias que podrían haberse desarrollado más ampliamente.
El argumento de la novela es el siguiente: Claudio, profesor asociado del Humbert College de Pensilvania a punto de ser nombrado profesor titular, relata su encuentro con Marcelo M. Abengoa en el aeropuerto de Pittsburg mientras los dos esperan la confirmación de sus vuelos, retrasados a causa de una fuerte nevada. El hecho de que Claudio viaje a Buenos Aires para participar en un congreso sobre Borges sirve de excusa para que Marcelo Abengoa, extrovertido y confiado hombre de negocios, le cuente su fantástica aventura con una mujer (Carlota Fainberg) en un decadente hotel de la capital argentina ocurrida cuatro años antes. Claudio narrará a continuación su estancia en Buenos Aires y su visita al hotel Town Hall donde tuvo lugar la hazaña amorosa de su circunstancial amigo Abengoa. Allí descubrirá algo sorprendente: Carlota lleva muerta más de veinte años. Sin embargo, Claudio también será testigo de la presencia de su fantasma en el comedor del hotel. Este viaje y el conocimiento de Abengoa provocan un cambio en el comportamiento del retraído Claudio quien, tras ver denegado su nombramiento a la vuelta de Buenos Aires, planea un encuentro con Abengoa en Madrid.
En torno a los dos protagonistas del relato aparecen otros personajes y ambientes relacionados con Claudio y Marcelo. De un lado, la vida académica del primero, las desoladoras intrigas universitarias y la inestabilidad y los apuros de su profesión. Los dos personajes mejor perfilados son Morini y Ann Gadea Simpson. Morini, el jefe de su departamento, no le concederá el ascenso y faltará a su promesa tras hacerle esperar en vano un buen tiempo. Ann Gadea Simpson Mariátegui, cabecilla del “New Lesbian Criticism”, se encargará de arruinar su comunicación en Buenos Aires y conseguir después su puesto como titular en el Humbert College. En el polo opuesto se encuentra Mario Said, un antiguo compañero vencido por la mezquindad del hostil ambiente universitario.
De la mano de Marcelo somos testigos de una manera bien distinta de entender la vida. Se trata de un ejecutivo desenvuelto y exitoso sin ningún tipo de problemas económicos o profesionales, si exceptuamos su irrefrenable pasión por las mujeres que no son su esposa Mari Luz.
Por último, parte del relato se centra en los habitantes del hotel Town Hall. El fantasma de Carlota Fainberg, la bella esposa del dueño del hotel, el ascensorista y la vieja criada española ocupan el otrora lujoso y ahora caduco hotel bonaerense. En él, la peripecia de Marcelo se verá resuelta por Claudio, quien al final descubre que el mayor trofeo del historial de conquistas de Abengoa era una aparición venida del otro mundo.