El rito se inicia propiamente cuando el caporal va al monte a seleccionar el árbol, para que después los integrantes de la cuadrilla, con el apoyo de la comunidad, lo trasladen y lo fijen, con un ritual especial, en la plaza o en el atrio de la iglesia, que por lo general son los sitios donde habrá de realizarse el culto de “la volada”, en el contexto de las festividades del pueblo.
Armado con su machete, su tamborcito, su flauta de carrizo y una botella de aguardiente de caña, va en busca del “palo volador”. Una vez localizado, con sus instrumentos inicia la ejecución del “son del perdón”, bailándole alrededor, inclinando su cuerpo con reverencia. Marcando los cuatro puntos cardinales en el suelo con sendas bocanadas de aguardiente, hasta completar siete giros. Desbroza la maleza en un radio de casi 10 metros y señala los árboles que pudieran obstruir el trayecto de la caída, a fin de derribarlos previamente a la tala que se inicia con el primer par de hachazos propinados por el capitán, acción que imitan sucesivamente los integrantes de la cuadrilla, mientras la música se deja escuchar plañidera por los aires calurosos del monte. Cuando el árbol ha caído, el capitán agita un sahumerio que quema resina de copal, deja encendida una vela de cera y vierte aguardiente dibujando una cruz encima de las raíces que han quedado clavadas tercamente en la tierra.
Una vez que el tronco ha sido atado por el extremo de mayor grosor, todos los presentes participan en el traslado, sumando al esfuerzo la alegría de la música que entona el “son del arrastre”.
Si la peregrinación con el cargamento hasta el pueblo ha sido por la tarde, se deja un centinela y la siembra del palo se efectúa al día siguiente. Se procede a la excavación del foso. Cuando la profundidad ha alcanzado tres metros y medio por uno y medio de diámetro, se reinicia la danza y el capitán deposita en la oquedad siete tamales, tabaco y un chorro de aguardiente en forma de cruz para que sirvan de alimento al palo y éste no reclame la vida de los danzantes.
Acto seguido, la comunidad inicia el levantamiento del “palo volador”, al que previamente se le ha pulido la parte delgada donde se colocará el carrete giratorio, sobre el que bailará el capitán y sostendrá el bastidor en el que se sentarán “los voladores”. Además, se le ha hilvanado una escalera confeccionada con bejuco resistente traído del monte.
Ya está el mástil preparado para que se inicie la danza propiamente dicha. Las actividades relativas al rito estaban bajo la invocación de Macuixóchitl, diosa de la danza, la música y el canto. Entre los instrumentos musicales prehispánicos más populares se encuentran, sin lugar a dudas, la flauta de carrizo de tres orificios que tiene un sonido agudo rico en matices, y el tambor, en el que mora el Dios, cuya voz se deja escuchar en cada redoble, instrumentos con los que se ejecuta la danza de “los voladores”.
La música de la danza normalmente es melancólica y triste, así como se musita un ruego y una plegaria, para que el dios Sol envíe las lluvias.
El atuendo de los danzantes originalmente fue un disfraz de pájaros o aves como el águila o el búho. En nuestros días, el nuevo ropaje ceremonial luce telas en vez de plumas de colores, así como espejos, flecos dorados, bordados, etc.
La cabeza del danzante, cubierta con un pañuelo amplio, lleva encima un gorro cónico, decorado con pequeños espejos redondos, flores de papel multicolor, y termina en la punta con un pequeño penacho de papel metálico de cuya base penden siete cintas de colores.
El ropaje típico de totonaca consiste en un traje blanco de tela fresca de dos piezas. Encima se coloca el traje de danzante, que consiste en una pantalón de terciopelo y pana de color rojo, un poco más que el de diario. A la altura de la pantorrilla lleva adornos multicolores con cintas de espiguilla horizontales, rematando la pieza con flecos dorados.
Sobre la camisa blanca de manga larga y cuello amplio, cruzan el pecho y la espalda dos medios círculos sostenidos en el hombro derecho, bordados con lentejuelas y abalorios semejando figuras de flores y plantas de distintos colores sobre el fondo rojo de la tela. La orilla inferior remata también con flecos dorados.
A la altura de la cintura, por el frente y por detrás, el traje lleva otros dos medios círculos a manera de delantal, de la misma tela, color y bordado.
Un pañuelo de organza se anuda al cuello.
Usan botines de piel con tacón alto en color negro.
Todo está perfectamente preparado; el mástil, debidamente asentado en el suelo; dos danzantes ricamente ataviados; los instrumentos dispuestos a sonar...
Los danzantes van subiendo, uno a uno, la escalera confeccionada con bejuco, e irán tomando su lugar sentados sobre el bastidor. El músico danzante se sienta sobre “la manzana” o “mortero” y en ese momento se escucha la música arrancada a la flauta y al tamborcito; es el “son de los cuatro puntos cardinales”. Es la plegaria en toda su esencia, el momento central del rito, cuando el caporal saluda sentado sobre el mortero, y cuando dibuja con todo su cuerpo arqueado los cuatro movimientos reverenciales que se inician frente al Oriente y girando siempre a la izquierda, para detenerse en el Norte, Poniente y Sur hasta cerrar el círculo que cubre todos los cielos.
Esta misma secuencia se repite de pie con inclinaciones reverentes y con un audaz zapateado dando pequeños saltos. Después el caporal vuelve a sentarse para que los cuatro voladores se lancen al vacío agarrados por la cintura con una soga. Es el instante culminante y espectacular de la danza. Los cuatro voladores, con los brazos extendidos hacia abajo, al igual que la cabeza, simulan el vuelo de los pájaros y van descendiendo describiendo trece círculos alrededor del “palo volador”, a la par que el jefe gira sentado sobre “la manzana”, ejecutando con arrobamiento “el son del vuelo” o “de los rayos solares”. Es la nítida voz de la madera que quiebra el silencio reverente en la plegaria de una raza y la súplica de la tierra sedienta. La danza ha llegado a su final.