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La desconstrucción del tiempo de la historia a través de la ficción en la novela El exilio del tiempo de Ana Teresa Torres - La desconstrucción del tiempo de la historia venezolana

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CopyLeft Artículo de Javier Meneses Linares - 27 de Septiembre de 2006
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1. La desconstrucción del tiempo de la historia venezolana

Dice Octavio Paz que “todas las historias de todos los pueblos son simbólicas”, que esas “historias y sus acontecimientos y protagonistas aluden a otra historia oculta”… y que ellas son “manifestaciones visibles de una realidad escondida”. Estudiar la desconstrucción del tiempo de la historia venezolana dentro del contexto latinoamericano a través de la mediación de la literatura en la novela “El exilio del tiempo” no es solamente desentrañar esa realidad “escondida” sino teorizar sobre la vida y la conducta del hombre y del proceso histórico- político que se ha venido desarrollando desde finales del siglo XIX en nuestro país. Es buscar la respuesta producto de esas experiencias generales y de las situaciones particulares de cada grupo. Sabemos que una historia es un relato verdadero o falso y éste puede ser histórico o bien una fábula. La historia entendida en términos modernos es una función común a todos o una categoría de lo real. Para entender nuestra fábula, debemos analizar los planteamientos de nuestros grandes problemas sociales e históricos y su ambigüedad: nación, raza, narratividad, tiempo, entre otros, entendiendo nuestra contemporaneidad como un proceso de captación y comprensión desde el presente, hacia nuestro pasado y viceversa, porque se trata como dice Derrida de “dislocar las estructuras que sostienen la arquitectura conceptual de un determinado sistema o de una secuencia histórica” donde el escritor hace de la literatura un arte, pero al mismo tiempo una ciencia, donde plantea bajo el manto de la ficción la verdadera identidad del hombre despojado y sin máscaras.

 

“Y hacía cuanto se recomienda en estos casos de olvidos verdaderos: desandar lo andado, detenerse de pronto y volver a situarse por sorpresa ante los objetos exteriores tal como debió estar en el momento de la distracción, pues era ya absolutamente necesario que se le hubiese olvidado lo que fue a hacer y no hizo o a decir y no dijo”...
     Rómulo Gallegos, Canaima

 

Hugo Achugar cita un proverbio africano que reza así: “hasta que los leones tengan sus propios historiadores, las historias de la cacería seguirán glorificando al cazador”, refiriéndose al conflicto de tres personajes: leones, cazadores e historiadores. Achugar establece un paralelismo entre los oprimidos, los opresores y los intelectuales. Al mismo tiempo que alude a una historia, diseña dos lugares y dos prácticas intelectuales: la de los leones y la de los cazadores.1

La construcción escénica está relacionada sin duda alguna con las más polémicas discusiones que tienen lugar en la actualidad y que están relacionadas o giran alrededor de los conceptos de nación, raza, religión, historia, globalización, entre otras; con eje central en el tema de la posicionalidad. Pero, volviendo al proverbio citado por Achugar, esto supone el debate del propio relato historiográfico y las localizaciones de la memoria: su estatuto (tanto oficial, como colectivo, desde el poder como desde los oprimidos). Esta discusión de la posicionalidad no es nueva, sin embargo, presenta algunas diferencias con respecto a décadas atrás. Discusión que se presenta y proyecta como novedad desde la perspectiva de la historia, pero, que existe en la mente del letrado americano (y digo letrado y no escritor) desde hace tiempo, desde hace más de un siglo para ser exactos. Y si bien es cierto que existen muchas críticas sobre la complicidad de éste con el Imperialismo o sectores del poder, la revisión desde su otredad está todavía realizándose. La escritura que sin duda rompe e integra un desdoblamiento del hombre y que está relacionada con esas voces que se cuelan tras la máscara de algún personaje, nos exige la reflexión, la revisión y la relectura no sólo de las obras de finales del siglo XIX y comienzos del XX, sino también la de nuestra crítica, la de nuestros ensayos y en definitiva la de nuestra conciencia tan intoxicada de discursos.

Toda memoria, su recuperación y representación implica una evaluación del pasado y de nuestro presente y de sus múltiples historias (dominantes o silenciosas, hegemónicas o subalternas), todas ellas son elementos centrales de la categoría de “nación”.

Toma particular importancia el espacio desde dónde leemos a América Latina y cómo la leemos, ella como hemos dicho está nutrida por múltiples memorias que se llaman: Martí, Bolívar, Mariátegui, El Inca Garcilaso, Bello. Su desconstrucción imaginativa o historiográfica hace las veces de una escritura de la escritura, porque se trata como dice Derrida “de otra lectura no ya imantada a la comprensión hermenéutica del sentido que quiere decir un discurso, sino atenta a la cara oculta de éste… a pensarse y a pensar su origen dividido en múltiples raíces, que no permite descansar en una unidad consigo mismo”…2

Este dislocar de las estructuras de la historia está implícito de manera muy marcada en la narrativa escrita por mujeres venezolanas a finales del siglo XIX, como pilar de la manera postmoderna de repensar las posibles formas de conocer el pasado reciente y su secuencia histórica en las escritoras de la actualidad, aún cuando está enmarcada por un estilo heredado de almas soñadoras, revolucionarias y edificadoras del cambio; es la voz de nuestra historia no oficial, esa que habla de su fracaso, de sus aciertos y desaciertos, de la unión de cosas, de estilos… de sus circunstancias. Es un proceso que alcanza su grado de madurez con la aparición de las obras de Teresa de la Parra a principios del siglo XX.

La historia de la literatura escrita por mujeres venezolanas no es ni una historia de sus adquisiciones y ni una historia de ocultamientos de verdades, es una historia de veridicciones según Derrida3, es la historia de sus condiciones, de su precio y de lo que han pagado por ello. Su historia tiende a la discontinuidad, aunque no sean trascendentes. Lo particular, lo local y lo específico reemplazan lo general, lo universal y lo eterno. Los problemas particulares (de género, raza, situación social, entre otros) ocupan el sitio que una vez perteneció a lo universal y trascendente, o sea, al hombre como sujeto y centro de la historia.

En “El exilio del tiempo”, se destacan las características antes mencionada. Además que aporta a la narrativa venezolana la presencia de una voz que va más allá de una simple muerte del “sujeto”, que busca su reubicación y construye desde la posición de “letrado”4 el discurso del “otro”.

Nuestro trabajo se concentrará en precisar algunos de esos aspectos o problemas particulares no a partir de la inserción de la mujer dentro del contexto histórico social y literario, porque es un recorrido cronológico de un trabajo más extenso, sino desde la concepción postmoderna de retorno a la historia como modelo de ubicación y situación del sujeto. La obra de Ana Teresa Torres retoma (según la crítica) con bastante acierto el término introducido por Unamuno y la generación del ’98 de “Novela intrahistórica”5. En sus novelas “El exilio del tiempo” y “Doña Inés contra el olvido” hay una liberación del culto a los hechos, ellos son circunstancias para otra historia sin restricciones, una historia que se desconstruye, que transforma a los personajes y a los acontecimientos en simples textos, que privando al pasado del sentido de realidad y a la historia de verdad absoluta se permite atenuar la distinción entre historia y ficción. En la obra de Ana Teresa Torres está reflejado la conciencia del tiempo que le toca vivir y de la particular importancia que toma la mujer, su historia, y su visión en el nuevo milenio, pero, al mismo tiempo surge en ella el cuestionamiento de ese poder, esa oportunidad de convertirse también en una historia oficial, que se constituya en la representante de la clase, la raza, o el género, porque aún desde la barrera de la postmodernidad ¿no está acaso también en la lucha por el poder?: “Temo también que todo sea a veces lo mismo y que haya una sola historia, repetida y monótona, con discretas variantes. Nuestra vida, tan coincidente y yuxtapuesta ¿no será el eco y los anuncios de otras?... ¿son nuestras coincidencias o espejos diversos de otras nosotras mismas que hubiéramos podido ser, múltiples configuraciones o juegos de luz, violentados personajes con los que ensayamos juntos obras inconclusas, siguiendo guiones desconocidos, tanteando diálogos perdidos?6

Asunto delicado que supone, un escritor menos sometido a una disciplina y más a un arte, esto es, a una percepción de la realidad de manera sensible pero, en constante cuestionamiento. En la búsqueda, de ¿quiénes somos los latinoamericanos?, que es la eterna pregunta por nuestra identidad, la cual nos ha acompañado durante los últimos dos siglos, puede ser quizás hasta un afán desmedido que terminará como dice Rama “absorbiendo toda libertad humana, porque sólo en su campo se tiende la batalla de nuevos sectores que disputan posiciones de poder”.7

Autor y licencia de 'La desconstrucción del tiempo de la historia a través de la ficción en la novela El exilio del tiempo de Ana Teresa Torres - La desconstrucción del tiempo de la historia venezolana'
Javier Meneses Linares Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero26/atorres.html CopyLeft
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