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La deuda externa, un problema político global - Los alcances de la deuda externa

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CopyLeft Artículo de Alberto Acosta - 19 de Septiembre de 2005
2. Los alcances de la deuda externa

Para entender la lógica de la deuda externa hay que estudiar su contexto sistémico. La deuda, para empezar, no puede tratarse exclusivamente en el ámbito de lo financiero, resaltando sus aspectos técnicos. Hay que tener conciencia que no se llegó al endeudamiento externo simplemente por la escasez de capitales, es decir porque el ahorro interno de los países empobrecidos es insuficiente y porque eso obliga a recurrir al ahorro externo, como un complemento financiero. Esa visión esconde una posición tecnocrática y, por cierto, una posición política ideologizada. Aunque hay que poner este aspecto en la mesa, no hay que centrarse sólo en él.

Otro problema importante es el desperdicio de los recursos contratados, pues la ineficiencia es compañera inseparable de las crisis de deuda externa. A esto se suma la corrupción en la que los deudores no son los únicos actores. Desde el lado de los acreedores la corrupción ha sido potenciada por las prácticas financieras y por los marcos jurídicos que, por ejemplo, permiten en algunos países industrializados descontar de los impuestos aquellos egresos orientados a "aceitar" las negociaciones comerciales o financieras externas. No obstante, sin desconocer factores como la corrupción y la ineficiencia, cabe tener conciencia de que los problemas del sobreendeudamiento tampoco se entienden solo desde esa perspectiva. Es más, las crisis de deuda no constituyen hechos aislados o nuevos, registrados en unos cuantos países.

La deuda en sí es otra manifestación de la evolución del propio sistema capitalista. Y como tal las crisis de deuda se suceden cíclicamente, con una serie de elementos nuevos y otros que ya se vivieron en épocas anteriores. La deuda en sí está vinculada con los ciclos de evolución del sistema capitalista y por tanto responde en gran medida a las necesidades de acumulación de capital. Entonces las crisis no se originan simplemente en los países que contratan la deuda. En términos históricos, se constata la existencia de crisis de deuda recurrentes: 1825, 1870-1890, 1930, 1982... Por lo tanto, la contratación y aún el uso de créditos externos no dependen solamente de la voluntad de un gobierno y de la necesidad de recursos que tenga un país.

En realidad los detonantes de las crisis se explican mucho más desde las políticas y las instituciones de los grandes países acreedores. Son sus intereses los que condicionan los procesos de endeudamiento y de ajuste. Por eso las acciones adoptadas en momentos críticos por los organismos multilaterales de crédito han estado destinadas a proteger los intereses de los acreedores antes que las necesidades de los países empobrecidos, obligándolos, por ejemplo, a abrir sin restricciones sus cuentas de capitales y sus mercados para los productos provenientes del mundo industrializado. Lo que cuenta es que las políticas económicas de los países desarrollados condicionan profundamente la situación en los países subdesarrollados (3). Como reconoce la UNCTAD en su Informe anual del 2001, "casi todas las crisis importantes en los mercados emergentes han estado relacionadas con variaciones de los tipos de cambio y las políticas monetarias de los principales países industrializados"; variaciones propias de las políticas económicas de dichos países, que tienen una explicación sistémica en última instancia (4).

Hay determinadas épocas en que los capitales se expanden, buscan mercados fuera de sus economías y salen en forma de créditos baratos y abundantes cuando no pueden ser colocados en las economías líderes, en las economías dominantes. Eso se experimentó en los años setenta del siglo XX, por ejemplo. De un momento a otro los países del mal llamado "tercer mundo" se encontraron que con relativa facilidad y de una manera rápida se conseguían los créditos, anteriormente tan esquivos.

Por lo tanto, la demanda de préstamos no es la única razón para la existencia del endeudamiento externo y su mal uso tampoco la única explicación de las crisis. En este contexto, la actual crisis de sobreendeudamiento encuentra sus orígenes en una serie de factores sistémicos externos y también internos, pero en particular en la oferta de recursos financieros en los países desarrollados, especialmente en los EEUU.

Recuérdese que el surgimiento del endeudamiento en los años setenta del siglo XX se debió a la afluencia masiva de los llamados eurodólares (5), por efecto, entre otros factores, de los desbalances que provocó la aventura imperialista de Washington en Indochina, mucho antes del alza de los precios del petróleo. La masa de estos dólares fuera de EEUU se amplió con la eliminación de la convertibilidad del dólar en oro, en agosto de 1971. En lugar de corregir internamente los desequilibrios de la balanza de pagos, el gobierno norteamericano violentó las reglas básicas del sistema monetario internacional, de manera unilateral, al anunciar el presidente Richard Nixon que a partir de entonces el dólar no sería convertible en oro. Con esta decisión se recusó el régimen de tipos de cambio fijos que caracterizó el sistema de Bretton Woods inaugurado en 1944. Y desde 1973 el mundo ingresó en un régimen de tipos de cambio flexibles o flotantes.

Con esta decisión unilateral los dólares que poseían los países del mundo se devaluaron de facto, convirtiéndose en abultada deuda flotante de EEUU, adjudicada y distribuida compulsivamente alrededor del mundo. A partir de entonces, la oferta del dólar -y lo que ella representaba en el ámbito financiero y monetario mundial- parecía limitada, en lo esencial, por las decisiones de la política económica de los propios EEUU.

La carrera expansionista de las disponibilidades financieras a nivel internacional, encontró su punto de partida, a más de los problemas derivados de la guerra de Vietnam, en la pugna comercial entre las grandes potencias. Vistas así las cosas, fueron los EEUU los que originaron la primera fase del proceso de endeudamiento, la danza de los millones. Ellos, según Aldo Ferrer, "tuvieron el privilegio de financiar su desequilibrio 'exportando' su moneda nacional. La liquidez se fue acumulando en los bancos centrales y se filtró progresivamente hacia la banca privada, aumentando su capacidad prestable".

Luego, el monto de recursos financieros se incrementó con los petrodólares (6), los que, al no encontrar utilización productiva en el Norte, fueron canalizados alegremente hacia el Sur, tradicionalmente marginado de los mercados financieros internacionales. En ese entonces los acreedores "se olvidaron" de tomar en consideración la capacidad de pago de los deudores. Además, las bajas tasas de interés en la economía estadounidense sobre todo, inferiores a la inflación, eran una invitación para endeudarse. Por eso la demanda de recursos financieros represados en el "tercer mundo" no fue motivo suficiente para que se movilizara el flujo de los recursos externos requeridos.

De lo anterior se desprende que la elevada liquidez internacional de los años setenta no surgió simplemente como consecuencia de las alzas de los precios del petróleo. La cual, sin duda, contribuyó a aumentar la disponibilidad de dólares en el mercado mundial.

Posteriormente, también en los EEUU se generó la reversión del flujo de capitales, sobre todo en los años 80, cuando sus desequilibrios económicos los transformaron en una aspiradora de capitales. A raíz del "reaganomics" (7), se experimentó un proceso de recuperación de capitales por parte de los países del Norte a través de un sostenido incremento de las tasas de interés. Estas que habían fluctuado entre 4 y 6%, se bordearon el 20%.

Esta elevación repentina y arbitraria de las tasas de interés fue la que provocó el reflujo masivo de capitales que se mencionó: los países pobres endeudados fueron "amarrados a la pesada rueda del interés compuesto", en cuya fijación no funciona la lógica del mercado. En la práctica los grupos financieros más poderosos imponen sus condiciones; la tasa de interés es un precio fijado en condiciones oligopólicas, como resultado de decisiones de cartel. En este contexto juegan un papel importante los organismos de crédito y aquellas empresas especializadas en determinar el riesgo-país, a través del cual se discrimina a los países y a las empresas en función de los intereses de los acreedores y, por cierto, de los principales grupos transnacionales. Aquí cabría preguntarse por qué una empresa petrolera estatal financieramente consolidada como Petrobrás, por ejemplo, debe asumir créditos con tasas de interés más altas que las que paga otra empresa petrolera internacional, seguramente no tan vigorosa.

Desde principios de los ochenta, con tasas de interés altas, los EEUU atrajeron capitales. Y América Latina exportó esos capitales, destinados a financiar las grandes transformaciones tecnológicas en el Norte, sobre todo en dicho país. Entonces se volvió a sentir a la deuda externa como un problema; y empezó una nueva crisis similar a las anteriores. Este proceso, una vez más, vino acompañado con una reducción de la demanda de las materias primas, con la consiguiente caída de su cotización.

En suma, durante el libertinaje financiero de los setenta en el siglo XX, los gobiernos (muchos de ellos dictatoriales, apoyados por EEUU y sus aliados) y los grupos dominantes en los países periféricos encontraron la oportunidad para satisfacer, aunque sea parcial y temporalmente, el déficit crónico de financiamiento. Y lo hicieron sin preocuparse demasiado por el uso de los créditos, de los que se beneficiaron los mismos grupos dominantes. Adicionalmente, estos recursos sirvieron para postergar reformas estructurales indispensables, como pudo ser el establecimiento de un sistema tributario socialmente equitativo. Posteriormente, en la época del pago, aquellos sectores marginados de los "beneficios" del endeudamiento foráneo fueron convocados a asumir su servicio. Al decir de Horacio Verbitsky, la deuda fue "el gran mecanismo reciclador de las relaciones de poder porque unos gozan del crédito y otros lo pagan".

Entre el año 80 y el año 90 América Latina realizó una transferencia neta negativa por 238 mil millones de dólares a los acreedores, sobre todo a los EEUU. Transferencia que se calcula sumando los nuevos préstamos al monto de deuda existente en 1980: 257 mil millones de dólares, y restando el pago del capital e intereses. Al año 1990, la deuda externa, como por arte de magia, alcanzó los 440 mil millones de dólares. En términos netos se pagó una suma enorme: 238 mil millones, mientras que la deuda creció en casi 220 mil millones, tal como se ve en el Cuadro Nº 1. Esta deuda, en palabras de Franz Hinkelammert, adquirió vida propia. Se instauró la locura financiera, la lujuria especulativa, la sin razón de los intereses que se cobran sobre los intereses atrasados (anatocismo) o la misma usura en las tasas de interés impuestas (8). La deuda se volvió impagable.

Esa cantidad transferida representa -para tener una idea de magnitud- un equivalente a 3 veces el Plan Marshall, con el que los EEUU financiaron entre 1948 y 1953 la reconstrucción de Europa. América Latina, en términos concretos, financió la recuperación de las economías desarrolladas, en particular la de los EEUU. Eric Toussaint asegura que el servicio bruto de la deuda realizado por todos los países empobrecidos desde el año 80 hasta el año 2000, representó 43 Planes Marshall, y lo que pagan anualmente estos países en la actualidad como servicio de la deuda representa 3 Planes Marshall. Esta realidad contradice aquel mensaje tan repetido con el que se quiere convencer a las sociedades de los países deudores de que hay que pagar la deuda para no quedarse sin nuevos ingresos, pues en la práctica, durante largos períodos, los flujos financieros netos se han dirigido desde el Sur hacia el Norte.

A esta sangría crónica se podría añadir lo que ha significado la transferencia de recursos por el deterioro de los términos de intercambio, la fuga de capitales, la pérdida de capital humano (emigraciones) (9).

En varios y prolongados períodos, los países deudores han sufrido por los vaivenes de los precios de sus materias primas, basta observar la evolución del precio del petróleo. Problema agravado por el neoproteccionismo de los países acreedores; como muestra véase las dificultades que tiene el banano latinoamericano para ingresar al mercado europeo.

Autor y licencia de 'La deuda externa, un problema político global - Los alcances de la deuda externa'
Alberto Acosta Extraído de: http://www.lainsignia.org CopyLeft
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