



Escribir en las clases de español como lengua extranjera no es fácil. Obstáculos cognitivos (dificultades para disponer de un qué), comunicativos (falta de un receptor presente), lingüísticos (necesidad de un conocimiento gramatical) y organizativos (problemas para destacar un cómo), en el caso del alumnado, y no dar valor a unas actividades sugerentes, nada mecánicas ni repetitivas, y dirigidas hacia una vivencia social, por parte del profesor, hacen que la tarea sea compleja de dominar. Aburrimiento, deberes, dificultad, ejercicio silencioso, escasa motivación, trabajo alejado de la realidad cotidiana y, por ultimo, destinado a una corrección son, además, tópicos que han apuntalado más una mala imagen que suele tener el estudiante de E/LE. Y por más que la expresión escrita es labor habitual para expresar intenciones artísticas (cuentos, novelas, poemas, …) o reflexiones (anuarios, programaciones, proyectos, …) o para lograr que una oralidad se exponga como mensaje escrito (apuntes, dictados, notas, …) o para manifestar unos objetivos funcionales (cartas, curriculum vitae, instancias, …) o para transformar modos de información (esquemas, guiones, resúmenes, …) parece que un no muy positivo cuadro está bien sujeto en la conciencia del alumnado.
Hasta el momento tres grandes caminos de actuación observamos para marcar la práctica de la escritura en la enseñanza del español como lengua extranjera. Según manuales, el profesional puede encontrar actividades que tienen su razón de ser en la aplicación directa de la materia gramatical y del vocabulario y que suelen aparecer bajo muestras de talante estructural, centradas en el producto. Así, por un lado, hallamos ejercicios de adecuación (corrección oracional, ordenación de palabras en contextos agramaticales, …), construcción (completa) de diálogos o de oraciones, copia (escritura en un apartado correspondiente, dictado, …), explicación corta (oracional) sobre un asunto (con imagen o sin ella), sustitución (cambio de género, de número, ...), transformación, ... Y, por otra parte, vemos pautas más abarcadoras ya basadas en un referente textual dado, como escritos pequeños de creación a partir de varias cuestiones, respuestas que demuestren una comprensión lectora, resúmenes, traducciones, ..., ya carentes de aquél, como los textos de escritura libre. En suma, una vía directa de la palabra a la oración, de la oración al texto.
Una segunda línea de docencia se vertebra en torno a objetivos comunicativos. La lengua escrita aparece aquí entendida con una mayor carga de interacción social, y por eso las propuestas buscan el análisis y la (re)producción de testimonios corrientes y útiles en la vida cotidiana. Es entonces cuando se justifica la muestra de gran disparidad de materiales de uso real, agrupados por funciones, tipos, y destinados a un receptor (formularios, impresos, telegramas, ...). Y todo, para saber dar órdenes, describir, narrar, pedir información, rechazar planes, saludar, ...
Y, finalmente, una tercera posibilidad de trabajo la ofrecen las actividades interactivas y las tareas, que hacen hincapié en el alumnado y en el proceso. La idea de alcanzar una integración de todas las comprensiones y las expresiones para conseguir un objetivo final de naturaleza comunicativa ha hecho sacar a la luz caminos pedagógicos que procuran que la escritura se integre en un marco de interacción abierto, amplio.
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