La forma de construir la estructura de Objetivos Menores comienza con el establecimiento de una pregunta elemental:
¿QUÉ QUEREMOS?
Puede parecer paradójico, puede resultar absurdo o se puede caer, incluso, en el riesgo de lo ridículo, pero no por ello puede eludirse ésta realidad: ¡Muchas organizaciones no saben exactamente lo que quieren!. Tienen enormes dificultades para plantear elocuentemente sus deseos, sus expectativas. En muchos casos el planteamiento de ellos transita una ruta periférica, no se dirige de manera específica a la órbita de los intereses de la Misión, del Negocio. En otros casos se sujeta a un mecánica repetitiva y demasiado elemental: crecimiento, liderazgo, participación de mercado, expansión, etc. Todos estos son por supuesto objetivos de corto plazo en función de la categoría y de la trascendencia que tiene el Negocio.
En algunos casos la situación es aún peor, porque las organizaciones ni siquiera conocen adecuadamente su propio Negocio. No puede deberse a otra cosa el hecho que muchos procesos tradicionales de planificación se inicien con el planteamiento de la pregunta ¿en que negocio estamos?, como un esfuerzo destinado a tratar de definir la Misión.
Es sólo cuestión de imaginarse tamaño despropósito: si una Organización debe hacer esfuerzos metodológicos para definir su Negocio, resta esperar muy poco respecto a sus deseos y expectativas para el futuro.
La construcción de lo Objetivos Menores que soporten la Misión organizacional (que no es otra cosa que el Negocio), comienza necesariamente por responder la pregunta ¿qué queremos?. Y esta pregunta debe responderse con lógica trascendente, es decir en términos de un futuro que exceda, incluso, la permanencia natural promedio de la gente que forma la Organización. Los horizontes del tiempo de vida de una Organización son por naturaleza mayores a las de cualquier persona que circunstancialmente forma parte de ella. Y es necesario explorar estos horizontes de tiempo el momento de responder la pregunta.
Una prueba evidente de la pertinencia de esta demanda se encuentra en algunas de las grandes organizaciones del mundo cuyo estado actual (mas allá de las coyunturas), es un producto de la Visión trascendente de hombres grandes que le dieron forma y destino. Hombres como Ford, Edison, Graham Bell, Sloan, etc., respondieron la pregunta ¿qué queremos? en un horizonte de tiempo que excedía el de sus propias vidas, y de esta manera definieron el carácter de sus organizaciones durante décadas. Marcaron el rumbo, tendieron el surco y de allí para adelante facilitaron la sucesiva construcción de objetivos menores.
Organizaciones como estas son definitivamente una excepción en el mundo de los negocios, porque el resto de las millones que existen transitan el “anonimato trascendente”, viven la coyuntura, entre pequeños éxitos y pequeños fracasos.
La Visión de Negocio no tiene horizontes de tiempo definidos. Es una respuesta trascendente a la pregunta ¿qué queremos?. Se proyecta en el tiempo, diseñando en el futuro la Organización que se quiere ser y el Negocio que habrá de soportarla.
La Visión del Negocio es patrimonio de hombres, no de la Organización, y es definitivamente patrimonio de Hombres Grandes, que tienen además la habilidad suficiente de dejar esta Visión en herencia a los que les suceden, consiguiendo con ello que constituya una Visión que no se separa del destino de la Organización mucho tiempo después que ellos mismos han desaparecido. Esta Visión del Negocio no tiene nada que ver con la Visión que habitualmente se plantea en los procesos de planificación, ésta última tiene carácter instrumental, se encuentra ubicada por debajo de aquella, apenas encima de los objetivos operativos.
La Visión del Negocio es aquella de los Ford, los Edison, los Sloan: una imagen trascendente del futuro, del carácter, del valor, del tamaño, de la importancia y del significado que la Organización tendrá. Es una Visión Capital, un llamado a la “tierra prometida”, ÉSA Organización que los trabajadores japoneses le quieren dejar a sus hijos.
La Visión del Negocio debe echar raíces en la Organización hasta convertirse en un Rasgo de Identidad, como producto de haber sido anunciada y planteada por las energías constituyentes y de haber sido incorporada en el “sentir” mismo de las energías constituidas.
Las personas deben sentir que forman parte de un Proyecto que tiende cuerdas desde el futuro, mas que de una Organización que se desenvuelve entre la pequeñeces del presente y del corto plazo.
La Visión del Negocio tampoco tiene límites en cuanto a su forma. Debe ser por esencia grandiosa, llena de promesas, plena en todas sus ofertas.
Por muy curioso que parezca, la naturaleza misma del hombre exige la existencia de algo como esto. No existe hombre sobre la tierra exento del poder que una Visión grandiosa y llena de promesas otorga. No existe tampoco hombre alguno que no se plantee, aun cuando sea en lo mas profundo de la intimidad, un futuro de esta naturaleza.
La Organización únicamente proyecta esta necesidad natural del hombre hacia sus intereses colectivos.