La estructura narrativa del ser humano (1ª parte) - Historias en el tiempo
"No sé en que clase de historia habremos caído"
J.R.R. Tolkien.
Pero quizás, una explicación certera con respecto a por qué el ser humano se revela lo que es en las manos que utiliza y en las historias que narra, la ofrece Hannah Arendt, cuando advierte que es “mediante la acción y el discurso, [donde] los hombres muestran quienes son, revelan activamente su única y personal identidad y hacen su aparición en el mundo humano” (Arendt, 1958: 203). Es en la acción y en el discurso donde los hombres se presentan unos a otros, no como objetos físicos, no como un qué, sino como hombres únicos e irrepetibles capaces de actuar donde antes nada se hacía, o contar historias que nunca habían sido contadas; capaces de lo inesperado, de dar una versión originaria y original de sí mismos y de los demás, es decir, de aparecer en el mundo como un quién. Ante esta situación, la acción y la voz son los modos con los que, dice Arendt, se responde a la pregunta “¿quién eres tú?”. Ante un hecho tan trivial como la pregunta “¿de quién es ese coche blanco?”, cabría contestar que “de Juan”, pero ante la pregunta “¿y quién es Juan?” solo cabe narrar la parte de la vida de Juan que detalle y enmarque las acciones y las historias que aclaren quien es, esperando que, efectivamente, el coche sea suyo.
Las historias que se hacen con las manos, al igual que las historias que se relatan, no tienen todas el mismo carácter, ni hacen comparecer lo humano de la misma forma. Hay historias mejores y peores que otras, hay historias donde lo propiamente humano se revela por la excelencia de las acciones del individuo que las personifica, y si son valiosas y ejemplificadoras para los otros hombres de otra, o la misma, época entonces esa historia se vuelve un clásico, y ese individuo un modelo, un héroe o un santo. También hay historias y acciones que narran y muestran la contrariedad que el hombre puede enseñar y ensañarse a sí mismo. Hay historias donde lo humano puede volverse inhumano, donde la excelencia puede volverse maldad y los personajes que la ejecutan pueden volverse monstruos, esto es, seres que, como diría Descartes, deforman la naturaleza o que son deformes por que no se les entiende como fruto de ella. Este hecho es posible por la reflexión que hemos mencionado antes de que justamente lo primordialmente humano es tener que escribir, interpretar y actuar la historia de uno mismo y el mundo que le toca vivir sin tenerla prescrita o pre-escrita absolutamente con anterioridad. Pero, pese a ser lo primordialmente humano, esto no quiere decir que todas las historias estén en el mismo plano, ni que todas tengan un sentido auténticamente humanitario. Si todas las historias y las interpretaciones fuesen correctas, entonces cualquier hombre que hiciera una historia, con las manos o con las palabras, acertaría siempre, daría un sentido verdadero. Por otro lado, si la naturaleza humana sólo fuese pura interpretación, si aquello que somos sólo dependiera de aquello que decimos que somos, entonces siempre se atinaría. Y si así fuera, ¿qué sentido tendría contemplar dos interpretaciones antagónicas y situarlas en el mismo plano de certeza, de bondad y de importancia? La cuestión estriba más bien en que no hay que confundir el que “todas las interpretaciones de lo humano valen” con el que, por una parte, no haya una única y absoluta interpretación valedera sino múltiples y variadas, pues así somos los hombres: múltiples y variados; y, por otra, con que no exista, por consiguiente, una fiabilidad definitiva en la interpretación que se da. Ante esto, se puede redisponer la consideración con la que empezábamos cuando decíamos que lo primigenio en el hombre es preguntarse “¿qué es el ser humano?” y el mundo que lo circunscribe, para decir ahora que la trascendencia de la pregunta “¿qué es el ser humano?” reside propiamente en que en su contestación se fragua otra pregunta de mayor compromiso existencial: “¿qué es ser humano?”
Ahora no consiste solamente en percibir que no todas las historias, ni todas las acciones, descubren lo peculiarmente humano, sino que la misma noción de “lo humano” es esencialmente epocal o histórica. Como dice Gadamer, “No se hacen experiencias sin la actividad del preguntar. El conocimiento de que algo es así y no como uno creía implica evidentemente que se ha pasado por la pregunta de sí es o no es así. La apertura que caracteriza la esencia de la experiencia es lógicamente hablando esta apertura del ‘así o de otro modo’. Tiene la estructura de la pregunta”(Gadamer, 1960: 439). Cuando algo puede ser otro modo, es contingente, y la forma que se es debe ser contada por ese ser, entonces comparecen las cambiadizas respuestas que se pueden dar. Entra entonces en escena la Historia. Entra entonces en escena el Tiempo. La idea de que la esencia de lo humano, o el mismo ser humano, es atemporal, inmutable y tangiblemente universal, es una postura mantenida por muchos y muy distintos pensadores y humanistas. No lo puede expresar mejor Pedro Salinas en La voz a ti debida cuando reclama a su amada, y la nombra:
Para vivir no quiero
islas, palacios, torres.
¡Que alegría más alta:
vivir en los pronombres!
Quítate ya los trajes,
las señas, los retratos;
yo no te quiero así,
disfrazada de otra,
hija siempre de algo.
Te quiero pura, libre,
irreductible: tú.
Sé que cuando te llame
entre todas las gentes del mundo
sólo tú serás tú.
Y cuando me preguntes
quién es el que te llama,
el que te quiere suya,
enterraré los nombres,
los rótulos, la historia.
Iré rompiendo todo
lo que me echaron
desde antes de nacer.
Y vuelto ya al anónimo
eterno del desnudo, de la piedra, del mundo,
te diré:
“Yo te quiero, soy yo”.
(Salinas, 1990: 88. El subrayado es mío)
Entender la esencia del ser humano, sus entrañas más expresivas o su radicalidad última en base a una desnudez de determinaciones histórico-sociales y a la ausencia de peculiaridades individuales, es lo mismo que expresar, con otras palabras, que en un individuo cualquiera y en último término, nada de auténticamente humano dice de su esencia, su nombre, su rótulo o su historia. Llegándose a afirmar que el mejor nombre posible para llamar a alguien sea lo puramente indeterminado, algo así como el “oye, TÚ”. Pero, y pese a que esta postura es más extendida de lo que asemeja, no es exactamente lo que Salinas pretende afirmar. El “tú” de Salinas es un tú sumamente concreto, sumamente conciso e irrepetible, porque ese “tú” no es cualquier persona, y no es indefinido ni aplicable universalmente, ni mucho menos lo es cuando Salinas lo pronuncia, por que ese “tú” es el de la persona amada, no pudiéndose confundir con nadie que se le parezca. La erótica o el amor en plenitud se presenta así como una de las formas de superación temporal que tiene el hombre a su alcance. Pero no como si el hombre superase y se separase de la historia de manera divina, como un Dios, sino del modo en que el hombre, inserto en su historicidad, puede y tiene la capacidad de llamar específicamente a alguien incluso a través “de [todos] los nombres, [todos] los rótulos, y la historia”.
Lo que sucede es que el enamoramiento tiende a absolutizar, a hacer ab-suelta, la persona amada, ignorando la dimensión temporal y lo circunstancial. Resulta mucho más “razonable” entender al hombre dentro de sus particularidades, donde uno es uno porque justamente uno vive como vive uno. Donde las singularidades propias y características definen y concretizan, esto es, narran, lo singular y característico del sujeto. La famosa definición de Ortega de “yo soy yo y mis circunstancias” iría encaminada en este sentido. Es lo circunstancial aquello que define primeramente mi yo, las cosas que me pasan, la sociedad en la que vivo, la familia que tengo, por que el ser humano no se entiende sin vivir en “una circunstancia”. Siempre soy yo y mi circunstancia, hasta tal punto que incluso lo más particular -vs. Universal- y excepcional -vs. lo racionalmente normativo- puede ser lo más meritoriamente humano: de esa clase de circunstancias son los héroes, los santos y los modelos. Y, únicamente probable, no sólo lo particular y lo excepcional sean lo digno de merecimiento, sino que sean también además lo que nos permite y otorga la disposición de llamarnos humanos, pues, como sigue la expresión de Ortega, “yo soy yo y mis circunstancias, y si no salvo mis circunstancias, tampoco me salvaré yo”. Habitualmente se suele silenciar esta segunda parte de la proposición orteguiana.
En la década de los años sesenta y setenta en España, en el ámbito poético, se empezaba a fraguar una corriente llamada “Poesía de la Experiencia”, influenciados literariamente por Gil de Biedma. La definición de lo humano en base a lo cotidiano, lo individualizado y lo concreto de la persona, siendo cada persona cada persona, produjo el recurso estilístico de la creación de un yo poético de forma generalizada entre los poetas. El yo creado y reflejado en el poemaes un yo con nombres, rótulos e historias, cargado de mundaneidad y espolvoreado de cierto desarraigo vital. La circunstancia orteguiana versificada. El caso de Miguel d’Ors y su poema Radiografía es un buen ejemplo de ello:
Por gallego esta lluvia
oscura murmurándome en el alma.
Por d’Ors la habilidad para el fracaso.
Por Navarra esta forma de agarrar las preguntas por los cuernos.
Por lo visto poeta.
Y además ciudadano de las nieves
sin nombre, tiernamente amargo como
los cortos de Charlot,
eterno partidario de los ciento volando,
católico a pesar de ser católico,
inesperado como los viejos Blanco y Negro,
Salicio juntamente y Nemoroso,
Al margen, reaccionario progresista, extranjero
crónico, capricrónico. Distinto a este poema.
(D’Ors: 1987)
Pero el poema de d’Ors no sólo es la excusa lírica para la contraposición con Salinas, sino que muestra también como el sujeto no queda agotado en la circunstancia de Ortega, es más, ni el mismo Ortega reconoce que la persona quede plenamente comprendida bajo sus dimensiones peculiares e históricas, pues el que necesite vivir en mis circunstancias no implica que yo sea meramente mis circunstancias; ya que, más bien, ese sería el segundo yo en la frase orteguiana. El primer yo es el que abarca al yo que vive las circunstancias, es decir, al segundo yo. Yo soy el yo que vive con las circunstancias; circunstancias que son todo el elenco de pasajes vividos que cita d’Ors, pero Miguel d’Ors no es el conjunto formado por todas las vivencias que ha hecho o sufrido. Esa también sería la tesis de Hume, según la cual, el yo sería definido por la totalidad de sensaciones e ideas que tiene un sujeto. Por lo menos en el plano cognoscitivo. Siendo el yo solamente un punto referencial y formal que haría posible la adjudicación de pensamientos a un ente pensante. Sería un yo sin ningún tipo de sustancialidad. Por eso, d’Ors sabe que él es “distinto de este poema”, y, por lo mismo, Ortega afirma que el yo no es simplemente sus circunstancias, sino que es más extendido, que existe un intervalo. De hecho, la capacidad de crear ese yo poético, de mantener esa distancia con respecto a uno mismo, es una manifestación de esa capacidad de entender la identidad del ser humano más allá del cúmulo de experiencias y sensaciones que uno pueda tener. El Sí mismo como Otro de P. Ricoeur atacaría esta problemática desde otros puntos de vista. La cuestión podría, de forma un tanto simple, quedar resumida en otro verso de d’Ors: “que justo que a mí me tocó ser yo”. Se trata de la tensión existente entre el yo y el si mismo.
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