La estructura narrativa del ser humano (1ª parte) - Sacando al mundo la interpretación

2 - Sacando al mundo la interpretación

Artículo creado por Enrique Anrubia. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero21/est_narr1.html
08 de Septiembre de 2006

“La Poesía detiene las vagas visiones que frecuentan
los interlunios de la vida y velándolas, o con el lenguaje
o con la forma, las envía entre la humanidad”
Shelley

Desde esta perspectiva también cabe entender el por qué se pueden dar interpretaciones que no sean connaturales a la noción intrínseca del hombre como ser que autointerpreta su propia naturaleza, y es que la misma idea que apunta a la necesidad humana de darse una interpretación también señala que dicha interpretación es múltiple, naturalmente diversa. El no tener desde un comienzo dicha interpretación determina justamente la no determinabilidad de una única interpretación, o dicho con otras palabras, la viabilidad del hombre como ser que interpreta su ser lleva a descartar la noción de que sólo hay una y unívoca interpretación de él mismo. De hecho, la misma contemplación a la historia del pensamiento nos ofrece de por sí la reflexión de cuántas y cuán diferentes explicaciones pueden darse sobre qué es el hombre. Desde la filosofía a la sociología, desde la medicina a la física, o desde la economía a la literatura, ofrecen versiones de un personaje llamado hombre, cuyo papel no está escrito ni determinado desde su inicio en su andadura por el mundo.

Ahora bien, se podría pensar que la contestación a qué es el hombre viene marcada por una introspección cognoscitiva, o por una afirmación que se encuadre dentro de los parámetros internos del mismo hombre, de tal manera que para saber qué es no hace falta conocer, ni antes ni después, el mundo que le rodea. Desde esta posición, contestaciones del tipo “lo que es el hombre es un animal racional”, serían del todo plausibles, convincentes y muy generalizadas a lo largo de la historia de las Ciencias Humanas. Ya los pensadores latinos siguiendo la posición aristotélica siguieron esta tesis, de la misma forma que ésta quedó “racionalmente fundamentada” en la Modernidad. Su fracaso anunciado por el postmodernismo, y su posible subsanación por otras definiciones es una constante del estilo de la necesidad de interpretarse que hemos mencionado más arriba. No obstante para ser fieles a Aristóteles, éste no define al hombre como un animal racional -esto sería, concretamente, la traducción latina que se hizo de forma posterior, animal rationis- sino más bien, como un “animal que tiene razón”, donde la razón es un elemento, más o menos específico del ser hombre, al igual que también se posee o se tiene los hábitos, la amistad, o la polis.

A la hora de dar cuenta de qué es el hombre, de dar una interpretación de lo que es, creer que ésta se encuentra en su intimidad reflexiva -el entendimiento- es creer erróneamente que en los fueros internos de las leyes lógicas de la razón se encuentra el contenido de lo distintivamente humano.

El hombre que intenta conocerse, que quiere saber lo que es, parte del mundo que le rodea, de lo que se encuentra y de lo que hace, pues para conocer a la razón misma, como dice Choza, “el entendimiento humano [...] ha de partir del exterior” (Arregui, Choza, 1992: 74). Es decir, que de alguna forma la misma interioridad de la razón se ha de referir al mundo, a un objeto exterior a él. El hombre “tiene intimidad subjetiva, pero no es su intimidad subjetiva” (Ibid: 74). La razón es algo intrínseco y humano, pero el ser humano no se define esencialmente por ella, ni se agota la pregunta de la realidad de lo que es el hombre con la afirmación de su racionalidad, pues como se muestra, incluso la razón misma está también de algún modo referida al mundo exterior. A este respecto, en el plano de la identidad personal, y ante la pregunta del propio sujeto de “¿quién soy yo?”, H. Arendt , P. Ricoeur o M. Bubber han mostrado como es “más que probable que el ‘quién’ que se presenta claro e inconfundible a los demás, permanezca oculto para la propia persona”, y donde la contestación a la pregunta “¿quién soy yo?” quepa responderla de forma más atinada por un “tú”. O para ejemplificarlo de otro modo, el ser humano no puede entenderse como el barón de Munchausen que cruza el lago andando tirándose de su propia coleta; ya que “la esencia de quien es alguien no puede reificarse por [y desde] sí misma”, dice Arendt.

También es curioso, y estudiado por psicólogos y pedagogos, observar como en los niños pequeños el uso de la palabra yo es de difícil aprendizaje, pese a que toman conciencia de su propia identidad y de las realidades sensibles que le rodean mucho antes de su uso correcto. De hecho se suelen asignar a ellos mismos palabras o nombres en primera persona que sustituyen erróneamente al primer pronombre personal del singular, tales como “tú” -pues oyen que así se les llama- o “me”. Este dato, cuasi anecdótico, reafirma el hecho de que lo que primeramente el hombre se encuentra es un mundo que se le abre a los sentidos, con el que tiene que hacer algo, y sobre todo al que le tiene que asignar un nombre, darle un sentido.

Decir qué es algo, o quien es alguien, es asignarle un nombre, pero el nombre que se da a ese algo a ese alguien no es un indicio de una mera fonética o signos escritos arbitrariamente. Los nombres muestran lo que las cosas son en tanto que aquello que son sólo tiene sentido si se les asigna un nombre, puesto que nombrar es decir qué es algo, darle un sentido, y si se dice qué es significa que es pronunciable, nombrable, puede ser escrito o narrado. Cuando algo no tiene sentido, cuando un objeto no sabemos lo que es o un hecho no logramos entender como ha sucedido, no sabemos nombrarlo, no sabemos contar lo que ha ocurrido, o lo contamos pero malamente y de forma incompleta, justamente, porque lo que nos faltan son palabras, nombres, para contar e interpretar lo que esa cosa era, o lo que allí sucedió. Contar historias, narrar, y en un nivel más elemental, nombrar, es una de la formas en las que el hombre da un sentido a la realidad y a sí mismo. De hecho, es la manera más común que el hombre tiene para interpretar y comprender la realidad: cuenta como es, ofrece un historia, da cuentas de algo, brinda una explicación: relata.

Quizás habría que aclarar que, para Aristóteles y muchos filósofos del lenguaje y lingüistas contemporáneos, la unidad mínima de significación no es el nombre, sino la proposición. Cuando en una noche de estrellas alguien dice el nombre “casa”, o, como ET, se señala un punto casi imperceptible en el espacio y se dice “casa”, o incluso “teléfono”, no quiere decir que el sustantivo sea la unidad mínima de significación. En esa situación “casa” o “teléfono” quieren decir “esta es mi casa” o “quiero llamar a mis amigos para ir a mi casa”. Del mismo modo, se puede explicar que la capacidad de otorgar un significado a un sustantivo, conlleva la actitud proposicional, o la capacidad mínima que dictamine “casa es eso” o “teléfono significa ‘quiero llamar a alguien’”.

2 opiniones

mmmmmmmmmm

q chinbo
Impresor.

Excelente, nos muestra otro angulo de la percepción de los hechos y narrativas.

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