Capitulos de este wiki
  1. 1 Contarnos lo que somos
  2. 2 Sacando al mundo la interpretación
  3. 3 Sentido, razón y verdad: prolegómenos para contar historias
  4. 4 Historias en el tiempo
  5. 5 Bibliografía

La estructura narrativa del ser humano (1ª parte) - Sentido, razón y verdad: prolegómenos para contar historias

3 - Sentido, razón y verdad: prolegómenos para contar historias

Artículo creado por Enrique Anrubia. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero21/est_narr1.html
08 de Septiembre de 2006

"Érase una vez..."
Literatos y Científicos diversos

Tratar al hombre como un “contador de historias” no ha sido tampoco algo inusual en la historia del pensamiento. Autores como Heidegger o Marín así lo han visto. El animal que cuenta historias, es el viviente que encuentra y da sentido al mundo y a sí mismo mediante la palabra. Kant no se equivocaba al pensar que la disciplina más acertada para resituar y entender qué es el hombre era la antropología, ya que, a pesar de que su marco teórico distaba mucho de lo que estamos exponiendo, la antropología, etimológicamente, no es sino el tratado, la historia, la palabra, que intenta hacer inteligible, decir qué es, dar una versión, de ese animal que cuenta historias y que interpreta. La historia de por qué contamos historias.

Desde este planteamiento, se podría completar una definición simbólica del hombre con aquella que da Higinio Marín: “bípedo con manos que cuenta historias”, que sería, quizás, cierta exégesis de aquella otra que pronunció Marcel, V. Frankl o Cassirer: animal de sentido o animal simbólico. El hombre es el animal que le encuentra sentido al mundo con sus manos y con sus historias, pero ese encontrar no es un mero hallar, es un hallazgo mediado por la invención. Se podría objetar que esta definición sería un símil de aquella otra que enmarcaba al hombre dentro de su racionalidad específica, intentando hacer creer, inútilmente, que allá donde antes encontrábamos al entendimiento ahora está la capacidad de dotar de sentido.

Sin embargo habría que observar dos cosas. La primera sería la distinción que los hermeneutas de este siglo han mostrado entre la verdad, criterio lógico de adecuación de la razón al mundo que envuelve al sujeto, y sentido. Decir algo verdadero siempre tiene sentido; cuando en un accidente de tráfico uno de los conductores implicados explica la versión de los hechos acaecidos correctamente, esto es, diciendo lo que realmente sucedió, no sólo está diciendo algo con sentido, si no también algo verdadero. Sin embargo, cuando el otro conductor también implicado ofrece la suya, y lo hace descaradamente mintiendo pero de forma persuasiva y convincente, no sólo está declarando algo falso, sino que, y es lo primordial, también su declaración tiene un sentido. Mientras que en los criterios meramente racionales la falsedad, las historias que no se ajustan al mundo que nos rodean, queda descartada, en la noción de sentido sí que encuentra cobijo. La noción de sentido es, al menos lingüísticamente, anterior a la noción de verdad, ya que lo falaz también tiene sentido. Así lo interpretó Wittgenstein al entender que en una proposición cualquiera, el sentido de ésta era su poder ser verdadera o su poder ser falsa. Si continuamos el argumento cabría decir que aquello que el hombre puede genuinamente hacer es sobredimensionar la realidad, dar un interpretación, un sentido a las cosas que en verdad no tienen ellas por sí mismas. Hasta tal punto se puede obviar la realidad sensible que aquello que en un primer momento podría parecer creíble, con sentido, deja de tenerlo. De la misma forma que si la mentira es demasiado exagerada nadie se la cree porque no tiene “sentido” que los hechos ocurriesen así. Ya Aristóteles decía en su Poética que la tragedia, la forma de contar las historias dramáticas, debe contar las acciones de los hombres de forma verosímil, pues, de lo contrario, no conseguirían el efecto catártico deseado en el espectador ateniense. Sin embargo, sería equivocado pensar que lo genuino en el hombre es mentir, ofrecer versiones erradas de lo que nos pasa y de lo que somos, puesto que, en último término, tampoco la mentira tiene sentido. Es más, si se continúa la argumentación, también podríamos distinguir, por un lado, entre “el sentido de que un hombre diga un mentira”, esto es, el significado de la situación o de la acción, y por otro, el que la mentira, en última instancia, no tenga sentido. Pues, en un nivel cuasi-ontológico, expresar una mentira es decir lo que no es, decir como no son las cosas, y lo que no es no tiene sentido nombrarlo.

Más bien, el hecho de la existencia de las interpretaciones desacertadas sólo sugeriría lo que más arriba ya hemos dicho: que no existe una y única interpretación válida para el hombre y la naturaleza que lo circunscribe, y que, por lo tanto, no hay una absoluta garantía fidedigna de poseer la interpretación verdadera. Por último, en el caso de la mentira voluntaria, la de nuestro embustero conductor, habría que decir que en ese caso se es consciente de que sí que existe una interpretación más correcta y atinada que la que él mismo expone.

La segunda objeción que aclara que el hombre es, sobre todo, un animal de sentido, vendría amparada por lo antes expuesto. Más arriba hemos mencionado que lo que primariamente el hombre se encuentra ante la pregunta de qué es él es la pregunta misma, y no la racionalidad. Pero, a su vez, podemos observar que la pregunta ¿qué es el hombre? tiene también sentido, y no sólo gramaticalmente, sino que, además, también tiene un sentido, a saber, que la opción más razonable que puede hacer un animal que no sabe su propia historia es preguntársela, intentar averiguarla cuestionándose qué es. Desde luego, no todo el mundo se pregunta “¿quién es?”, pues incluso si peca de decirlo a sus allegados puede ser tachado de “filósofo o antropólogo”. Sin embargo sí todo el mundo responde a esa pregunta, pues las acciones y las palabras que se hacen a lo largo de un vida es el modo de afirmar quien es uno. La consciencia o explicitación de la pregunta no anula a la pregunta misma. Hacerse cargo de esto es apadrinar la tesis de que un animal que busca su propio sentido abarca igualmente la idea de que es un ser que se pregunta, es decir, que engloba a la vez al sentido mismo de la pregunta y del preguntarse. Por eso, cabe mantener como Cassirer que “la razón es un término verdaderamente inadecuado para abarcar las formas de vida cultural humana en toda su riqueza y diversidad, pues todas esas formas son formas simbólicas” (Cassirer, 1944: 49).

En este contarse la historia de lo que se es y de lo que se vive, el hacer efectivo el oráculo de Delfos del “conócete a ti mismo”, o el afán de hacerse consciente de que se es un tarea para sí mismo en tanto en cuanto el hombre tiene el ineludible cometido de decirse que es, se manifiesta con otras palabras en el pensamiento heideggeriano de que el hombre es el único ser que problematiza el ser. Tampoco por mera coincidencia, para la escuela pitagórica la sentencia del “conócete a ti mismo” era la respuesta a “¿qué es lo más difícil?”. Pese a todo, esa historia de lo que somos cobra un gesto irremediable y de paso obligado existencialmente si se despliega la idea de que aquello que se es viene formalizado por aquello que uno, o a uno, le explican que es.

2 opiniones

mmmmmmmmmm

q chinbo
Impresor.

Excelente, nos muestra otro angulo de la percepción de los hechos y narrativas.

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Autor y licencia de 'La estructura narrativa del ser humano (1ª parte)'


Artículo de Enrique Anrubia. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero21/est_narr1.html CopyLeft
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