Capitulos de este wiki
  1. 1 Mario Vargas Llosa, Octavio Paz
  2. 2 La muerte de las ideologías
  3. 3 La contradicción y la pasión
  4. 4 Notas

La ética como escritura - La contradicción y la pasión

3 - La contradicción y la pasión

Artículo creado por Rafael Fauquié. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero30/etiescri.html
18 de Agosto de 2006

Tanto Vargas Llosa como Paz exigen el derecho a la contradicción. Contradecirse es, tal vez, la más natural de las actitudes auténticamente críticas. Vivir es evolucionar, crecer, cambiar. Tanto más intensamente vivimos, tanto más susceptibles somos de transformar nuestras miradas y nuestras valoraciones. En el caso de Vargas Llosa, la contradicción termina por hacerse estilo natural, derecho que se exige irrenunciable. Los artículos que escribió en la década de los sesenta, expresan, en muchos sentidos, la exacta antítesis de los que escribe ahora. Curiosamente: frente a iguales temas, conclusiones opuestas.

Tal vez el mayor ejemplo humano de ejercicio de contradicción que recuerde nuestro siglo XX es, precisamente, uno de los grandes mitos referenciales de Vargas Llosa: Jean Paul Sartre. Numerosas veces ha reconocido Vargas Llosa sus profundas deudas con Sartre (a pesar de que su actitud ante el pensador francés es de una extraordinaria dureza crítica). El grupo que rodeó a Sartre -Simone de Beauvoir, Merleau-Ponty, Albert Camus- atrajo muy especialmente la atención de Vargas Llosa (como a toda una joven intelectualidad occidental, que contempló en ellos los exponentes máximos de la sabiduría contemporánea). A Sartre, Vargas Llosa lo veneró hasta el momento de la anecdótica ruptura entre ambos. Sartre escribió una fuerte crítica contra la escritura de ficción en los países subdesarrollados, donde -según su tesis- el intelectual se debía sólo al desarrollo y la superación de su pueblo. Escribir ficción, hacer literatura era, según esa versión, una futilidad irresponsable; casi una abierta inmoralidad. Un novelista en un país africano, asiático o latinoamericano era, para Sartre, un ser definitivamente inmoral. En este punto se separaron los caminos de Vargas Llosa y del filósofo francés. Sin embargo, la ruptura no fue total. Vargas Llosa lo siguió leyendo con interés. En el fondo, nunca dejó de estar muy próximo de su beligerancia feroz, de su irrenunciable criticismo.

También Paz estuvo en algún momento cerca de Sartre. Le dedicó un artículo: "Memento: Jean Paul Sartre" [3]. En él, recuerda cómo lo conoció personalmente, cómo se reunieron en varias oportunidades en un café parisino para conversar sobre diversos temas. Paz distinguió en Sartre un hacedor de ideas que convertía en conceptos todas las realidades. En Sartre, dice Paz, coincideron dos herencias: la de la religiosidad intolerante de calvinistas y hugonotes y la herencia de la Ilustración dieciochesca. Del lado calvinista, llegó a Sartre un ideal de hermandad universal; de la herencia de la Ilustración, una actitud siempre crítica, una inteligencia alerta. La de Sartre fue una actitud hipercrítica que, a veces, lo condujo hacia un exceso: el de la "miopía histórica" (son palabras de Paz). Paz describe a Sartre como un ser de "sorprendente continuidad moral" a quien siempre apasionaron los mismos temas. Recuerda Paz -y en eso difiere de Vargas Llosa- que Sartre fue, sobre todo, un paradójico literato que despreció la literatura. Lo mejor de su obra -dice- es la que se debe al imaginero, al fabulador, al apasionado polemista. Sin embargo, el polemizador terminó por perjudicar al crítico. Sus análisis concluían en acusaciones. Su visión fue la del dogmático moralista, la del profesor que enseña y transmite sólo incuestionables verdades. Sartre fue conciencia y pasión, conciencia de una pasión. Hizo de la filosofía-compromiso esencia de su vida. Filosofía comprometida y filosofía de gestos de compromiso, contradictorios y públicos. De lo mucho que Sartre escribió, Paz recuerda -para contradecirlas- dos frases extraordinarias: "el infierno es los otros" y "la vida comienza del otro lado de la desesperación". La vida de Sartre fue desesperada y desesperanzada. Sus sueños de hermandad universal lo condujeron a la insatisfacción ante el destino del hombre; tormento intelectual que le hizo apoyar todas las revoluciones de nuestro tiempo. En fin: Paz y Vargas Llosa desconfiaron de la virulencia, de la falta de tolerancia de Sartre, pero respetaron la valentía y la pasión con que siempre defendió los principios que decidió asumir.

En su artículo "Las antimemorias de Malraux", Vargas Llosa esboza una interesante tesis -que comparto-: la grandeza no es ajena a ciertos hombres sobre quienes los ojos de todos se depositan en algún momento. Son los elegidos de su tiempo. Cada época tiene los suyos. Es el caso, según Vargas Llosa, de André Malraux: excelente creador y, a la vez, hombre de acción que vivió de cerca algunos de los sucesos más importantes de este siglo y supo escribir sobre ellos. Plenitud de vida y plenitud de inteligencia relacionadas en la escritura. Vargas Llosa admira la acción y admira al hombre de acción. Quizá, en el fondo, es su propio anhelo: hacer de la vida y de la escritura espacios similares; uno y otro apoyándose y reforzándose. Por eso le resulta tan especialmente atractivo un personaje como André Malraux; a un mismo tiempo, creador y protagonista; juglar y guerrero.

En muchos sentidos, Paz ha sido un cabal intérprete de América Latina y de sus contradicciones. Desentrañar de nuestra conciencia colectiva mitos políticos, deformaciones culturales, espejismos desarrollistas y, en general, mentiras de todo tipo, ha sido su acción valiente y lúcida. Ahora, cuando se producen en el mundo cambios que deshacen años y años de inamovilidades que parecían definitivas, en momentos en que el desmoronamiento de arquitecturas socialistas y totalitarias pareciera reinstaurar viejas deificaciones hacia las todopoderosas leyes del mercado, Paz, de nuevo, introduce la desconfianza ante cualquier idolatría. "La economía -dice- es un campo; como la política y la cultura, en donde se despliega libremente la inteligencia, el esfuerzo y la voluntad de los hombres". El reconocimiento a la importancia de la economía no implica, en modo alguno, hacer de ella un culto. Recuerdo haber leído en El hombre rebelde una imagen con la que Albert Camus analogizaba el desarrollo económico a la de un dios pagano que exigía beber el néctar sólo en el cráneo de los enemigos muertos. La industrialización y la riqueza no han hecho más felices a norteamericanos y europeos. La búsqueda de los latinoamericanos de una vía que nos ayude a escapar a nuestras vulnerabilidades, no puede conducirnos a la idolatría de un sistema suicida sustentado en la indisoluble relación entre una producción desenfrenada que alimenta un consumismo igualmente desenfrenado.

Paz y Vargas Llosa son escritores de espacios y tiempos diferentes. La palabra ensayística de Paz es la palabra madura, decantada en la continuidad de una labor prolongada por muchos años. Trabajo constante, impregnado de una lucidez y una pasión que, lentamente, ha ido fijando distancias y estableciendo asideros. Tamizar, a través de la lucidez, el instante vivido. Convertir todas las experiencias en reflexión. Federico Nietzche dijo que lo que contaba para el hombre no era la eternidad sino la vivacidad. Poetizar la vida o vitalizar la poesía. La palabra literaria como refuerzo de la vida. Acrecentamiento de emociones a partir de la reflexión y de la poetización de lo vivido. Vargas Llosa posee la palabra del fabulador. Hay jóvenes que fabulan y jóvenes que escriben poesía. La precocidad es imaginable en ambos terrenos. No lo es, sin embargo, en el caso del ensayo. Este, necesita del transcurrir de la vida, de la suma del paso del tiempo, de la lucidez que acumula experiencias -y, sobre todo, miradas ante esas experiencias. La palabra conceptual se hace eco de praxis creadoras diferentes. El poeta es orfebre del término único labrado en parsimonia irrepetible. La del fabulador, es la palabra de generosa abundancia edificadora de universos imaginarios. Orígenes y resultados diferentes en lo estético; en lo ético, en Vargas Llosa y Paz se dan asombrosas coincidencias.

Los caminos de ambos se han ido estrechando hasta aproximarse en posiciones de directo compromiso ante los grandes temas que preocupan al hombre contemporáneo. Las palabras de Paz, con motivo de celebrarse el Encuentro Internacional sobre la Revolución de la Libertad, celebrado en Lima el 7 y 8 de marzo de 1990, claramente plantean el alcance de esas coincidencias: "Al hablar de libertad, pienso, como todos ustedes, en un hombre que desde hace años la encarna con dignidad, coherencia y valentía: Mario Vargas Llosa. Lo conozco y admiro desde hace muchos años. Primero me interesó el escritor, autor de admirables novelas; después, el pensador político y el combatiente por la libertad. Cuando hace dos años me confió su decisión de aceptar su candidatura a la presidencia del Perú, confieso que mi primer impulso fue disuadirlo. Pensé que perderíamos un gran escritor, en una lucha dudosa e incierta como todas las luchas políticas. Estaba equivocado: un hombre se debe a sus convicciones". Estas palabras eran el espaldarazo de un escritor a otro, de un intelectual a otro, de un ser humano a otro. Eran, también, el reconocimiento al itinerario ético de una escritura hilvanada en la firmeza, en la coherencia y en la autenticidad. Apoyando a Vargas Llosa, Paz no hacía sino reafirmar sus propios principios; mostrarse a sí mismo, espejo de la imagen del otro.

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Artículo de Rafael Fauquié. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero30/etiescri.html CopyLeft
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