Capitulos de este wiki
  1. 1 Mario Vargas Llosa, Octavio Paz
  2. 2 La muerte de las ideologías
  3. 3 La contradicción y la pasión
  4. 4 Notas

La ética como escritura - La muerte de las ideologías

2 - La muerte de las ideologías

Artículo creado por Rafael Fauquié. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero30/etiescri.html
18 de Agosto de 2006

Fin del sueño revolucionario. Nuestro tiempo se ha encargado de borrar cruelmente las diversas quimeras que dibujaron algunos mitos de la edad moderna. Uno de ellos, la Revolución. "Aquél que construye la casa de la felicidad futura -dice Paz- edifica la cárcel del presente". Una cosa en común han tenido las revoluciones que ha conocido nuestro siglo XX: la contradicción entre los ideales volcados al porvenir y las férreas estructuras de poder que ellas han generado en el presente. Después de la ilusión revolucionaria, el anquilosamiento. Los ideales se petrifican, los rebeldes se convierten en comisarios o en verdugos. Las esperanzas de la Revolución Francesa, preludiaron la muerte burocratizada del Terror; los sueños de la Revolución Soviética, murieron con Stalin; la aurora anunciada por la Revolución Cubana, luz que despertó a todo nuestro continente, se disipó en la larga tiranía personalista de Castro. En todos los casos, los hombres y la realidad anularon los sueños. En su libro Los hijos del limo, dice Paz: "Con la misma saña con que la Iglesia castigó a los místicos, iluminados y quietistas, el Estado revolucionario ha perseguido a los poetas". Nuevos tiempos, otros signos. Reaparecen viejos dioses con otros rostros y nuevas devociones. La necesidad deificadora de los hombres no desaparece, cambia. El rostro de los dioses es la máscara sobre la que esculpimos veneraciones y temores. La faz de los dioses refleja la mirada humana: aspiración de entender, de ordenar el universo y de sobrevivir en él.

Una irrefutable verdad apoya esta declaración de Vargas Llosa: "La democracia que perpetra genocidios, invade países pequeños, refuerza gobiernos vesánicos y expolia a las naciones pobres y el socialismo que envía tanques para disciplinar a sus aliados, perfecciona el autoritarismo hasta lo grotesco y convierte a la psiquiatría en rama de la policía, a la hora de ser juzgados por su comportamiento resultan, desde el punto de vista moral poco diferenciables". Octavio Paz, por su parte, ha comentado con amarga ironía que sería necesario pedirle a las víctimas de los campos de concentración nazis o a las víctimas del Gulag staliniano que identificasen, ellas, las diferencias entre el fascismo alemán y el comunismo soviético. Lo que es correcto, lo es tanto de un lado como de otro; lo elogiable o condenable es siempre elogiable o condenable. No existen barómetros morales particulares para medir ideologías diferentes. No es necesario coincidir con las evoluciones de Vargas Llosa frente al tema de, por ejemplo, la Revolución Cubana, para comprender el sentido y la coherencia de esas evoluciones. El propio Vargas Llosa, frecuentemente, se ha encargado de explicarlas. Para mí, sus argumentos son y siempre han sido convincentes. No se trata, subrayo, de compartir sus criterios sino de aceptarlos en lo que más los valida: su consistencia ética.

Vivir en el ideal, morir por él. Si bien el ideal puede dignificar, eso no justifica todos los excesos, los crímenes, que se puedan cumplir en su nombre. En la obra de ficción de Vargas Llosa, se repite un personaje particular: el del revolucionario mediocre, hundido en inescapables pantanos de deterioro físico y moral. Dos novelas, Historia de Mayta y La guerra del fin del mundo, lo desarrollan. En La guerra..., un personaje, el revolucionario escocés Galileo Gall, reproduce, parodiándolo grotescamente, ese lugar común que defiende la validez de todas las acciones emprendidas en pos de un ideal. En Historia de Mayta, el idealista revolucionario y mediocre es mucho más que un personaje, se convierte en símbolo mismo de la marginalidad asumida como forma de vida y único contacto con el universo. Mayta, en su infortunio y en sus errores, termina por convertir en caricatural parodia todos sus actos revolucionarios. El fracaso de su vida es el fracaso de sus sueños. Hay un artículo en Contra viento y marea -"El homicida indelicado"- donde Vargas Llosa desarrolla conceptualmente el mismo tema: lo grotesco del terrorismo y de sus argumentos. Las razones son simples: ningún sueño humano, ninguna pretensión por justa que ésta sea, disculpa el crimen, ninguna ilusión, sueño o anhelo, justifica el que se asesine en su nombre.

Octavio Paz, por su parte y también en otro artículo, "El asesino y la eternidad" [2], referido al asesinato de León Trotsky, plantea una idea parecida. No importa en nombre de qué ideal o de que sueño, el asesino de Trotsky cometió su crimen. En la memoria de la historia, sólo perdura su acto sangriento, la brutalidad absurda de un instante. El recuerdo perpetuará ese momento y la evocación del homicidio desdibujará cualquier otra mirada, toda otra consideración. El crimen de Trotsky será para siempre sólo eso: un crimen; su ejecutor, un asesino; y su acto, una abominable e injustificable transgresión. Para Paz, el revolucionario idealista es la nueva versión del viejo mártir, sólo que la vieja adoración devota de éste se ha reducido a la repetición obsesiva de escasas ideas aprendidas en algún manual. En ambos casos -mártir o revolucionario- la irracionalidad señala al fanático impredecible y errático.

Paz y Vargas Llosa han trabajado a menudo el tema de la fragilidad de las ideologías: la precariedad de su trazo en la verdadera historia de los pueblos. Los dos reconocen que, mucho más fuerte que el proyecto ideológico que una nación decida asignarse en la voluntad de sus dirigentes y en un determinado momento de su historia, siempre terminará por imponerse en esa nación el peso de su tradición, el dictamen de su pasado, la voz y la suma de sus experiencias colectivas vividas a lo largo del tiempo. El mundo contemporáneo ha sido testigo de ello una y otra vez. Nuestra época contempla asombrada cómo regresan y se imponen, hoy, modos y fuerzas del pasado que todos pudieron pensar desaparecidos. Vigorosos, renacen dogmatismos religiosos, ecos de lejanos tiempos, como en el caso de Irán. Se establecen, también -aún efímeras- viejas alianzas históricas entre pueblos de sistemas opuestos. Durante la corta guerra de las Malvinas entre argentinos e ingleses se vio, de un lado, a casi todo el continente latinoamericano unido en contra del imperialismo anglosajón, en una actitud que evocaba el viejo odio de las provincias americanas del Imperio español hacia el pirata inglés, detestado enemigo durante tres siglos. Como un atavismo que renacía, la imagen del corsario sajón aborrecido, despertó en la conciencia colectiva de toda América Latina, generando alianzas tan curiosas -y más que curiosas, surrealistas- como la que se dio entre la dictadura marxista de Fidel Castro y la dictadura de extrema derecha de los militares argentinos. Al día siguiente de su salida de Viet Nam, Estados Unidos vio cómo, tras veinte años de lucha, China y Viet Nam, aliados todo ese tiempo, se enfrentaban en guerra. La frecuente incapacidad de convivencia -y hasta de cualquier forma de relación- entre países de ideologías similares habla de la inconsistencia, de la fragilidad del vínculo ideológico.

A estas alturas de la historia, comenta Octavio Paz en una de las páginas de Tiempo nublado, Maquiavelo debe estar sonriendo. Sus tesis sobre la despiadada pragmática de la voluntad del poderoso príncipe, resultaron mucho más veraces que las profecías marxistas. Los nacionalismos prevalecen por sobre las ideologías. "Más hondo que las ideologías -dice Octavio Paz en El ogro filantrópico- hay otro dominio que apenas tocan los cambios de la historia: las creencias". La afirmación me recuerda una interpretación de la historia latinoamericana contemporánea en la que muy a menudo han coincidido Paz y Vargas Llosa: Fidel Castro es mucho más una versión actual de nuestro irrenunciable caudillismo hispánico que la respuesta de un auténtico tiempo revolucionario. A comienzos de nuestro siglo, durante la Primera Guerra Mundial, las naciones europeas -una vez más- se destrozaron con saña. Pocos decenios después de los vaticinios de Marx acerca de la unión del proletariado universal, la Guerra del Catorce demostró que obreros alemanes, franceses o ingleses eran alemanes, franceses o ingleses antes que obreros. En nuestros días, el regreso de los nacionalismos ha significado la revitalización de la tradición. Las regiones se reconocen en su propia autenticidad y se desconocen en forzadas vinculaciones ideológicas. El desmoronamiento de la Unión Soviética se aceleró por las fuertes presiones autonómicas de pueblos y regiones que, por sobre todo, querían defender su individualidad. En Yugoeslavia, a poco tiempo de la muerte de Tito, afloraron todas las discrepancias y los viejos odios entre serbios y croatas. La afinidad ideológica que los agrupó como nación durante varias décadas, no significó absolutamente nada frente al peso de rencores acumulados por la historia. El pasado es el rostro de las naciones. Lo ideológico sólo puede apoyar ese rostro. Si lo contradice, entonces la ideología, además de inútil, se hace postiza y absurda falsedad.

Partidos políticos, iglesias, gobiernos: para los escritores, complacerlos o seguirlos con demasiada incondicionalidad, plantea una insuperable contradicción con la libertad y la independencia que debe sustentar la creación literaria. La literatura moderna es naturalmente cuestionadora. Critica poderes, instituciones, valores. Se aviene mal con la obediencia y con el asentimiento permanentes. El espíritu de la contemporaneidad heredó de la Ilustración del siglo XVIII la curiosidad y la necesidad de interrogarse sobre el sentido de todo. El escritor de nuestros días juzga, valora; con su obra, cuestiona y desmorona muchos de los signos de nuestra actualidad desorientada. Si hay dos escritores que encarnen esa actitud de crítica ante ideologías y doctrinas, catecismos y sistemas, ellos son, en nuestro contexto latinoamericano, Vargas Llosa y Octavio Paz. Ningún espacio ideológico preciso los reclama como suyos. O mejor, todas las tendencias parecen condenarlos. No los acepta ni la derecha ni la izquierda. La derecha los considera incómodos hipercríticos, permanentes desvalorizadores; la izquierda, como reaccionarios siempre insatisfechos, negativos e impredecibles. Vargas Llosa ha agredido frecuentemente a algunos de los sectores más conservadores de su país. Su posición en contra del nacionalismo peruano (en relación, por ejemplo, con las viejas rencillas que continúan enfrentando a chilenos y peruanos cien años después de la Guerra del Pacífico), le granjeó fuertes ataques por parte de la derecha de su nación. Se le reprochaba haber firmado, junto a otros intelectuales, un manifiesto a favor del acercamiento entre Perú y Chile, proponiendo olvidar los viejos rencores de la guerra. Entre otras cosas, se lo tildó de traidor, y algún energúmeno llegó a pedir que le fuese retirada su nacionalidad peruana.

Hablar en contra del nacionalismo y de los militares es siempre riesgoso en nuestros países. Vargas Llosa lo ha venido haciendo desde su primera novela, La ciudad y los perros (1963). "Un sano nacionalismo -ha aclarado- es necesario para los países subdesarrollados que gracias a él pueden evitar ser fácil presa de la voracidad de las naciones más poderosas y de las empresas transnacionales. Pero -prosigue- si el nacionalismo no es frenado y contrapesado de manera eficaz se convierte en una verdadera fuente de desastres (...) se vuelve una coartada para los peores dislates y estropicios de un gobierno".

A Octavio Paz, la izquierda de su país lo ha acusado frecuentemente de "rapaz" -rima con Paz- y de traidor al servicio del imperialismo yanqui. Por su posición crítica ante Cuba y más recientemente -aunque con otros matices- ante la Revolución Sandinista de Nicaragua, los sectores más radicales de la juventud mexicana lo acusaron -con poca originalidad, por cierto- de ser un espía al servicio de la C.I.A. La frase que se acuñó -recuerdo haberla leído alguna vez- fue "Reagan, rapaz, tu cómplice es Octavio Paz". Tampoco la derecha mexicana experimenta mayores simpatías hacia él. Desde luego, Paz nunca las ha buscado. A lo largo de su obra, abiertamente ha atacado a ambas: a la izquierda mexicana, por ocuparse sólo de discutir; a la derecha, por su obsesivo y único afán de hacer dinero. La derecha debe considerar a Paz un liberal quisquilloso, permanente e incómodo crítico de todas esas pequeñeces, medianías y mezquindades que suelen ser las auténticas razones de las derechas del mundo entero. A la izquierda, debe molestarle la falta de dogmatismo de Paz; su particular sentido de independencia que lo lleva a criticarlo todo, a no plegarse a consigna alguna ni a comulgar en misas de acólitos repetidores de ritos y rituales.

La cercanía entre Vargas Llosa, Octavio Paz y el pensador francés Jean François Revel es estrecha. Revel es un autor que conoce de cerca al Tercer Mundo y sus problemas (al igual que los mitos distorsionadores con que los países del Primer Mundo frecuentemente interpretan esos problemas). Por su acercamiento -sincero, apasionado- a nuestra realidad latinoamericana, Revel es una rara avis. En los países desarrollados se hace difícil encontrar intelectuales como él, genuinamente interesados, con lúcida curiosidad y sensatez desprovista de paternalismos o de menosprecios etnocéntricos, por lo que suceda en Latinoamérica. Algunas tesis de Revel (la necesidad de independencia de criterio frente a las presiones ideológicas, la importancia de la crítica como elemento consubstancial a la obra de arte, la falacia del "arte comprometido", el peligro de las mentiras que de tanto repetirse se han hecho verdades en nuestro mundo contemporáneo), las comparten por entero Vargas Llosa y Paz. El razonamiento de Revel luce irrefutable: sin libertad política no hay ejercicio de la crítica y sin crítica no hay vitalidad creadora. Los dogmatismos chocan con la creatividad. En nuestro tiempo, los países gobernados por regímenes totalitarios, hasta ahora nunca se han situado en un terreno de avanzada en el mundo de las ideas o del arte.

Son numerosas las coincidencias entre Revel, Paz y Vargas Llosa. Una principalmente: los tres escudriñan en su tiempo, indiferentes y sordos frente argumentaciones que la reiteración colectiva ha convertido en tópicos. Es peligroso el lugar común: nos acostumbramos a repetirlo y, repitiéndolo, a creerlo. Conviene puntualizar que ciertos interlocutores a los que Revel se enfrenta constantemente en su país, no existen en el contexto latinoamericano de Paz y Vargas Llosa. O, al menos, no existen de la misma forma como existen en Francia. Por ejemplo, no suele darse entre nosotros una intelligentzia de izquierda muy poderosamente intervencionista dentro de los cotidianos conciertos nacionales. La voz de nuestros intelectuales "progresistas" es muchísimo menos sonora que en el mundo francés; tiene una cabida más reducida dentro de medios de comunicación masiva invadidos por los lugares comunes de políticos y por los intereses de los amos del poder económico. Reducidos al vocinglero -y frecuentemente aisladísimo- espacio universitario, los intelectuales izquierdistas tienen, por ejemplo en Venezuela, muy pocas oportunidades de ser escuchados fuera de la cátedra o de algunas escasamente leídas columnas de opinión periodística o poco vistos programas televisivos. En general, un medio tan difundido -y eficaz- como la televisión suele serle ajena a la gran mayoría de nuestra izquierda.

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Autor y licencia de 'La ética como escritura'


Artículo de Rafael Fauquié. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero30/etiescri.html CopyLeft
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