En la ética liberal de Dworkin, construida bajo el modelo del desafío, la justicia juega un papel dinámico, establece un dato permanente en cualquier juicio que hagamos sobre la buena vida. Pero la justicia que pide la ética liberal es una adecuada situación para la libre elección de nuestra identidad, una justa distribución de los recursos, tanto económicos como políticos. Es una justicia que pretende que el compromiso ético no se vea imposibilitado porque el sujeto no pueda controlar los medios económicos o las libertades políticas necesarias para su realización adecuada. Por este motivo, la elección ha de realizarse en condiciones de igualdad, pues ninguna vida es mejor o peor que otra, y los recursos de los que dispone cada persona para su bienestar han de ser idénticos a los que dispone cualquier otra. La igualdad liberal es tolerante con cualquier convicción ética, y rechaza toda restricción de la libertad que no provenga de las exigencias de la justicia. En consecuencia, la prohibición o castigo de algunos actos por la igualdad liberal se basará en el hecho de que tales actos redundan en desigualdades de recursos moralmente condenables, no porque constituyan el desarrollo de una convicción ética repudiable. Su concepción de la justicia condena la intolerancia ética.
Justicia y convicción son para Dworkin, como hemos tratado de explicar, las dos condiciones necesarias para realizar adecuadamente nuestro ejercicio de vivir. Igual que no es posible una buena vida fuera de los límites de la justicia, nadie puede creer que su vida vale la pena cuando es mejor para convicciones ajenas. "¿Cómo puede ser mejor para él la vida que llevó si se fue a la tumba pensando que había sido peor?"(34). Tener un motivo o una percepción adecuadas es, como la justicia, condición de posibilidad de un ejercicio ejecutado adecuadamente. Cualquier acción que vaya dirigida a mejorar las convicciones éticas de otros que creemos erróneas tiene que partir necesariamente de la aceptación o interiorización de los motivos por los que creemos que deben de cambiarlas, y nunca utilizando los medios coercitivos que la tolerancia liberal prohibe.
Como alternativa al modelo contractualista, Dworkin propone la fundamentación de los principios políticos liberales en una ética liberal, en un intento por superar las dificultades que plantea la división estricta entre la esfera pública, dominada por el contrato, y la privada, regida por las concepciones individuales de lo que es el buen vivir. Sin embargo, la perspectiva legitimadora de los principios políticos liberales se hace más débil, pues depende del reconocimiento que las personas hagan de su propio carácter de liberales éticos. Además, se presenta el problema de la justificación de la neutralidad del Estado frente a las moralidades particulares, puesto que si se trata de un Estado liberal, deberá entenderse que acoge la ética liberal y esto, en principio, llevaría a la exclusión de éticas diferentes.
Dworkin cree solventar estos dos tipos de problemas construyendo una ética lo suficientemente atractiva como para contener una promesa de consenso, y, al mismo tiempo, lo suficientemente abstracta como para incluir una multiplicidad de perspectivas morales individuales. En el primer caso, el sacrificio de la universalidad de su propuesta se vería compensado con su mayor plausibilidad. En cuanto a la neutralidad que propone para el Estado liberal, Dworkin se aparta una vez más de la tradición contractualista por cuanto rechaza tratar la tolerancia como un axioma metodológico que deba asumirse sin que sea necesario probar su corrección. Para un ético liberal la neutralidad será una derivación necesaria de sus mismas convicciones éticas. Por esta razón no se trata de una tolerancia global, ya que implica la negación de las perspectivas políticas que se fundamenten en principios éticos que desafíen directamente las convicciones éticas liberales. Dworkin abandona la pretensión liberal de la primacía de lo correcto sobre lo bueno, para buscar, mediante la estrategia de la continuidad, una relación fundacional entre lo bueno y lo correcto.