



El fin de la familia es triple.
a.- Proveer de bienes corporales y espirituales a sus miembros.
b.- La procreación de los hijos.
c.- Ser elemento estructurador de la sociedad.
Ha existido durante el siglo XX, una tendencia a la preeminencia del Estado por
encima de la familia, cuestión que ha sido más radical desde planteamientos
colectivistas que liberales. Se ha pretendido, considerar a las reuniones de familias
como reuniones de puros individuos independientes unos de otros en donde se
considera la necesidad de un traspaso de medios de producción a la propiedad
colectiva, por lo que la familia deja de ser una unidad económica de cooperación
bioespiritual para convertirse en una industria social.
Tanto las doctrinas de inspiración individualista o de tinte colectivista no han
demostrado excesivo interés, tanto por la institución matrimonial como por el grupo
familiar, a no ser que hubiera por medio algún fin pragmático o utilitarista (generalmente
unido a la utilización de tal institución para la consecución de objetivos de Estado).
Ambas actitudes nacen esencialmente del mismo defecto: una concepción incompleta,
unilateral y, por consiguiente, errónea de la persona en sus relaciones con la
sociedad.14
En principio, tan asumido lema por la sociedad de “ tanto ganas, tanto vales ” no se
aplica en el entorno familiar. Tal contenido no proviene más que de un liberalismo
económico ciego a los valores extramonetarios. En la familia, empero, el aprecio o
cariño y la valoración está asegurado de antemano.15 Sin embargo este criterio
economicista de valoración parece que se ha instalado definitivamente en nuestra
sociedad.
La mera comunidad de ingresos será un menor factor unificador, de menor
poder que la propiedad, ya que mientras esta última implica una identificación con la
unidad familiar de más difícil división que los ingresos, éstos comprometen rendimientos
de trabajo, que pueden obtenerse independientemente de la comunidad familiar. A partir
de aquí, (siglo XIX), se produjo una importante segregación de la comunidad doméstica,
ya que para emprender cualquier actividad económica no era imprescindible más que la
aportación de recursos de socios que no tendrían porque pertenenecer a la unidad
familiar.
Sin embargo, lo que el Estado debe hacer es proteger, desde el punto de vista
económico, a las familias a través de la justicia distributiva establecida por vía
fundamentalmente fiscal. Si la familia no pudiera mantenerse con los recursos
fundamentales, es necesario una política de ayudas o subsidios estatales o
comunitarios. Igualmente debe poner a disposición de toda familia la vivienda necesaria
o espacio físico donde mínimamente se debe desenvolver el desarrollo doméstico, que
deberá cumplir al menos dos requisitos:
l.- Lo suficientemente espaciosa para satisfacer todos los fines de la familia.
2.- La separación de otras familias.
3.- Adecuado asentamiento de las construcciones.
Pero la dimensión económica no debe ser la única que presida en las relaciones
familiares. Muy al contrario, tales vínculos sólo deben ser secundarios.
El tiempo en la relación familiar y como bien escaso, es de vital importancia dado lo
esencial de atender a uno o a otro aspecto. Así, el trabajo remunerado debe ser un
aspecto esencial, pero no podemos descuidar otros, como la formación y cultura, la
educación de los hijos, el trabajo en casa, los compromisos y la acción social.16
El nivel de entradas o ingresos en la familia, depende del tiempo dedicado al trabajo
remunerado; por eso, es imprescindible plantearse si es necesario buscar el mayor
número de ingresos, o por el contrario, también es importante la realización personal o
la seguridad en el entorno hogareño.
Por otro lado, el empleo de los ingresos familiares debe repercutir siempre en los
mejores fines posibles, que serán aquellos que produzcan la mayor armonización tanto
en las relaciones domésticas como en el entorno social envolvente. Aquí es necesario
que cada hogar se plantee el reparto de los recursos obtenidos analizando
continuamente:
l.- Los productos que se compran y su verdadera utilidad.
2.- Orientaciones privilegiadas de gastos.
3.- Cuales son los miembros de la casa que reciben tales bienes.
4.- Transferencias de bienes ad extra del entorno familiar.
Por otro lado, la verdadera maduración e integración afectiva de la personalidad y su
incorporación al cuerpo social sólo es posible realizarla en la unidad doméstica, ya que
es la comunidad familiar donde verdaderamente se valora a la persona en sí misma. En
este entorno, a diferencia de otras formas de intercambio, no existe un
condicionamiento objetivo como, por ejemplo, ganar en una competición, ni tampoco
optar por adquirir bienes materiales escasos ( compraventa ). La familia es algo más, de
tal modo que al finalizar la relación, siempre queda un mayor horizonte personal de
satisfacción y de mayor compenetración armónica. La donación mutua en el hogar es
algo continuo. Es un intercambio por todas las partes ( padres e hijos ), un dar y un
recibir permanentemente, enriqueciendo así todos los valores y capacidades de los
miembros de la familia. En tales relaciones interpersonales, el beneficio privado de cada
miembro juega un papel marginal. La actitud de la solidaridad es la preeminente en las
relaciones comunitarias de familia. Es decir, volverse hacia cada uno de los sujetos
componentes para aliviar sus necesidades y situaciones peculiares y para enriquecer y
perfeccionar en lo posible todos los comportamientos de los miembros del hogar.17
Es el ámbito familiar, el que proporciona a los miembros de la misma virtudes
económicas como la honradez comercial, la generosidad con los extraños, el respeto
hacia los bienes ajenos, el saber compartir con otros, la responsabilidad por los bienes
externos y su buen funcionamiento o la laboriosidad en la unidad de producción.
En la familia se produce un aspecto fundamental relacionado con la comunicación
de bienes y realización de la persona. La transmisión de un bien, precisamente por ser
material, entraña en sí misma un empobrecimiento de la persona: ella no puede privarse
de un bien material en beneficio de otros, y, al mismo tiempo, pretender retener este
mismo bien para sí. En la medida en que una persona da, se priva, y por tanto, desde
este punto de vista, se despersonaliza. Por eso, la comunicación de bienes materiales
es insuficiente por ser alienante.
Sin embargo, no sucede lo mismo con la comunicación de un bien espiritual como,
por ejemplo, la comunicación de un saber, de la virtud, del afecto. El que enseña,
enriquece al mismo tiempo su acervo cultural, espiritual o sentimental.18 Por lo tanto, si
bien es verdad, que la comunicación entre los seres humanos se realiza normalmente a
través de bienes materiales o gestos corporales, sin embargo, tanto unos como otros,
serán sólo símbolos imperfectos de una realidad mucho más rica y profunda. Pues bien,
en el entorno familiar es donde estos aspectos aparecen con mayor intensidad. La
comunicación de bienes entre los padres e hijos, o entre hermanos, no es más que un
reflejo del cumplimiento de las virtudes más espirituales del hombre. No será más que
un abrirse a los demás para compartir la felicidad, y anular en lo posible los deseos
egoístas. Es pues, la dinámica del Bien Común, norma suprema de la moralidad social,
que encuentra dentro del grupo familiar su primera palestra. Sin un desarrollo armónico
en este entorno, no será posible una integración de la persona en el orden del
cumplimiento de los deberes y derechos sociales. La familia es la mejor escuela de
sociabilidad jurídica y económica.
Es un medio camino entre “ la familia-protección ” y “ la familia- promoción. ” Así lo
señala la Iglesia en el siguiente sentido: “ Otro cometido de la familia es el de formar los
hombres al amor en toda relación humana con los demás, de tal modo, que ella no se
encierre en sí misma, sino que permanezca abierta a la comunidad, inspirándose en un
sentido de justicia y de solicitud hacia los otros... ”19
Las condicionamientos económicos para el mantenimiento de la estabilidad familiar,
hacen referencia a la estabilidad laboral de los padres. Sin una continuidad en el puesto
de trabajo, las circunstancias en el hogar pueden deteriorarse de manera irreversible.
Piénsese en los momentos de búsqueda de un nuevo trabajo o los períodos de fuerte
estrés del padre o madre en situación de paro o de importante precariedad laboral. Por
ello, el bienestar de la persona y de la sociedad humana estará estrechamente ligado a
una favorable situación en la comunidad conyugal y familiar. Pudiéramos representarlo
matemáticamente de la siguiente forma:
Otra de las cuestiones más importantes que aparecen en la familia, es el tema de la
justicia. Es en ella, donde aparece y se desarrolla con más fuerza. Así, si entendemos
por justicia a la voluntad firme de dar a cada uno lo suyo, y actuar en consecuencia, es
necesario que lo del otro sea, al menos tan importante como lo propio. Ahora bien, el
hombre en las relaciones sociales parte del hecho de que lo propio es más importante
que lo ajeno. Pese a que todos pensemos que es mejor dar a cada uno lo suyo, nuestra
inclinación es contraria. Pues bien, en la familia este ambiente cambia. Pese a que
pensemos, a primera vista, que la ternura o la compasión son actitudes propias de las
relaciones familiares, es en este entorno en donde surgen de manera integral las
primeras relaciones de justicia, ya que el bien propio se considera tan importante como
el bien de cualquier otro miembro. A partir de aquí, será más fácil dar a cada uno lo
suyo, pero aplicando la justicia distributiva por encima de la justicia conmutativa.
Conclusiones
Una vez analizados someramente los efectos de las relaciones socioeconómicas
sobre la familia, no me queda más que afirmar el carácter de hecho universal y
naturalmente bueno de la realidad familiar entendida como nido de perfección personal
y social en las sociedades humanas, cumpliendo una tarea socializadora y de cooperación económica como funciones vitales. Por ello, la familia, constituye el principal baluarte de estabilidad de la persona, tanto individual como socialmente considerada, aunque esto no debe ser óbice para un desarrollo intercomunitario de mayor vitalidad.
14 Cfr. BELTRAO, P., Sociología de la familia contemporánea, Ediciones Sígueme, Madrid, l975, p, 181 y ss.
15 Cfr. MELENDO GRANADOS, E, Educación, familia y trabajo, Loma, México, l995, p. 135.
16 Cfr. FALISE, M., Economía, ética y fe cristiana, Universidad Pontificia de Comillas, Madrid, l991, p. 89.
17 Este espíritu comunal viene precedido de tiempos en donde la familia constituía una auténtica unidad de producción. Todos, padres e hijos colaboran en el sustento doméstico. Esta forma de actividad económica fue alterada cenitalmente con la revolución industrial, que al introducir importantes posibilidades expansivas en el sujeto, traen consigo un deterioro, tanto en la dimensión como en la estructura familiar.
18 Así, el que ama aumenta su felicidad, el que comunidad santidad se hace más santo. En definitiva, es mejor dar que recibir. Cfr. POLO, L., ¿Quién es el hombre?, RIALP, Madrid, l991, passim.
19 Cfr. JUAN PABLO II, Familiaris Consortio, n. 64
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