En varias ocasiones Goethe manifestó su inconformidad en relación con el valor de la palabra. Consideraba que ésta era un instrumento imperfecto en manos del hombre. De nada sirve al ser humano el alcanzar la contemplación de los misterios si no puede expresarlos después, si no puede comunicarlos a los demás.
Nos fundamentaremos en varios momentos del Fausto para analizar el presente aspecto, al mismo tiempo que identificaremos y analizaremos las diferencias y semejanzas con algunos enfoques de que aparecen en varios cuentos de El Aleph de Jorge Luis Borges.
La palabra al servicio del saber positivo
Los largos años de vida dedicados por Fausto al estudio de las ciencias, llegaron a demostrarle la inutilidad de un saber positivo que se mueve con un tráfico inútil de palabras. El hombre termina por sentirse realmente desvalido ante este problema, porque cuando desea establecer un acercamiento con los otros seres humanos no le es posible. Se ve obligado a recurrir a la palabra y ésta resulta inapropiada, limitada, estéril.
El problema de la transmisión del conocimiento es lo que preocupa al científico. Por eso en el primer monólogo de la tragedia, el personaje se siente desilusionado y escéptico en lo que se refiere a su contacto de años con la ciencia.
Y si bien no lo dice expresamente, se puede leer entre líneas la profunda desazón que se apodera de él cuando comprende que su verdadero mensaje no ha llegado realmente a nadie. Sólo ha conseguido, en sus largas temporadas como maestro, formar alumnos engreídos y arrogantes como es el caso de Wagner. Discípulos incapaces de llegar al máximo conocimiento, el de la propia ignorancia, y que se acercan a él para pedirle la fórmula del conocimiento definitivo y total. Estos estudiantes han recibido un mensaje parcial y han caído en el viejo pecado de considerarse semejantes a los misterios que analizan, por el sólo hecho de haberse asomado a ellos.
Todo lo dicho implica la idea del fracaso de este anciano doctor y conlleva la noción de una palabra avara, de una palabra que pretendió encerrar un concepto, pero que jamás lo consiguió dada la naturaleza escurridiza del mismo.
Precisamente, en medio de este escepticismo, el doctor Fausto decide abandonar el estudio de las ciencias y se entrega a la magia. La nueva experiencia lo conducirá también a la desazón, pero de una forma distinta.
Ambos planteamientos -conocimiento y magia, búsqueda del saber positivo y acercamiento al fenómeno misterioso-, perviven también en la obra de Jorge Luis Borges.
Me permito citar el cuento "La casa de Asterión" del Aleph, para descubrir en ese texto también el problema del conocimiento y todo lo que resulta inabarcable e incomprensible en el ámbito de esa búsqueda frenética que nos lleva por senderos indescifrables.
El ser mitológico en apariencia que es Asterión y tan humano en su enfrentamiento con el mundo que le rodea, parece representar la fuerza de lo inconsciente. Asterión ha vivido encerrado en ese interminable laberinto y explica lo que siente y lo que piensa desde su enclaustramiento. Es un prisionero en su propia casa y a pesar de haber salido alguna vez, ha regresado por el temor que le infundió la plebe.
En su desesperado intento por comprender el minotauro señala entre otros conceptos:
El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda transmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos.2
Ese intertexto que le permite aludir al filósofo, ese gusto elaborado por la cita socrática, lo conduce hacia la inutilidad de la escritura que no llega a cumplir plenamente con su función. El hombre se encuentra atrapado por un tráfico de palabras inútiles y sólo el entendimiento intuitivo y sereno parece ser el único válido.
Asterión jugando a que recibe la visita de otro Asterión nos revela la imagen universal del hombre jugando siempre a ser otro, no atreviéndose a ver la realidad que está en su propia condición de ser humano.
En fin, esos nueve hombres que llegan a la casa cada nueve años3 constituyen otra clave de interpretación del universo espacial que representa el laberinto. Uno de ellos le profetizó al minotauro que llegaría su redentor. Desde ese día y asumiendo su condición de huésped doloroso en su propio recinto, Asterión espera a este redentor que lo venga a liberar -mediante la muerte- de la prolongada enfermedad de la vida.
Todo lo anterior representa una búsqueda enmarcada en símbolos. El espíritu goetheano está presente en la creación de Borges y nos conduce de la mano para dar crédito a ese universo controvertido de la esperanza.
El sentido de la palabra en la magia
Si continuamos en el terreno interpretativo del Fausto podremos constatar que cuando Fausto abre el libro de Nostradamus y ve el signo del macrocosmos, todo aparece muy claro ante él.
Entregado de lleno al problema del conocimiento, y después de haber vivido la angustia de un saber inoperante, cree hallar, en una manifestación ajena a la ciencia, todo aquello que la misma ciencia le había negado. Nuevamente la palabra cumple un papel primordial, porque mediante ella el hombre puede conjurar las fuerzas de la naturaleza. En términos mágicos, nombrar al objeto significa entrar en posesión de él.
A nivel de un saber teórico, nombrar al objeto implica tan sólo comenzar a plantearse el problema, intentar un acercamiento paulatino al mismo. En la magia, la palabra permite crear el objeto.
Pero todo resulta igualmente efímero, porque si bien, mediante la palabra como expresión mágica, Fausto puede llegar a la contemplación directa de todos los misterios, puede sentirse actor en el drama del universo, esto sucede tan sólo por escasos momentos. El personaje comprenderá que no consigue retener todo aquello que la magia le ha permitido contemplar cara a cara.
Y es así que ese inmenso espectáculo resulta un efímero momento, un espejismo que el anciano doctor quisiera conservar en lo más profundo de su ser.
La palabra lo ha llevado ante el universo infinito, lo ha dejado solo permitiéndole que se creyera actor y, finalmente, lo abisma en la sima terrible que deviene del hecho de descubrirse como un simple espectador. Fausto vive la experiencia mágica, se vanagloria y lleno de orgullo se cree semejante a un dios. Pretende explicarse con palabras el misterio infinito que está presenciando, pero esto - él bien lo sabe-, no es posible.
Borges en el cuento "El Aleph" del libro homónimo ya mencionado, plantea una experiencia sublime, rayana en el misterio, cuando su personaje descubre en el sótano de la casa de los Argentino Daneri un Aleph. Entregado a la contemplación de este signo mágico el narrador nos advierte:
Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato; empieza, aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca?
[…] En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.4
Llamaríamos la atención de manera muy particular en lo que tiene que ver con las reflexiones del narrador en torno al fenómeno del lenguaje. Fue precisamente este aspecto el que condujo a Fausto a su natural desesperación frente a lo que veía y no podía transmitir en toda su exactitud. Ahora el personaje de Borges hace una aclaración que él considera necesaria. La simultaneidad de los elementos observados sólo puede ser transmitida de manera sucesiva porque ésa es la única opción que nos otorga el lenguaje articulado del hombre.
Continúa diciendo:
En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. […] Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol…5
Esta observación que el narrador plantea de una manera pormenorizada nos conduce a través de un bosque de símbolos en el cual ocupan un primer lugar los testimonios extraídos de la literatura clásica. El personaje que contempla todo esto nos recuerda a Fausto en el momento de abrir el libro de Nostradamus y presenciar los grandes misterios de la naturaleza.
Curiosamente, de la misma manera que Wagner interrumpe las cavilaciones del doctor Fausto, también Carlos Argentino irrumpe en la escena en el momento más intenso de la contemplación. Resultan enfrentados así dos hombres que no han creído en el conocimiento total, que han preferido un moderado escepticismo que sólo se quiebra en el momento en que consiguen acceder a lo imposible; con dos obscuros representantes del horrible dogmatismo que ha sido uno de los principales males de la humanidad desde todos los tiempos. Fausto y el personaje del Aleph han visto lo increíble. Wagner y Carlos Argentino se han manejado apenas con apariencias que huyen entre las manos.
En conclusión, hay críticos que se han referido de manera general al cristianismo de Borges en el marco de su pensamiento religioso. Creemos que esa manera de alusión es parcial, porque bastaría saber a qué forma del cristianismo afilia el autor aquí estudiado. Es en este terreno precisamente en donde la palabra se torna más escurridiza porque lejos de abarcar el concepto lo aleja aún más. En la línea del panteísmo goetheano se han de encontrar mayores similitudes con el pensamiento del literato filósofo de las márgenes del Plata.
Como dominadores del concepto a través del signo lingüístico, ambos pensadores aquí expuestos manifiestan su escepticismo no sólo en el terreno del conocimiento que es búsqueda y realidad, sino también en el arranque mismo cuando deben ocupar los términos verbales a los que el propio escritor alemán no se atrevía a llamarle "palabra" e intentaba encontrar un sinónimo más adecuado que sintetizara el verdadero saber.
Jorge Luis Borges halla en el símbolo persistente de su prosa un modo de sustituir -al menos parcialmente-, la avaricia del logos.