La filosofía poética de María Zambrano intenta revelar "la estructura metafísica de la vida humana", a través por lo menos de dos signos contradictorios: el padecer y el trascender. Así dirá en una paradoja incomparable: "El hombre es el ser que padece su propia trascendencia". En esta paradoja el hombre vive con lo otro (el mundo y lo divino) una relación a la vez humana y sacralizada, pues jamás podrá desprenderse del padecer, y jamás abandonará su ansia de trascendencia: el ser como humano, demasiado humano, que funda ámbitos de sacralidad.
El hombre es, de este modo, la fragilidad misma entre las formas atenazantes del mundo. "Pues que estamos depositados en la historia -nos dice la autora- atenazados por la necesidad y sobrecogidos por la muerte". Los hilos de esta fragilidad son la soledad y el abandono, la huida y el exilio, que son experiencias consustanciales con el vivir. El hombre del padecimiento parece guardar analogías con el "hombre lábil", descrito por Paul Ricoeur, el hombre de la finitud y la culpabilidad que incuba, en el seno de su debilidad, la posibilidad misma del mal. "Vivir -dice en este sentido Zambrano- es un trabajo que parece en instantes imposible de cumplir; el trabajo de recorrer la larga procesión de los instantes, de oponer una resistencia al tiempo, resistir al tiempo es la primera acción que requiere el estar vivo". El hombre del padecimiento, sin embargo, parece alejarse del hombre lábil de Ricoeur pues en su debilidad, en vez de colocar el mal coloca la esperanza y la aurora, como metáforas de la trascendencia. Por ello dirá que "la esperanza está en la base de la constitución de la persona"; por ello concebirá el despertar como recurrente metáfora de lo naciente en el vivir; de allí que, frente al inescapable padecer, es posible colocar la más optimista de las metáforas, la de la aurora. Así dirá: "Que inmensa soledad la del que no ha contemplado, ni siquiera por una sola vez, la aurora". Si el hombre, a diferencia del animal y de la planta que encuentran la vida hecha, ha de hacerse su propia vida, entonces el ser ya en si mismo es el padecimiento, "el ansia de ser que el hombre padece". Si el hombre es, fundamentalmente, un ansia, en la tradición heredada de Ortega es la incompletez, la carencia en busca de colmarse. ¿No es esta, mutatis mutandis, la revelación del deseo que encontramos de Freud a Lacan?. ¿No es ésta la más clara expresión del padecer la trascendencia?. El hombre, como ser inacabado que coloca, en la herida de esta incompletez, la razón ontológica de su padecimiento, que se irradia hacia las formas del mundo.
Inacabamiento del ser y el mundo que se expresa, en la filosofía de Zambrano, de manera incomparable, en la metáfora de la ocultación: en ese lugar inacabado del ser y el mundo, en ese lugar de la carencia se coloca el signo del ocultamiento, y, sabemos desde Lezama que todo lo que permanece oculto se sacraliza; la aporía muestra de este modo su esplendor: la carencia, la incompletez, por arte del ocultamiento, se sacraliza, alcanza un signo de plenitud: el padecer se convierte en trascendencia y, la trascendencia, por los caminos del ansia, en padecimiento: "La forma primaria en que la realidad se presenta al hombre -nos dice Zambrano- es la de la completa ocultación, ocultación radical; pero la primera realidad que al hombre se le oculta es él mismo". Ser y realidad, por su condición de ocultamiento, deben ser continuamente interrogados (de allí la necesidad del la conciencia crítica), y deben ser revelados; de allí la conjunción de logos filosófico y logos poético; de allí que las figuras de la visión y la ceguera, tan importantes, por ejemplo, para filósofos como Paul de Man, se encuentran como trasfondo de este discurso. "El que mira -nos dice en este sentido Zambrano- es por lo pronto un ciego que no puede verse a sí mismo". Esa ceguera es también la del lenguaje que nombra las cosas del mundo, de allí el hallazgo de la palabra, a la vez poética y filosófica, que propicie la visión y el asombro en el seno del ocultamiento.
El padecer y el trascender dibujan la figura del hombre que avanza atenazado por la realidad, en el ansia misma del vuelo, por desprenderse del peso de la vida, del peso de la temporalidad, el que nos impone la vida como contracara de la muerte. El ser hecho de tiempo que es, como decir, hecho de la fragilidad de la vida y, en el sentido heideggeriano, para la muerte. "La función primaria del sujeto -nos dice Zambrano- es disponer de tiempo, disponer en el tiempo de lugar adecuado para que las diversas formas de realidad se alojen". Ese "alojamiento" de la realidad se hace visible en la finalidad, de allí que la asunción de lo temporal, desde la noción de la redención en el judeocristianismo hasta la "promesa de felicidad" de la historia, tal como la concibe la modernidad, es una glorificación del futuro; una ceguera sobre la fragilidad del ser en la afirmación del sentido final de la existencia.