La frontera imaginaria en la narrativa indigenista - Gamaliel Churata (II)
2 - Gamaliel Churata (II)
El problema de la nación, que había afectado a Latinoamérica después de la ruptura colonial del siglo XIX, exigía una respuesta "a la posibilidad de constitución de estructuras nacionales sobre la base de realidades heterogéneas y muchas veces centrífugas". En el caso de Mariátegui esta respuesta suponía un marxismo heterodoxo. Mariátegui se alejaba del marxismo ortodoxo al considerar el Perú como un país de indios cuestión que lo distanciaba del concepto marxista de clase pues juega con los conceptos de raza incompatibles con el planteamiento en términos de clase que realiza la teoría marxista tradicional. Para Carlos Franco, Mariátegui se vería obligado a superar el planteamiento racial y sustituirlo por un enclave económico, pues "Mariátegui percibe que las consecuencias de la clave racial afectan todas las bases y niveles teóricos de su propio discurso". Indudablemente esta indistinción de conceptos encerraba una contradicción en el seno del discurso de Mariátegui, ya que él repetidamente defrendía un Perú integral: "No es mi idea, mi ideal, el Perú colonial ni el Perú incaico, sino un Perú integral".
El indigenismo, por ello, superaba el ámbito de una corriente estética para convertirse en un hondo programa de reforma social y económica. El indigenismo de Mariátegui se diferenciaba de otros proyectos americanistas en el debate de la literatura en que éste suponía una reacción contra lo viejo y "respondía al activista proyecto de las vanguardias históricas: reintegrar el arte a la praxis vital".
En este contexto el nacionalismo de Mariátegui se enfrentaba a los envites de la modernidad. El indio se iba atransformar en la baza del indigenismo, no sólo el indigenismo político, sino también el indigenismo literario. De ese modo los escritores no únicamente iban a descubrir al indio, sino que también lo iban a inventar. Cochiara señala que ya “antes de ser descubierto el salvaje tuvo que ser inventado”, y la misma idealización que Mariátegui manifestaba en su análisis iba a ser reproducida en muschos de los textos indigenistas. ¿Y a qué fin respondía tal idealización? Indudablemente, a un fin político. El indio era una muestra del atraso del país, de la frontera que separaba dos naciones en una, del fin de la civilización, del mismo modo que en el pasado lo habían sido los centauros y las amazonas. El indio era el elemento que servía a los indigenistas como advertencia de la grave situación que les afectaba a todos los ciudadanos. El indigenismo literario denunciaba las injusticias que sufría el habitante originario del Perú, pero, a su vez, servía de amenaza a la clase dirigente de que, en caso de que no se atendiese a sus reclamaciones, las consecuencias serían nefastas para todos los habitantes. De este modo, en el terreno literario resultaba interesante para estos propósitos acrecentar las medidas de esa frontera que separaba a los ciudadanos de la costa con los indios serranos. Por otra parte, hay que tener en cuenta que esa frontera venía ya de por sí establecida por el hecho de que la inmensa mayoría de los escritores indigenistas eran blancos o mestizos, valga como ejemplo Luis E. Valcárcel o el mismo Mariátegui, lo cual ya les imponía una gran distancia respecto al mundo indio, distancia que se tenía que manifestar en los textos. Esa distancia o frontera también venía dada por un grueso de los indigenistas provenía o habitaba en Lima, capital muy distante del mundo y las costumbres andinas. La lengua también era un elemento definidor de esa frontera. Los indigenistas escribían en español con contadas interferencias del quechua, que sólo en unos pocos escritores, como Gamaliel Churata o José María Arguedas, dejaba de ser un elemento exótico que no coincidía con el tono del relato. Todo ello hacía del indigenismo literario una literatura heterogénea, tal y como señaló Cornejo Polar. Esta circunstancia no es tan extraña como puede parecer, puesto que en la mayor parte de los nacionalismos suele darse de manera un tanto parecida. El adalid del nacionalismo ruso en la Unión Soviética no fue otro que un georgiano llamado Stalin. Y el mismo George Orwell señalaba que “uno descubre muy a menudo que los grandes líderes nacionales, o los fundadores de los movimientos nacionalistas, no pertenecen al pueblo que los ha enaltecido. Algunas veces son puros extranjeros o, más frecuentemente, vienen de áreas periféricas donde la nacionalidad es dudosa”.
No resulta fácil juzgar el papel de todos estos hombres en un período tan complejo y difícil como el que separa los dos conflictos mundiales. Es por ello, que me inclino a pensar que hubo propuestas sinceras. No dudo de los generosos prpósitos, y por ello, admirables, de hombres como José Carlos Mariátegui o Gamaliel Churata, los cuales dedicaron su vida a la causa de los más desfavorecidos. Pero también creo que muchos vieron en el indio una manera de colar su producción literaria en una revista tan prestigiosa como Amauta. Con ello conseguían apropiarse de la etiqueta de vanguardista, de moderno, y a su vez, consiguieron pasar a la historia de la literatura cuando difícilmente lo hubieran conseguido escribiendo sobre otra cosa. Por ello, algunos escritores sólo escribieron esporádicamente y de modo oportunista sobre el indio cuando los problemas de éste siempre fueron los mismos. Este oprtunismo fue aceptado por Mariátegui, ya que en su propósito de crear un frente único los escritores jugaban un papel fundamental.
Carnero Checa relata que el poeta Serafín Delmar se atrevió a decirle un día a Mariátegui: "Su revista Amauta es como un ómnibus. Todos pueden treparse en ella". Mariátegui le replicó: "Puede ser... pero usted no ha tenido cabida en ese ómnibus"
La anécdota encuentra una rápida justificación, ya que, aunque Serafín Delmar, siendo aprista, fue uno de los autores que tuvo repetidas intervenciones en Amauta, bien con poemas o prosas de vanguardia, esas colaboraciones se acabaron a partir de la ruptura de Mariátegui con Haya de la Torre.
El mismo Carnero Checa reconoce:
"...así sucedió con muchos otros intelectuales que jamás aparecieron en Amauta; o con algunos políticos, como Haya de la Torre y sus seguidores en la recién nacida APRA, a los que cerró sus columnas para siempre una vez convencido de la inutilidad de sus esfuerzos para ganarlos a una posición nacionalista y revolucionaria"
Amauta, el indigenismo y la lucha política suponían una coalición que pretendía desbancar del poder a la clase dirigente, y si no pretendía este cambio, al menos exigía un papel más amplio para las clases medías en ascenso, a las cuales pertenecían los escritores indigenistas. De este modo, el indio se convertía en un argumento de presión contra la oligarquía y un argumento de alianza:
“A partir de la década de 1920, ese escenario, creo, se modificó definitivamente, con el acceso a él de las clases medias. Así, durante los siguientes 50 años, estos grupos mantendrán una compleja relación con el poder; en un primer momento disputando con la oligarquía teniendo la pretensión de de compartir con ella el manejo de la cosa pública; y, en un segundo, asumiendo ellos la responsabilidad principal del mismo.”
En esta lucha, la presión sobre el poder era esencial y la literatura se iba a convertir en un elemento muy importante en esta empresa. Para ello, los escritores de la década de 1920 que fijaron su mirada en el indio se sirvieron de distintos medios.
En primer lugar se pintó un indio fiero, un indio que rompía los esquemas y estereotipos del mito del buen salvaje. Porque en ese contexto el indio era una amenaza para el Estado y para hacer salir del atraso al país, hecho que ha caracterizado las ideas sobre el indio en la modernidad como ha señalado Roger Bartra:
“El mito del salvaje durante el renacimiento, va adquiriendo cada vez más claramente un carácter nuevo: ya no sólo una reflexión sobre los vínculos entre la naturaleza y la cultura, sino además como una crítica a la civilización a veces incluso como una trágica comprobación de los males terribles con que la modernidad amenaza al hombre.”
Para pintar ese indio fiero, capaz de desatar tempestades, como rezaba el libro de Luis E. Valcárcel, Tempestad en los Andes, había que oponerlo a los representantes de un sistema injusto que abandonaba a su suerte a una gran parte de los ciudadanos del país y que los explotaba de manera salvaje. El gamonal, como aparecía en el relato de Gamaliel Churata, iba a ser en muchos casos el representante de esa oligarquía como activador de la violencia:
“La debilidad de sus menores siempre está a expensas de su crueldad tanto como él a expensas del juicio definitivo que el profesor forma de su estupidez mental, pues a una brutalidad incalificable, une un carácter servil de los respectos. Es uno de los pocos que conserva sus cuadernos cuidadosamente forrados, aunque la grasa y ese intolerable olor a tostado mal digerido los haga gaseosos y a él temible a la pituitaria.”
En "El Gamonal" se contaba la historia de un matrimonio de indios que trabajan en una hacienda andina. La historia de Encarnita y su esposo se puede resumir en los siguientes términos: Encarnita era el estereotipo de mujer india. Se casó joven, tuvo un hijo joven y, mientras su marido estaba dedicado a las tareas del campo, ella se veía obligada a conceder sus favores al mayordomo de la hacienda. El esposo un día los sorprende y mata al mayordomo. Este acontecimiento se convertirá en detonante para que toda la rabia acumulada por la raza durante siglos se dispare en contra de los hacendados. La historia finalizaba en una rebelión que tenía como resultado una cruel matanza en la región. La rebelión será apaciguada y todo volverá a su sitio. Después del encarcelamiento del esposo de Encarnita, que ha dirigido la rebelión, las aguas regresarán a su cauce, y el gamonal no sólo recuperará sus propiedades sino que las agrandará con la anexión de las tierras que cultivaban los rebeldes muertos.
La propuesta narrativa de Churata era desde el punto de vista ideológico una de las más radicales que aparecieron en Amauta. Churata, al igual que Valcárcel, apuntaba a la solución armada como medio para deshacerse del yugo impuesto por el sistema de haciendas en los Andes y esa apuesta, como en la obra de Valcárcel, se convertía en una amenaza contra los dirigentes ante las injusticias que se cometían en el interior del país.
En "El gamonal" se denunciaba el mal trato que recibían los indios, los abusos que sufrían sus esposas, la claudicación ante los gamonales, la desaparición del ayllu y el olvido y el atraso al que estaban condenadas las regiones frente al poderío de la Costa. No era tan desacertada la propuesta puesto que lo que se pretendía era acercar la literatura a la vida y construir, de ese modo, una nueva percepción de la realidad. Así, en "El gamonal" se intentaba el acercamiento a lo que era la vida en las regiones y, a la vez, el narrador introducía un programa de denuncias que ponía de relieve estos puntos con la misma virulencia con que los vanguardistas abrían los manifiestos de sus revistas:
"Vamos a protestar de forma rotunda. El indio es la bestia del Ande. Y ha sido el constructor de una de las civilizaciones, o mejor, de una de las culturas, más humana y de más profunda proyección sicológica. Cayendo bajo la garra de España, el español le ha contagiado sus defectos sin dejarle sus virtudes. Le vilipendia hoy el mestizo, el blanco y el indio alzado en cacique. Esta extorsión no tiene ningún objeto progresivo."
El mensaje, al igual que en los escritos de Mariátegui y de Valcárcel partían de una visión errónea de la historia. Se cometía el mismo exceso enaltecedor que los hispanistas habían cometido en la revisión de la tradición española, aunque esta vez en sentido contrario. La Conquista volvía a ser el origen de todos los males del indio y se apuntaba a la necesidad de reincorporar al indio a la marcha del país. Pero, en esta incorporación existían dificultades que interponían los blancos como el carácter ocioso del indígena, sus delitos y la situación de atraso en que vivía, los mismos defectos que eran propios de otras razas y que López Albújar había destacado en su artículo "Sobre la psicología del indio" o en sus Cuentos andinos. Pero frente a estos habituales defectos del indio, se mostraba la improductividad del gamonal, el cual, en lugar de ser discriminado, recibía el trato de favor de la Costa. El indio era maltratado y el gamonal no recibía ese trato. El indio no recibía ninguna atención del Estado ni formaba parte de la nación y el gamonal era uno de sus usufructuarios:
"El indio es, por ahora y en la hacienda, retardatario y ocioso; el blanco no lo es menos. Hay descendientes de español que poseen dos siglos, vastos latifundios, y no han llevado un tractor, un automóvil, algo que revele su espíritu de progreso. El indio es ocioso; el gamonal, además de ocioso, es ladrón, fatuo e ignorante. Nada le lleva entre manos, sino el alcohol para degenerarlo y el rebenque para humillarlo. Ninguna escuela. Ni aun escuela de frailes que es, en el Ande, escuela de achatamiento, donde se le hace comprender la SUPERIORIDAD del 'niñito'. El gobierno es el mayor gamonal de la sierra, y a él se afilian los menores gamonales para tejer la impenetrable malla del centralismo limeño. Mientras tanto el indio que es un hombre superior en mucho al mestizo politiquero y banal perece en los llanos del Ande sin una esperanza de regeneración."
Como Mariátegui, Churata exaltaba la antigua cultura incaica y criticaba la acción colonizadora de los españoles que no habían sabido proporcionar las bases económicas para el desarrollo de una economía moderna. Churata denunciaba el centralismo limeño y, a su vez, el desatendimiento de las regiones que otorgaba mayores poderes al gamonal. A todas luces la responsabilidad era del blanco y del mestizo en la corrupción del indio. El paralelismo con los Siete ensayos, al igual que con el pensamiento de Haya de la Torre, resultaba evidente y, de nuevo, se denunciaba a la colonización española de flagrantes carencias en la imposición de un sistema económico:
"A la América española no vinieron casi sino virreyes, cortesanos, aventureros y clérigos, doctores y soldados. No se formó, por esto, en el Perú una verdadera fuerza de colonización. La población de Lima estaba compuesta por una pequeña corte, una burocracia, algunos conventos, inquisidores, mercaderes, criados, esclavos. El pioneer español carecía, además de aptitud para crear núcleos de trabajo. En lugar de la utilización del indio, parecía perseguir su exterminio. Y los colonizadores no se bastaban a sí mismos para crear una economía sólida y orgánica."
Churata recogía la misma idea en "El gamonal" y comparaba la idealizada plenitud de la antigüedad indígena con la decadencia que afectaba al indio en esos años, achacando la responsabilidad de esa decadencia a la colonización y asumiendo el mismo lirismo con que Valcárcel profetizaba la llegada de la tempestad:
"En la pampa inmensa y solemne se desperdigaban los ayllus y hoy, sólo queda la cabaña miserable sin una flauta ni un ahuaiño. La cabaña de la hacienda sustituyendo al ayllu es como la casa para el indómito kelluncho. El ayllu, reducido conglomerado de indios, era la paz y el amor abrazados en la rinconada. Al ayllu ha seguido la cabaña del colono, indio esclavo, obligado a vivir como bestia, con un miserable salario, sin fraternidad ni sociedad. En la cabaña se convierte al hombre en bruto y cuando como el Kelluncho prefiere morirse de hambre, a soportar las rejas de la jaula, se le manda a la CÁRCEL. Eso es la pampa. Ningún hombre santo debe mirar esa extensión gris con necia indiferencia. La pampa es una llaga sangrante; por todas partes deben oírse los gemidos del indio."
La transformación del ayllu de los incas en una miserable cabaña suponía, para Churata, la aniquilación de la identidad del indio, una vez reducido su territorio al penoso cuadro de la hacienda andina. La melancolía que suscitaba esta idea transcendía el ámbito del indio y se fundía con el paisaje teñido de sangre, y esa melancolía del paisaje alcanzaba a la voz del narrador que tomaba partido por la causa del indígena. De este modo, el narrador tomaba partido y dramatizaba los sucesos. Por este motivo, el narrador tenía que hacer explícitas sus intenciones: distanciándose de los hechos de ficción que narraba, esa voz insistía en que él no pretendía hacer literatura, sino expresar el sentimiento de un pueblo ante la situación de explotación y abuso vil. El término "literatura", en los escritos de Churata, se identificaba con la autonomía estética que los modernistas y los escritores anteriores habían otorgado al arte al distanciarlo de la vida, se identificaba con aquel indio melancólico de los cuentos de García Calderón y las Tradiciones de Ricardo Palma. El indigenismo de Churata pretendía romper con ese concepto en el arte y aproximar la literatura a la realidad:
"Los cielos nocturnos se suceden unos tras otros, sin nubes. Toda la congestión estelar gravita sobre la pampa, como ubre pletórica de leche estéril. Las chacras están muriendo en las rinconadas asesinadas por el hielo. El indio prende su fogata en la montaña para ayudar a la tierra, a la madre a producir el calorsito que contrarreste la cuchilla del hielo. Chillan las criaturas en todas direcciones elevando en la extensión ilimitada una sola voz angustiosa, llena de lágrimas, doliente de ladridos y pellizcos y junto a este alarido viene un dolor que tiende a rebelarse. Los hombres se han reunido en la cumbre. No es literatura lo que vengo relatando. Los indios van a los picachos como el corazón sigiloso de la tierra a tramar sus venganzas o a maldecir. Esto no es repito literatura. Literatura es aquello que he oído contar alguna de un indio expulsado de la hacienda con sus hijos y que por toda venganza al llegar encima de la cuesta se dio a sonar el puttuto. Eso es literatura. Literatura es aquello del indio enamorado de la quena, el indio enfermo de tristeza. El indio siendo hombre y de los mejores, no ha de tener tiempo para la literatura linfática."
Churata insistía en dar constancia de esa realidad configurada por las injusticias cometidas contra el indígena, de modo que se distanciaba de la tradición narrativa indianista representada por Clorinda Matto de Turner y García Calderón, donde el indio no dejaba de ser un personaje exótico, aquejado de una continua tristeza, más cerca de la estética romántica que de la realidad. Por eso, lo narrado no era "literatura" y otorgaba a su texto un carácter de verdad que ponía en tela de juicio la literatura anterior del mismo modo que lo había hecho Mariátegui en "El proceso de la literatura". Por este camino, Gamaliel Churata entroncaba con la vanguardia: se sacaba al habitante americano del contexto romántico de antaño, se devolvía el arte a la vida, a la praxis vital, y se liberaba a la literatura del sagrario en que los modernistas la habían ubicado. Este indigenismo era un regionalismo, pero, a la vez, se apoderaba de la sensibilidad vanguardista, pues representaba una nueva percepción de la realidad circundante, ante ese indio que había sido mostrado anteriormente en los folletines decimonónicos como algo exótico que decoraba los relatos. Por ello no era casual que esa nueva sensibilidad se manifestara en "El gamonal" en aspectos formales como los juicios explícitos que fragmentaban el relato y las digresiones en las que el narrador enjuiciaba los acontecimientos y daba un veredicto.
La cuestión que subyacía en el relato de Churata, al igual que en los escritos de Valcárcel, era introducir la modernidad en el mundo del indio y salvaguardar su identidad, sin que esa apuesta por el cambio significara desvincularse del pasado. Churata, no sólo denunciaba unos hechos, sino que también adviertía de que, en caso de que la solución no llegase pronto, el levantamiento de los oprimidos sería inevitable, incluso esta aseveración servía de justificante a los últimos levantamientos indígenas y a las crueldades que del mismo modo realizaban los indios. La literatura era acción política, y de ese modo, vida y literatura quedaban indisolublemente unidas:
"Los poemas de hoy son la sangre de los miserables convertida en gritos o la inquietud o la quietud de los huesos por alcanzar la perfección teológica. En la pampa hay poco color. Violeta en los lindes del cielo, amarillo el pajonal indomable, blanca la nube y rojo el corazón del colono. Ya vamos. ¡Donde se siembra la injusticia se cosecha el vengador."
A este fin respondía la dramatización de la rebelión. Se describía una lucha cruel que tendría como consecuencia un gran número de muertes, y el narrador acrecentaba su distancia ante lo narrado, como si él mismo sintiera terror ante lo que se iba a producir, de hecho a los indios se les calificaba con el peyorativo de "indiada", calificativo que ponía de relieve la distancia y los prejuicios que separaban a indios e indigenistas y que servía, a su vez, para alertar que ese estado de violencia tan cercano iba a ser negativo para todos, ante lo cual no quedaba otro remedio que aliviar los problemas que acuciaban al indio:
"Ya se perciben los ayes de algunos heridos y en el reposo bestial de la noche el quejumbroso balido de las ovejas que rompen la estaca del redil y ciegas se echan a huir impelidas por el espanto de los hombres. La indiada trata de forzar la puerta principal. Ellos esperaban que se abriera pronto; pero ya han sido degollados los encargados de hacerlo. Presto se ve surgir una llamarada humeante dentro de las pajas de la techumbre y un alarido de placer y victoria enronquece. Los gritos se centuplican estentóreos y epilépticos. El fuego, en lenguas, lame los muros y se contorsiona en el espacio. Desde el mojinete donde se defendía bravamente ha caído uno de los hombres de la finca, uno de los malhabidos secuaces del gamonal. Ha caído entre las fauces, sobre el haz de leña verde, carne fresca para el kancacho. Lo trucidan con desesperado gesto. Lo maldicen. Lo parten. No le dejan tiempo para confesarse, lo cual es el último dolor del católico:"
Esta necesidad de persuadir a la clase dirigente implicaba que los hechos narrados se exagerasen o, al menos que adquirieran un enorme carácter dramático. Por ello, los personajes que representaban a esta clase en las regiones se mostraban con una terrible crueldad, que posiblemente fuese cierta, pero que aparecía descrita de una manera hiperbólica como si se tratara de enfermos mentales: "cinco carabotas duros de rictus y mentones patológicos". Así, cuando el mayordomo se dirige a inspeccionar la hacienda y, en su camino, encuentra a Encarna y le pregunta por su esposo y acusa a éste de vender las vacas de la hacienda, después de haber informado de su robo, el "Karabotas" descarga toda su rabia contra Encarna:
"El Karabotas hace caer su látigo sobre la espalda de la Encarna. Al hijo que llora le lanza un insulto soez. Le llama hija de perra. Pronuncia bien claro, bien fuerte la palabra CARCEL y se va. Al oírla, la mujer y el niño tiemblan. Celoso sale el indio de su escondrijo. Mira insistentemente hacia el punto de polvo en la planicie y luego tritura su maldición como todo hombre esclavizado, duramente, sin ataduras vernáculas, con palabras centrales y definitivas: ¡PERRO!, ¡CANALLA!, ¡PORQUERÍA!"
Por ello, el mayordomo era capaz de las más bárbaras acciones. Esta actitud se podía observar en la escena en que el mayordomo en estado de embriaguez arrebataba de su hogar a Encarna mientras su padre está presente:
"-Tatay, es mi hija. ¡Debes respetarla! No es para todos, sino para su hombre.
Sin atender a las protestas del anciano, el bruto, riendo a carcajadas, arrastra a la india.
-Te doy mi trabajo pero no mi familia. Cóbrate en él lo que te debo. ¡Mis hijos son para mí!
Admirándose de tal lenguaje, el cholo reía más.
-¡Ah! Te lo enseñaron los formalistas. Se comprende indio bribón. Pero ya irás a pagarlas a la Cárcel.
No se la llevaba impunemente. El viejo arrastrándose se llegó hasta él y le dio un empellón; pero por nada. Presto le metió tres balas a boca jarro."
