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La incursión de Rubén Darío en la literatura de terror - Rubén Darío y el género de terror (I)

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CopyLeft Artículo de Lenina M. Méndez - 28 de Agosto de 2006
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2. Rubén Darío y el género de terror (I)

La intromisión de Rubén Darío en este campo no es fortuita. Era una gran admirador del maestro del terror moderno, Edgar Allan Poe, y la huella de este visionario es evidente a lo largo de la mayoría de los relatos que conforman la mencionada selección, especialmente en el método de composición (ambiente macabro, acción in crescendo y final sorpresivo) y en algunos temas, como el del vampirismo. Otras de sus influencias serán los genios de la literatura fantástica del XIX, como Catulle Mendès, Hoffmann y el necrófilo Théophile Gautier. Por otra parte, aunado a sus modelos literarios, Darío señala en su Autobiografía que su inclinación hacia estos temas se debe a las leyendas populares oídas en su niñez y a los trastornos nerviosos que padeció (causados por su incipientes alcoholismo); y puede agregarse su afición en cierta época hacia las ciencias ocultas, culminando estas inquietudes en sus estudios teosóficos. Gracias a la variedad de sus influencias, la producción dariana de horror es multifacética y heterogénea, explorando los diferentes caminos que llevan al terror al hombre de fin de siglo.

El primero de sus cuentos de este tipo es "Betún y sangre" (Guatemala, 1890), de corte realista en su tema (sin olvidar por supuesto las delicias expresivas del modernismo) y donde lo macabro radica en la exploración del inconsciente, en la degradación humana y no en monstruos sobrenaturales, es decir, es el miedo que proviene de la maldad interna de cada uno. En este relato la atmósfera ominosa viene dada por la inclusión de leyendas populares nicaragüenses que, como bien señala Darío, son fuente inagotable de misterio, ya que conjugan las tradiciones prehispánicas con la vena católica introducida durante la colonia, formando un rico acervo folklórico de recursos sin límites. Un niño de doce años, un soldado y su mujer son los personajes de lo que parece que será una historia que denuncia las injusticias de la pobreza; pero la sensación de que algo malsano se prepara es el primer deseo latente del niño, Periquín, hacia la joven esposa del capitán.

En el desarrollo del relato parece perderse esa señal maliciosa para ocupar al lector en los horrores de la guerra, y cuando la situación es más triste y desesperada para la tropa, el ambiente fantasmal comienza a cubrir el campo de batalla. El muchachito se lanza a buscar al capitán entre los heridos del día, movido por un sentimiento de agradecimiento, pero durante su excursión las tinieblas de la noche empiezan a hacer su efecto: los cadáveres con su rictus "sepulcral y macabro" parecen aprisionar con sus manos gélidas las ropas del niño y éste recuerda en esa atmósfera espectral las consejas de su abuela: "...uno de los cuentos empezaba con : ‘este era un fraile...’; otro hablada de un hombre sin cabeza, otro de un muerto de largas uñas que tenía la carne como la cera blanca y por los ojos dos llamas azules y la boca abierta..."(1) Y en medio de los espectros, una voz sepulcral que gime llamando al chicuelo. Pero lo más estremecedor de la historia, donde radica su verdadero horror, es en descubrir los deseos malsanos de Periquín, que ha tomado a la muerte como aliada de sus instintos. Cuando lleva la fatal noticia de la muerte del capitán a su mujer, un criado percibe con espanto la real esencia del joven: "...el maldito muchacho tenía en los ojos cierta luz de placer, al sentirse abrazado, el rostro junto a la nuca rubia, donde de un florecimiento de oro crespo, surgía un efluvio perfumado y embriagante..."(2) El miedo aquí surge de la posible identificación con el personaje, el cual pasa de inspirar ternura hasta llegar a la repulsión a causa de su baja naturaleza que, sin embargo, es perfectamente comprensible y es lo que imprime el horror: saber que cualquiera puede sentirse aquejado por los mismos sentimientos de destrucción.

Otro campo muy rico en la literatura macabra es el que la relaciona con la religión, el cual explotó muy bien Darío a lo largo de la evolución de su sentimiento hacia lo divino. "La muerte de Salomé" (Costa Rica, 1891) es la recreación del pasaje bíblico de la muerte de la hija de Herodías y del bautista, donde la atmósfera de misterio comienza desde las primeras líneas, cuando el autor se dirige directamente al lector para informarle que la legendaria mujer no tuvo el fin que se suele mencionar pues ha encontrado en Palestina un viejo pergamino escrito en caldeo, que un sabio fraile amigo suyo tradujo, con la verdadera historia del desceso. Esta relación inmediata entre el autor y un arcano secreto que sólo él posee es una fórmula muy socorrida durante todo el siglo XIX para crear ese entorno misterioso estableciendo un vínculo directo entre el narrador y el lector, aunado al hecho de que lo terrorífico no viene de fuera de la realidad, sino que siempre se ha encontrado allí, pero oculto por alguna mano desconocida. En este relato se nota un tanto la incipiente huella de Poe en el hecho de la caracterización del personaje, Salomé, quien es bella y a la vez cruel, y su mismo placer por la sangre es el que la llevará a la destrucción. La escena de su muerte muestra a la perfección el sentimiento baudeleriano del "cadáver exquisito": Salomé se encuentra en su cama, desnuda, resaltando su blancura entre las sedas púrpuras y el oro que la cubre, mirando la cabeza de Juan chorreante de sangre. Pero la ira de dios es terrible: aquí no está presente un dios amoroso, sino un ser vengador que llega a cualquier extremo para aplacar su cólera. Así que es lo mismo que la blasfema ama lo que la perderá: el oro de su cuello, en forma de serpiente de sangrientos ojos (la elección del animal es claro que no es fortuita, sino que responde al sentimiento popular de considerarla portadora del mal y que se retomará en posteriores narraciones), la cual con súbito terror de su portadora cobra vida y cercena la cabeza de Salomé, sin que nadie pueda impedirlo. La escena final, a pesar de representar el triunfo de la divinidad, no está exenta de un malsano terror:

Repentinamente, lanzaron un grito (las esclavas); la cabeza trágica de Salomé, la regia danzarina, rodó del lecho hasta los pies del trípode, adonde estaba, triste y lívida, la del precursor de Jesús; y al lado del cuerpo desnudo, en el lecho de púrpura, quedó enroscada la serpiente de oro.(3)

El recurso de invocar al conocimiento ancestral como fuente de misterio es utilizado por Darío en otro de sus relatos de corte religioso, donde será ahora lo desconocido de ese saber lo que acarreará el pavor. Se trata de la "Historia prodigiosa de la princesa Psiquia, según se halla escrita por Liborio, monje, en un códice de la abadía de San Hermancio, en Iliria" (Madrid, 1906). Las palabras claves para la creación de la ambientación son las que encierra el título, pues se presenta una historia totalmente maravillosa, pero matizada por una duda acerca de su realidad, la cual está dada por el hecho de situar la fuente en manos de un fraile católico (que vivió hacia el año 250 d.C.) que pertenece a una abadía que realmente existió y que se encuentra en un lugar que los montes europeos aún ceden a la vista. Y será precisamente ese hecho el que hace cómplices nuevamente al autor y al lector: el segundo le comparte un secreto que, aunque maravilloso, bien pudo ser cierto. Este es un cuento donde su fuerza se centra en el misterio, que se presiente a lo largo de todo el relato y que nunca se

resuelve, y en la atmósfera de satanismo que envuelve a la historia. Darío era muy afecto a considerar los antiguos ritos paganos, ya fueran de las culturas clásicas o prehispánicos, como contacto directo con demonios, considerando a toda idólatra como un ser sediento de sangre humana para ofrendar a su legión de satanes.

En este pueblo plagado de blasfemia y ceguera divina, habrá una mujer que intuya un poder más allá de los que le proporcionan sus prácticas nigrománticas, y a la búsqueda de ese saber oculto se encaminarán sus esfuerzos. Ese conocimiento se encuentra en la "verdadera" religión, el cristianismo que va propagando por el mundo Santo Tomás, quien llega al reino de la princesa Psiquia para saciar su ambición; y la llegada de ese misterioso hombre desolará al maravilloso país

...(se) envió en busca del extranjero Tomás, el cual entró en la ciudad, y en aquel mismo instante cayeron al suelo despedazados los ídolos de las plazas, porque era Tomás el santo, que tocó las llagas del Cristo resucitado, e iba por lejanos países, predicando las verdades del Evangelio.(4)

Pero no será Tomás quien satisfaga los deseos de la ambiciosa princesa, quien desea aprehender un conocimiento que está vedado para los mortales y el cual sólo posee un hombre que camina solitario por la Galia; ante la insistencia de Psiquia, Tomás llama a Lázaro para que le revele el secreto, y la entrada de éste es aún más terrible que la del primero

Y vióse venir a un hombre vestido con una áspera túnica, apoyado en un tosco bordón, ceñidos los riñones con una cuerda. A su paso todas las cosas parecía que temblaban misteriosamente. Era pálido. No se podía contemplar sus ojos sin sufrir un vértigo desconocido (...) se acercó con lentitud a la princesa y le habló dos palabras al oído. Psiquia escuchó y quedó al instante dulcemente dormida (...) dormida para siempre...(5)

Y el misterio queda encerrado allí, en esas dos palabras que jamás se sabe cuales fueron, pero que en boca del ominoso lázaro cobran un poder inconmensurable que logra aplastar de un golpe toda la idolatría de oriente, mostrando lo terrible que puede llegar a ser el cristianismo y lo arcano de sus secretos insondables.

Uno de los cuentos de más fino penetramiento en el horror psicológico de Darío es "El Salomón negro"(Buenos aires, 1899), donde nuevamente entra en escena un personaje histórico en fuerte relación con la Biblia. Ante la vista del antiguo rey judío que llevó a Jerusalem a su esplendor, aparece un extraño gemelo, proveniente de un mundo bizarro: una copia de su propia imagen pero con la piel negra. Este Salomón dual representa los dos polos del pensamiento humano, bien/mal, siendo el negro la suma de las pasiones y deseos latentes del verdadero Salomón, dueño de todo el saber oculto que esconde el universo. Este relato se encuentra casi de lleno en el mundo de lo maravilloso sino fuera por el pequeño detalle de que puede encontrarse encerrado en un sueño del antiguo gobernante, y para el lector es difícil precisar donde se encuentra el límite del sueño de la verdadera aparición del doble. En este cuento son patentes ya las preocupaciones científicas y filosóficas que empapan los albores del presente siglo, con la incursión de la posible dualidad del espíritu humano, proveniente de las teorías psicoanalíticas y la aceptación del cambio filosófico que representó el existencialismo. El Salomón negro, tras hacerle a su contrapartida una terrible demostración sobre lo equivocado de su pensamiento, siendo una especie de demonio tentador que presiona la virtud del rey, parte sin más ceremonia, y responde al atónito gemelo acerca de su nombre, "Salomón -contestó sonriendo-. Pero también tengo otro nombre (...) Federico Nietzche"(6)

Esta preocupación acerca de las tentaciones del demonio, que en el mencionado cuento pueden traducirse como una especie de miedo hacia la evolución de las ideas en el plano filosófico, alcanzará su punto culminante en "La extraña muerte de fray Pedro", donde aunado a los peligros de la filosofía se unen los que puede acarrear la ciencia. Este cuento tuvo dos versiones: la primera de 1896 se tituló "Verónica" y la segunda de 1913 ya mencionada. tuvieron que transcurrir trece años para llegar a esa narración más depurada en el estilo con el afán de búsqueda de claridad, pero que perdió cierta fuerza en el aspecto misterioso por el cambio de una única palabra que posteriormente se analizará. En este relato aparece con toda su fuerza el elemento religioso y los peligros que puede conllevar jugar con él; fray Tomás de la Pasión (que cambiará a fray Pedro en la segunda versión) es un "espíritu perturbado por el demonio de la ciencia", un religioso que ha dedicado su vida entera a la búsqueda del saber supremo, incursionando en los terrenos de las ciencias ocultas y el saber primigenio para lograr su cometido. En ambas versiones el tema central es la equiparación de la ciencia con el pecado, con las tentaciones demoníacas, recordando aquel error ancestral de Adán tratar de acceder al conocimiento prohibido, perdiendo con ello a la humanidad entera; con fray Tomás se tiene la misma situación, a pesar de los siglos transcurridos, la nueva ciencia aún pierde a los espíritus

Más la curiosidad le azuzaba el espíritu, le lanzaba a la averiguación de los secretos de la naturaleza y de la vida. A tal punto, que no comprendía cómo esa sed de saber, ese deseo indomable de penetrar en lo velado (sic) y en lo arcano del universo, era obra del pecado, y añagaza del bajísimo para impedirle de esa manera su consagración absoluta a la adoración del Eterno Padre.(7)

Embriagado en ese afán de conocimiento, fray Tomás se entera de la invención de los rayos X y su mente se desboca, deseando a toda costa obtener uno de esos artefactos para penetrar en los más recónditos secretos del universo, especialmente, la idea de atrapar la imagen de lo sagrado se apodera de su mente. Y lo que hasta el momento se pudiera ver como un fraile incomprendido por su retrógrada comunidad, entra de lleno en el terreno de lo ominoso al ser un misterioso ser el que le proporciona el ansiado aparato, pero ese personaje será el demonio en persona que "bajo el hábito había mostrado, en el momento de la desaparición, dos patas de chivo..."(8) En poder de la ansiada máquina, la mente del fraile se desboca y llega a la blasfemia de querer someter a su dominio la sagrada hostia, con el fin de vislumbrar la presencia del mismo Dios; y esa es la acción que no puede perdonársele: aparece muerto al día siguiente, según sus compañeros, víctima de sus terribles estudios que le llevaron aparentemente a perder la razón. Pero lo fantástico del relato emerge en ese momento, con la prueba palpable del éxito de la operación de fray Tomás: en la placa fotográfica se encuentra "con los brazos desclavados y una terrible mirada en los divinos ojos, la imagen de Nuestro Señor Jesucristo"(9) (el subrayado es propio). Esa última frase, que contiene todo lo pavoroso de la historia, es la que da fuerza al relato por el sentido de poderío religioso que conlleva y que se pierde en la segunda versión, donde la palabra terrible es sustituida por dulce. Bien puede achacarse este cambio a la evolución de las ideas religiosas de Darío, y si bien la segunda versión sigue siendo abrumadora, debido a su afán explicativo pierde parte del misterio que inunda a "Verónica", donde hasta el titulo era más sugestivo, contraponiendo la experiencia del fraile con la de la Santa judía que, según la tradición, encontró a Jesús camino del Calvario y le limpió el rostro con un lienzo blanco en el que quedó impresa la divina cara. Pero lo que ambos relatos sacan a flote es indudablemente que existen misterios más allá de la comprensión humana, y que cualquier intromisión en sus secretos llevará a la muerte.

Autor y licencia de 'La incursión de Rubén Darío en la literatura de terror - Rubén Darío y el género de terror (I)'
Lenina M. Méndez Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero13/rdario.html CopyLeft
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