Ante esta preocupante situación, generada por las consecuencias perversas de la modernidad, la religión ha resurgido como instancia suministradora de certidumbre, identidad sentido. Y su acogida entre los diferentes estratos socioculturales, puede interpretarse como una reacción al trastocamiento de las pautas cotidianas de convivencia, producido por los diversos procesos y consecuencias de la modernidad.
De igual modo, el retorno de la religión y de otros elementos de la tradición puede entenderse como un intento de rescatar algún asidero o punto de referencia ante el sombrío futuro que se vislumbra. Pero también como la vuelta a una suerte de comunidad espiritual que reemplaza a la comunidad social, en la que la inseguridad, la incertidumbre y la angustia han orillado al individuo a replegarse hacia si mismo
No obstante, hay que anotar que ese retorno o reemergencia de la religión también supone graves riesgos, porque a la par del aumento del protagonismo de las religiones instituidas principalmente en el ámbito político, también se observa la proliferación de cultos y rituales sincréticos que más que estar provistos de una retórica escatológica y reconfortante, están provistos de una lógica de mercado porque ofrecen sus servicios espirituales y esotéricos como productos consumibles, a cambio de una cuota monetaria.
De manera que este resurgimiento de lo religioso y lo mágico ha servido como argumento para que algunos observadores y estudiosos sugieran que en esta etapa de la modernidad se asiste al reencantamiento del mundo, sustentado en una razón sensible que si bien ha descartado la posibilidad de dotar de fundamento al pensamiento10, apuesta por la intuición como posibilidad de acceso al conocimiento y comprensión del mundo.
Asimismo, otros pensadores inscritos en una línea más crítica en torno a la modernidad argumentan que la aparición de estas tendencias que parecieran más bien involutivas, ha sido posible gracias a la persistencia de algunos elementos de la tradición que la propia modernidad no logró erradicar. De manera que a la luz del resurgimiento de la religión y de la pretendida ausencia de fundamento del pensamiento, concluyen que el mundo no es tan moderno como el propio proyecto modernizador lo hubiese querido.
En ese sentido Leszek Kolakowski sentencia: “… aceptemos nuestra incurable ignorancia de nuestro fundamento espiritual y contentémonos con repasar la superficie de nuestra ‘modernidad’, sin importar que signifique esa palabra. Signifique lo que sea, es seguro que la modernidad es tan poco moderna como los ataques a la modernidad”.