La Muerte es un apuro Lingüístico: Reflexiones sobre la Autobiografía - La muerte es un apuro lingüístico
5 - La muerte es un apuro lingüístico
La autobiografía, para De Man, no es un género o un modo sino una figura de lectura y de
entendimiento que ocurre en alguna medida en todo texto. Porque el momento autobiográfico es un
momento especular en el que dos sujetos -el que dice yo y quien escribe yo, entre el yo del pasado y
el yo del presente, entre lo muerto y lo vivo, entre los muertos y los vivos- se encuentran implicados
en un proceso de lectura, en el cual se determinan mutuamente por una sustitución reflexiva mutua.
Pero ese momento especular no es una situación o un acontecimiento sino la manifestación, en el
referente, de una estructura lingüística, que revela una estructura tropológica, que invade toda
cognición, incluido el autoconocimiento. Así, por un lado, el lenguaje como tropo produce privación,
dice De Man, es siempre despojador. Pues el lenguaje como figura no es la cosa misma sino su
representación, la imagen y como tal -añade De Man- es silencioso y mudo como toda imagen. Por
eso, y llegamos al momento clave:
"El interés de la autobiografía, por lo tanto, no radica en que ofrezca un conocimiento veraz de uno
mismo -no lo hace-, sino que demuestra de manera sorprendente la imposibilidad de totalización (es
decir, de llegar a ser) de todo sistema textual conformado por sustituciones tropológicas.
Las autobiografías [...] declaran abiertamente su constitución cognitiva y tropológica, pero se muestran
también ansiosas de escapar a las coerciones impuestas por ese sistema." 26
Para De Man esta tendencia a proyectarse en lo extratextual es lo que ha llevado a autores
como Lejeune o Bruss a pasar a la acción, a la realidad y para ello buscan un fundamento teórico
como el derecho o los Actos de Habla, pero como vimos, esta estrategia sólo desplaza el problema.
Antes de proseguir esta línea, que es en último término una reflexión sobre la indecibilidad del
lenguaje, adentrémonos brevemente en la ilustración que hace De Man de estas tesis analizando los
Essays upon Epitaphs de Wordsworth.
Para De Man, el tropo de la autobiografía es la prosopopeya, la ficción de un apóstrofe a una
entidad ausente, muerta o sin voz, por la cual se le confiere el poder de la palabra y se establece la
posibilidad de que esta entidad pueda replicar. Por medio de la prosopopeya, un nombre se convierte
en rostro y, en consecuencia, la autobiografía "se ocupa del conferir y del despojar máscaras, del
otorgar y deformar rostros, de figuras, de figuración y de desfiguración." 27 Porque al hacer hablar a
los muertos los vivos se quedan mudos, el lenguaje figurado es entonces privación, pero no privación
de la vida sino de "la forma y sentido de un mundo que sólo nos es accesible a través de la vía
despojadora del entendimiento". Y termina De Man su artículo con las siguientes palabras:
"La muerte es un nombre que damos a un apuro lingüístico, y la restauración de la vida mortal por
medio de la autobiografía (la prosopopeya del nombre y de la voz) desposee y desfigura en la misma
medida que restaura. La autobiografía vela una figuración de la mente por ella misma causada." 28
Las tesis demanianas parecen poner de manifiesto algo que veníamos atisbando desde la
afirmación posmoderna de que la mente posee una estructuración narrativa y funciona mediante la
confección de narraciones, desde que la concepción de la memoria como almacén parecía no encajar
en las investigaciones sobre memoria autobiográfica ni en los usos de la memoria. Efectivamente, el
yo no es el soporte de una vida, sino el resultado de su narración. Y como tal, es tanto construcción
como desfiguración. Pero también la vida, la secuencia causal de acontecimientos que una trama
estructura en una secuencia temporal, se compone tanto de privación como de restauración.
Esto tiene obviamente una cara constructiva, la de la máscara que pone rostro, por la que
vemos como un yo convertido en narrador recrea su vida, dotándola de un sentido, construyendo un
sentido, superando una muerte física, reconociéndose en la tiranía de la igualdad como héroe,
personaje de un relato que se pone como ejemplo. Incluso aún en la virtualidad que reduce una
existencia a ficción en los procesos de lectura, de audición, esa virtualidad queda actualizada por otro
que reconoce, mediante comparación, una estructura cognitiva capaz de producir una referencialidad
nueva, una recomposición de la vida vivida al hilo de la composición de la vida contada. Desde este
punto de vista lo que importa y transita en cada instancia narrativa es la manera de estructurar unos
acontecimientos, de valorarlos, de compararlos, de recrearlos, de tal manera que mucho más allá de
una mera secuencia o registro documental de hechos en la autobiografías encontramos, no tanto una
referencia extratextual que conduzca a intenciones, actitudes o gustos, sino el resultado de un
proceso cognitivo por el cual se tiene un mundo. Las autobiografías no sirven como objetos para un
análisis terapéutico, como las había empleado Freud o el psicoanálisis, sino que son muestras de una
actividad cognitiva que se refleja en la estructura lingüística y especialmente en las proyecciones
retóricas. Los resultados obtenidos aquí sugieren que las autobiografías pueden ser útiles para un
acercamiento psicológico si este acercamiento es textual, formalista, mejor que extratextual. Pues no
tenemos ninguna confianza en que podamos pasar de la narración a la acción, de la gramática a la
lógica, de lo sintagmático a lo paradigmático. Y esto viene a traernos la consecuencia trágica de los
planteamientos demanianos, -la máscara que desfigura-, aquella que afirma "la imposibilidad de
totalización de todo sistema textual conformado por sustituciones tropológicas." Por esta vertiente
reunimos las ideas de Johnson y Lakoff sobre el funcionamiento de nuestros procesos de
comprensión del mundo, la idea nietzscheana de que la ciencia es sospechosa de olvidar su origen,
las concepciones del lenguaje como teorías momentáneas de Davidson y también la propuesta activa
de Rorty que desde la indecibilidad pretende hacernos tanto más inalcanzables como sea posible.
La doble cara de la concepción del lenguaje, y por ende de los procesos de comprensión, que
De Man deja entrever en su tratamiento de la autobiografía nos expone al riesgo de arrojarnos a la
vertiente trágica, donde la retórica, entendida como figura y tropo, resulta irreductible y a la vez
esencial en la composición textual. Allí donde no hay mediación posible entre signo y significado,
cada signo nos arroja a otro diferente y la actividad no es descodificar sino interpretar eternamente en
un proceso especular donde no tanto la imagen reflejada sino el espejo mismo es quien puede
quebrarse.
Naturalmente los filósofos estamos más acostumbrados a estas incertidumbres, ya hemos
colocado en una línea continua a Nietzsche, Wittgenstein, Davidson, Rorty y ahora podemos añadir a
De Man, y estas reflexiones vuelven únicamente a postular una elección filosófica donde el realismo y
el representacionalismo no tienen cabida. Pero ahora parece que el viento sopla más fuerte que antes
y tememos que rasgue las velas. Sería aconsejable entonces recogerlas y replantearnos cómo en
nuestra actividad de comprensión/creación podemos superar el doble uso de la máscara, la que
aporta un rostro y la que le desfigura.
La presencia de lo literario, desde que Fodor nos alertara de que lo verdaderamente importa
al hombre lo podemos solamente encontrar en novelas, nos ha ayudado a percibir -en palabras de
Rorty- "la forma de poder describir cualquier fenómeno en multitud de diferentes maneras. Así, los
lectores de literatura cobran consciencia retórica, del hecho de que lo que parezca verdad dependerá
de la interrelación entre el lenguaje utilizado y las expectativas de un auditorio. El estudio literario nos
ayuda a percibir que la verdad literal y objetiva del presente no es más que el féretro de la metáfora
Pero también lo literario nos ha inscrito en un vórtice del que parece que no podemos
escapar. La realidad es un entramado textual de relaciones de semejanzas y diferencias; el sujeto, el
autor ha desaparecido en el texto que lo devuelve desfigurado cada vez que el rostro enmascarado
emerge en la actividad del vórtice. No hay tránsito ni mediación, los mismos usos retóricos que
estructuran tropológicamente un texto se difunden sofísticamente seduciendo el gusto. Como
afirmaban Lakoff y Johnson, la metáfora sólo muestra una historia parcial que además resulta
alegóricamente interpretada. Nuestro conocimiento no puede ser sino figura de figuras, como lo es la
alegoría o la prosopopeya. Sin embargo, no puede ser sino a partir de este análisis de donde surja
una nueva racionalidad. Y para el caso concreto del sujeto, que aún queda pendiente, ésta parece
haber sido la elección de Foucault, que nos abre una esperanza:
"¿No es igualmente a partir del análisis de este tipo como se podría reexaminar los privilegios del sujeto?
Bien sé que, al emprender el análisis interno y arquitectónico de una obra, al poner entre paréntesis las
referencias biográficas o psicológicas del sujeto, ya se ha vuelto a poner en cuestión el carácter absoluto y
el papel fundador del sujeto. Pero quizá fuera preciso volver sobre este supuesto, pero no para restaurar
el tema de un sujeto originario, sino para captar los puntos de intersección, los modos de funcionamiento
y las subordinaciones del sujeto. Se trata de dar la vuelta al problema tradicional. No plantear ya la
cuestión: cómo la libertad del sujeto puede insertarse en el espesor de las cosas y darle sentido, cómo
puede animar desde el interior las reglas de un lenguaje y abrir paso así a los objetivos que le son
propios. Sino plantear más bien estas otras cuestiones: cómo, según que condiciones y bajo qué formas
algo así como un sujeto puede aparecer en el orden del discurso. ¿Qué lugar puede ocupar en cada tipo
de discurso, y ejercer qué funciones, y obedeciendo a qué reglas? Brevemente se trata de despojar al sujeto
(o a su sustituto) de un papel de fundamento originario y analizarlo como una función variable y
compleja del discurso." 30
Visto de esta manera, resulta que la autobiografía puede ser el discurso más adecuado para
que un sujeto aparezca desempeñando ciertas funciones en un medio funcional más amplio. La
extensa cita de Foucault muestra que muchas veces un uso diferente de nuestro lenguaje, una
metáfora nueva, aporta una nueva comprensión. Esta es la apuesta por la autobiografía, figura de
figuras, que reúne memoria, metáfora y sujeto en un texto abierto.
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