El período abarcado por las últimas décadas del siglo XIX parece caracterizarse por sus contradicciones. Por un lado aparece el furor por el progreso en los niveles científicos, tecnológicos y comerciales; y por el otro, continúa brotando por los poros sociales la misoginia que había caracterizado a las colonias y a su progenitora, España. El retraso en cuanto a la igualdad entre hombre y mujer se justificaba ante la luz de un proyecto nacional definido por términos masculinos cuya base se encontraba en el matrimonio. De hecho, como ha apuntado el historiador Benjamin Keen, desde los movimientos independentistas hasta finales del siglo XIX, el estado civil de las mujeres “worsened as a result of new bourgeois-style law codes that strengthened husbands’ control over their wives’ property” (246). Así, la mujer se vio relegada al espacio doméstico, sus cuatro paredes, y sus deberes como esposa y madre.
Al mismo tiempo, en las metrópolis latinoamericanas se expande la construcción de museos de ciencias y de bellas artes. En Venezuela, tanto como en las principales ciudades de Latinoamérica, “[e]l Estado se aproxima a la cultura como no lo había hecho durante todo el siglo [XIX] y los intelectuales, por lo tanto, encuentran más abonado el terreno para su oficio” (Pino Iturrieta 96). Es, entonces, tiempo de renovación y transición de las formas y contenidos literarios y estéticos. No obstante, la mujer aparece dentro de este círculo literario renovador como otro objeto más a ser admirado y controlado.
La mujer dominada, sumisa, y subalterna al padre o esposo se convirtió en el modelo burgués que intentó imponer, con buen éxito por un tiempo, el sistema patriarcal como parte del moldeo de su sistema de valores en tiempos de modernización a través de las principales ciudades latinoamericanas. Como ya ha indicado José Pedro Barrán, los modelos a seguir por la mujer (especialmente de clase media o perteneciente a la burguesía en el Uruguay), oscilaban entre la madre abnegada y la esposa casta. La mujer representaba ese enigma “peligroso y acechante” a causa de su sexualidad, su contacto biológico con la naturaleza y el mundo material por medio de la concepción y del parto. Así, la mujer se convierte en una devoradora de la energía masculina y del dinero del hombre, anticipando de cierto modo a otra escritura misógina de las primeras décadas del siglo XX: la novela telúrica. “Por todo ello,” concluye Barrán, “el burgués del Novecientos se sentía tan atraído como amedrentado por la mujer” (169).
Esta sensación ambivalente de atracción y miedo hacia la mujer tenía una sólida base en el dominio público que el hombre concebía de su virilidad. Es decir, la mujer, como esposa o amante, tenía el poder de delatar la falta de virilidad en el hombre. Mientras el hombre debía probar su virilidad por medio de la erección, la mujer se consideraba ‘aventajada’ al no tener que demostrar su feminidad puesto que, como indicó el médico francés A. Debay a mediados del siglo XIX,
La impotencia es más propia del hombre que de la mujer; la conformación de sus órganos genitales la hace, salvo en raras excepciones, adecuada para recibir; el hombre, en cambio, no siempre es adecuado para introducir. La mujer tiene entonces una ventaja otorgada por su sexo: esté o no esté dispuesta para los placeres sexuales siempre está en condiciones de consumar el acto y de prestarse ventajosamente a los transportes amorosos del hombre. (citado en Barrán 176)
La ‘ventaja,’ quizás, sea la causa de su propia ruina en más de un sentido: para el hombre, es la potencial testigo de su condición viril ‘inadecuada,’ lo que sería su ruina como dominador desde el espacio doméstico hasta la esfera pública. Nace así la imagen ambivalente, y muchas veces paradójica, de la mujer como diabólica y angelical al mismo tiempo; la mujer es, una vez más, la Eva tentadora y María Virgen, Madre del Salvador.
Cabe mencionar que las representaciones femeninas en la literatura muchas veces corresponden a la doctrina eclesiástica decimonónica tanto como al paradigma que la cultura dominante burguesa pretendía establecer para la mujer. En Uruguay, el monseñor Mariano Soler ayudó a construir los bloques misóginos dentro de la Iglesia mas con la mirada y voz hacia la sociedad, acotando que “ese ser débil, perteneciente a un sexo que si bien es susceptible de todo género de virtudes [...] tiene más peligro con las seducciones de la novedad o con el atractivo de los placeres” (citado en Barrán 171). La moda europea era una novedad de especial atractivo tanto para la mujer burguesa como para el hombre. La ropa separaba a las clases en una época en que “attitudes toward clothes continued to reflect aristocratic values, especially scorn for manual labor; dress still made the man” (Keen 246). Sin embargo, es la mujer quien se considera culpable de vivir “fanatizada por el lujo” y de devorar la energía vital del hombre: su dinero y su semen.
De esa manera, la ambivalencia en el enigma femenino se convierte en “el talón de Aquiles del burgués seguro y dominante; ... araña devoradora por un lado, objeto a embellecer con lujo por el otro...” (Barrán 173). Así pues, en la literatura modernista se unen las imágenes de la mujer frívola, tentadora y devoradora de hombres, la madre abnegada y sacrificada por sus hijos y esposo, y el objeto precioso (artificioso y bello) que ha inspirado a tantos poetas y prosistas. Lo que estas representaciones femeninas comparten es la estampa de la enfermedad en la poesía y en algunos cuentos modernistas.
Michael Solomon ha estudiado el tema de la enfermedad y su representación textual en obras medievales. En conexión con la literatura de la época modernista latinoamericana, podría decirse que la enfermedad en ambas épocas surge como una construcción social. Como tal, la enfermedad se controla desde ‘fuera,’ donde su causa es identificada (y mitificada) para suministrar una cura. De esta manera, la representación de la mujer como enferma o, más importante para nuestros propósitos, causante de enfermedades en el hombre podría haber tenido una función médica aparte de una sociopolítica. El discurso misógino se encontraba atado a estrategias médicas que preservaran la salud masculina. En los textos medievales, según Solomon, el discurso misógino se sitúa en una tradición médica que buscaba sanar el cuerpo y el alma del hombre mientras ejercía control social al destruir la fuente propia de la enfermedad: la mujer.