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En su cuento titulado “Cuentos amargos de una madre,” Julián del Casal presenta a una mujer que llega a cometer suicidio por amor a su hijo. Es el sacrificio de la “buena madre” por la continuación del sistema patriarcal: el hijo no puede casarse por falta de suficientes fondos para sostener a su esposa y a su madre. En este cuento asoma el hombre que enferma por culpa de la mujer, típico del amor hereos medieval. Sólo que el mal moderno que ataca al hombre no es la falta de correspondencia por parte de la amada, sino el no poder satisfacer su amor por culpa de la intromisión involuntaria de la madre. El narrador describe al hijo como alguien que sufre de una enfermedad grave:
A medida que pasa el tiempo, la pasión, como llama devastadora, crece en el espíritu del enamorado. A pesar de sus pocos años parece que cuenta más de diez lustros. Tiene el rostro demacrado, las espaldas encorvadas, las manos temblorosas y los ojos vidriosos de los agonizantes. Las fuerzas le abandonan y el más ligero esfuerzo le fatiga. Hasta la presencia de su adorada le tortura porque le hace sentir deseos más ardientes. Las caricias maternas le abruman y rehuye la compañía de los amigos. (36, énfasis mío)
El hombre es víctima nuevamente de la mujer: su adorada que lo atormenta con deseos y su madre que lo abruma con sus caricias.
La esposa es el futuro del contrato social necesario para continuar el sistema establecido que se quiere conservar, así que la sobrevivencia de la ‘energía vital masculina’ depende esta vez del sacrificio materno:
Cansada la madre de verlo languidecer, se resolvió a tomar una resolución. Fue una resolución extrema, de ésas que sólo pueden tomar las buenas madres para salvar la vida de sus hijos. Tendríamos que remontarnos a la más lejana antigüedad, si quisiéramos hallar un ejemplo semejante de cariño, valor y abnegación. El mundo moderno está poco acostumbrado a tales heroísmos. Hay madres contemporáneas que se avergüenzan de tener hijos y que lamentan el nacimiento de ellos. El temor a perder la belleza de las formas las preocupa más que sentir el remordimiento de las parricidas. (36, énfasis mío)
La voz moralista de Casal emerge justo antes de describir el suicidio de la madre, de su sacrificio por el hijo puesto que, como ha enfatizado el narrador, el no poder casarse lo está disminuyendo a la nada. El hombre moderno no concibe sacrificios femeninos voluntarios por su causa, por mantener un sistema que si bien perpetúa el poder del hombre, la sacrifica a ella a continuar siendo espacio vacío entre cuatro paredes.
La mujer se muestra, una vez más, a través de la vanidad que la lleva no sólo a devorar el dinero del hombre, sino a asesinar a sus propios hijos para mantener “la belleza de la forma”; cosa que el poeta buscaba desesperadamente en sus poemas, o en su “poesía prosaica” encontrada en algunos cuentos modernistas como el aquí examinado. Así, la externalización de la mujer como enfermedad, como algo que corrompe al hombre y su sistema dominante, asoma en este cuento en el cuerpo del hombre, quien se deteriora y deforma frente a los ojos del lector y cuya causa es explícitamente descrita por el narrador. He allí, pues, otra ilustración de la importancia en exteriorizar la enfermedad para propagar el modelo femenino deseable (la muerte de la mujer sacrificada por el hombre) frente al modelo común: la mujer frívola y vanidosa cuya preocupación por su propia belleza causa la enfermedad y, eventualmente, la muerte de los hombres y su dominio.
La sexualidad le era negada a la mujer. Por una parte, la mujer pecadora como Noemí demostraba que la sexualidad femenina llevaba a la destrucción del orden patriarcal, y la misma era exteriorizada en el cuerpo femenino como enfermedad. Por la otra, la castidad en la madre y la esposa era el atributo preciado en la imagen femenina ideal construida por el hombre. José Pedro Barrán afirma que el burgués procuró que las mujeres internalizaran dicho modelo y, así, “creó su imagen del deseo sexual femenino, el que se definía por una negación: la mujer era un ser pasivo, un ‘vaso de carne’ que el hombre llenaba” (189). El burgués negaba la necesidad femenina del placer sexual porque, “en primer lugar, temía al placer femenino y lo juzgaba como potencialmente devorador, ... y en segundo lugar, porque la pasividad, de ser interiorizada por la mujer, la volvería más sumisa, casta y fiel como esposa” (189). Ello va paralelo con la imagen de la madre sacrificada que en lugar de pasión, prefería sustituirla con el amor maternal, dulce y sacrificado.
La negación del placer sexual femenino se basó en textos médicos del siglo XIX. La medicina francesa tuvo gran influencia en el desarrollo médico latinoamericano, y aquélla llegó a afirmar la disposición natural del hombre al goce y el placer mientras negaba la misma necesidad en la mujer. Ésta, después de todo, era vista como vehículo de procreación siempre dispuesta a recibir fluidos a manera de copa o vaso, como lo ha indicado el médico francés A. Debay. Irónicamente, era esta misma disposición lo que inspiraba temor en los hombres hacia la genitalidad femenina como devoradora de la energía masculina (Barrán 177). La frigidez provenida de esta negación del derecho femenino al placer se convirtió en sinónimo de virtud para la mujer, quien, según Barrán, internalizó el placer como análogo de culpa. La mujer era concebida por el hombre como esposa casta o madre abnegada, pero fundamentalmente asexual (Barrán).
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