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En una época en que las jóvenes naciones latinoamericanas reclaman una identidad que los separe de España política y económicamente al mismo tiempo que los defina culturalmente, la mirada estética del modernismo se vuelve, paradójicamente, hacia lo cosmopolita francés y sus modelos literarios. Como ya lo ha dicho Octavio Paz, no era precisamente que los modernistas quisieran ser franceses sino que deseaban ser modernos y “en labios de Rubén Darío y sus amigos, modernidad y cosmopolitismo eran términos sinónimos” (19). Otra paradoja que ya ha señalado Sylvia Molloy se encuentra en que uno de los modelos predominantes y más influyentes en la nueva estética modernista hispanoamericana fue la decadencia francesa, lo que se hace especialmente cierto en las obras de Julián del Casal y Manuel Gutiérrez Nájera. Con buena razón Molloy se pregunta, “[w]hy would new countries make decadence - a term implying enervation, aboulia and, above all, in accordance to pseudomedical diagnoses of the time, disease - the starting point of a new aesthetics…?” (“Too Wilde” 191). Molloy sugiere que esta nueva estética latinoamericana utiliza a la decadencia europea como entrada a la modernidad, como una ocasión de regeneración en lugar de un período de degeneración.
Por otro lado, es un período también de regeneración nacional en el que el sujeto decadente representa lo no deseable - lo inmoral, lo corrupto, lo afeminado, lo enfermo - y es rechazado como amenaza a la formación de un sistema nacional de valores. El positivismo entra con sus fábricas y sus ciencias frente a una imaginación poética vista como agente de la patología decadente (enfermedad, homosexualidad). Este conflicto produce rupturas en tiempo y espacio, especialmente con lo cotidiano, y se da el señalado ‘escapismo modernista’ en el que la mujer y lo femenino llegan a jugar un papel amenazante. Es inquietante en varios sentidos: en primer lugar, amenaza dentro del contrato social (masculino); en un segundo nivel, aparece como potencial corruptora del proyecto de formación nacional, así que la nación ‘viril’ como organismo orgánico sujeto a la contaminación de patógenos femeninos o afeminados se ve en peligro; y también amenaza la estabilidad dentro del género literario, especialmente en la crítica positivista que dicta que el juicio debe dominar a la imaginación por sobre todas las cosas.
La amenaza moral que presenta lo femenino aparece como enfermedad que debe ser mostrada, de modo que “...they had to make sure that the disease would be seen” (Molloy, “Politics” 184). He allí una razón por la que la mujer modernista aparece generalmente como una mujer frívola, ‘estatuesca,’ o bien enferma ella misma o agente de enfermedades y tragedias humanas, y típicamente fragmentada. La mujer, entonces, se une al grupo de los sujetos no deseables en la sociedad latinoamericana - el homosexual, el extranjero, el drogadicto, el alcohólico, etc. - durante un período en el que las naciones comienzan a definirse como tal. Este trabajo se enfocará en tres figuras diferentes que la mujer ocupa en la poesía y cuentos modernistas de Julián del Casal y Delmira Agustini: la mujer pecadora, la madre sacrificada, y la mujer como objeto precioso modernista. Todas estas figuras están ligadas a la idea central sobre lo femenino como algo que fascina y que se rechaza al mismo tiempo porque se teme, y que ha de controlarse por medio de un sistema de representación creado por el centro patriarcal donde la mujer aparece como causante de la enfermedad moderna.
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