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La mujer según el Álbum Ibero-Americano (1890 -1891) de Concepción Gimeno de Flaquer - Concepción Gimeno de Flaquer

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CopyLeft Artículo de Diego Chozas Ruiz-Belloso - 20 de Octubre de 2006
Temas Relacionados: Historia de la literatura
4. Concepción Gimeno de Flaquer

Comenzaba este trabajo presentando a la directora del Álbum a través de los pareceres de otros, aunque muy posiblemente supervisados por la propia Concepción Gimeno. Ahora dejamos por fin de lado su apariencia física, y tampoco nos detendremos a hacer juicios de valor sobre su estilo literario, para centrarnos en las ideas que la aragonesa vierte en sus escritos sobre la situación de la mujer a finales del siglo XIX.

En la mayoría de los números examinados, Concepción Gimeno reserva la primera página (poco más o menos) para su “Crónica policroma”, que consiste siempre en un conjunto de breves anotaciones y pensamientos sobre temas variadísimos, aunque una lectura no excesivamente atenta permite descubrir ciertas constantes, ciertos asuntos que se repiten con regularidad. Se da la casi total ausencia de noticias políticas, a no ser que estén estrechamente relacionadas con las mujeres, y a pesar de que hay un curioso, por lo excepcional, seguimiento de la figura de Sagasta. En todo caso, lo que tal vez llame primero la atención (debido al notable peso específico que tiene en los escritos de una intelectual que en otros lugares se muestra tan grave) sea la “prensa rosa”, tirando a amarilla, a la que se dedica Concepción Gimeno: las novedades en la vida de los aristócratas, como actos a los que asisten, tertulias donde se reúnen, modas que prefieren, bodas y romances que los unen, defunciones que lamentan, pero también crímenes y extravagancias que cometen, como meterse un barón a domador de circo51 o una princesa tatuarse un ancla en un brazo en honor del marido marino52. Por otro lado, todas las semanas Concepción Gimeno informa a sus lectoras de las novedades teatrales al final de su “Crónica policroma” en unos pasajes que podrían ser de gran valor para los estudiosos de los teatros madrileños de la época, pues recogen puntualmente todos los estrenos y suelen hacer alguna referencia a la acogida del público y al acierto de los actores. De la misma manera, Concepción Gimeno mantiene informadas a sus lectoras de otros eventos de la actualidad cultural, como óperas, conciertos, exposiciones de arte o conferencias, así como publicaciones de libros (especialmente si los autores colaboran con la revista), y fallecimientos de artistas o intelectuales célebres o de sus allegados. Querrá Concepción Gimeno hacer de su publicación un instrumento para satisfacer su constante afán de formar a las mujeres, y por eso también incluirá de cuando en cuando la noticia de algún hallazgo científico (inventos de Edison como el periódico hablado53 o las muñecas cantantes54, el descubrimiento de la curación de la tisis por parte de Koch55, o el desarrollo de una singular cuna eléctrica56) pero también, siempre que le sea posible, buscará la excusa para aportar curiosos y refinados datos históricos sobre las realidades más diversas: el pendiente, el perfume57, el reloj58, la glotonería59, el espejo60, las joyas61, los grandes fríos62, etc., etc.

La formación y el trabajo de las mujeres, junto a la capacidad intelectual de éstas, es sin duda la preocupación principal de Concepción Gimeno. En el número 18 del 30 de agosto de 1891, la directora del Álbum, en lugar de su acostumbrada “Crónica policroma”, publica “¡Plaza a la mujer!”63, un largo artículo que condensa su ideología sobre estos temas. Dice que la mujer debería trabajar para no verse en la miseria y en la necesidad de precipitar su honra ante engañosas promesas de matrimonio o de aceptar un matrimonio sin amor en busca de la supervivencia. Concepción Gimeno se enfrenta duramente a los que defienden que la carrera de la mujer es el matrimonio (algo que afirmaba en el propio Álbum Salvador María de Fábregues) y dice que el matrimonio de conveniencia lleva al aburrimiento y éste a la infidelidad o al desahogo en los lujos excesivos. La peluquería, la costura o el atender a los clientes en tiendas de modas podrían ser empleos apropiados a las mujeres, y los hombres deberían retirarse de estos campos para facilitar el empleo femenino. La mujer tiene una inteligencia igual a la del hombre y puede adquirir un grado semejante de cultura, sólo que los hombres no lo consienten para así doblegarla mejor, y esclavizarla, aunque para ello han de soportar a esposas ignorantes que no podrán ser buenas compañeras. En numerosas ocasiones las mujeres han dado muestras de su capacidad intelectual, y eso sin disponer de cauces establecidos para desarrollar su formación. Por eso pide a gobernantes y legisladores que creen plazas para la mujer, en particular academias para que se formen.

En la “Crónica policroma” de muchos números también se tocan estos temas, aunque por separado. Así, en el número 3, del veintidós de agosto de 1890, habla igualmente de la situación de la mujer moderna, aunque esta vez con mayor optimismo:

La mujer de la antigüedad era un autómata; la mujer de nuestros días tiene iniciativa, no es un ser físico únicamente; es un ser físico y moral, formándose de esa dualidad una criatura más completa.

El sopor no es vida; al letargo en que yacía la mujer antigua, ha seguido el hermoso despertar de la mujer moderna.64

También predomina una visión positiva sobre la mujer de fines del XIX en lo que dice a partir de su elogio a Albanie Gye, cantatriz inglesa que escribió un libro sobre las capacidades musicales de la reina Victoria: “La mujer moderna, que recibe una educación muy diferente de la que recibía a principios de siglo, no se contenta con demostrar sus facultades en un arte, aspira a distinguirse en cuanto pueden abarcar sus facultades intelectuales”65, y saluda asimismo con entusiasmo, en un número posterior, la iniciativa de una asociación de mujeres de Chicago que, sumando las habilidades de una arquitecta, una escultora, una pintora, empresarias, etc., va a encargarse de la construcción de su sede sin intervención masculina. Comenta Concepción Gimeno al respecto con palabras muy similares a las que empleaba en “¡Plaza a la mujer!”:

Los que discuten y hasta niegan la actividad intelectual de la mujer, tienen que recibir un mentís a cada paso, porque la mujer de nuestros días no sólo acepta toda manifestación de progreso, sino que contribuye a él en distintas formas.

La mujer moderna inventa, crea, trabaja, fomenta las empresas útiles e impulsa las ideas grandiosas.66

En el número dos, del catorce de agosto de 1890, Concepción Gimeno parece querer prevenir un ataque contra las mujeres de espíritu masculino manipulando a su favor los argumentos de un tal Mr. Gladstone, que afirmó en su día que las almas conservan el sexo tras la muerte. Dice Concepción Gimeno acerca de esta cuestión que, en efecto, el sexo del alma y el del cuerpo son independientes, y que por eso es natural encontrar hombres con alma femenina y mujeres con alma viril67. En otro lugar, celebrando los progresos universitarios de las francesas y defendiendo de nuevo la conveniencia del trabajo femenino, recalca: “Teniendo la mujer medios decorosos de ganarse el sustento, no entregará su mano a quien no ame, con lo cual se evitarán inmoralidades y hasta crímenes”68. Por eso se alarma en otro número de la propuesta de pensadores y filántropos de prohibir el trabajo femenino por razones humanitarias y en atención a la debilidad física de las mujeres, y escribe cargada de razón:

¿Cómo vivirá la mujer pobre que no tiene padre, hermanos o marido si se le prohíbe el trabajo? Con esa pretendida protección ejercida por el Estado, retrocederíamos a los tiempos en que le estaba negado a la mujer un puesto en las esferas de la ciencia, el arte y la industria por incapacidad.69

Niega Concepción Gimeno la inferioridad intelectual femenina que el doctor Gray (cuyas obras se empleaban como manuales en las universidades inglesas) demostró científicamente al comprobar que el cerebro de los hombres pesa más que el de las mujeres. Argumenta la directora del Álbum que ha habido hombres muy pequeños de inteligencia portentosa mientras que es fácil toparse con mozos de gran tamaño sin sentido común. Además, las niñas demuestran una inteligencia más viva que los chicos en las escuelas mixtas, “pero como el hombre recorre las universidades y academias, y la mujer se encierra en el hogar, la inteligencia de ésta se atrofia y la de aquél adquiere mayor desarrollo”70. Posteriormente, Concepción Gimeno encuentra un dato muy oportuno para reducir al absurdo los postulados de Gray. Comentando la gira mundial de Miss Ewing, una escocesa gigante de ocho pies (de altura), ironiza: “Si como han querido sostener algunos Galenos, depende la inteligencia del peso de la masa encefálica, Miss Ewing tendrá un talentazo fenomenal”.71

No se limita, sin embargo, Concepción Gimeno, a defender la inteligencia y la capacidad femenina en el plano teórico, sino que, como ya hemos empezado a ver, dará numerosísimos ejemplos de mujeres célebres, admirables o valiosas que prueban la dignidad intelectual y humana de la mujer. En efecto, el primer artículo que Concepción Gimeno publica en el Álbum lo dedica enteramente a la figura de María Cristina de Habsburgo, reina regente de España, gran esperanza del país, destacando su perfecta educación y su estricta moralidad, y extendiendo su elogio a su bisabuela, María Teresa de Austria (que venció a Federico II de Prusia, reorganizó la armada, reformó la justicia, protegió las artes, las letras y la industria, fundó universidades y colegios, etc.) y a Catalina de Aragón, otra ilustre antecesora72. También dedica otro extenso artículo a la alabanza de figuras históricas femeninas, en este caso las mujeres del Nuevo Evangelio, destacando sobre todas a la Virgen María y a María Magdalena73. Posiblemente en días de cuaresma o de semana santa, Concepción Gimeno aprovecha para decir que, frente a la cobardía de los hombres, ninguna mujer traicionó a Jesús, y que fueron las mujeres las portavoces de la noticia de la resurrección. Tampoco se muestra tibia al afirmar con rotundidad que en la iglesia primitiva hubo sacerdotisas, llamadas viadutus, que se encargaban de las mujeres, o que hubo un mayor número de mártires entre el sexo femenino, que demostró, igualándose a los hombres en heroicidad, que no es en absoluto “débil”. Concepción Gimeno también advierte que el cristianismo mejoró sustancialmente la situación de la mujer, antes radicalmente despreciada por las costumbres y las leyes, al sublimar la figura femenina a través de la Virgen María y al darle un papel importante y activo en la nueva sociedad, cuando menos en los primeros tiempos del cristianismo. La nueva religión sintonizaría fácilmente con la superior sensibilidad de las mujeres, que “fueron las primeras que abrazaron la religión que nivela al indigente con el potentado, consuela al triste, ampara al anciano, vela por el desvalido, protege al débil y derrama en el corazón el bálsamo de la caridad y la esperanza”.74

Pero es en particular en su “Crónica policroma” donde Concepción Gimeno más a menudo menciona los méritos de mujeres del pasado y del presente, presentándolas como modelos a seguir pero, sobre todo, como pruebas del valor y la capacidad de las mujeres. Los ejemplos son numerosísimos y abarcan a mujeres de muy distinta índole: heroínas populares como María Pita (que envalentonó a los coruñeses contra la armada inglesa en 1589), Agustina de Aragón, Juana Juárez de Toledo, la viuda de Padilla, Mariana Pineda y otros muchos nombres75, escritoras e intelectuales como Judith Gauthier76, aristócratas como la infanta Isabel77, la duquesa de Uzés78 o la duquesa de Alba79, actrices como Sarah Bernhardt80 o Juana Samary81, figuras históricas como Cleopatra, “la altiva Reina, que en vez de recibir órdenes del César, supo imponerlas”82, el caso de una actriz, Elisa Heutzler, que llegó a ser reina de Portugal83, o el de la señora de Ingesborgvon, que a finales de 1890 estrenó en Berlín su tercera ópera84, etc.

En el número 16 del treinta de abril de 1891, Concepción Gimeno deja su “Crónica policroma” en manos de su marido, Francisco de Paula Flaquer, para encargarse ella muy por extenso del retrato de una escritora: Fernán Caballero85. Se dice de ella que, a pesar de su excesivo apego al pasado y de su criticable oposición al progreso, fue la regeneradora de la novela en España y la primera que sustituyó los personajes fantásticos y absurdos por otros mucho más profundos y auténticos. Por lo demás, este artículo parece una excusa para que Concepción Gimeno se explaye en sus pareceres sobre la palpitante cuestión del naturalismo, que condena amargamente.86

En algunas ocasiones, por otro lado, el tema de la capacidad intelectual femenina se centra en los problemas que encuentran las mujeres que se dedican a escribir. “Existe la preocupación de que poetisa es sinónimo de vieja, fea o cursi, y hasta de las tres cosas”, dice Concepción Gimeno en el número 5 del siete de septiembre de 1890, donde también recomienda a las escritoras no imitar a los poetas ni perder su sexo (esencialmente tierno) cuando escriben para poder potenciar su particular originalidad87. Sin embargo, por primera vez vemos vacilar a la aragonesa en su defensa de la mujer ante alguna fantasmal presión de la sociedad cuando realiza una reseña de un libro de versos de Carolina Valencia y escribe: “El temor de que mis elogios a la Sra. Valencia no parezcan apasionados, por orgullo de sexo, como pudieran decir los malévolos, indúceme a señalar ligeros defectos en su libro”88. El modelo de escritora ideal que la sociedad impone, y que Concepción Gimeno parece acatar, se encarna en la poetisa gallega Emilia Calé de Quintero, que escribió el drama en verso De la cima al abismo en los momentos que le dejaba libres su ocupación de madre ejemplar, probando de esta manera que las aficiones literarias sí son compatibles con “los deberes domésticos de la mujer”89, aunque, desde luego, como ya apuntaba en la nota 78, en una aristócrata resulta inconcebible y asombrosa cualquier dedicación a los estudios arduos, de lo que Concepción Gimeno se lamenta. Pero lo que más me sorprendió mientras leía los logros y las hazañas de tantas mujeres valerosas y viriles que Gimeno de Flaquer recopila con esmero, fue encontrar una nota necrológica firmada por ella en el que presenta como “modelo de mujeres cristianas” a un purísimo ángel del hogar que ni siquiera enturbia su imagen escribiendo versos: se trata de Aurora Figueroa, mujer del novelista Teodoro Guerrero, de la que se dice que fue “amante compañera”, “madre abnegada”, “esposa honrada” y “una santa” que resistió estoicamente una dura y prolongada enfermedad.90

Concepción Gimeno se da perfecta cuenta de que, en su tiempo, la capacidad intelectual de la mujer no se valora en absoluto, mientras que se impone la opinión de que la principal virtud en el sexo femenino ha de ser la belleza. Gimeno de Flaquer analiza este problema en varios lugares con frialdad y realismo, con desengaño e incluso con ironía despiadada:

En el verano de 1890 hubo una grave epidemia de viruela en Madrid que causó estragos en vidas y rostros, por lo que las mujeres de la aristocracia y de las clases más elevadas que se lo pudieron permitir, retrasaron lo máximo posible su regreso del veraneo ante el horror de ver devastada la belleza que según la sociedad era su máximo (y posiblemente único) mérito. Escribe Concepción Gimeno:

El miedo de las mujeres a la viruela produce ingeniosos epigramas a los poetas, que olvidan son ellos la causa de que las mujeres se acobarden ante ese azote [...]. Del inmoderado afán que tiene la mujer por aparecer bella; de los sacrificios que hace con ayuda del arte por mostrar encantos que le negó la naturaleza, el hombre tiene la culpa. Sabido es que éste no le dice a la mujer: sé discreta, sé ilustrada; sino sé bella, eternamente bella.91

En cuanto al conflicto que se estaba dando en los tribunales entre la novelista Miss Keningale Cook y la señora Blavasky, fundadora de la teosofía, por haber afirmado ésta que la última novela de la primera no era original, sino que le había sido dictada por el espíritu de un monje tibetano del siglo XV, Concepción Gimeno escribe en su “Crónica policroma” unos comentarios jocosos de una seriedad apabullante. Dice que “el tribunal buscará un medio hábil de satisfacer a las querellantes, si las dos son bellas”92, lamenta que las mujeres se enfrenten entre sí, y propone a Blavasky que interrogue a los espíritus sobre “el secreto de más importancia para la mujer, el secreto de no envejecer”.93

Si hasta el momento he podido ofrecer una imagen más bien progresista de la directora del Álbum, cuando menos en los asuntos relacionados con las mujeres, he querido dejar para el final algunos pasajes que evidencian el conservadurismo de Gimeno de Flaquer en estos mismos temas y que difícilmente encajan con todo lo anterior:

En el número ocho, del treinta de septiembre de 1890, Concepción Gimeno ridiculiza a Luisa Michel, anarquista exaltadora de multitudes, por haber escrito un drama que se desarrolla en la Luna, y poco después se mofa de que la “Liga de la emancipación de la mujer”, en Francia, censurase a Mme. Severine por haber permitido que un hombre se batiera por ella en lugar de defenderse por sí misma, esperando tal vez de las mujeres habilidades de espadachín y “pujos hombrunos”. En definitiva, Concepción Gimeno critica con dureza a las mujeres comprometidas políticamente con palabras que no parecen de la misma autora:

La mujer politicona es una criatura repugnante, un ser hermafrodita que no puede figurar entre los hombres y que no es aceptada entre las mujeres.

La mujer en el club se masculiniza de un modo ridículo, pierde todas las gracias de su sexo, sin alcanzar las cualidades viriles del sexo masculino: en resumen queda descentralizada.94

Sorprende igualmente la diatriba de la aragonesa contra las cigarreras, que casi hace olvidar a la defensora del trabajo femenino que veíamos más arriba. En efecto, en noviembre de 1890 hubo un incendio en la Fábrica de Tabacos que dejó desempleadas a unas seis mil operarias, las “cigarreras”, que a partir de entonces pasaron a depender de la beneficencia y organizaron algunos alborotos. Y Concepción Gimeno, sabiéndose respaldada por sus lectoras de clases superiores, les dedica una larga crítica destructiva sin escatimar algún comentario que contorna lo ruin:

[...] audaces, burlonas, revoltosas, insolentes, rebeldes a la autoridad y chillonas por demás, arman ruido con amenaza de botín por cualquier desaguisado de la suerte, y en cambio otras desgraciadas ocultan su miseria porque su dignidad les obliga a ocultarla, pues para ciertas almas la desgracia tiene su pudor.

Háblase mucho de la inmoralidad de las altas clases, esta ya es una rutina vulgar; pero es lo cierto que la inmoralidad mayor existe en el pueblo, y precisamente entre las cigarreras.

Cuando estos días pedían dinero en nombre de sus hijos, daba gana de preguntarles: ¿dónde están esos maridos que no ganan con su trabajo el sustento para ellos?95

De esta manera, la misma persona que en otros lugares defiende el trabajo femenino como forma de garantizar la independencia económica que permita evitar un matrimonio no deseado, aquí se dedica a la maledicencia contra las madres solteras.

Puede tal vez argumentarse en su favor que Concepción Gimeno considera a la mujer como un ser moralmente muy superior al hombre, y por eso la juzga con mucha mayor dureza, aunque, ciertamente, de esta forma incurre en el tópico de la época que proclama la pureza y candidez del ángel del hogar y llega a formular apreciaciones injustas. Así ocurre en su comentario sobre la envenenadora de Ain Fezza, que asesinó poco a poco a su marido emponzoñando su comida para poder casarse con un amante. Gimeno de Flaquer llega a calificarla de “hiena, convertida en mujer por error de la naturaleza”, y concluye diciendo: “Aunque el crimen es siempre repugnante, tiene aspectos que lo hacen todavía más odioso”96, con lo que se entiende que lo verdaderamente espantoso es que el criminal sea una mujer. Todavía es más curioso el punto de vista desde el que Concepción Gimeno aborda un asesinato pasional al que, ya en principio, da la bienvenida como una muestra de impulso romántico frente al “soplo glacial del positivismo”. Se trata del asesinato de la actriz María Wisnoroska por parte de un oficial, el amante engañado. Gimeno de Flaquer, además de parecer encantada con la apasionada resolución del oficial, llega a escribir: “¡Cuántas desgracias ocurridas por la conducta liviana de María Wisnoroska!”.97

Creo que basta con lo dicho para apreciar la compleja, y a veces contradictoria, ideología de la directora del Álbum Ibero-Americano. Sin embargo, ahora que ya he aportado todas las informaciones que estimé pertinentes, y a pesar de mis esfuerzos por presentarlas de forma hilvanada, temo que lo variado de los asuntos pueda llevar a una impresión caótica del conjunto. Por eso considero oportuno detenerme brevemente a continuación para revisar lo escrito e intentar interpretarlo, a pesar de la complejidad de Concepción Gimeno, del modo más coherente y unitario posible.

Autor y licencia de 'La mujer según el Álbum Ibero-Americano (1890 -1891) de Concepción Gimeno de Flaquer - Concepción Gimeno de Flaquer'
Diego Chozas Ruiz-Belloso Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero29/albumib.html CopyLeft
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