La mujer según el Álbum Ibero-Americano (1890 -1891) de Concepción Gimeno de Flaquer - Los hombres hablan de la mujer
2 - Los hombres hablan de la mujer
Hoy en día resultaría inconcebible que muchos de los artículos escritos por hombres que se publican en el Álbum, terriblemente conservadores, fueran incluidos en una revista femenina actual, puesto que defienden posturas que, no ya impresas, sino simplemente enunciadas a media voz, serían condenadas de inmediato como retrógradas y machistas. El Álbum sin embargo les concede un lugar en su seno, lo que empuja a deducir que su directora, si bien no firma los escritos, al menos no los censura, o incluso los tolera o los respalda, algo que resulta llamativo, ya que entre las opiniones de los hombres encontraremos algunas completamente opuestas a las más avanzadas de Concepción Gimeno. Esta situación me permite hacer hincapié en la complejidad personal de la escritora aragonesa, así como columbrar los conflictos interiores de muchas mujeres de su tiempo.
Sin embargo, hay un largo artículo de Gustavo Baz, publicado por partes entre los números 4, 5, 6 y 7 de 1890, que contradice la generalización anterior sobre los textos masculinos. Gustavo Baz escribe desde Méjico una biografía de Sor Juana Inés de la Cruz presentándola como una mujer admirable y de talento portentoso. A Baz le resulta particularmente épico el empeño de Sor Juana Inés por cultivarse al advertir que en el siglo XVI la escritora se toparía con una infinidad de complicados obstáculos en su camino hacia el saber. En contraste con aquellos tiempos, Baz ve el siglo de “Jorge Sand, Delfina Gay, Avellaneda o Marín de Solar” como una época en la que “en medio de la hecatombe de los antiguos principios [...] todos proclaman la emancipación de un sexo esclavo, y se le imparte la ilustración a manos llenas”11. Aunque la ambigüedad de estas palabras no movería a poner la mano en el fuego por el feminismo de Baz, lo cierto es que en el conjunto del artículo predomina la admiración, y hasta el asombro... por una compatriota muy concreta, y alejada en el tiempo. No deja de ser muy significativo, de todas formas, que ya en los primeros números de la segunda época del Álbum, con Concepción Gimeno al frente, se reserve tanto espacio a la figura de Sor Juana Inés, que podría considerarse un modelo de mujer muy radical, una mujer que rechazó los papeles femeninos tradicionales y vistió los hábitos para consagrarse al conocimiento. Aunque no tengo pruebas o evidencias para afirmarlo, sospecho que la biografía escrita por Baz pudo ser un artículo por encargo en el que Concepción Gimeno estaría especialmente interesada. En su línea, muestra a las lectoras una figura femenina que puede justificar el enorgullecerse del sexo femenino, a la vez que anima a la mujer a cultivarse.12
Frente al modelo de Sor Juana Inés, es el mismo autor de “Filosofismo y Cristianismo”, Salvador María de Fábregues, quien, en el también extenso artículo“Ligeras consideraciones sobre el amor”13, propone unas pautas de comportamiento para la mujer perfectamente conservadoras que no hay que tomar con ligereza, ya que convierten este escrito en un compendio de todos los tópicos que suelen atribuirse al ángel del hogar. Comienza la segunda parte, en el número 9 de 1890, afirmando que “el amor es la historia de todas las mujeres, porque todas ellas nacen sólo para amar, y bien o mal, no hacen otra cosa mientras viven”. Algo más abajo se lee que se trata de “amar a sus padres, hermanos, maridos e hijos; y como ángeles puestos por Dios en la tierra, velan con solicitud a los seres amados”, y enseguida se llega a decir: “Entiéndase que esto es lo que hace la mujer cuando cumple su misión”. Muchos otros pasajes del artículo son igualmente significativos y merecerían ser reproducidos íntegramente, pero por no extenderme me limitaré a resumir que Fábregues, que escribe con el tono adoctrinador y moralizante de un sacerdote, continúa diciendo que es el amor quien dota de un poder excepcional a las mujeres sobre los seres amados, a los que conducen donde quieren gracias a una portentosa elocuencia que también es fruto del amor. Sin embargo, a continuación sostiene que, a pesar de todo, son los hombres los más afectados frecuentemente por el amor, mientras que las mujeres casi se limitan a despertarlo por intereses fundamentalmente económicos. Una vez que han logrado un marido que les aporta seguridad, bienestar y posición social, llega el peligro de que busquen el verdadero amor fuera del matrimonio, camino completamente errado, ya que el amor (y aquí Fábregues apela al prestigio científico de una “celebridad médica”) no debería ser capricho, sino “una necesidad y una satisfacción de contribuir a la perpetuidad de la obra de Dios”. En definitiva, la mujer deberá consagrar su vida al amor bien entendido, plasmado en el matrimonio, que le aportará enormes recompensas y le permitirá reinar sobre la tierra, y prolongado en los hijos, a los que la buena madre dará una educación intachable.
Del mismo valor para nuestro tema son los doce consejos para disfrutar de una feliz vida matrimonial que Abdón de Paz recoge en su artículo “Filosofía conyugal”14. A pesar de estar publicado en una revista femenina, los consejos van dirigidos a los hombres, a los que advierte en primer lugar de que el llanto de una joven anémica lo puede todo. Luego da como segundo consejo: “Huye de la mojigata, pero también de la librepensadora. La cristiana sin gazmoñería representa el tipo del ideal perfecto”. A continuación vienen dos consejos sobre lo adecuado que es para el matrimonio el estar igualado por la educación (tanto el hombre como la mujer deberían estudiar música antes de casarse, se añade). Los consejos quinto, sexto y séptimo condenan a la mujer rica y gastadora, que ha de ser evitada a toda costa. El octavo se queja de lo molesta que puede llegar a ser una mujer muy apegada a sus familiares. En el noveno se dice que, en el hogar, “la mujer es al marido lo que el Consejo de Estado al Rey: un cuerpo consultivo”, aunque matiza: “Y conste que de cien veces las setenta y cinco debemos seguir su dictamen”. Los consejos décimo y undécimo hablan de cómo solucionar los problemas una vez que ya han sobrevenido. Lo primero es procurar no abatirse en la desgracia, pero si el conflicto continúa y parece irresoluble, “¿a qué insultarse y golpearse como personas de baja estofa?”. Lo más apropiado es la separación y el divorcio, ya que pegar a la esposa no puede considerarse como una conducta del todo elegante. Por último, el consejo duodécimo llama mucho la atención, pues recomienda prohibir, además del celibato y de los matrimonios entre primos, las bodas entre ricos (o que en caso contrario éstos deban pagar un impuesto especial), para que de esta manera disminuyan las desigualdades sociales y se logre cortar “las garras de la esfinge internacionalista”.
Sí van dirigidas a una mujer las alegres recomendaciones que da Juan Pérez Zúñiga en su poema “A mi amiga A. G. B. (en el día de su boda)”15. La muchacha en cuestión va a casarse con un gran amigo del escritor, al que éste defiende diciendo, entre otras cosas: “haz que siempre esté contento / ¿Qué el pobre tiene un capricho? / Pues complácele al momento. / Ahora bien; si por tu parte / tienes un capricho, advierte / que tú habrás de resignarte / si él no quiere complacerte”. Tal vez esto no sea pensar cuerdamente, concluye, pero es la receta de la felicidad. También José González Hompanera aconseja a una recién casada seguir una línea de actuación semejante escribiendo: “Si endulza la existencia del esposo / y presta a sus dolores un consuelo, / y en su hogar todo es paz, calma, reposo. / Termine tu inquietud, cese tu anhelo. / ¡Eres un ángel, conque no es dudoso, / para ti el matrimonio será un cielo!”16. En el mismo número, Francisco Gras y Elías insiste en lo deseable de un hogar tranquilo. Compone su poema “A mi esposa”17 como un trasunto de la “Oda a la vida retirada”, de Fray Luis de León, pero haciendo de la mujer la encarnación del hogar, el retiro apacible y el descanso. Por otro lado, Enrique Gesta y García encuentra en el Álbum un lugar muy apropiado para cantar a las excelencias de la mujer en unos versos, si bien no muy ilustres, sí bastante ilustrativos18. Destaca Gesta y García la belleza física de la mujer, pero también la de su alma, en la que no cabe un sentimiento vil. La mujer, una vez casada, sabe llorar las penas del marido y cuida de los hijos sin descanso. Y todavía una última virtud: el amor de una mujer reforma a los hombres perdidos.
Frente a obras como esta última, que pretenden ser corteses y elogiosas, también encontramos en el Álbum otros artículos escritos por hombres que, igual de bienintencionados, censuran determinados hábitos y comportamientos femeninos como el padre que reprende a una chiquilla eternamente inmadura.
Sobre los celos se encarga de hablar nuestro ya conocido Salvador María de Fábregues, afirmando, por ejemplo, que los celos dominan “al sexo femenino mucho más que al hombre, en quien la reflexión es más firme y la voluntad no tan imperiosa”19 o que “los celos serán siempre una debilidad moral que hace presa del corazón de la mujer”20. J. F. Sanmartín y Aguirre reprende, por su parte, la curiosidad como un defecto que los fisiólogos atribuyen en exclusiva a la mujer, curiosidad que se manifiesta exteriormente en forma de chismes, murmuración y cotilleo. El hombre que se dedica a esta “curiosidad chismográfica”, da “asco”, “porque aparece como un ser afeminado digno de vestir enaguas”21. En este mismo sentido, Carlos Osorio y Gallardo censura la vanidad femenina en su artículo “El palco”22, y advierte que los palcos de los teatros han llegado a ser imprescindibles para las damas, pues en ellos se exhiben derrochando dinero. Y ya como último ejemplo, Julián García Gil, que al final del número seis (14-9-1890) comenta los grabados que aparecen esa semana, apoyándose en el titulado “La elección de joyas” critica también el derroche y la pasión excesiva por las joyas, que pueden conducir a la desgracia. Para intentar influir positivamente en la mentalidad de las lectoras, García Gil sostiene que un exceso de joyas es una muestra de cursilería propia de nuevos ricos, además de significar que la mujer “no tiene méritos personales para atraer la atención”.23
Creo que las anteriores muestras pueden ser útiles para hacerse una idea del tenor de los artículos escritos por hombres en el Álbum. Puede apreciarse que son fundamentalmente críticos con las faltas tópicas de las mujeres, y que, a la hora de elogiar, apenas se detienen en virtudes “activas” o tradicionalmente masculinas como pueden ser el talento político o, simplemente, la inteligencia. Virtudes de la mujer serían su belleza física, ante todo, y a continuación su candidez de espíritu y su abnegación para con los seres próximos, pues su función única en la sociedad es la dedicación a los otros, y en ningún momento se considera que pueda darse en la mujer un desarrollo individual, como persona aislada. Aunque el hombre también puede idealizar a la mujer (elevándola a la categoría de ángel supramundano), lo más frecuente es que la mire desde arriba, permitiéndose regañarla desde las alturas y procurando guiar sus atolondrados pasos de la manera más racional, madura y práctica posible. Y, ya digo, encontramos esta actitud masculina en una revista para mujeres, con lo que se da por supuesto que las lectoras del Álbum no iban a reaccionar con irritación ante la superioridad paternalista de los artículos masculinos, sino que acatarían los sabios consejos con sumisión y buena fe. En una sola ocasión he encontrado indicios (en un artículo escrito por un hombre) de la reacción femenina que se estaba dando en la realidad de aquel entonces. En efecto, Eladio de Lezama, en su artículo “Los derechos de una mujer”, publicado el treinta de agosto de 1891, parece querer apaciguar los ánimos de las mujeres inglesas y españolas que claman por sus derechos. Son las inglesas las que están llevando la iniciativa en su intento por igualarse a los hombres. Lezama les da la razón, y reconoce que las mujeres no tienen ningún derecho político y suelen ver mermados sus derechos civiles, además de no poder ni siquiera opinar sobre los asuntos que le conciernen y que encauzan su vida. Luego Lezama comienza a matizar que las mujeres no deberían considerar a los hombres como enemigos, pues éstos las tratan con exquisita galantería. Finalmente, esgrime un argumento maestro para aplacar las iras de las feministas: aunque tanto en España como en Inglaterra las mujeres apenas tienen derechos, en ambos países son mujeres los seres más poderosos y quienes rigen el destino de toda la población, hombres incluidos. Añade Lezama, con una ironía un tanto gruesa disfrazada de cortesía que tal vez considerase invisible para los limitados intelectos femeninos, que tanto “en Inglaterra como en España, estamos persuadidos de que la mujer, aun sin tener ningún talento, sin haberse ocupado jamás sino en sus moños, sin haber abierto un libro y sin la menor experiencia de la vida, puede resolver las más arduas y complicadas cuestiones en ciencia, filosofía, arte, religión [...]”24 por alguna suerte de talento natural, y que la máxima muestra de esto es que en los dos países se ha dejado todo el poder en manos de mujeres. Concluye el artículo diciendo: “¿No se ve claramente con esto que la supuesta hostilidad del hombre hacia la mujer sufre por lo menos algunas excepciones, y que cuando tanto se concede a una mujer, no deben desconfiar de conseguir algo las otras?”25. En definitiva, el artículo parece dirigirse por una parte a las mujeres, procurando calmar su histerismo dándoles la razón y agasajando su vanidad, pero también parece presuponer algún lector masculino, con inteligencia, desde luego, muy superior, que entendería el divertido juego de Lezama y además sabría leer entre líneas que es una locura que reinen las mujeres.
No he encontrado, en fin, en los números que he visto, ningún hombre que defienda abierta y sinceramente el nuevo papel que estaba buscando la mujer en la sociedad, algo que de hecho estaba ocurriendo, aunque de forma muy minoritaria. Sin embargo, en el Álbum también escriben numerosas mujeres, y ya va siendo hora de conocer cuál es su postura acerca de estos temas.
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