



Es clara la resistencia de un pensamiento paterno dominante ante la idea de sexualidad. Lo que hace Medina es simbolizar el pensamiento abierto a través del comportamiento sexual de un icono cultural universal popular: la Pantera Rosa. Es la misma dinámica que realiza García Márquez con un héroe cultural -más local-: Simón Bolívar. En El general en su laberinto, el Bolívar ficcional se relaciona eróticamente con mujeres de diferente clase, raza, edad, etc. Esto significa que como alegoría el General de García Márquez pretendía elevar el espíritu independentista a su máxima expresión. De igual forma, la Pantera Rosa contrarresta la xenofobia y la misoginia al relacionarse con quien desee, ante los ojos de una niña, televidente de cualquier parte de la aldea global. El cuerpo del general enfermo es el cuerpo de la nación, el cuerpo indefinido de la Pantera Rosa es el de otra que está re-construyéndose -actuándose-. Es una lección de libertad y tolerancia, ya no desde el orden simbólico nacionalista letrado, sino desde el margen. Medina va más allá del descentramiento hegemónico. No sólo aborda el cuerpo distanciado por la violencia, sino que propone un varón protagonista que no concuerda con el deber ser sexual-social que define al hombre como tal. Al exponer un hombre real, alejado del prototipo de macho, protector y proveedor, se acerca a la androginia cada vez más presente en la cultura. Alrededor de la descentralización del poder aparece la idea del travestismo literario antes mencionada.
Si la obra de Fernando Vallejo se caracteriza por proponer un yo honesto, homosexual, Efraim Medina y Alonso Sánchez Baute potencian la simbología del excluido deliberadamente por los proyectos nacionalistas. La obra de Sánchez Baute no sólo se caracteriza por ser Premio 2002 de novela Instituto Distrital de Cultura y Turismo. También se constituye en cuerpo, en voz del andrógino, del transexual -trasciende lo sexual definitorio-. Al mejor estilo de Aullido (1956) escrito por el poeta de la Generación Beat norteamericana Allen Ginsberg, intenta no sólo levantar la represión, sino sentar presencia. La novela de Sánchez Baute también recurre a la cultura pública. El título de su novela se corresponde con la letra de una canción romántica popular: La maldita primavera. En ella, el tiempo se maneja como una sucesión de actos dobles, es decir, de puesta en escena, pues el protagonista, Edwin, es transformista: Dr ac Queen. Es evidente el doblez, la inversión del sol sexual social.
El orden consumista actual potencia el aspecto femenino dentro de la cultura global. El advenimiento de la lectura icónica -que comenzó con la avalancha publicitaria y la Internet- resalta la visión sensible, horizontal, femenina de la realidad. De ahí que la literatura como expresión de la realidad esté cargada hacia aspectos eróticos, sexuales, teatrales que convierten en público lo privado, que ‘engullen’ su opuesto, es decir, se superponen a lo racional, lo sistemático, lo vertical, lo patriarcal centrado. La propensión a novelar lo erótico, a hacer público lo privado, es una media en la que se involucran los narradores más reconocidos de la producción literaria actual. Desde Héctor Abad Faciolince [7] hasta Mario Mendoza, pasando por verdaderos iconoclastas como Fernando Vallejo. Respecto a La virgen de los sicarios (1994), es acertado proponer que condensa un fenómeno colectivo a la vez qu e simboliza el mismo problema de des-unión social. El Vallejo ficcional regresa a Colombia y sopesa en cada mano su pasado con un presente que contrasta de forma desconcertante. No existe espacio para el amor, para la conciliación. La Medellín que encuentra es una metrópoli que se devora a sí misma, situación reflejada en la letra de canciones populares convertidas en himno: La gota fría (me lleva él o me lo llevo yo). La jerga de sus habitantes representa a su vez dicho nivel thanático-erótico (las dos instancias siempre van unidas, sólo se pueden identificar por separado cuando una se sobrepone a la otra). El efecto que produce es el desconcierto en el momento en el que el Fernando ficcional se apropia de la oralidad paisa: “¡…Y apagá ese loro (radio), carajo, que venimos muy ofuscados!”. En esta cita del guión cinematográfico, puño y letra de Vallejo, se hace evid ente la fusión entre un dialecto culto y la apropiación del estilo vulgar. La diglosia resultante es la manifestación del texto que se convierte en auto-crítico, auto-referencial. En esta lectura no se diferencia texto de realidad, la realidad es considerada en cuanto texto. La virgen de los sicarios expone de esta manera la ambivalencia de un mundo en el que se concilian los opuestos. La realidad del gramático ficcional asimila y es asimilada por instancias que a su vez exponen el mundo atrasado, reflejado en la pobreza de su lengua: “Callate, ya gonorrea, ya te dijeron, pirobo”. “Qué riqueza de lenguaje la de estos caballeros.” Vallejo propone re-conciliar dos generaciones. Lo hace a través de la asimilación del uso lingüístico, de su interiorización de la diglosia por parte de ambos: el sicario y él -el Vallejo ficcional le enseña la música de María Cal las, su pasado en el conservatorio, lo invita a leer-. Asimismo, la interacción -búsqueda erótica- ocurre por medio de la metáfora sexual. Tras el asesinato del primer sicario, compañero del gramático, éste busca establecer una nueva relación con otro joven sicario, pero ignora que éste ha asesinado a su anterior amante. El erotismo triunfa cuando entiende que dentro del imaginario colectivo de Medellín -y Colombia- prima el aspecto thanático, pues su último amante también es asesinado en un ‘saldo de cuentas’. La imagen de la serpiente que se devora a sí misma es la metáfora perfecta del egoísmo; el amor propio engendra, en términos garciamarquianos, soledad. Como se sabe Eros es lo que une, Thánatos lo que separa. De manera simbólica, no ha habido imaginario social, por lo menos en los últimos cincuenta años, que de forma colectiva represente y co-construya la realidad como un espacio de conciliac ión. El comienzo de una sociedad escindida y violentada expuesta por Octavio Paz [8]; la imposibilidad de conciliación trabajada por García Márquez en su obra, así lo exponen.
Variantes sociales como el Sida, el sicariato, el narcotráfico, los excesos sexuales de los no laicos y la fugacidad de las relaciones interpersonales son un eje a la hora de representar una cultura en particular. Los narradores colombianos, jóvenes o no, no se han equivocado; la crítica sí, al analizar el fenómeno thanático de forma desligada del proceso intelectual que significa la novela colombiana y latinoamericana.
Es fácil ahora comprender los dos grandes polos que propongo -amen de las distintas estrategias narrativas-: la novela moderna, El día del odio, que denuncia y demanda un nuevo humanismo, así sea del lado de la Izquierda, y la novela ya no “contestataria del poder” (Ángel Rama), sino señaladora, pública, aunque vacía de utopía, inmediata y fragmentaria como las informaciones masmediáticas, y cada vez más thanática. Este último factor es, aunque no parezca, muy positivo. De la misma manera como las características propias de la nueva novela histórica re-escribían desde la ironía y la caricatura a los iconos históricos nacionales, la novela ‘perversa’ actual expone por medio de la inversión de lo que señala (irreverencia) la situación de cansancio social. La cohesión social y con ella la identidad se abren paso a través de la inversión de lo normativo, mostrando de form a performativa el suceso personal acaecido. De ahí que se busque novelar la realidad, ya no como el hecho grandilocuente del 9 de abril, sino como la historia cotidiana, invitación a participar (La siempreviva es una pieza teatral colombiana que señala las circunstancias de los desaparecidos tras la toma del palacio de Justicia en 1985) y que causa intriga gracias a las facultades de la narrativa: alteridad e identidad -identificación-. Volver sobre los que nos rodean y con quienes convivimos, en un tiempo marcado por la inmediatez del reallity, del happening, hace que el rol que se actúa corresponda con una parte de la realidad fragmentada en la que encontramos inmersos. Así pues, la circunstancia personal de Andrés en Satanás, se universaliza, crece hasta tocar al lector, invitándolo a co-construir desde y con su experiencia alrededor de un fenómeno real, actual y cercano, situ_ e1ndolo desde ese simbolismo dentro de una sociedad en la que se reconoce y decide o no ir con la corriente thanática. El personaje de Andrés hace el amor con su ex novia, sin protección y sabiendo que ella está infectada de Sida.
“La imaginaba en brazos de amantes impetuosos, solícita, diligente, entregada, y algo en su interior se retorcía, un aparte de él rechazaba la idea de una Angélica prostituida y abyecta” (102). “-Necesito estar contigo hoy -le dijo ella en voz baja, abrazándolo y pegándose a él con movimientos insinuantes y descarados. Él la beso en la boca, la agarró de las caderas para traerla junto a sí, y alcanzó a pensar: Necesita sentirse viva y afirmar su presencia en este mundo” (111) (énfasis del autor).
La identificación con el Otro se realiza, como es claro observar, desde el lado thanático, pues no se trata de una relación cotidiana. El encuentro se realiza con plena conciencia. La unión de los dos acarrea la muerte a largo plazo por la enfermedad, aunque los una. Sin embargo, hacia el final de la novela mueren a manos del psicópata del restaurante. Un hombre enajenado que ha descrito su soledad y la imposibilidad de conciliarse con el mundo y sus vecinos. Ha creado su propia realidad. Desligado de la corriente cohesiva de representación-creación de la realidad, este asesino vive metafóricamente como la mayoría de los violentos en Colombia, en un mundo disgregado -alucinado-, que sólo en ocasiones se conecta con el mundo comunal -real-. Así visto, la enfermedad y la locura comparten una puesta en escena que tiene que ver de manera estrecha con el imaginario social y sus permanentes cambios. El tema de l a enfermedad (Thánatos) y la degradación del cuerpo -y de la mente- no es nuevo es, en cambio, diferente. Para García Márquez la enfermedad y el enfermo son signo de crisis, de cambio en un pueblo, para el caso, Colombia. Dicha necesidad tiene un foco cultural con relación al vestigio mítico de Occidente: la muerte, la enfermedad y la peste como signos de la culpa, signo a su vez del desequilibrio. La alteración del orden (cosmos), cuya principal evidencia está representada por la enfermedad, era la causa del castigo divino (plagas) en al mitología griega. La literatura de García Márquez siempre ha acudido a esta representación mítica como recurso estético. Jaime Concha analiza este recurso al plantear la presencia de la culpa kafkiana en Crónica de una muerte anunciada. En su ensayo se lee: “Más cerca en esto de Kafka que de la visión cristiana del sacrificio, Crónica de una muerte anunciada proclama una culpa ubicua, que a todos contamina. En primer lugar a la víctima” (Concha, 1995: 209) [9]. La blenorragia que se propaga por las tropas en El general en su laberinto sin que éste se entere. Es una de las muchas instancias de sentido que la obra propone a manera de puesta en abismo. Esta epidemia va a sumarse a la enfermedad crónica que padece el protagonista, resaltando, desde el padecimiento, la soledad, ya no tanto del general, como de todo un pueblo: “‘Lo que nos tiene jodidos no es la moral, Excelencia’, le dijo. ‘Es la gonorrea’ (237). “Toda la ciudad estaba ya al corriente del riesgo que la amenazaba, y el glorioso ejército de la república era visto como el emisario de la peste” (238). Se trata de la Independencia como metáfora de la desintegración social, pues el inicio de la nación colombiana surgió con una malformación simbólica-imaginar ia: la pugna entre Bolívar y Santander, la imposible conciliación entre géneros, razas, partidos, estratos, etc. En El día del odio, Tránsito es proscrita injustamente como prostituta, como provocadora de posibles epidemias que atentan contra la salubridad pública. Paradójicamente, Tránsito no es desterrada, sufre un proceso patológico-social de confinamiento, de silencio y soledad. La enfermedad desune. Es la representación de la imposibilidad de conciliación. A este recurso se suma la de la embriaguez. Una clara relación con la alucinación, es decir, con la ceguera, siguiendo a José Saramago, el engaño de idealizar al Otro. La vida del Otro es alucinada, imaginada por instancias impuestas desde el centro. De la misma manera como los discursos de poder ordenan alucinar a los iconos históricos, “lavándoles la sangre”, según afirma García Márquez en El general en su laberinto [10]. Maquillándolos para consolidar lazos de identidad y cristalizar una idea impostada de nación. Este aspecto no ha desaparecido en la narrativa actual. Ha variado con cada estrategia narrativa. Si en Cien años de soledad el olvido, la alucinación significaba el diluvio de años sobre Macondo, en El día del odio la distancia con el Otro encarna en las bebidas alcohólicas:
“El único alivio posible para su desventura (la de los desafortunados) radica en la chicha, que los anestesia y los envilece, lo que hace que sus reducidos e inciertos salarios deriven hacia las rentas públicas, para que el Estado pueda pagar su burocracia. Las mujeres los acompañan en sus borracheras porque en la enajenación alcohólica olvidan transitoriamente su abyección, y después se someten humildemente a que sus maridos las castiguen para desahogar la excitación artificial” (105-6) (el subrayado es mío).
El olvido, la alucinación, y más exactamente la interacción irreal con el Otro, aparecen en la narrativa actual de manera inversa, mostrándola escueta, hiperrealista, señalando formas performance de comunicación para que choque con el lector y éste decida sobre lo que se le enseña alrededor de la forma de comunicarse con su Otro. La siguiente cita es de Opio en las nubes (1992), de Rafael Chaparro Madiedo y expone una caricaturización alrededor de la comunicación interpersonal.
“Cuando un punk se lamenta, una punketa triste la invita a una cerveza y le da patadas en el culo. Una patada significa te amo y quiero acostarme contigo, levantarme a la mañana siguiente, no lavarme los dientes y decirte que te amo así no tenga empleo en una fábrica de embutidos, en una fábrica de llantas o de cigarrillos. Dos patadas en el culo quiere decir te amo mucho, me quiero acostar y vivir un mes contigo, pero te odio también. Tres patadas significan te amo demasiado como para vivir y acostarme contigo. Sólo quiero que nos besemos, que tomemos cerveza, que compartamos nuestros pésimos olores y que después cada uno se salga por la puerta del bar y que nos olvidemos de esta noche tan punk trip trip trip” (94) (la negrita es mía).
El aspecto thanático es claro. La única posibilidad de conciliación real, sexual esta dada por el discurso, es imaginaria. En otros términos, al igual que el proceso lingüístico de La virgen de los sicarios, la interacción social con el Otro se logra de manera metafórica en el texto, el discurso. Es decir, en la intersección de lo real y lo simbólico, mediado por aquella instancia que le da sentido -histórico-: lo imaginario. De esta manera, el re-ordenamiento social se hace a través de la imaginación como acto, acto exacerbado, hiperreal que expone más allá de lo fantástico, de la irreverencia, de la ironía, del panfleto la realidad de una sociedad particular: “Nadie escuchó el disparo que provenía del fondo del wc, al fondo a la derecha, pero Nadie no murió en el acto. Antes de morir escribió en el espejo del wc que odiaba la sucia mañana del lunes, q ue vaina tan jodida y de ahí salió el nombre del puto bar trip trip trip” (Opio en las nubes: 96) (la negrita es mía). Estamos frente a una estrategia de despersonalización. Entendida no como la característica acuñada por el Teatro del absurdo, sino como figuras de alteridad. El Otro está desapareciendo desde lo físico y su correlato simbólico también. Entonces se alucina, se inventa discursivamente. Al respecto el crítico Jean Baudillard plantea:
“Nuestra relación con el otro, bien sea otro país, otra raza u otro sexo ha cambiado completamente. Ya no hay enfrentamiento simbólico, el cual sería regulado por ejemplo por la religión, por los rituales o por los tabúes. (…) En un mundo donde ha surgido una relativa abundancia material, se puede decir que la verdadera escasez es la alteridad. Quizá sea pues en consecuencia que la única forma de luchar contra esta escasez sea la de inventar una ficción del otro. (…) Y yo diría que uno sólo puede luchar contra esta escasez del otro construyendo eso que yo llamo las ficciones mixtas, es decir algo que es construido a partir de un real y que a continuación se le inyecta una cierta cantidad de imaginario, de ficción” (1994: 48).
Aquí es acertado comentar la trama de la novela de un joven escritor colombiano. Su casa es mi casa (2001), de Antonio García Ángel. En ella se expone no sólo el derrumbe de las utopías, la era del vacío, en términos de Lipovesky, sino que sirve de argumento para ver cómo ante la irremediable soledad el camino hiperreal es el de inventar al Otro, una interrelación, pero con un “fantasma”. Martín Garrido, el joven universitario y protagonista decide adoptar el rol del antiguo inquilino del apartamento al que acaba de mudarse. Este ejercicio lo arroja a una serie de problemas por el simple hecho de haber alucinado al Otro, de saber de éste, mas no de conocerlo. La alucinación del otro recurre a la metáfora del alcohol, las drogas y, como es habitual en las novelas de Medina y Chaparro, a la música estridente.
Lo que comenzó de la mano de las utopías socialpolíticas, termina en la exacerbación del ready made de Duchamp: el hiperrealismo alucinante que expone la realidad escueta, cruda e irreverente, y la deja ahí como objeto de choque y base (invitación identificatoria) para una co-creación en la que el lector-autor construye desde su “enciclopedia” un “mundo posible” acorde con el plan que el imaginario al que corresponde le dicta. Es, de manera inversa a los cánones literarios precedentes, como el escudriñamiento de mi yo en uno social disgregado y puesto en escena por la literatura colombiana actual hace posible la co-construcción de un símbolo de cohesión social. La desacralización de instituciones va más allá, o mejor es decir, se acerca más a lo mundano cotidiano. La sobre estimulación de los sentidos por el consumismo y los masmedia hace que el recurso del erotismo ponga en esce na al sacerdote de Satanás teniendo relaciones sexuales con la feligresa de turno: “No lo pudo evitar: se entregó a ella como quien se lanza a un precipicio sin pensar en las consecuencias” (100). Se trata de la resemantización del amor, la humanidad puesta al límite, chocando con nuestra forma de percibir el mundo para construir una realidad que se parezca en algo a la colectiva. La diáspora que emprende el Libertador hacia su obligado exilio en El general en su laberinto; la travesía hacia el mar del gemelo Buendía en medio de masacrados que desbordan los vagones del tren; el regreso hacia la ciudad-muerte de Tránsito en El día del odio; el viaje interno hacia la soledad que hace Rep, en Érase una vez el amor, pero tuve que matarlo; la muerte hecha analogía con la estocada final del toro que sufre Ignacio Escobar, el joven Rimbaud bogotano de Sin remedio, no son más que los desterrado s, la despersonalización del marginal, del excluido, del psicópata, del loco. Su puesta en escena a través de distintas estrategias narrativas inscritas en las variaciones del imaginario social colombiano, es un intento acertado por re-ubicarlos ya no re-escribiéndolos en la Historia, sino insertándolos violentamente, thanáticamente.
De esta manera, se entiende que la literatura ‘perversa’ es aquella que funda su propia versión, que ya no enfrenta los grandes discursos de poder, sino que desacraliza la institución a través del acto, expuesto como choque gracias a su crudeza e hiperrealismo, y que va de la mano de una realidad que cobra sentido gracias al imaginario social erótico, fragmentado, posmoderno.
Una aproximación final al aspecto thanático en la literatura colombiana comprende la síntesis de dos propuestas. La de Doris Sommer, acerca de la construcción de nación a través de las ficciones fundacionales, y la idea de relato histórico, propia de Daniel Pécaut, que relacionada a las tesis de Benedict Anderson, opté por llamar ‘relato nacional’. En la primera propuesta, Sommer plantea que fue a través de una simbología (novio-Padre, amada-esposa) presente en los romances decimonónicos latinoamericanos de la pos Independencia, como se consolidó la idea de una nación. Y formula esta figura: Eros Polis [11]. Tras reparar en la novela colombiana de las últimas décadas, y más exactamente en la última, propongo una inversión de la figura: Thánatos Polis. Lo llamativo de mi propuesta es que también se consolida la idea de nación. Es necesario considerar que la idea de representación ha evolucionado y qu e las instancias hegemónicas han sido descentradas; que las estrategias narrativas responden a demandas del imaginario social posmoderno al proponer textos fragmentados por cuyos resquicios se insertan las voces del margen. El corte thanático tiene que ver con un grado de sinceridad, en donde el aspecto simbólico de unión se corresponde con la simbología de un ‘amor líquido’ [12], fugaz, que no por efímero y múltiple deja de ser legítimo. Que procura identificación de la misma manera como nuestra realidad está construida por modelos culturales foráneo universales con los que nos imaginamos más colombianos y sin los cuales lo dejaríamos de ser.
Nuestra memoria común es entonces universal gracias a un tejido o híbrido de influencias masmediáticas. Pero también por los mass media es homogénea y vacía, pues repite un mismo hecho de violencia. Inmersos en un mismo acto, la condena a conciliarse con la diferencia crea una imposibilidad permanente de interiorizar al Otro. Esta sed de otredad es nuestra rúbrica thanática y al mismo tiempo la pregunta (erótica) literaria por el Otro que nos hace ser. Solamente en el texto (símbolo abierto) se puede interactuar, co-construir una realidad en la cual se deje de alucinar a ese Otro. Así, el texto literario resulta anudador y el rompimiento -iconoclasta y violento- de los modelos hegemónicos una fórmula para volver a edificar de manera correspondida un acto inclusivo en el que cada cual, desde su diferencia, co-construya realidad, inicialmente en lo simbólico: relato nacional, y en lo real: la sociedad colombiana de comienzos de s iglo XXI.
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