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La pasión de la pregunta. Blanchot y la filosofía - La interrupción de lo incesante

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11 de Junio de 2006
FilosofíaPensamiento y política

¿Hay “una” filosofía en Maurice Blanchot? La pregunta, en su aparente inocencia, resulta casi inmediatamente ofensiva. En todo caso, de haber filosofía, no podría ser de Maurice Blanchot, por más que sus escritos dejen ver, aun en su retirada y su borramiento, una firma. La pregunta es, propiamente, un desvío. Cierto: los libros de Blanchot están allí, prácticamente al alcance de cualquiera. Sus libros hacen acto de presencia — incluso si

en ellos ha buscado hacer presente la ausencia del libro. Ha intentado poner en juego al juego mismo, y con ello se ha complicado todo: las ideas más firmes se deshilachan en la oscilación de la escritura. ¿Filosofía?

Pero de ella están ausentes —comprometidos en su raíz, no sólo en el uso que de ellos puede haberse hecho— Dios, Yo, el Sujeto, la Verdad, el Libro, la Obra… Georges Bataille no vacilará: la filosofía (crítica) de Blanchot es, ante todo, su literatura3. ¿Hay una filosofía en, de la escritura? Pensar, ¿qué tiene que ver con escribir, con hablar, con disimular, con morirse? Podría, a pesar de todo, comenzarse a partir de un enunciado canónico: el hombre es el (¿único?) animal que habla.

¿Qué mundo —qué juego de exclusiones e inclusiones— le corresponde a criatura semejante? Tomarse en serio esta “propiedad” de los hombres conduce a sorprendentes —y no siempre agradables— constataciones. En primer lugar, adviértase que el lenguaje no sólo no es “propiedad” de los hombres — no se reduce a ser un instrumento en sus manos (¡o en su lengua!): le sustrae también todo lo que en su despliegue le suministra. Nunca está meramente a su servicio; de hecho, más bien ocurre lo contrario. “El error”, indica Blanchot en un comentario sobre Mallarmé, “es la creencia de que el lenguaje sea un instrumento del que el hombre dispone para actuar o para manifestarse en el mundo; en realidad, es el lenguaje el que dispone del hombre, garantizándole la existencia del mundo y su existencia en el mundo”4. Los objetos no imponen su significado a los signos, sino que éstos se sobreimponen a aquéllos, ajustándolos a su significación; en consecuencia, el discurso no “expresa” lo individual, sino que somete a éste a las exigencias de su propio orden de

inteligibilidad.

El lenguaje no es ni una expresión ni una traducción del espíritu, sino su norma, o, como también sostendría Brice Parain, algo así como su osamenta y una promesa de certidumbre5. Por el lenguaje, el individuo se disuelve en lo universal: su destino es formular “no lo que el hombre posee de más íntimamente individual, sino lo más íntimamente impersonal, lo más semejante a los demás”6. Lo más íntimo… no nos pertenece. Por

lo mismo, el lenguaje es menos comunicación que impugnación: hablando (de) las cosas, hablándonos nosotros mismos, estamos bajo la protección y el dominio de lo universal. Lo inteligible reemplaza a lo sensible, no le da cauce. Pero, paradójicamente, el lenguaje es a la vez una afirmación y una negación de ese orden de inteligibilidades.

“El sentido del lenguaje”, continúa Blanchot, “cuya misión parece consistir en manifestar las cosas en todo momento, cuando en realidad las sustituye por su inteligibilidad, se halla precisamente en (…) su esencial poder de impugnación. El lenguaje está unido al saber en tanto que le asegura unos puntos fijos, una permanencia, una determinación por medio de lo general, o sea, un alto en la búsqueda apasionada del resultado; pero también está unido al saber desde el momento en que pretende hacerlo no-saber, dejarse llevar hacia revueltas, rupturas y malentendidos en una eterna confrontación y un eterno derrocamiento del por y

del contra, hacia una negación de todo principio estable que es, igualmente, negación de sí mismo”7.

Lo “real” es un efecto del lenguaje — pero hay otra “cosa” que no es real, y a la cual todo lenguaje se remite (o gira erráticamente en torno).

Afirmación lingüística/negación literaria de su inteligibilidad, de su firmeza, de su seguridad, de su generalidad.

Según veremos, la literatura (el arte, la obra) realiza el deseo del lenguaje —comunicar el silencio por medio de las palabras, expresar la libertad a través de las reglas— pero en esa realización sólo puede impugnarlo, destruirlo, despreciarlo. Podrá decirse así que la escritura no es (una) expresión de la lengua, sino su fin.

En ella palpita una fuerza aleatoria de ausencia, ella apunta al afuera del discurso.

Y no sólo eso; el lenguaje, si ha de significar, debe sostenerse a sí mismo al filo de la muerte.

En este preciso respecto, Hegel en absoluto se engañaba: según la celebérrima fórmula de la Fenomenología del Espíritu, el lenguaje (en Hegel, el saber absoluto, la filosofía) es la vida que lleva la muerte en sí y en ella se mantiene8. También Pierre Klossowski lo habría señalado: “Lo existente parece constituirse sólo por la búsqueda de un sentido: no es nada más que la posibilidad de un comienzo y de un fin. La significación en la existencia procede de su finitud misma, o sea, el movimiento hacia la muerte”9. Lo que no tiene comienzo ni

fin, lo inmortal, simplemente no tiene significación alguna. ¡Curiosa determinación preliminar de lo que sería el Ser!

La relación entre los hombres y el (su) lenguaje nunca —por más que siempre lo imagine— ha sido “instrumental”. ¿Qué sucede cuando aparece la significación? ¿Qué desaparece cuando el lenguaje entra en escena? Maurice Blanchot, escribiendo, disimulándose en la disimulación de la escritura, repite el gesto mitogónico: él también busca a Eurídice. Y la busca a sabiendas de la imposibilidad que le circunda. Blanchot, atento a ese gesto-límite que es la escritura, se dirige asimismo a Lázaro, aunque no al Lázaro resucitado, sino

al oscuro, al descompuesto, al Lázaro putrefacto y perdido. Quiere, en definitiva, lo que el lenguaje, al dárselo como signo, le retira como materia, como cuerpo, como fuerza, como pérdida.

Georges Bataille ya advertía acerca de la impotencia de las palabras para nombrar de una vez por todas lo que es. Pero hay algo más. Para (poder) ser, el lenguaje decreta la muerte del ser. Pero ese ser, en su naturaleza a-significante, esa perpetuidad muda, es también, de siempre, la muerte: o, más bien dicho, lo inmortal10.

Profunda ambigüedad del lenguaje, que extrae de la presencia de la nada en cada uno de los seres su potencia de significación. El lenguaje impone un principio y un fin en el seno mismo de lo incesante: por ello es imposible disolver el vínculo entre el signo y la muerte. Imposible ambigüedad del lenguaje, que se desdobla en la imposible imposición de la metafísica: el sentido es un devenir de los entes que, apoyándose en aquello que niega o imposibilita todo sentido —es decir: el ser—, se constituye en la negación de su finitud. El mundo es por ello insostenible: “Lo existente como mundo”, advierte Klossowski, “se forma a partir de la impotencia de pensar nunca el ser en cuanto ser”11.

Impotencia, ciertamente, pero impotencia productiva.

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Autor y licencia de 'La pasión de la pregunta. Blanchot y la filosofía - La interrupción de lo incesante'
Sergio Espinosa Proa Extraído de: http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/contenidos.html

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