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La poesía de Juana de Ibarbourou - El placer de la palabra o la palabra del placer (I)

Artículo creado por
16 de Septiembre de 2006
Poesía

Poetisas, dijeron. Serán tibias y falsas y pequeñas.
Aunque seres livianos, no tomarán altura porque son imperfectas.
Pero si alguna toca en la palabra,
como el burro en la flauta,
postulemos que es mucho hombre esa mujer
y no que es mucha mujer un ser humano.
Y pensemos después como callarla.
Marilyn Bobes     

El mundo no se atreve a amar, ser puro,
y ser como en el mito azul y cálido.
No sé quién fue el que inventó la máscara,
la irreparable voz de la mentira,
y en el hueco sin fondo de las almas,
la hervidura del odio y de la ira,
siendo tan claro y opulento el rico
patrimonio celeste de la vida

Juana de Ibarbourou   

 

Juana de Ibarbourou, poeta que nace en 1895, gozó de gran prestigio dentro del quehacer literario, aunque su fama se circunscribió más al ámbito de América Latina debido, muy posiblemente, a que la mayor parte de su vida la pasó en su natal Uruguay.

Aunque no fue una participante activa del feminismo, sus versos delinean una poética de claras resonancias intelectuales, voz plena de rebeldía y sensualidad que cantará sin ambages al placer del amor, lo que le valdrá, junto con Delmira Agustini, Alfonsina Storni y Gabriela Mistral, un lugar incuestionable y permanente dentro de la poesía hispanoamericana. Algunos críticos han visto en estas cuatro poetas una respuesta profunda y directa, al rebuscamiento y exotismo de la poesía modernista.

De la obra de Ibarbourou emana, a través de sus versos, el esplendor sensual y emotivo de la unión amorosa, donde la naturaleza viene a ser el cómplice más fiel, convirtiéndose en expresión de vida la fusión amantes-naturaleza. El amor que se presenta como el estado naciente de dos cuya fuerza revolucionaria se rebela, aquí y ahora, como la expresión más auténtica de la esencia humana. Juana de Ibarbourou y la estética de la rebeldía, el goce por derecho propio.

La transparencia de sus versos no dejan duda sobre la poética de su juventud, en especial, Lenguas de diamante y Raíz salvaje. Poemarios por donde los amantes y su pasión pasean libremente acompañados por la voluptuosa naturaleza, cómplice silenciosa de sus aventuras. En ellos se eleva a los amantes a la categoría de dioses, que se regocijan y admiran mutuamente. En permanente diálogo, estos intercambian emociones, fluidos, sensaciones, que exaltados por el amor se desbordan de los límites del cuerpo para mantenerse flotando en el aire que rodeará sin remedio a quién se ama. La geografía del cuerpo, a la manera del Cantar de los cantares de Salomón, tendrá su referente en las cosas vivas, en la fauna y la flora, fiesta de los sentidos donde ser y naturaleza se funden en uno.

Traigo las trenzas llenas de la fragante
Lluvia de las corolas. Cuando mi amante
Pose en ellas los labios llevará en ellos
El perfume a retama de mis cabellos
   (Caminos de la cita de Lenguas de diamante)

Cuando viene a mi lecho trae aroma de esteros,
De salvajes corolas y tréboles jugosos.
Efluvios ardorosos...
    (Amor de Lenguas de diamante)

Un aroma frutal que da a mi cuerpo
un constante sabor a primavera
    (Olor frutal de Raíz salvaje)

Se canta con entusiasmo ilimitado al cuerpo. Escritura plena de líquidos versos olorosos y multicolores como un himno a la pasión y sus bondades. El cuerpo es un regalo de Dios, de la naturaleza y hay que gozarlo plenamente, tal como en Te doy mi alma:

Desnuda, y toda abierta de par en par
Por el ansia de amar!

El acto de escribir en Ibarbourou no era una confesión simplemente, sino que respondía a una necesidad imperiosa de expresión, emanando toda ella una vitalidad que impregna su creación.

Mientras fui dichosa
Canté para mí.
De día y de noche la canción aquella
No encontraba fin.

Rodaba mi canto como un viento suave
Por cima y hondo

Lo deseaban todos con ansia de gozo
Para el corazón.
   ( La canción de Lenguas de diamante)

Palabras de una mujer que se consume en la pasión erótica. El gozo es absoluto y hay que vivirlo así, antes de que la vida misma se encargue de apagarlo. En este sentido, lo que importa para ella es el aquí y el ahora, como nos dice en La hora, de Lenguas de diamante: «Tómame ahora que aún es temprano .../... Ahora que tengo la carne olorosa.../... Después... Ah, yo sé / Que nada de eso más tarde tendré!»

Hay que estar acompañado cuando se camina por el prado del amor, Ibarbourou lo hace de la mano de la vida. El yo poético de sus poemas no esperará a que la muerte llegue para consumar su amor; no, por el contrario, con plena libertad exige a su pareja, el oyente poético, la inmediata consumación del acto amoroso. Es un amor sin culpas y, por tanto, sin castigo.

Así pues, la amante de sus versos, como una ninfa va por el bosque cantando al amor y sus placeres, veamos La invitación:

Tu no me conoces como soy de alegre,

Quererse en el campo de cara a los cielos,
Ah, tampoco sabes lo bueno que es eso!
Es como beberse la vida de un sorbo
Tan fuerte y tan hondo que a veces da miedo.

Decídete. Vamos.
Porque volveremos sanos y optimistas
   (De Raíz salvaje)

O Vida aldeana:

Iremos por el campo de la mano

Y en las mágicas noches estrelladas
Bajo la calma azul, entrelazadas
Las manos y los labios temblorosos
   (De Lenguas de diamante)

No hay pena por sentir, «...no sienten vergüenza del sexo sin celajes» como dice en Te doy mi alma, por dejar fluir la sensualidad que es parte del equipaje para viajar por la vida. La invitación vehemente de no dejar pasar por enfrente lo que ésta ofrece se inscribe dentro de la tradición lírica del carpe diem y de la brevedad de la rosa, temas que aparecen de manera muy significativa en toda la lírica española hasta el siglo XVIII. Juana de Ibarbourou fue una mujer con una importante cultura clásica que, seguramente, nutrió la imaginería poética de sus primeras obras, ya que las referencias mitológicas saltan a cada momento en sus versos.

Esta aseveración puede no ser compartida por la crítica convencional que para no entrar en complicaciones, “pues tan sólo se trata de una mujer que escribe”, ve en la poesía femenina una confesión sentimental, «un milagro de simplicidad», y no el resultado de un proceso intelectual. Baste recordar un par de oposiciones binarias que parten de la pareja masculino/femenino: cabeza /corazón, cultura/naturaleza.

En la poesía ibarbouriana de juventud son claros los elementos de intertextualidad con la poesía latina y griega. Podemos encontrarnos con Anacreonte, para quien el placer y la belleza de las cosas era el único patrimonio que se debía aprovechar al máximo. O también con Ovidio, que decía:

Gozad; corren los años como agua, que una vez pasada no retorna; así la hora pasada no vuelve...Un día llegará en que tú que dejas hoy los amantes ante tu puerta, vieja y abandonada dormirás sola en la noche fría...Coge la flor, que si no la coges se marchitará y caerá por sí sola.1

Asimismo, se puede reconocer la influencia de los textos horacianos, cuyo clasicismo dejó profunda huella en la poesía castellana, especialmente en aquella que habla de la necesidad de aprovechar la vida ante su fugacidad. Cantó a la dulzura del placer, a la vida campestre, a la belleza, y se le considera el exponente más representativo del epicureísmo. Carpe diem es la frase fundamental de las odas morales de Horacio y se encuentra expresada en la Oda a Leuconoe: «Carpe diem, quam minimum credula postrero», que en su versión al castellano ha sido traducida por algunos como: «Coge la flor que hoy nace alegre, ufana / Quién sabe si otra nacerá manaña?», o también como:

Mientras ambos hablamos, acelera
Su curso el tiempo que en correr se afana.
Aprovecha tu día placentera
Y no esperes el día de mañana.2

Convencida de la profunda y revolucionaria filosofía contenida en los versos de estos poetas, Juana la integra a la estética de su poesía rompiendo, en definitiva, con el pudor impuesto por la sociedad tradicional; que reprimía especialmente en lo erótico a la mujer. El diálogo entre la poeta y Horacio, Ovidio, Anacreonte y otros clásicos florece en versos de gran hondura y belleza, que dan cuenta de una mujer que ama libre y ligera, cuya vehemente voluptuosidad exige cumplimiento inmediato al amante, después será tarde. El placer está aquí, vivámoslo antes de que la muerte nos sorprenda:

La hora

Tómame ahora que aún es temprano
Y que llevo dalias nuevas en la mano.

Ahora que tengo la carne olorosa
Y los ojos limpios y la piel de rosa.

Después... Ah, yo sé
Que nada de eso más tarde tendré!

Que entonces inútil será tu deseo
Como ofrenda puesta sobre el mausoleo
Hoy, y no más tarde. Antes que anochezca
Y se vuelva mustia lo corola fresca.

Hoy, y no mañana. Oh amante no ves
Que la enredadera crecerá ciprés?

Poema hedonista donde el imperativo del primer verso determina los contenidos semánticos del mismo, y que conforme avanza va adquiriendo un cierto tono irónico. El sujeto de la enunciación, la mujer que ama, demanda a su interlocutor, el amante, que se fundan en el acto amoroso antes de que la frescura de la piel, la belleza la abandone. El poema avanza de acuerdo con el ritmo de la vida humana y de la naturaleza. Los sustantivos dalias, primavera, nardos y enredadera, nos hablan de la juventud, en tanto que ofrenda, mausoleo, y ciprés aluden a la vejez, a la muerte. Esto está reforzado con los adjetivos, nuevas, olorosa, limpios, ligera, viva, inútil, mustia; y por la conciencia del tiempo, ahora, temprano, hoy, después, más tarde y mañana.

La amante de este poema es doblemente transgresora, pues por un lado es una mujer que, consciente de su cuerpo, de su sexualidad, exige su satisfacción; y por el otro, es ella la que le demanda al hombre y no al revés, como tradicionalmente se ha impuesto.

En este mismo sentido opera el poema Dueña, donde el yo poético se dirige a su amante, el oyente del enunciado:

Vas donde voy, mi fiebre, tu, mi fiebre

Me alejo de los cielos y a mi lado
Sigues conmigo esclavo,

Eres mío...
Conmigo vas mi siervo, en las arterias
Que sostienen los mares de la sangre.

Aquí el hombre es el sometido, el poseído por la mujer que ama, imagen que rompe con la tradición de la poesía amorosa. Dentro de la sociedad al hombre se le ha considerado la parte activa de la relación erótica. Ibarbourou gran visionaria se da cuenta de esta falacia sostenida por el pensamiento occidental y nos entrega una metáfora del amor, donde cabría quizás pensar en la igualdad de los participantes a partir de la inversión de los roles sexuales; sí, la mujer es la dueña, como se nombra el poema, el hombre es su siervo, su esclavo, pero él vive dentro de ella, forma parte de su sangre, es su pasión, ambos se pertenecen.

Coged las rosas vos, que vais perdiendo mientras

la flor y edad, señora, es nueva y acordaos que va
desfalleciendo vuestro tiempo y que nunca se renueva
        Ausonio

Como ya se señaló, aunado al tema del carpe diem, encontramos el de la rosa, tema íntimamente ligado al primero. La rosa es símbolo de amor y perfección, es el emblema de Venus la diosa romana del placer sensual o carnal, de la belleza y de la fertilidad; dentro de las estaciones representaba a la primavera. En la mitología griega estos atributos correspondían a la diosa Afrodita.

Este olor que sientes es de carne firme
de mejillas claras y de sangre nueva.
Te quiero y soy joven, por eso es que tengo
las mismas fragancias de la primavera!
    (Como la primavera de Raíz salvaje)

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María del Rocío Contreras Romo Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero22/j_ibarbo.html CopyLeft
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