La visión postmoderna o la actitud postmoderna, acuñada desde la filosofía, nace en ese intento de interpretar la problemática de la sociedad después de “la muerte de las utopías”. El acabalgamiento de la actitud postmoderna con la literatura se constituye al reconocer a ésta última como reflejo de la sociedad, del pensamiento humano y en muchas oportunidades, anticipación, “retombeé”, término utilizado por Severo Sarduy.7
Por ello la relación entre literatura y postmodernidad no obedece a una moda o a una discusión de orden pasajero como suelen señalarlo algunos críticos. Hoy constituye una perspectiva consolidada desde sus miradas y planteamientos, capaz de sugerir un horizonte de análisis a la novela contemporánea.
Obviamente el análisis que se realiza sobre la denominada “novela posmoderna”, se efectúa desde puntos y conceptos aún en consolidación. Así, el discurso generado es contradictorio, no es homogéneo, no sigue las normas de análisis utilizadas por la crítica literaria, se fragmenta porque el objeto de su análisis, la literatura, integra la misma crítica literaria. ¿Cómo abordar un análisis de un objeto reflejado en el espejo, desde el reflejo mismo?
Un estudio de la literatura postmoderna obligatoriamente tiene que plantear una serie de bases conceptuales que le permitan acotar el objeto de estudio, entre las que se señalan: a) la escritura es el modelo del mundo, b) si bien lo real está más allá de los textos y de las escrituras, sólo es accesible por textos y escrituras, c) la literatura opera bajo las consecuencias de una “estética de fuerzas“, según la cual la obra literaria la hace el lector, de ahí que se requiera que éste posea nuevas y mayores competencias8. Según J. Rodríguez9 dichas competencias son doble productividad, capacidad de determinación de la indeterminación, relaciones no ligadas al sentido o a al idea y grado cero de la interpretación, entre otras.
La novela postmoderna implica entonces una lectura no obligada, un no contar seguro y orgánico, un narrador no homogéneo, una lectura menos comprometida con lo externo y representativo, y capaz de asumir y absorber lo fragmentario, de convivir con la inestabilidad y presenciar la catástrofe.
El escritor postmoderno es absolutamente consciente de que el lector que enfrenta es un lector pasivo, acostumbrado a un continuum, a una verosimilitud, a una consistencia interna y externa de sus personajes. Por ello no tiene compasión con estos lectores, por el contrario, los obliga a buscar nuevas conductas, menos reglas, menos esquemas, mayor libertad y a desdibujar el límite que separa la lectura del mundo de la lectura del texto. Los lectores y reconstructores de lecturas postmodernas están hoy obligados a un presente inmediato, inestable y caótico, también constituyen éstos vanguardias en la búsqueda de nuevas reglas dentro del texto que escriben o leen.
Entonces, en la postmodernidad ¿cuál es el objeto artístico? sería la pregunta que surge para el lector o para el crítico literario. Obviamente ya no es la obra terminada, tampoco es lo que le falta para ser completa pues la literatura postmoderna es consciente de la imposibilidad de la totalidad. ¿Es la distancia entre la concepción del material literario y su expresión textual, como algunos lo señalan? En el contexto de lo dicho, esta última posibilidad sería imposible para el lector pues éste segmento es la novela para el escritor postmoderno, pero para el lector y crítico literario, la novela será la que con sus posibilidades imaginarias y creativas pueda construir a partir de sus lecturas. Hoy el objeto artístico postmoderno es una multitud de textos posibles, nuevamente creados, inmateriales y en algunas oportunidades, inaprensibles, indecibles, si se quiere.
En este sentido el lector produce una obra mas o menos corpulenta en la medida de sus posibilidades y capacidades lectoras. Pues al enfrentarse a una obra postmoderna construida, en muchas oportunidades a partir de otras obras o fragmentos de éstas, sin mucha o ninguna referencia más que el imaginario o el hilo conductor o las asociaciones del escritor, el lector tendrá éxito o no, ahora no dependiendo mucho de la obra que tiene frente a él, sino más de la obra que puede construir en su rol de lector. Podría aquí retomarse la afirmación de algunos de los retractores de la postmodernidad en lo político y lo literario al señalarla como una actitud “fácil”, de traslado de la responsabilidad creativa al otro, de la desaparición del artista como ser absoluto creador. Efectivamente la postmodernidad traslada parte y gran parte de la creación al lector pero no es ésta una actitud irresponsable, sino por lo contrario, una actitud consciente de la vida-escritura en un mundo translúcido, donde es imposible diferenciar si estamos adelante o atrás de algo pues hemos perdido la referencia de lugares y de posturas filosóficas.
Un ejemplo de lo dicho sobre la posibilidad de la novela como una creación del lector es la obra de George Perec, para quien la literatura es un conjunto de piezas sueltas que no obedece ni necesita las leyes inescrutables del destino o de la historia, sino las de un manual de montaje. En la novela La vida: instrucciones de uso, Perec propone un inmenso rompecabezas narrativo, compuesto por noventa y nueve historias que corren paralelas al dibujo de una casa que actúa como modelo de construcción y de lectura. Aunque cada pieza, fragmento del texto, podría leerse autónomamente, siempre hay propuesta cierta relación, cierta asociación entre las piezas que promete la reconstrucción de una gran imagen totalizante. Esta promesa conduce a una conciencia de lo imposible: esta novela se construye a partir de la conciencia de las partes pero no necesariamente como caminos a la totalidad, pues aunque se pudiese construir la última pieza, se sugiere desde antes la imposibilidad de poder diseñar la pieza con las características del hueco que rellenar.
Listones de postmodernidad en la literatura.
Sería una “utopía” buscar una novela totalmente postmoderna pues la postmodernidad es una actitud más que un planteamiento filosófico. La postmodernidad es un conjunto de acciones, de rasgos, de pequeñas islas en un mar textual, una vanguardia que descubre al “caminar” nuevos elementos de ruptura. La postmodernidad puede ser una forma de tomar aliento mientras se encuentra un rumbo, o también, una forma de tomar aliento pues se sabe que no se encontrará un rumbo.
La postmodernidad es una actitud que lo permea todo, como la literatura. Existen rasgos postmodernos en la arquitectura, en las artes, en la tecnología, en la cultura en general. Por lo anterior y con el propósito de suministrar algunos temas, se señalarán rasgos postmodernos que sobresalen en varias novelas:
— El tema de la escritura.
La escritura es una preocupación explícita en el texto postmoderno: La escritura del texto, la escritura del mundo, la escritura salvación, el refugio para la soledad, la única manera de salir de la locura, la forma de no morir, la escritura como el tapiz del mundo.
Muchas novelas a lo largo de la historia de la novela tienen por tema la escritura. ¡Nada nuevo es éste rasgo, para que ahora sea determinante de la corriente postmoderna! Simplemente es que en las novelas incluidas bajo éste rótulo, por los críticos, tienen mayor énfasis en lo textual.
El cuarteto de Alejandría de Durrell, la novela por excelencia en el siglo XX, es un proyecto construido a partir de cruces textuales, cartas, diarios, notas y mensajes esbozados no sólo en el papel sino en espejos, paredes y sobre la piel de sus protagonistas. En ésta novela uno de sus protagonistas es un escritor que vemos escribir o desear escribir o escribir para vivir. El protagonista principal es la ciudad de Alejandría, que es un conglomerado de hombres que hablan y escriben simultáneamente cuatro idiomas... ¿Sería posible un mayor énfasis de lo textual?
De sobremesa (1887) la novela de Silva, presenta las lecturas que de su diario hace el poeta Fernández. La novela es una reflexión sobre el pensamiento del hombre del siglo XIX. ¡Poeta, lee, lee por favor!, le ruega uno de sus amigos íntimos. Es una novela de la textualidad, que sitúa a Silva como uno de los precursores de éste rasgo postmoderno en nuestra literatura colombiana.
¿Llamarme a mí poeta?, ¿nombrarme con el mismo titulo de Baudelaire y Verlaine? La mitad de ella (la obra de arte) está en el verso, en la estatua, en el cuadro, la otra en el celebro del que oye, ve o sueña. Desobremesa es una novela cuya totalidad temática es la escritura.
En la literatura podemos encontrar ejemplos menores: El zorro de arriba y el zorro de abajo de José María Arguedas; La otra selva de Boris Salazar; La ceniza del Libertador de Fernando Cruz Kronfly; Las puertas del infierno de Parra Sandoval; Mujeres amadas; El caballero de la invicta de Germán Espinosa; La ciudad interior de Fredy Téllez.
— La vida y la literatura son la misma cosa...
... o mejor, la equivalencia entre la realidad y la ficción es otro rasgo postmoderno que no es, desde ningún punto de vista nuevo en la literatura latinoamericana. Muchos de nuestros poetas y novelistas fueron al extremo con tal de sostener una vida ligada visceralmente a la literatura; el caso de Alejandra Pizarnik: poemas fragmentarios, inconclusos, mezclas de diarios, pinturas, fotografías, cartas íntimas, ensayos sobre el surrealismo, obras póstumas modificadas por sus amigos más cercanos, películas sobre ella y para ella, radio-novelas montadas por extranjeros y varios suicidios por imitarla.
El caso de José María Arguedas: Un disparo en la cien (en un baño de la Universidad Agraria) como siguiendo el mismo texto que escribía (El zorro de arriba y el zorro de abajo) o como simplemente dándole un final hiper-real a esta novela totalmente autoconciente, metaficcional, mezcla de investigación antropológica, sociológica, lingüística10, novela inconclusa textualmente pero totalizante al involucrar la vida íntimamente con la escritura.
El caso de Horacio Quiroga, cuentista ermitaño, perseguido por la muerte y los suicidios, buscador de espacios filosóficos en la espesura de la selva, poeta perdido, que desde el mutismo verbal y la brevedad textual prefirió el suicidio. Su obra sería inconclusa sin su muerte. Alfonsina Storni, quien habló de su muerte desde su infancia poética como una prolepsis, para luego penetrar en el mar para que otros, simplemente, escribieran un poema.
Un ensayo independiente y posterior a éste merece Ana Cristina César, poetisa Brasilera, ubicada generacionalmente dentro del denominado movimiento de “poesía marginal”, poeta urbana, de un verso corto y desdentado, connotación trágica, donde el lenguaje cotidiano le permite la parodia, la fragmentación y lo filoso de la ironía. Se suicidó a los 39 años.
Muy pocos elementos de la postmodernidad literaria son nuevos. Lo que si es nuevo es la disposición de éstos elementos en la novela contemporánea que exigen que el lector requiera de nuevas competencias y luche contra la simultaneidad, la diversidad, la incoherencia, el fraccionamiento, etc.