Un individuo encuentra su identidad cuando halla un conjunto de valores con los cuales se puede compenetrar plenamente. De la misma manera, una cultura descubre su identidad y logra su más alto desarrollo cuando obtiene un conjunto de valores que la tipifican, y su madurez consiste en llevar este conjunto de valores hasta sus últimas consecuencias.
La definición de América es una de las tareas principales que asumen historiadores, filósofos y ensayistas alrededor de los años cuarenta en México. Destaca entre ellos Edmundo O'Gorman. El campo preferido de las meditaciones de O'Gorman es el descubrimiento de América y sus historiadores inmediatos; pero son igualmente importantes sus estudios de filosofía de la historia y sus trabajos sobre Fray Servando Teresa de Mier y Justo Sierra, en relación con los orígenes de la Universidad: La idea del descubrimiento de América, La invención de América, Seis estudios históricos de tema mexicano, Hidalgo en la historia, Cuatro historiadores de Indias y La supervivencia política novohispana.
Octavio Paz incursiona con el tema en el ámbito del ensayo literario y publica en 1950 El laberinto de la soledad, en el que proporciona “un enfoque literario y crítico de México, historia y mitología”. Monsiváis agrega: “El libro fija un criterio cultural en su instante de mayor brillantez, y su lenguaje fluido y clásico transmite la decisión de aclarar y de aclararse una sociedad a partir del examen (controvertible) de sus impulsos y mitos primordiales.”(1) En esta obra, Paz considera al mexicano como un hombre que ha vivido todas las formas imaginables de deshumanización. Dicha situación lo ha sumido en una vida de zozobra, angustias y soledades. A través de ella, en tanto que otros hombres han vivido también estas formas de existencia, habrá de revelarse la posibilidad de comprensión entre todos los hombres.
Pero podemos señalar el año de 1935 como punto de partida en el que una nueva generación de pensadores y artistas siente que la admirada y respetable labor de los miembros del Ateneo de la Juventud ha sido una brillante labor intelectual, aunque ha resultado insuficiente para solucionar los problemas de fondo, porque la cultura que forjaron siguió siendo ajena a la realidad concreta de la nación. Frente a esa circunstancia, la nueva generación considera que para superar el desgarramiento interno en todos los planos, la única solución está en volver a los orígenes; esto es, empapar el espíritu en las tradiciones fundamentales de la nación y en tomar conciencia plena de las circunstancias vitales del presente.
Parece comprensible que este regreso a las fuentes no se inspire en un rechazo indiscriminado de lo nuevo ni de la cultura europea, sino que represente el temor de reincidir en trasplantes no asimilables a la realidad nacional, como ya había ocurrido en el caso del positivismo, por ser extraños al hombre y a la sociedad mexicanos. Así pues, en este texto nos acercaremos, en primer término a la reflexión sobre el tema de la definición de América Latina y, a partir de ella, el caso de México, en términos de su relación con la literatura.