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La pregunta por la identidad en el ámbito literario de América Latina - El caso de México

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17 de Septiembre de 2006
HistoriaHistoria de la literatura

En el caso de México, en lo que se refiere al género ensayístico, José Luis Martínez ha realizado el trabajo de selección y compilación sobre el ensayo mexicano moderno, y en el prólogo a esta obra señala que un repertorio representativo de ensayos franceses o ingleses nos ofrecerían reflexiones sobre cuestiones estéticas, filosóficas, políticas, morales o creaciones y juegos puros de la inteligencia y el ingenio, y sólo en casos excepcionales los ensayos se limitarían a los problemas nacionales. En México, por el contrario, “nuestros ensayistas se inclinan insistente y tenazmente a explorar una sola interrogante, la realidad y la problemática nacional, cualquiera que sea su personal perspectiva y disciplina -filosófica o histórica, científica o literaria- y su ideología”.(12) El tema constante en la mayoría de los ensayos modernos es México: “México en su totalidad o algunos de los asuntos que interesan a la formación del país: su historia, su cultura, sus problemas económicos y sociales, sus creaciones literarias y artísticas, su pasado y su presente”.(13)

Pero este interés por la nación no es un tópico privativo de México ya que se extiende a los demás países latinoamericanos, según señala José Luis Martínez, desde los años de Sarmiento, Bello y Altamirano hasta hoy en día. El ensayo hispanoamericano se preocupa por tres problemas principales: “la cultura de nuestros países; los problemas raciales, políticos y económicos y la emoción de lo histórico, cauces que confluyen en lo más vasto de la problemática nacional”.(14)

Sin embargo, la preocupación por esa problemática estuvo y continúa dividiendo en dos o más grupos a quienes se ocupan de ello. En un grupo, los que defienden una cultura sólo a partir de la hispánica y frente a ellos, los que buscan en el pasado prehispánico las raíces de la mexicanidad. Los que optan por el mestizaje de una forma u otra se ubican igualmente en alguna de esas tendencias. Luis G. Urbina, en su ensayo titulado “Origen y carácter de la literatura mexicana”,(15) se pronuncia abiertamente en contra del “tópico gastado” de que la literatura mexicana, y todas las demás de Hispanoamérica, son únicamente “un reflejo de la peninsular”. Y en un tono que llega a lo irónico, rechaza la idea de que se considere la literatura de estos países como “una familia de aquella antigua y nobilísima matrona, en cuyo seno se amamantan todavía incapaces de nutrirse por sí mismas, estas literaturas novicontinentales”.(16) Más adelante, Urbina argumenta su opción por el mestizaje: “Se sabe que la mezcla de dos razas, la aborigen y la conquistadora, que ha constituido el tipo del mexicano, del mestizo (llamémosle con el nombre evocador), ha producido alteraciones fisiológicas que los sabios estudian ahora en el fondo de sus gabinetes”, y apoyándose en los resultados que los científicos han obtenido, Urbina señala: “fisiológicamente no somos ya éste ni aquél; somos otros, somos nosotros; somos un tipo étnico diferenciado y que, no obstante, participa de ambas razas progenitoras. Y una y otra luchan por coexistir, por sobrevivir en nuestro organismo”. Ante estas deducciones, él mismo se cuestiona: “Pues bien me interrogué, ¿por qué lo que acontece en el mundo fisiológico no ha de haber acontecido en el psicológico?”.(17)

Este ensayo parece contestar con muchos años de anticipación, al planteamiento de España como “madre” que Andrés Iduarte expone en un ensayo que publica en el año de 1951, y que lleva por nombre “España: hija, hermana, madre”. Iduarte señala que “en el orden permanente de la cultura llamamos ayer, con razón, madre a España: de allí vino la lengua. Madre de la nuestra es ¡qué duda cabe! la lengua española del XVI”, y enseguida, denomina como “hijos suyos” a los “clásicos del español en América: Garcilasso el Inca, Juan Ruiz de Alarcón, Sor Juana...”.(18) Luego, agrega: “Hija, y hermana, y madre nuestra es España, como la América lo es de ella. Hay ya una concepción madura, ecuménica, ajena a peleas de parroquia, opuesta a la de quienes confunden lo que es España con españoles de nacimiento, opuesta también a la de quienes equivocan América con hispanoamericanos de nación”.(19) Y con ello deja en claro la postura hispanista que aparece de nuevo reflejada en su ensayo “Cortés y Cuauhtémoc: hispanismo, indigenismo” (1948).(20)

Resulta interesante considerar que en estos años de profunda preocupación por lo nacional ocurren dos hechos que marcan notablemente el momento: el primero de ellos de manera más decisiva en la historia de México. El antes llamado Partido de la Revolución Mexicana (PRM), y luego Partido Nacional Revolucionario (PRN), surge con el nuevo nombre de Partido Revolucionario Institucional (PRI) el 18 de enero de 1946, bajo el lema “Democracia y justicia social”. El PRI sigue postulados planteados desde el PRM, como son la continuación de la reforma agraria, la igualdad cívica de la mujer, la intervención del estado en la economía, etcétera, aunque eliminando toda alusión al socialismo. Se retira a las asociaciones gremiales -Confederación de Trabajadores Mexicanos (CTM), Confederación Nacional Campesina (CNC) y Confederación Nacional de Organizaciones Populares (CNOP)- la capacidad de escoger a sus candidatos, función que asumen los órganos directivos del partido. La constitución del Partido Revolucionario Institucional como tal, en el año 1946, no deja de ser significativa si consideramos que el PRI se mantuvo en el poder ejecutivo hasta el año 2000 y desde la consumación de la Revolución Mexicana.(21)

El segundo hecho, ocurrido en el año 1947, es más su importancia ocasional pero no por ello menos atendido por los intelectuales. En ese año, gracias a unas reparaciones en el Hospital de Jesús, se hallaron los restos de Hernán Cortés. Los hispanistas expresaron su regocijo en artículos periodísticos e incluso en libros, y hasta pidieron una estatua para el conquistador de México que simbolizara el reconocimiento al “fundador de la nacionalidad”. Por el contrario, los indigenistas atacaron la idea y todo pareció quedar en nada ya que el gobierno hizo oídos sordos a este asunto. El artículo de Andres Iduarte que antes mencionamos toma como centro de interés la anterior circunstancia. El ensayo inicia diciendo: “La reciente exhumación de los restos de don Hernando Cortés y su inhumación subsecuente son, simplemente, característicos episodios de la historia política sobre la Conquista de América y, en consecuencia, nuevos hitos de la integración del espíritu hispanoamericano”.(22)

En lo que respecta al ámbito de la narrativa, es importante señalar que la Novela de Revolución, en la que se incluyen Mariano Azuela, Martín Luis Guzmán, Rafael F. Muñoz, Nelly Campobello, Gregorio López y Fuentes, Agustín Vera y José Revueltas, entre otros, posterga la reflexión sobre la identidad mexicana que surge inevitablemente del proceso en marcha y que la Revolución parece haber concretado en una nación de rasgos originales y propios. Son los autores de una generación posterior, como Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Elena Garro, Jorge Ibargüengoitia, y los más jovenes en ese entonces como Fernando del Paso y Elena Poniatovska, quienes enjuiciarán críticamente -y a veces con sórdida ironía- esa identidad forjada alrededor de ideales revolucionarios que han terminado institucionalizados, en el Partido Revolucionario Institucional, entonces en el gobierno de México.

En las obras de la narrativa mexicana de las décadas de los cuarenta y cincuenta, época en que se pone en evidencia el problema de lo nacional, la nación ya no se representa como espacio integrado, sino como una fragmentación simultánea dotada de todo tipo de infracciones temporales que apuntaban a poner en primer término la presencia del discurso nacionalista.

Este problema de lo nacional se erige en el marco del género novelesco conduciendo a nuevas propuestas en el plano de la forma, especialmente, que remueven la institución literaria mexicana. Una de las primeras manifestaciones es la irrupción del plurilingüismo. Entendemos por plurilingüismo, según lo plantea Bajtín, como la apropiación por parte del discurso novelesco de estratos (géneros y estilos) no literarios del lenguaje social de su tiempo, y en la reelaboración de estratos del lenguaje provenientes de la tradición literaria actual y pasada en torno a aquella zona de contacto con el presente en devenir.(23) Esta transformación del lenguaje de la novela sólo pudo llegar a producirse gracias a la cultura oral de los grupos marginados muchas veces por la cultura escrita.

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Yoon Bong Seo Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero23/iden_mex.html CopyLeft
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