La pregunta por la identidad en el ámbito literario de América Latina - La búsqueda de la identidad en América Latina

2 - La búsqueda de la identidad en América Latina

Artículo creado por Yoon Bong Seo. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero23/iden_mex.html
17 de Septiembre de 2006

Bien se puede llamar a América Latina lugar de conflicto en la búsqueda de la identidad nacional. La variedad y la indeterminación de los elementos y de los conceptos nos ponen frente a un complejo cultural con el que no se puede especular sin los referentes de las culturas metropolitanas pasadas o presentes, como centros de los cuales depende o dependió, y de las culturas nativas como un fuerte componente popular. El conflicto se plantea en el momento mismo del reconocimiento entre los dos polos. Alfredo A. Roggiano dice a este respecto: “El problema de la identidad cultural de Iberoamérica, como el de cualquiera otra comunidad humana, está inevitablemente ligado al problema de su autonomía (económica, política, etc.), proclamada en manifiestos fundacionales desde los años en que se cortaron nuestros lazos con España, pero nunca lograda realmente, sino soslayada y encubierta, en la teoría y la práctica, por un cosmopolitismo idolátrico con pretensiones de contemporaneidad en la historia de paradigma europeo”.(2)

El problema de la identidad no se manifiesta como tal mientras no aparece una diferencia entre la propia cultura y las otras; porque, como señalan varios críticos, la afirmación de la identidad es, más que todo, una autodefensa, una forma de protección frente al posible despojo de lo que se considera privativo y específico.(3) Por esta razón, las sociedades primitivas que vivieron aisladas no se plantearon este problema hasta sentirse amenazadas, ya que antes no había una confrontación entre sistemas culturales diferentes que las obligara a definirse a sí mismas. La identidad cultural podría ser, según Miguel León-Portilla, “una conciencia compartida por los miembros de una sociedad que se consideran en posesión de características o elementos que los hacen percibirse como distintos de otros grupos, dueños a su vez de fisonomías propias”.(4)

La amenaza a lo que se pretende como integridad propia se hace patente por las diferencias que los otros resaltan. Por eso se habla más de identidad cultural en las sociedades que ven en peligro lo que ellas consideran específico de su historia -como es el caso de los países latinoamericanos- que en las sociedades tradicionalmente exportadoras de creaciones culturales, como las europeas y, más recientemente, la norteamericana. Raúl Dorra señala: “La América ibérica aprendió a preocuparse por su identidad y siguiendo la vía de esa preocupación aprendió el temor a la dependencia cultural. Por lo tanto, responder al problema -o al reto- de la identidad significó sustraerse y defenderse de quien le había enseñando a formulárselo. Situada en la periferia de la cultura occidental, es decir en los márgenes de Europa, la América ibérica encontró que su búsqueda de identidad no había de ser expansiva sino defensiva, no había de seguir un itinerario de semejanzas sino de diferencias. Debía mostrar en qué no era europea y formarse a partir de dicha negación, debía moverse entre la prohibición y el rechazo”.(5)

Algunos críticos se refieren a este problema con el término “alteridad”. Especialmente algunos críticos europeos que consideran que la cuestión de la identidad cultural, en cualquiera de sus dimensiones (regional, nacional o continental) en América Latina, es una idea muy gastada en los últimos tiempos: “El criterio que rige la geografía cultural nacional e internacional latinoamericana, antes que la identidad, es la alteridad. Cada minoría cultural se identifica a sí misma, más que todo por las diferencias con las culturas que la rodean, lo otro [la alteridad] es lo que, a consecuencia de una actitud etnocéntrica, le da la posibilidad a cada uno de aparecerse a sí mismo como miembro de una comunidad cultural distinta”.(6) Es decir, se propone tomar la alteridad como punto más accesible a la exégesis, y a la identidad como el problema de fondo.

La identidad es siempre una cualidad relativa, inexacta o incluso circunstancial. La importancia que se adjudica al concepto de identidad cultural es relativamente reciente y se ha impuesto a partir de una noción dinámica del desarrollo no centrada exclusivamente en la economía. La primera definición se la debemos a Aristóteles, quien en su Metafísica dice: “En sentido esencial, las cosas son idénticas del mismo modo en que son unidad, ya que son idénticas cuando es una sola su materia o cuando su sustancia es una. Es, por lo tanto, evidente que la identidad de cualquier modo es una unidad, ya sea que la unidad se refiera a pluralidad de cosas, ya sea que se refiera a una única cosa”.(7)

La definición de identidad, hoy en día, luego de su tránsito por la historia del pensamiento occidental, ha quedado en una concepción que se basa en un criterio convencional. No se puede afirmar de una vez por todas el significado de la identidad o el criterio para reconocerla, pero se puede, en un ámbito determinado, establecer de modo convencional y apropiado tal criterio.

La última concepción tiene su base en el hecho de que tanto los pueblos como los individuos necesitan una definición de identidad para poder representarse frente a sí mismos y ante los demás. Estamos ante el problema de la cultura que mira y cultura que es mirada: el diálogo entre culturas. Diálogo que es el punto de partida para dar cuenta una de la otra, para conformar la imagen de cada una de ellas.

Las diferencias culturales y en algunos casos lingüísticas de los sectores que conforman los países de América Latina, han constituido un obstáculo para el diálogo entre las instancias en los diferentes niveles: diálogo en el nivel local, en el nivel de comunidad latinoamericana y diálogo en el nivel internacional, especialmente con las metrópolis de la cultura occidental. La realidad pluricultural de América, que en muchos casos se vive en una escisión de sus componentes, lo impide.

Se puede hablar entonces de que en la actualidad se da un principio de diálogo, gracias al cual se concilian la ruptura y la continuidad en formulaciones sobre la tradición de ruptura o la tradición de lo nuevo, o se manifiestan distinciones entre la identidad por semejanza de caracteres, la identidad de un fundamento y la identidad de un propósito. Justamente, en esta última tendría cabida lo imaginario, entendiendo éste como el universo de las representaciones, individual y colectivo,(8) ya que América Latina no debe comprenderse como un concepto determinado desde el principio y con características definidas para siempre, sino más bien como algo que ha ido haciéndose o inventándose en la medida en que ha adelantado en ese proceso. Y es en este proceso, como varios críticos lo han señalado, donde la aportación de los novelistas hispanoamericanos en la línea de la búsqueda de la identidad con la realidad histórica es absolutamente decisiva.

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