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La relación entre espacio público y privado en Demonio del mediodía - La historia peruana de una novela (I)

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CopyLeft Artículo de María Elvira Luna Escudero-Alie - 12 de Septiembre de 2006
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1. La historia peruana de una novela (I)

Demonio del mediodía (Lima, 1999) es una encantadora novela que captura nuestro interés a lo largo de sus 454 páginas. Alonso Cueto nos presenta la historia de tres personas con características muy divergentes entre sí; y sin embargo irremediablemente unidas por razones laborales y por una pasión que cambiará el curso de sus vidas. Cada una de ellas es el inesperado vértice de un triángulo amoroso que determinará la infelicidad, la desgracia, y en última instancia la tragedia.


La historia de Celia Carlessi, Renato La Hoz, y Ricardo Borda se desarrolla en Lima, durante finales de los años 80 y continúa hasta finales de los 90, época clave en la historia contempóranea peruana. Cueto dibuja en forma puntual el trasfondo socio-político de estos años cruciales en el Perú; las acciones terroristas de Sendero Luminoso, la ineficacia del gobierno de Alan García para combatirlas, la galopante crisis económica, la controvertida campaña electoral del entonces desconocido ingeniero Alberto Fujimori contra el notable escritor Mario Vargas Llosa en 1990, los estragos del gobierno de Fujimori-Montesinos convertido en dictadura desde 1992 cuando cerró el Congreso, etc.


La novela gana en verosimilitud con este espacio socio-político-histórico que es presentado en forma muy cuidadosa. Los políticos peruanos de esos años aparecen con sus verdaderos nombres y asociados a las acciones más características que realizaron en el espacio político. Los atentados más resaltantes, por sanguinarios, cometidos aviesamente por Sendero Luminoso también son referidos en la novela, como es el caso del ataque en Tarata, Miraflores, a principios de la década de los 90. Recordemos aquí el hermoso cuento de Alonso Cueto, Pálido Cielo- dedicado a Vargas Llosa- que tiene como trasfondo precisamente el bombardeo en Tarata, Miraflores.


Demonio del mediodía no sólo nos brinda una visión panorámica del Perú de esa época sino también un retrato en primera plana de los distintos estratos socio-económicos que existen ahí, de los prejuicios y odios que se generan en cada uno, y de la dinámica en las relaciones en el espacio interpersonal en una sociedad violenta, compleja y jerárquica. En efecto, cada uno de los tres personajes principales es representante de un grupo socio-económico diferente.


Celia es una joven abogada, inteligente, hermosa, un tanto ingenua en cuestiones de amor, y perteneciente a la clase media-media. Renato, es un abogado inteligente y tímido de 30 años, logrado a través de un meticuloso esfuerzo, obsesivo, de origen provinciano y de clase media-baja. Ricardo es un renombrado abogado, inteligente, apuesto, mujeriego, y bien vinculado, miembro de la clase alta o clase media-alta. Él es el dueño del buffete de abogados donde los tres trabajan, y donde se delinea a pulso el triángulo pasional. Celia, Ricardo y Renato son los tres vértices de esta relación triangular, simbolizando a su vez en un plano socio-económico, cada uno de los estratos sociales del Perú (clase baja o media-baja, clase media-media, y clase alta o media-alta) que convergen en una sociedad donde la desigualdad es la norma. Cabe señalar que el triángulo: Ricardo-Renato-Celia, si bien es el más importante, no es el único en esta historia. Hay muchos otros aunque de menor trascendencia y a los que me referiré más adelante.


La novela nos presenta a Ricardo Borda con pretensiones políticas; ha decidido empezar su campaña para alistarse en las filas del Fredemo como senador, bajo la cuota política de Acción Popular.


‘’ (…) Debía reunirse con gente del Fredemo. Vargas Llosa y Ricardo apenas se conocían. Vargas Llosa había basado su identidad pública en su energía y su sentido moral. Sus creencias éticas lo habían convertido en una figura ejemplar. Ricardo necesitaba asociarse a él. En unas encuestas recientes Vargas Llosa iba primero, aunque Barrantes podía alcanzarlo.(…)El mismo Ricardo, en parte, veía a Vargas Llosa como el salvador”.

El mismo protagonista Ricardo Borda hace las siguientes reflexiones políticas sobre el presidente del Perú en aquellos años caóticos:

“Alan García es un tipo más fácil de clasificar y de entender.

Entre Alan y Belaúnde, el arquitecto es mil veces preferible.

Por lo menos es fiel a sus errores. A pesar de su enfermedad (una psicosis maniaco depresiva que trata con litio periódicamente, según todas las informaciones), Alan es más fácil de interpretar precisamente porque sabemos que de él puede esperarse cualquier impulso. Su coherencia está hecha de reacciones vehementes y contradicciones extremas. El impulso y la inteligencia se complementan, igual que el bien y el mal.

Es una criatura esencialmente amoral; tiene una adicción erótica hacia su ego que busca trasladar a la masa. Es un ególatra disperso y caótico. Su egolatría es el motor de su brillantez oratoria. Logra someter a una masa de gente en la plaza a través de un ritual de exaltación sexual que arranca gritos y suspiros. La sumisión delirante a la que puede llevar a la masa en un mitin le es conveniente pues con ella disfraza y altera la percepción de los peores desastres de su gobierno. Usa su extraordinaria inteligencia para hacer de titiritero, siempre distrayendo a gente a la que en el fondo considera un grupo de niños o de enfermos.

Todos los rumores que corren sobre su vida privada, su donjuanismo, su apetito insaciable de desayunos con lomo y papas fritas, sus pantagruélicas coimas personales, sólo pueden entenderse como olas expansivas de una personalidad que quiere ser más grande que el mumdo, el maremoto de una mente enardecida, el pirómano que en todos los objetos y personas sólo ve madera y kerosene”. (págs. 221-222)

La prosa efectiva, flexible, ágil, cadenciosa, elegante y en muchas instancias lírica de Alonso Cueto, con adjetivos siempre muy precisos, muy bien pensados, se manifiesta también como acabamos de leer, en esta ambiciosa y bien lograda novela. Es interesante resaltar que la prosa varía muy bien en intensidad, textura y tono de acuerdo al contexto presentado, y a los espacios narrativos expuestos. A diferencia de otras novelas, y cuentos de Alonso Cueto, vemos en Demonio del mediodía, otras técnicas narrativas que no figuraban, o figuraban menos, en por ejemplo: La batalla del pasado (Madrid, 1983), Los vestidos de una dama (1987), Tigre blanco (Lima, 1985), Deseo de noche (1993), Amores de invierno (1994), etc. En Demonio del mediodía, Cueto emplea de manera efectiva juegos con el tiempo, distintas voces narrativas, monólogos interiores, situaciones ambiguas, variadas perspectivas, y un desarrollo de la trama más relacionado que nunca con un contexto familiar influyente, acaso agobiante, y en algunos casos incluso decisivo. Como lo afirmó una vez el propio Alonso Cueto, refiriéndose a su magnífico cuento Pálido Cielo, a él le interesan sobre todo las relaciones familiares, el espacio familiar. La influencia del ámbito familiar y la carencia de afectos en este espacio fundamental está en la génesis de la elección profesional de Ricardo Borda:


“Ricardo había decidido la carrera de Derecho ante la tumba de su padre.

Pero no había heredado sus escrúpulos morales ni su concepción estricta de la profesión. A diferencia de su padre, no quería apenas mantener un nombre. Quería apoderarse de la sociedad de Lima, abrumarla con su profesionalismo, distinguirla con su figura, hacer que se rindiera a él con alegría y veneración. Su padre y su madre le habían dejado un atroz desafío: recuperar de algún modo el amor perdido. Si sus padres se lo habían negado, la ciudad de Lima se lo iba a dar: él iba a poseerla con su exquisitez y su elegancia, para sentarse a esperar el diluvio de retribuciones. El amor, la admiración, el reconocimiento”. (págs. 136-137)

Hay en Demonio del mediodía, un espacio público compartido por Celia, Ricardo y Renato que es obviamente la oficina. En este espacio laboral cada uno sin embargo, actúa de acuerdo al rol que cree estar interpretando, papel que le es dado como consecuencia de las dinámicas del espacio privado. Celia, por ejemplo piensa que su actitud discreta con respecto al romance que tiene con Ricardo, la ha mantenido a salvo de sospechas y chismes de los compañeros de trabajo. Ricardo a su vez imagina que nadie está al corriente de su aventura con Celia, o en todo caso le importa poco que se sepa, mientras no llegue a oídos de su elegante esposa María Luisa.


Por otro lado, Renato en su timidez e inseguridad utiliza el espacio laboral público para poner en práctica sus tácticas, para intentar concretar su quimérico futuro con Celia, esa arquitectura minuciosa que lo absorbe hasta la obsesión en su espacio privado. No sospecha en lo absoluto que Celia y su jefe Ricardo Borda mantienen una relación pasional ilícita. Las negativas cordiales de Celia frente a los medrosos avances de Renato no lo desaniman en absoluto, dada su escasa experiencia con el sexo opuesto y el imperio de sus deseos que nubla toda lógica. Es así que cegado por sus ilusiones, Renato se construye explicaciones plausibles para estas suaves negativas. Al fin y al cabo, él está dispuesto a absolutamente todo con tal de ser aceptado no sólo por Celia sino por la sociedad que lo ha instalado en la “otredad” para poder ignorarlo sin remordimientos ni remilgos. En este espacio laboral y público, Renato, mendigo de amor, en su obsecada búsqueda creerá poder impresionar a Celia presentándose ante ella como el amigo solícito, el abogado bien informado y organizado siempre dispuesto a ayudar.

Ha sido el espacio público laboral el que le ha servido a Ricardo para conquistar a Celia, es ahí donde ella ha admirado sus dotes de buen abogado, su elocuencia, su poderío y su inteligencia. Celia, por su parte podría haber impresionado positivamente a cualquier jefe por su inteligencia y eficacia en el trabajo, sin embargo no serán esas virtudes precisamente las que Ricardo ponderará más. Como mujeriego empecatado, Celia representa para él uno de los múltiples objetos de sus primarios e incansables deseos, de su desenfreno y lujuria, por lo menos al inicio del romance.

En el espacio privado, Ricardo también le demostrará a Celia cierto afecto y así despertará un genuino amor en ella.Ricardo acostumbrado a aventuras fuera del matrimonio y por lo tanto a mentiras, y cinismos le recitará a Celia, el manido discurso del pobre marido incomprendido y desantendido por una esposa fría y distante. La inexperta Celia caerá en esa trampa calculadamente preparada para su belleza y juventud, y su amor por Ricardo seguirá incrementándose en el océnao de su ingenuidad. De plano en el espacio del juego desprestigiado del amor fuera del matrimonio y dispuesta a jugarse el futuro, Celia apuesta todas sus cartas a ser la próxima señora Borda:

“ (…) Con esa dureza, su matrimonio es apenas un pacto minado.

Quisiera arrullarlo, que él vuelva a su infancia y que yo pueda recuperarme y recuperarlo en la madre que lo acepta, quisiera que se deje ir conmigo, que no quiera seguir siendo quien dirige nuestros encuentros. Extender los brazos como un manto, y permitir que él se asiente en la plataforma que le tiendo. Este deseo mi religión. La tierra prometida al final del desierto: Ricardo y yo juntos, en el salón de la casa, jugando con los niños, la música al fondo.” (pág. 203)

El espacio privado y familiar de Celia es también como en el caso de Renato; pero con menos patetismo, una oportunidad para diseñar los próximos movimientos en el espacio público con Ricardo. Renato vive solo y es en general una persona solitaria, un marginado social, un ser apocado; pero con una inmensa determinación y una capacidad de violencia nada despreciable. Esta faceta perniciosa de Renato sólo aflora cuando se sabe cercado; cuando se entera que su amada e idealizada Celia, no es esa chica celestial, una Celia-talismán que podría llegar a amarlo con empeño, su ángel de la guarda sino más bien y nada menos que la amante de su jefe, una más entre tantas. Este descubrimiento le socava los esquemas a Renato, lo instala en el pathos, lo arroja de súbito a una desdibujada realidad minada por esa desaforada variable que no estaba considerada en su puntual y aplicada estrategia. Renato se queda sin estratagemas posibles, y su ethos ya no tiene sentido ni razón de ser. El discurso del deterioro se posesiona irremediablemente de Renato.

Si Ricardo es el protagonista de esta historia, Renato es sin duda, el antagonista. Ricardo representa para Renato todo lo que su origen humilde, la discriminación socio-económica y racial y su propio resentimiento social le impiden ser; ese espacio en la sociedad al cual, no obstante su ingenio como abogado, nunca podrá acceder, esa élite que siempre lo despreciará y humillará sólo porque él es el “otro”. Renato odia a Ricardo respondiendo a esa fórmula trasnochada según la cual, el odio es el amor no correspondido. En realidad, la relación de Renato con respecto a Ricardo es una típica relación unilateral (para Ricardo, Renato prácticamente no existe) de amor-odio. Renato quisiera ser como él; un abogado famoso, un triunfador, una promesa política, un hombre asediado por bellas mujeres, una constante y admirada presencia en las páginas sociales.

‘’ Lo odiaba en cada uno de sus recuerdos. Desde el fondo de su infierno, a través de una cortina fría de llamas, con la minucia de un fanático, Renato no dejaba de pensar en él.” (pág. 20)

Autor y licencia de 'La relación entre espacio público y privado en Demonio del mediodía - La historia peruana de una novela (I)'
María Elvira Luna Escudero-Alie Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero21/demonio.html CopyLeft
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