



Según las teorías basadas en la Ley del Padre, el papel fundamental de la mujer es la perpetuación del orden/sistema patriarcal, [1] un orden que, como es bien sabido, se mantuvo y aplicó enfáticamente durante la dictadura de Francisco Franco (1939-1975). En el caso de España, este modelo no fue impuesto solamente por la ideología patriarcal, que ya existía en la España republicana, sino que se afianzó como parte de la estructura social franquista a través de la aplicación de los “preceptos joseantonianos: abnegación y entrega”, principios éstos primordiales en la organización social de la dictadura [2]. El Nuevo Régimen de 1939 institucionalizó la maternidad como parte de su proyecto político. Con la ayuda de la Sección Femenina de Falange y de la Iglesia, la dictadura perpetuó la discriminación genérica desde la infancia, y, como consecuencia “se prohibió la coeducación y se puso énfasis en materias vinculadas al hogar, dado el destino ‘natural’ de las mujeres”[3], garantizando de esta manera la “uniformidad ideológica” del colectivo femenino [4]. En este sentido, el modelo femenino promovido e impuesto por la ideología del Régimen era doble: como individuo, la mujer española debía ser sumisa y estar acostumbrada al sacrificio, pero como miembro de la familia y la sociedad, estaba encargada de reproducir dicho modelo mediante “la intransigencia en la aplicación de unas normas de conducta tanto para ella[ ] como para sus hijas, en caso de que las tuviera” [5]. El Régimen llevó a cabo una política de feminización en la que, como también ocurrió en la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler, se exaltaban “los papeles que tradicionalmente cumple la mujer (domésticos) y aquellos en los que no puede ser sustituida (maternidad)”[4].
La representación de la maternidad y de la relación entre madres e hijas en la producción cultural española contemporánea está directamente relacionada con “la carga simbólica que […] la figura de la madre personificó como representante del país bajo Franco” [6]. El modelo de la madre y esposa sumisa promulgado por la Sección Femenina de Falange durante la primera etapa de la Dictadura refleja la ideología del Nuevo Régimen en su política de pronatalismo y silencio, según la cual “[l]as mujeres habrán de ser las mejores representantes del abstencionismo político promulgado por el franquismo” [7]. Debido al impacto de dicha política tanto en el ámbito público como en el privado, el análisis de la relación madre-hija que se observa en ciertas narrativas contemporáneas escritas por mujeres es esencial en la revisión de la historia reciente de España desde un punto de vista personal o subjetivo que, a la vez, se convierte en colectivo, pues forma parte de la memoria colectiva de las mujeres en España.
Existe una serie de textos producidos por escritoras españolas contemporáneas que se centran parcial o totalmente en la relación madre-hija durante el período 1950-2000. Los diferentes tratamientos de dicha relación reflejan las diferentes actitudes no sólo de las escritoras sino de las mujeres españolas frente a la oposición generacional y la interacción entre mujeres educadas de manera tradicional para convertirse en el abnegado ángel del hogar y sus hijas, las cuales intentan integrar lo privado y lo público, sin que lo segundo sea simplemente una extensión de lo primero. De este modo, estos personajes, pertenecientes a generaciones dispares, aparecen como ejemplos representativos de dos grupos claramente diferenciados que, obviamente, se desarrollan, o crecen, como individuos en períodos históricos diferentes:
El sujeto colectivo de las mujeres mayores de treinta y cinco años se construye respecto a un ellas que no se define, tanto por sus características propias o por sus similitudes con los hombres como por sus diferencias respecto a nosotras. Y, a la inversa, el sujeto colectivo de las mujeres jóvenes se construye en oposición a las características propias de las mujeres de la generaciones de sus madres y, en ocasiones, a una generación mítica de mujeres, la del sesenta y ocho, intermedia entre ambas y diferente de las dos. [8]
Estas diferencias se ven acentuadas por el hecho de que la evolución o los cambios relacionados con la situación de la mujer en España se han aglomerado en unos cuantos años, mientras que dicho progreso se ha producido en el resto de Europa desde el final de la Segunda Guerra Mundial [9]. De esta manera, los cambios experimentados por las mujeres durante el período que va desde el Desarrollismo hasta la actualidad no han sido asimilados por completo por sus madres. Asimismo, las experiencias de las madres durante la Dictadura e incluso la Guerra Civil no han sido claramente entendidas y recuperadas por las hijas, debido fundamentalmente a esa ‘amnesia colectiva’ que ha llevado a la confusión entre “amnistía política” y “amnesia histórica” [10] y que se entendió como parte del pacto de progreso que llevaría a la democracia tras la muerte del dictador [11].
Los textos que ocupan el interés de estas páginas presentan dos posiciones muy distintas en cuanto a la interacción generacional: en uno de ellos, la re-evaluación de la relación con la madre lleva a una reconciliación final con la misma, mientras que en el otro, dicha revisión culmina en la destrucción de todo vínculo materno-filial. Uno de los resultados de esta reconstrucción identitaria a través del análisis de los lazos maternales es la presentación de diferentes generaciones de mujeres en España, las cuales, como ya he mencionado anteriormente, están paradójicamente conectadas por sus distintos entendimientos y, en el caso de las madres, experiencias, del pasado [12]. De este modo, las presentes páginas están inspiradas por historias personales transmitidas generación tras generación en la forma de lo que Amparo Moreno Sardá llama “reproducción generacional”, es decir, a través del linaje materno [13]. Estas circunstancias o predisposiciones personales, junto con el estudio de la situación de las mujeres en la España del siglo pasado, proporcionan las herramientas para el análisis de los textos mencionados en el título. El presente artículo tiene el objetivo de analizar dos obras, de Maruja Torres y Lucía Etxebarria respectivamente, en las que se hace un tratamiento exhaustivo de la relación madre-hija. En dicho análisis se mostrará que dicha relación, supuestamente privada, se ve claramente afectada por la turbulenta historia de España durante el siglo XX y por los cambios, para bien o para mal, sufridos por las mujeres de dicho espacio político desde la instauración de la Segunda República en 1931 hasta la actualidad.
La novela de Maruja Torres Un calor tan cercano se publicó en 1997. Cuenta la historia de Manuela, una escritora de novelas policíacas que, tras recibir la noticia de la muerte de su madre, se embarca en un viaje hacia el pasado, hacia su infancia en la Barcelona de los años cincuenta, un período de su vida marcado por la asfixiante y amenazadora relación con su madre y su tía Amalia, y el refugio que la niña Manuela busca en su tío Ismael y su prima Irene. Este viaje a la niñez concluye con una catástrofe emocional-una especie de pérdida de la inocencia-que lleva a la huída de Barcelona gracias a la intervención de doña Asun, quien se siente en deuda con Manuela por haber salvado su vida y se convierte en su benefactora. Dentro del marco narrativo, que se sitúa en el presente ya que la novela es una narración en primera persona, la travesía de Manuela termina con un inevitable regreso a Barcelona, un reencuentro figurativo (a través de la memoria) con la madre y físico con la prima, es decir, con las dos figuras maternas, Mercedes e Irene. No obstante, es necesario distinguir estos dos encuentros, pues si el segundo se materializa y representa un nuevo comienzo en una relación rota en el pasado, el encuentro con la madre, Mercedes, aparece en la forma de una reconciliación póstuma mediante la comprensión e incorporación a la memoria personal de la experiencia de la madre.
En Beatriz y los cuerpos celestes de Lucía Etxebarria (1998), Beatriz, la protagonista, también comienza un viaje de regreso desde su infancia hasta el momento de la escritura. Este recorrido por el pasado se transforma en un análisis de las relaciones que han marcado su vida; y su consecuencia final es el reencuentro con Mónica, el primer amor de Bea y el más influyente. En este proceso, también vemos a la protagonista abandonar la ciudad de su infancia y juventud, Madrid, por Edimburgo, y retornar a la capital española para revisar sus relaciones pasadas con sus padres y con Mónica. La última etapa de este viaje al interior del sujeto no cumple sus objetivos: su abuso indiscriminado de las drogas ha llevado a Mónica a la necesidad de ingresar en un centro de rehabilitación y la imagen idealizada que hasta ahora hemos recibido a través de las descripciones proporcionadas por Beatriz se desvanece para dar paso a una realidad que incluso Beatriz se ve forzada a aceptar. La ruptura definitiva con el pasado no es representada solamente en la futura huída, de nuevo, a Escocia, sino también en la disolución completa de toda relación emocional previa, incluyendo el vínculo materno. Sin embargo, es necesario especificar aquí que la ruptura con la madre ocurre mucho antes en la novela y que, a pesar de los esfuerzos de la protagonista por entender a su madre, se produce una ruptura irreversible que puede considerarse el resultado de la racionalización de la experiencia materna. Esta racionalización conlleva asimismo, de manera aparentemente contradictoria, un rechazo de la conexión con la madre que anula cualquier posibilidad de asimilación o incorporación de la memoria a través de la línea materna.
Ambas novelas presentan estructuras muy similares. Los dos textos toman la forma de narrativas en primera persona con fragmentación temporal entre el presente y el pasado. En Un calor tan cercano, el pasado está enmarcado dentro del presente, y en Beatriz y los cuerpos celestes, la voz narrativa se mueve constantemente entre el presente y la retrospección. Las dos narrativas pueden considerarse variaciones del Bildungsroman tradicional o novela de formación, ya que ambos textos narran la evolución de las personalidades de las protagonistas mediante la revisión de las relaciones más influyentes en sus respectivas historias personales.
En ambos casos, la relación con la madre, ya resulte en reconciliación o ruptura, es de importancia primordial en el desarrollo o proceso de maduración del sujeto femenino. Las respectivas protagonistas, Manuela y Beatriz, viven en entornos familiares disfuncionales, y la búsqueda de un refugio o un escape fuera del espacio familiar las lleva a interaccionar con otros personajes que van a ejercer una influencia igual o mayor que sus familiares más inmediatos.
La principal diferencia entre estos dos textos radica no solamente en el espacio geográfico y temporal de la acción, sino también en las generaciones retratadas y el resultado del ejercicio de memoria personal, lo cual está íntimamente relacionado con percepciones diferentes de la realidad histórico-social de España. Un calor tan cercano está marcado por la necesidad de revisar y asimilar o incorporar la memoria colectiva, mientras que Beatriz y los cuerpos celestes es un claro exponente de la condición postmoderna, asociada con la alienación, el individualismo y la relativa falta de conciencia histórico-social.
Por supuesto, el hecho de que nuestras dos protagonistas, Manuela y Beatriz, presenten diferentes actitudes frente a sus madres y frente a la definición de su propia identidad como mujeres no se debe exclusivamente a las características de sus respectivas generaciones. Sus posiciones, hasta cierto punto opuestas, están altamente influidas por su pertenencia a grupos sociales, políticos e históricos distintos y también por sus circunstancias personales. En este sentido, es necesario enfatizar que, aunque existen similitudes entre las situaciones de las dos protagonistas, grandes diferencias se manifiestan en los textos, divergencias determinadas no sólo por su género sino también por otras variables de carácter cultural y personal.
Manuela y Bea pertenecen a familias disfuncionales en las que la figura del padre está generalmente ausente, y cuando está presente, es extremadamente violenta y disruptiva. Ambas protagonistas buscan refugio emocional en personajes distintos a la madre; la huída de la situación problemática en la que se encuentran aparece emparejada con el abandono de la ciudad que las ha visto crecer, Barcelona y Madrid respectivamente. No obstante, sus entornos socio-económicos y sus experiencias culturales y educativas divergen ampliamente, al igual que el resultado de la revisión del pasado que constituye el texto, lo cual es un efecto obvio de las diferencias sociales, temporales y geográficas de los escenarios. Mientras Un calor tan cercano se sitúa en la Barcelona obrera y, en su mayoría, perdedora de los años cuarenta y cincuenta, Beatriz y los cuerpos celestes se ambienta en el Madrid burgués de los ochenta y noventa.
Para el presente estudio, me concentraré en un elemento fundamental en las dos novelas mencionadas: la representación de la relación madre-hija, ya que, y quizás anticipándome a la conclusión del análisis, considero que los diferentes enfoques de dicha relación parecen ser característicos de diferentes generaciones (en términos generales) de mujeres en España, y están directamente relacionados con la evolución de la situación de la mujer en la España del siglo XX y con el debate entre el feminismo de la igualdad y el feminismo de la diferencia.
Mediante la exploración de la relación madre-hija, la narración de Un calor tan cercano ofrece una revisión del pasado desde una perspectiva subjetiva en la que la madre aparece como protagonista de una experiencia originada en “la estrategia de repliegue de una mujer acobardada en una época difícil”, como la misma narradora, Manuela, considera al referirse a su madre [14].
En Beatriz y los cuerpos celestes, sin embargo, no se observa un análisis explícitamente crítico del pasado reciente, excepto en los varios comentarios circunstanciales sobre la Sección Femenina y su modelo de mujer, siempre asociados con Herminia, la madre de Beatriz. Asimismo, no existe un cuestionamiento de la experiencia materna en tanto en cuanto ha sido profundamente marcada por el pasado reciente, obviamente silenciado social y políticamente. En todo caso, la narradora ofrece una racionalización de la identidad de Herminia, o, más correctamente, de su falta de identidad, pero no se advierte un intento de comprensión y asimilación de la misma como parte integral de la transmisión generacional de la memoria de las mujeres. De hecho, lo que sí se observa claramente es una ruptura total con el pasado, tanto personal como colectivo.
En ambos casos, no obstante, es evidente que la transición del orden semiótico al simbólico se ve claramente reflejada en la relación con la madre, ya que tanto Manuela como Beatriz rechazan lo que sus madres representan. Mercedes y Herminia aparecen como madres castradoras y como perpetuadoras del modelo de mujer patriarcal (el ángel del hogar) que las dos protagonistas comienzan a desafiar a edades tempranas: Manuela a través de sus excursiones con Ismael al mundo exterior del Barrio Chino, y Beatriz mediante su amistad con Mónica. En relación al vínculo semiótico con la madre, es interesante observar cómo la única fantasía de re-conexión con la madre en el caso de Manuela, representada en los sentimientos de la niña en relación a su madre, aparece relacionada con el agua y los sentidos, con la excepción de la vista: el olor de la madre, el calor de su piel, todas éstas, sensaciones asociadas con los ‘otros’ sentidos [15]. Un bellísimo ejemplo de este retorno al vínculo perfecto con la madre es ofrecido por la narradora cuando va con su madre a los baños públicos:
Aquellas contadas sesiones de higiene de película, a las que nos sometíamos con pudoroso placer, poseían una cálida promiscuidad de la que carecía nuestra vida cotidiana, acotada por los severos vestidos de mi madre, que parecían determinar la rigidez con que me hurtaba sus efusiones. Era, pienso ahora, cuando ya es tan tarde, como si sólo lejos del piso de los tíos, y desnuda, fuera capaz Mercedes de recuperar algo de su profunda indefensión para ofrecérmelo como un amago de ternura, como una forma física de acercarme al esquivo misterio de su amor por mí. [16]
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