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La relación madre-hija en Un calor tan cercano de Maruja Torres y Beatriz y los cuerpos celestes de Lucía Etxebarria - Sobre Conflictos Generacionales (II)

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17 de Septiembre de 2006
Historia de la literatura

En el caso de Beatriz, el paso de lo semiótico a lo simbólico parece manifestarse en relación a la madre a medida que la niña contacta con el mundo exterior y se aleja progresivamente del ámbito privado de la madre: “[Mi madre] sentía que la abandonaba, que me disponía a irme dejándola clavada a aquella casa, a aquella vida sin sentido de la que yo podía escapar, pero ella no” [17]. Esta separación voluntaria que la niña comienza a efectuar también tiene como consecuencia inmediata que la madre se esfuerce por retener a la hija, y estos esfuerzos maternales conducen al conflicto y ruptura finales.

El comportamiento del personaje de Herminia en Beatriz y los cuerpos celestes puede explicarse ciertamente en su relación con el modelo femenino institucionalizado por el régimen franquista, ya que la madre de Beatriz aparece descrita como “el orgullo de la Sección Femenina, la santa patrona de la abnegación y el sacrificio” [18]. De hecho, Herminia es una ejemplo de las mujeres educadas en las Escuelas de Hogar, donde “se aprendían los conocimientos necesarios para desempeñar su labor como esposas y madres de la nueva España” [19]. Además de representar el estereotipo del ángel falangista del hogar, Herminia también intenta imponer constantemente la norma a su hija Bea, dictándole lo que puede y no puede hacer: “Una mujer, me decía mi madre, no debe ir sola a un bar” [20]; y cómo comportarse como una señorita y marcar o enfatizar su feminidad: “He escuchado interminables peroratas de mi madre sobre mi aspecto y sobre la necesidad de que compre faldas y me deje crecer el pelo” [21]. En resumen, Beatriz ve a su madre como la figura castrante o fálica cuyo objetivo primordial es la perpetuación de la mística de la feminidad española en la que ella misma ha sido educada:

Lo importante era la renuncia, la sumisión a un poder ajeno, impuesto y absoluto, que exigía la entrega de lo íntimo en nombre de los sagrados valores de obediencia familiar. Se suponía que yo debía aprender a negarme a mí misma y a amoldarme, a aceptar normas y convenciones por incomprensibles que parecieran, asumiendo que se establecían porque eran buenas para mí. [22]

De este modo, Beatriz debe aspirar a ser un reflejo de su madre; debe acatar las leyes familiares y convertirse en la esposa y madre sumisa que, al igual que su propia madre, no será feliz en su matrimonio y, aún así, se resistirá al cambio que la liberaría de su papel subordinado y de una existencia infeliz: “Mi madre no pensó jamás en separarse. Faltaría más: ella era católica practicante. Su religión era lo más importante en su vida […] Su marido no la quería (o no la quería como ella hubiese querido que él la quisiese) y ella sólo podía ser esposa y madre: ni había deseado ni le habían enseñado otra cosa” [23]. Obviamente, puede verse aquí que Herminia no es representativa de la nueva generación de mujeres a las que, en la década de los sesenta, Sección Femenina urgía a integrar “two distinct representations: the traditional one, a feminine-cum-domestic woman; and a feminist one, albeit of a restrained kind, the educated working mother and successful single young woman” [24]. En este sentido es también interesante observar como la narradora nos muestra una imagen de la madre que aparece como representante de ese colectivo de mujeres que son percibidas por sus hijas como las “madres [que] aguantan los golpes del marido … porque se ven como unas inútiles que no aportan nada a la economía familiar … y crecieron en la creencia del valor del trabajo doméstico.” [25] Y es precisamente esta percepción la que hace a la hija rechazar el modelo ofrecido por la madre.

Por el contrario, aunque la problemática relación de Mercedes con su hija Manuela podría entenderse también en términos de reproducción generacional o perpetuación del estereotipo femenino, las razones para esta aparente continuación son diferentes. Mientras que Herminia cree firmemente en lo que predica a Beatriz, la aparente crueldad de Mercedes y su frialdad para con Manuela están directamente relacionadas con el tono que domina el libro, marcado por la resignación, la frustración y el miedo. Un claro ejemplo de este comportamiento se encuentra en la actitud de Amalia y Mercedes cuando las señoritas del Auxilio Social vienen a visitarlas. En palabras de la propia Amalia: “No es por lo que nos dan, sino por el daño que podrían hacernos, hay que estar a bien con esta gente” [26]. Las hermanas tienen que representar una farsa en la que fingen estar transmitiendo a Manuela los preceptos morales de la Sección Femenina, mientras que la realidad es completamente opuesta, pues la situación familiar no se corresponde en absoluto con “the state-projected norm” [27].

No obstante, la cuestión fundamental aún permanece sin respuesta: si tanto Manuela como Beatriz, mediante el ejercicio de revisión del pasado, rechazan lo que sus madres representan, ¿por qué hay diferencias tan claras, al menos en mi opinión, en el resultado de dicha exploración?

A mi modo de ver, la clave a esta pregunta reside en el conocimiento y entendimiento del pasado. Primeramente, las mujeres españolas en su colectividad pueden considerarse como víctimas del Régimen, ya que la imposición del modelo ideal de mujer franquista afectó a todas las mujeres sin importar su clase social, procedencia y/o la ideología política con la que se asociaban. Sin embargo, en el caso de las obras aquí estudiadas, existe una diferencia clara entre ambas madres. Mercedes es obviamente consciente de sus propias circunstancias y se refugia en la relación con su hermana, pero la narradora sabe que, en el fondo, Mercedes lamenta su propio comportamiento con su hija Manuela. En cierta manera, Mercedes parece reconocer la imposibilidad de darle una vida normal a Manuela y por eso aparenta rechazar cualquier vínculo afectivo con su hija, ya que en realidad Mercedes desea liberarla del anquilosamiento y asfixia de su entorno familiar: “[…] nunca pensé que sus frecuentes invocaciones a mi desaparición mediante fórmulas relacionadas con la asfixia […] significaran desamor por su parte, sino, simplemente, que habría preferido que las cosas fueran de otra manera” [28]. Beatriz, en cambio, no intenta en ningún momento explicar el comportamiento de su madre a través de la contextualización histórico-social de su experiencia. Para Bea, su madre intenta agarrarse a ella porque, en su infeliz matrimonio, su hija es lo único que le queda. Asimismo, el conflicto entre estos dos personajes se acentúa debido a la actitud rebelde de Bea, que comienza a desarrollarse en sus años adolescentes y que viene a representar la típica rebelión joven en la España de los ochenta y mucho más radicalmente en los noventa, rebelión muy distinta a la de los años anteriores, pues está marcada irremediablemente por los efectos de la desmemoria política: “Al fin y al cabo ésa era la idea, ¿o no? Escuchar una música determinada, vestir de cierta manera, arreglarte el pelo de un modo absurdo. Cosas que tus padres no entendieran, o no aprobaran. Si no conseguías escandalizarles, señal de que te habías equivocado, de que no eras lo bastante cool” [29].

Como anotación anecdótica y totalmente personal, he de añadir que yo también era algo parecido durante mi adolescencia en los años ochenta. En aquella época, yo pensaba que mis padres no me entendían, que éramos de planetas diferentes … Sin embargo, hoy por hoy, lo veo de otra manera: el país estaba cambiando a una velocidad exorbitante, y muchas personas de la generación de mis padres no estaban preparadas para asimilar los cambios que se estaban produciendo: el conflicto generacional estaba destinado a materializarse en las relaciones personales.

Sin embargo, el conflicto no era el único problema, sino que también era necesario buscar una solución a dicha confrontación. Es aquí donde aspectos generacionales y sociales cobran suma importancia. Las carencias que Manuela y su familia sufren durante la infancia de la niña hacen que la protagonista contextualice y comprenda la experiencia de su madre desde una perspectiva histórico-social, ya que tanto el conflicto generacional que se manifiesta entre la protagonista y su madre como el ejercicio de revisión que supone el texto están muy marcados por los cambios políticos que comienzan a producirse en España en los años sesenta y que afectan directamente a la generación representada por Manuela:

Ahora sé que mi madre pensó en mí hasta el final, y sé también que nunca dejará de maravillarme la sutileza con que la defraudada muchacha que aún respiraba entre los pliegues de su inexpresiva vejez actuó para que yo lo supiera. Aquí estoy, compréndeme. Mídeme con la vara de tu propia experiencia, no juzgues la derrota de mi vida con más severidad de la que usarás para juzgar la tuya.

Es su herencia, metida en una caja de zapatos. Que aprenda a amarla, como nunca la amé, por el camino de la compasión. [30]

De este modo, la conclusión final a la revisión de la infancia, obviamente marcada por la falta de una relación satisfactoria con la madre, se manifiesta en la forma de una reconciliación póstuma con la madre muerta, un entendimiento de sus circunstancias y la asimilación de la experiencia de Mercedes, que ha dejado una clara impronta en la memoria de la narradora.

Por el contrario, Beatriz concibe la situación de Herminia como el resultado de un cierto determinismo social que no es explorado en el texto:

¿Qué culpa tuvo mi padre de que le endosaran de por vida a una niña malcriada a la que casi no conocía, y a la que nadie le permitió conocer? ¿Qué culpa tuvo mi madre de encontrarse de la noche a la mañana encerrada en un piso enorme junto a un hombre que nunca estaba y que no le hacía el menor caso? Nadie le había enseñado a valerse por sí misma, no la prepararon para lo que se avecinaba. No, no hay culpas, solo causas. [31]

Se observa entonces una racionalización final de las circunstancias y experiencias maternas, pero no se produce ningún tipo de reconciliación y no se llega a un entendimiento de dichas experiencias; en claro contraste con la protagonista de Un calor tan cercano, Beatriz efectúa una ruptura radical con su madre, una separación que había comenzado años atrás en su adolescencia. El resultado final de esta escisión se traduce también en una interrupción de la continuidad generacional, o lo que se ha llamado al principio de este estudio, reproducción generacional, ya que la experiencia de la madre no es asimilada ni entendida, sino solamente racionalizada y rechazada, con lo cual parece borrarse de la memoria de la protagonista, debido a su propio deseo de un nuevo comienzo.

Para concluir, se puede decir que los textos estudiados ofrecen aproximaciones muy diferentes a la relación madre-hija, y esta diferencia es de esencial relevancia a la hora de alcanzar un entendimiento profundo de la historia de las mujeres españolas. En ambos casos, Manuela y Beatriz realizan un ejercicio de revisión del pasado propio, en el cual la conexión con la madre y la separación de la misma cumplen un papel primordial en el desarrollo de la identidad textual.

Las consecuencias finales de dicho ejercicio de la memoria son también importantes a dos niveles: todos los personajes en ambas narraciones y sus entornos respectivos representan diferentes etapas de la historia primeramente personal pero a la vez colectiva de un país en el que el cambio radical, aunque paulatino, de una dictadura a un sistema democrático es posible gracias al establecimiento de un silencio colectivo o desmemoria que comenzó en 1939 y que, en ciertos aspectos de nuestra sociedad, aún está vigente.

Finalmente, la posición de las narradoras respectivas, y en cierto modo de las escritoras en cuestión, difieren sobremanera, especialmente en lo que se refiere a su relación con el desarrollo del feminismo en España y el resto de Europa. La novela de Maruja Torres aparece como epítome de una experiencia femenina radicalmente diferente a la masculina. En cambio, Lucía Etxebarria, al hacer a su protagonista rechazar el vínculo con la madre y las diferencias de género, parece hacer un manifiesto a favor de cierto tipo de feminismo andrógino (¿posfeminismo?) en el que se borran las fronteras genéricas y se celebra la naturaleza humana, a pesar de su posmodernidad y la alienación y fragmentación del sujeto que obviamente conlleva.

En cualquier caso, ambos textos son de gran valor al ofrecer experiencias noveladas pero a la vez esenciales para el estudio de la situación de las mujeres en España. Estas novelas no se excluyen, sino que se complementan la una a la otra, contribuyendo a la representación literaria de la experiencia femenina dentro de su diversidad y quedando así como textos útiles para las generaciones de mujeres presentes y futuras que deseen indagar en la experiencia de mujeres resignadas como Mercedes, pasivas como Herminia, e incluso rebeldes como Beatriz, mujeres todas ellas representativas de nuestra experiencia reciente.

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