La antropología podía mostrar la presencia y la legitimidad de una pluralidad de opciones de vida a través del objeto privilegiado de la investigación etnológica tradicional: el
parentesco, interculturalmente contrastado. “El estudio del parentesco en las diferentes culturas podía considerarse como la afirmación de una respuesta plural a unos elementos uniformes de la naturaleza” [
NOTA 2]. Nunca se puso en duda que “el parentesco es un hecho social.” [
NOTA 3] Sociedades hay muchas, pero esto no fue un principio rector de la Sociología.
Lo que a una
sociología de la vida cotidiana le parece novedad en las “disputaciones” sobre varios de sus aspectos dentro de una “sociedad capitalista avanzada”, esto es, que “las cosas podrían ser de otra manera”, que “no son necesariamente, naturalmente, como son ahora y aquí”, forma parte del repertorio antropológico desde hace ya bastante tiempo.
Puesto que “la naturaleza se refería a la uniformidad y la cultura a la diversidad,” [
NOTA 4] en una búsqueda de cuál es la naturaleza humana, la antropología, desde sus inicios, ha ido poniendo sistemáticamente en duda la “naturalidad” de usos, costumbres y prácticas, concepciones explícitas e implícitas elaboradas tras un horizonte particular de sentido, mostrando su convencionalidad, su secularidad y su historicidad.
Desde los inicios decimos, la antropología es escéptica con la naturalidad de nuestras prácticas, aún entonces cuando la diferencia era explicada como un momento o etapa particular de una historia universal de la humanidad, a la que seguiría otra tras otra, hasta una convergencia teleológica en la civilización, representante de todo lo bueno, lo racional, la cúspide, el cenit del hombre. Pero mostrando siempre la diferencia, hemos tenido que renunciar a la certidumbre de la bondad, la conveniencia y la adecuación de lo propio.
Allí la lección crítica ha sido clara, pero sólo ahora la sociología la contempla: «veamos si es bueno o no, porque natural no es» [
NOTA 5]. No puede justificarse un
status quo por asumirlo
natural, porque esto contribuiría a tenerlas por necesariamente inmutables e intocables: “la naturaleza significa siempre una independencia, una separación de la actividad humana” [
NOTA 6].
Si el
status quo causaba perjuicios sobre los hombres, su carácter “natural”obligaba a desechar toda perspectiva crítica. Rechazar la naturaleza era aberración, degeneración. Pero no todos se han comido el cuento. Entre tantos cuentos, un mitólogo recogerá muchas variantes y no podrá privilegiar ninguna. Se hará posible la perspectiva crítica. Las variantes del cuento humano las recogió la etnografía. Era la voz crítica de occidente, y ahora la antropología sabe bien que nuestras acciones y pasiones, pareceres y distinciones, placeres y sufrimientos, ideales y materiales
“son cosas que dependen de cómo la sociedad —una sociedad que no es nunca la única posible, aunque no sean posibles todas— nos la defina, limite, estimule o proponga. La sociedad nos marca no sólo un grado concreto de satisfacción de las necesidades sino una forma de sentir esas necesidades y de canalizar nuestros deseos.” [
NOTA 7]
Nuestra propia vida no es natural. La noción que el sociólogo (uno como J.-V. MARQUÉS) descubre como una veta a explorar/explotar, es axioma del etnólogo [
NOTA 8]. “Casi nada es natural. Tampoco tiene por qué serlo. Es imposible El ser humano es cultura, para bien y para mal” [
NOTA 9].
Pero en momentos en que se proclama la muerte de Dios, el fin de las ideologías, el fin de la naturaleza y que después de la muerte
¡del hombre! ahora
todo es
posible, ¿es el fin de la cultura? ¿O es el fin de una manera de concebir al hombre y a la cultura y a sus relaciones con la naturaleza? ¿Es el momento de que el hombre se vuelva a rehacer a sí mismo?
Uno de los padres fundadores de la antropología, E. B. TYLOR, en su definición ya introyectada en el noviciado hasta alcanzar estatus de la salmodia y la monodia gregoriana, hacía de la cultura un complejo de usos y costumbres. El primer diccionario de la Real lengua aquí inscrita, hoy elevado a la regia dignidad de
Diccionario de Autoridades, había definido el adjetivo
etnológico como
secular, es decir lo que es de este tiempo, y no necesariamente de otro; lo particular, profano, vulgar, mutable, lo sujeto a los caprichos de la moda, lo cultivado en lo cotidiano, lo que era, en fin,
humano, ajeno (por la ignorancia y el pecado, los atentados a la fe y a la razón) a lo absoluto, sagrado, intemporal, eterno y universal, inmanente desde el principio, que suponía lo
divino.
Así que lo etnológico (secular), lo popular (lo propio de los pueblos), “son costumbres”. Pero, esto es querer reponer una “naturalidad” en ellas, porque serían lo adecuado, lo conveniente, lo necesario: al fin, conformes, que todo debía haber sido así. Cuidémonos de esto, pues como MARQUÉS advierte:
“«Lo que hacemos» no es, sin embargo, La Vida.” [
NOTA 10]
“Hay quien dice que «son costumbres» como si, reconocido el carácter no natural de las maneras de vivir, éstas fueran resultado de un puro azar, cuando en realidad nos reenvían una y otra vez a los datos fundamentales de la sociedad.” [
NOTA 11]
Considerando que “nada de lo que hace es natural, que casi todo podría ser de otra manera y que, sin embargo, no es casual que sea como es” [
NOTA 12], reconocemos una
antropopoética, una poesis o poiesis de lo humano, una capacidad y una facultad de los hombres de generarse a sí mismos. Agentes antes que pacientes, nos exigimos que seamos sujetos
de nuestras propias vidas como predicados, antes que sujetos
a las prédicas de estructuras escleróticas y anquilosantes, que
nos viven antes que dejarnos vivir
en o
con nuestros semejantes y diversos. Debe escapar de su encierro el hombre que “crea sus propios barrotes. Los mismos que llegan a estrecharnos y a ahogarnos en una especie mar de inautenticidad, donde la libertad y la realización plena del hombre poco importan…” [
NOTA 13]
Es necesario aprender a desaprender y a reaprender y a lidiar con no haber aprendido y de carecer de referentes. La suprema novedad exige los más altos vuelos de la más libre imaginación creadora. “Al penetrar en el mañana, millones de hombres y mujeres corrientes se encontrarán frente a opciones tan cargadas de emoción, tan desconocidas, tan originales, que de poco les servirá la experiencia para tomar una decisión” [
NOTA 14]. Una vez más, después de tantas otras veces, los hombres tendrán que demostrar que su sistema adaptativo está orientado hacia la flexibilidad del yo y sus “excreciones” sobre el cuerpo social, las ideas. Antes de la proclamación de la I República española, tiempo en que la consigna
también era el cambio, el intelectual revolucionario Francisco PI I MARGALL, comentó en 1869:
“Se suele mirar hoy con grande desdén todas las ideas encaminadas a transformar nuestras viejas y carcomidas Sociedades: el agua filtra las más duras rocas, cuanto más los leños gastados por la podredumbre; y las ideas, sería temeridad negarlo, filtran algo más que el agua.” [
NOTA 15]
Liberarnos de la esclavitud de las costumbres, emanciparnos de la dialéctica con el amo del seguimiento ciego a la “tradición” y sus auto-legitimados jerarcas que nada nos han consultado, nos exige una reflexividad acerca de nuestro entorno y nuestras personas, para que aparezca una
política de la vida [
NOTA 16], donde debemos ser activistas, críticos de nuestras opciones, de nuestros estilos de vida dados o elegidos, puesto que si casi nada es natural y casi todo podría ser de otra manera, algún rol debemos jugar en nuestras propias vidas: como no es necesario que sea así, no necesariamente es bueno, algo puede cambiar según lo que optemos por —quizá— mejor. “Si he descrito de este modo la vida cotidiana de la gente se debe, obviamente, a que no me gusta.” [
NOTA 17]
“Esta pequeña introducción impresionista a una sociología de la vida cotidiana insistirá siempre sobre… que las cosas podrían ser —para bien y para mal— distintas…. Que no podemos entender cómo trabajamos, consumimos, amamos, nos divertimos, nos frustramos, hacemos amistades, crecemos o envejecemos, sino partimos de la base de que podríamos hacer todo eso de muchas otras formas.” [
NOTA 18]
La vida cotidiana de la gente, y la propia, que puede no gustarnos y en la que nos hemos visto obligados a participar como culposos cómplices pasivos al permitir que se la naturalice, MARQUÉS la expone haciendo un seguimiento del ciclo de vida de cualquiera de nosotros. Esos pequeños y grandes momentos de la existencia, deben pasan a examen, en un momento de tránsito entre grandes formas de vida, donde la crítica y el desmontaje de los mitos cotidianos se facilitan al revelarse sus costuras.
“No podemos legislar de antemano cómo vivirán las personas en un orden social semejante: es cosa que se ha dejar en sus manos, cuando realmente se produzca” [
NOTA 19]… y se produce ante la vista de todos, desgarrando los ojos de unos, cegando a otros. Y no toca a legislador alguno practicar la cirugía aún, no quiera causar desbarajuste. La tal crisis de la modernidad, que quizá no sea sino un acomodamiento en una
ultramodernidad, pone al descubierto las contracciones y relajamientos musculares, las enervaciones y los trastornos digestivos surgidos en ese movimiento reflejo. Y pone a nuestra disposición reflexiva opciones: “Con el nivel tecnológico actual son posibles diferentes formas de vida.” [
NOTA 20]. Pero denuncia que está disponibilidad está sujeta a precios y a poderes adquisitivos
La “predominancia de lo arbitrario social sobre lo natural no implica que cualquier tipo de convención social sea posible” [
NOTA 21]. Algo es posible porque se tiene poder y potencia para realizarlo. Ha de indagarse quién tiene el poder cuando se afirma “tenemos poder suficiente para moldear el cambio. Podemos escoger entre varios futuros. Pero no podemos conservar el pasado.” [>STRONG>NOTA 22] Es importarse plantearse la pregunta: la historia —presente, pasada y futura— será propiedad de un amo: el amo de la tecnología del cambio, que administrará extremaunción a la tradición, lo conocido y lo estable: la naturaleza, el parentesco, el matrimonio, la familia. “En nuestras formas familiares, en nuestras relaciones económicas, científicas, tecnológicas y sociales, tendremos que enfrentarnos necesariamente con lo nuevo.” [
NOTA 23] Qué queda, qué aparece, qué debemos transformar, a qué debemos renunciar, no son preguntas de fácil respuesta. Pero la respuesta es vital. “En este medio, cambiante e ignorado, nos veremos obligados a seguir el ondulante camino de la vida, a decidir personalmente entre una variada serie de opciones.” [
NOTA 24].
Notas
- J.-V. MARQUÉS, No es natural (Barcelona: Editorial Anagrama, 1983), p. 13.
- J. BESTARD, Parentesco y modernidad (Barcelona: Ediciones Paidós Ibérica, 1998), p. 202.
- Ibíd., p. 204.
- Ibíd., p. 202.
- Marqués, op. cit., p. 13
- Bestard, op. cit., p. 203.
- Marqués, loc. cit., p. 17.
- En cambio, al sociobiólogo y el biólogo cognitivo, discutirán el peligro totalitarista de asumir las dos opciones maniqueas: que todo es natural, que todas las diferencias son producto de la naturaleza, como querría el totalitarismo racial nazi, o que nada, absolutamente nada, es natural, como querría el totalitarismo conductista y ambientalista marxistoide.
Se da la tercera opción ecológica de insertar al hombre en su mundo, el conocimiento en la naturaleza, sin recurrir, y más bien renunciando, a un dualismo desgastado que divorcia naturaleza/cultura (
nurtura/natura, cuerpo/mente) ni cayendo en un reduccionismo monista y materialista chato, reconociendo siempre acerca de lo innegablemente “natural” que “cómo se concrete todo eso depende de las circunstancias sociales en las que somos educados, maleducados, hechos y deshechos”, como pide MARQUÉS, op. cit., p. 17.
“¿Acaso no importa cómo y cuándo naces, qué ganas y qué pierdes al crecer, por qué reproduces y de qué y con qué humor te mueres?”, pregunta en la p. 18.
La respuesta es:
sí.
Piénsese en la vigorosa obra de G. BATESON, H. MATURANA, F. VARELA, E. MORIN, etc.
- MARQUES, loc. cit., p. 197.
- Ibid., p. 16.
- Ibíd., p. 15.
- Ibíd., p. 197.
- G. MARTIN, en O. RODRÍGUEZ, El antropólogo como objeto (Caracas: Fondo Editorial Tropykos, Ediciones FACES/UCV, 1994), p. 178.
- A. TOFFLER, El shock del futuro (Barcelona: Plaza & Janés Editores, 1999), p. 270.
- F. PI Y MARGALL, “Prólogo”, en P. J. PROUDHON, Solución al problema social (México: Premia Editora, 1977), p. 19.
- A. GIDDENS, Modernidad e identidad del yo (Barcelona: Ediciones Península, 1997).
- MARQUÉS, op. cit., p. 197.
- Ibíd., p. 16.
- GIDDENS, op. cit., p. 269.
- MARQUÉS, op. cit., p. 16.
- BESTARD, op. cit., p. 211.
- TOFFLER, op. cit., p. 270.
- Ídem.
- Ibíd., pp. 270-271.