Capitulos de este wiki
  1. 1 La obra narrativa de Espido Freire (I)
  2. 2 La obra narrativa de Espido Freire (II)
  3. 3 Bibliografía
  4. 4 Notas

La sugerencia de la trama o la magia narrativa de Espido Freire - La obra narrativa de Espido Freire (I)

1 - La obra narrativa de Espido Freire (I)

Artículo creado por Mónica Poza Diéguez. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero20/freire.html
07 de Septiembre de 2006

“El sol fue claro aquella temporada. Recuerdo que estaba en mi salón pintando y hablando con Tausthorn. Por entonces pintaba una especie de estrella de cristal. En el interior de la estrella, yo misma pintaba de nuevo el cuadro. Tausthorn me preguntó si eso era para mí Pheasant Hill. Negué; es mi reino. Soy la reina aquí”.
(Espido Freire, Donde Siempre es Octubre)

 

Espido Freire es una autora que podría enmarcarse dentro de lo que actualmente se conoce como literatura de jóvenes narradores en España. Sin embargo, tanto por las características de su obra, como por la entidad de la propia autora es posible que esta adscripción resulte, cuando menos, imprecisa, pues esta escritora lleva ya muchos años de andadura, respaldada por un bagaje intelectual envidiable y una pasión precoz. El único motivo que podría aducirse para encuadrarla dentro de ese nutrido grupo de jóvenes narradores sería su edad, veintiséis años, una razón, a todas luces insuficiente, puesto que cualquier disciplina que pretenda trabajar con un mínimo rigor científico ( y la Crítica de la Literatura es una ciencia) no puede ni debe hacer consideraciones de esta clase. La Historia, en todo caso, será la que sitúe a Espido Freire en el lugar que le corresponda, aunque, sin duda alguna, ya ha hecho mella en las letras españolas, y no por su edad, sino por la calidad de su obra y la gran aceptación que ésta ha tenido entre el público español. En esta conferencia intentaremos analizar algunos de los aspectos de su trabajo, que tanto la distinguen de otros escritores y que la reafirman como un valor seguro frente a tanta literatura efímera, como hay en la actualidad. Para ello nos hemos apoyado, especialmente, en el análisis de su primera novela: “Irlanda” y de un relato magistral publicado en la antología “Lo del amor es un cuento” intitulado: “Sinfonía”.

Irlanda es una novela breve con la que Espido sorprendió en 1998 a crítica y público. Construida a partir de un cuento que había escrito a los dieciséis años, Irlanda es una de las mejores maneras de adentrarse en el original imaginario de esta escritora. Narrada en primera persona no sólo nos cuenta la historia de Natalia, a través de cuya voz el lector observa, deformada, la realidad; sino que nos plantea difíciles, pero siempre apasionantes, cuestiones como la fascinación por el Mal o el ambiguo mundo de las apariencias, en el que el Bien simplemente consiste en el respeto de unas normas sociales que procuren el acatamiento de un determinado sistema de valores y, sobre todo, en alcanzar el éxito. El lector recorre las páginas de Irlanda y atraviesa paisajes húmedos y ensombrecidos en los que la frontera entre la vida y la muerte se desdibuja a cada línea; en los que las fuerzas telúricas y sobrenaturales llegan a unirse creando un universo desatado, donde la lucha de poder entre Natalia y su prima Irlanda (y lo que ambas representan) llega a desarrollarse con una intensidad progresiva que alcanza su momento cumbre en el final trágico de la novela, momento en el que al lector se le revela el rostro de la voz que lo ha ido guiando página a página, y por qué no decirlo, seduciendo perversamente: la de Natalia.

Ha muerto Rosario, la hermana de Natalia y sus padres opinan que sería bueno que su hija mayor pasase unas vacaciones de verano en un caserón de sus tíos, con sus primos Roberto e Irlanda. Natalia se reúne con sus primos y con los amigos de éstos, pero el círculo que todos ellos conforman no parece dar cabida a Natalia, quien descubrirá el mundo sutil de los adultos. Se mantendrá un duelo entre las dos primas que finalizará de manera trágica.

Espido Freire, en sus obras, ha concedido, por lo general, más entidad e importancia al sexo femenino. Así ocurre en Irlanda. A las dos primas no las enfrenta el amor por un mismo hombre, Gabriel, amigo de Irlanda y al que ésta conquista. De hecho, Gabriel es sólo la excusa por detrás de la cual subyacen el litigio por una casa, que enfrenta a las respectivas familias, el protagonismo dentro de su propio círculo de amistades, con la consiguiente posibilidad de erigirse en líder, y el éxito que tantos beneficios reporta, consecuencia de lo anterior. Asimismo, la lucha enfrenta dos concepciones distintas de la vida que hacen que Irlanda y Natalia se conviertan en antagonistas auténticas. Mientras que Natalia representa la perturbación, la inmadurez, la incapacidad de adaptarse al universo regido por las convenciones propias de los adultos, Irlanda es el prototipo ideal de muchacha que domina todos los resortes de un mundo convencionalizado en el que la apariencia adquiere más importancia que el ser. De esta forma, Irlanda representa la idea del Bien puesto que su comportamiento es el más correcto o deseable. No sólo eso, su aspecto físico también es el más admirado porque se ajusta a los cánones de belleza que rigen este imperio de lo que se entiende por madurez, y que tantas veces se infiltran en la infancia, condicionándonos desde niños a admirar y desear unos rasgos determinados con el rechazo consiguiente de otros favoreciendo, por tanto, la idea de que lo diferente es raro, menor y reprobable; favoreciendo, en definitiva, el rechazo de todo lo que no responda a ese modelo, la visión maniquea de una única realidad posible. Irlanda es simpática, educada, cortés, rubia, de ojos azules y su piel es blanca como la nieve. Sin embargo, en su relación con Natalia, morena, extraña en sus hábitos, poco sociable, etc; el lector se topa de bruces con una Irlanda brumosa, enigmática, fría y cruel, haciendo así honor a su propio nombre que, tal y como se indica en la propia novela, proviene del étimo Hibernia, y significa “país de los hielos perpétuos”. Pero Irlanda parece trascender al propio personaje que encarna este nombre. Irlanda en esta novela lo es todo. El caserón antiguo en el que se desarrolla la trama. Una enorme casa de características góticas que se va desmoronando como el propio equilibrio psicológico de la voz narrativa, Natalia, que es (y esto no debería olvidarlo nunca el lector) la voz que lo va guiando a través de las páginas, al más puro estilo de Edgar Alan Poe. El paisaje que rodea al caserón es un paisaje sombrío y abundante en malas hierbas, zarzas, ortigas... Y más allá se extiende el bosque de castaños y laureles oscuros, símbolo éste tras el que se oculta la figura de la autora. La tortura a la que somete a Natalia todo un cortejo de espectros como la tortuga de su hermana muerta. Todo ello es Irlanda. Asimismo, la invasión de lo frío, de lo helado que congela la vida, y así, el espacio se acerca a lo mítico, allí donde el tiempo ya no transcurre, a pesar de que algunos objetos contemporáneos pretendan contribuir, en cierto modo, a situar esta historia; a pesar de que los viejos vestidos que encierran los arcones de la casa pretendan impregnar el aire con su melancólico olor a tiempos pasados ideales. Por esto, la dimensión simbólica de esta novela es de capital importancia.

En Irlanda los símbolos juegan un papel predominante, sobre todo porque nos insertan dentro del mundo de lo onírico, de lo sobrenatural. En este sentido, Irlanda no sólo le debe mucho a grandes autores de la literatura universal y que tan bien ha asimilado la joven escritora sobre la que versa esta ponencia; también le debe mucho al mundo céltico que ella conoce a la perfección, tanto por sus raíces gallegas, como por su propio interés en todo lo que se refiere a esta cultura. De tal forma, Natalia se convierte en un inquietante personaje que entra en contacto con fuerzas que están más allá de la realidad. Es la druidesa que conoce, ama, colecciona y utiliza las plantas para llevar a cabo sus fines. Sin embargo, precisamente por ello, este ser frágil, casi transparente como un fantasma, es traspasado por una realidad implacable que no puede dominar y a la que sortea con torpeza, a diferencia de su prima. Esta situación la va desequilibrando progresivamente y es ahí cuando el espacio mítico de Irlanda comienza a sufrir resquebrajamientos. Absolutamente febril, acosada por las intrigas de su prima y por los fantasmas que la visitan por la noche, atormentada por un enorme complejo de culpa, Natalia revela al incrédulo y absorto lector su verdadero rostro. El misterio de la muerte de Sagrario, su hermana, con el que comienza la novela queda desvelado. Y asimismo las de la tortuga, el gato, y se intuye que otras cuantas más en el largo y terrible currículo de esta muchacha perturbada hasta extremos criminales. La luz que nos había guiado, que nos había puesto a nosotros, lectores, de parte de la narradora y en contra de Irlanda se revela como una fuerza asesina sin control de la que hemos llegado a ser cómplices. La pluma de Espido Freire ha construido un universo en el que la sutileza va marcando el discurrir de la trama. Los datos que se le suministran a quien lee su primera novela son administrados con cuentagotas, en dosis justas para que el lector realmente acabe siendo atrapado dentro de una meticulosa tela de araña en la que termina por reconocerse seducido, que no engañado, (pues no hay trampa ni artificio, sólo hay que echar la vista atrás para ver que no se omitieron datos, ni se dieron giros espontáneos), por la narradora. El final, absolutamente consecuente, de gran simbolismo nos deja perplejos, ya que Irlanda cae desde la balconada decrépita de una de las habitaciones del caserón al pozo en plena pelea con Natalia. Una muerte de cuento, al más puro estilo tradicional, pero de la que no se llega a saber con certeza si se produce por accidente o no. Atendiendo al plano simbólico podría decirse que quizá ambas respuestas sean acertadas, ya que el caserón y la psicología de Natalia se hayan inextricablemente unidas. La escena final de Irlanda no deja indiferente a nadie. Natalia visita con su hermanita pequeña la tumba de Irlanda para contarle lo bien que le va en el colegio, sobre todo, al saber sus compañeros que ella es la prima de la maravillosa y tristemente fallecida Irlanda. Resulta sobrecogedor puesto que Irlanda, al saber que su prima iba a ir a su mismo colegio la había amenazado con hacerle la vida imposible. Ahora y por siempre, Natalia torturará a su prima muerta. Es esta una escena final asombrosa cuando menos porque se trata de un humano que atormenta a un espíritu. Si Natalia, a lo largo de la novela, nos pareció un ser como de otro mundo, ahora ya no nos cabe ninguna duda de que es un auténtico ser transracional.

Espido Freire maneja a su antojo su propio imaginario, con una desenvoltura extraordinaria. Sus obras están escritas cuidadosamente; todas ellas han sido concebidas como pequeños mundos en los que cada pieza encaja a la perfección dentro del engranaje, tal y como funciona un reloj. En sus relatos y novelas nada aparece por azar, no sobra ni falta una coma. Su estilo se basa en el mimo a la palabra, a diferencia de otros autores que descuidan la estilística en favor de lo narrativo o viceversa.

El relato que vamos a tratar ahora se encuentra publicado en una antología que reúne los cuentos de varios autores cuyo nexo común quizá sea la proximidad de sus respectivas edades. En la antología “Lo del amor es un cuento” encontramos el relato, “Sinfonía”, muestra magistral de la obra de esta escritora. Intentaremos analizar el texto para encontrar los mecanismos que Espido Freire ha utilizado para, una vez más, asombrar al lector.

La protagonista del relato es Bárbara Nomen, una muchacha huérfana que vive con sus extraños parientes en una enorme casa. Parece que esta familia arrastra una leyenda oscura, ya que las sucesivas muertes de sus miembros y la locura que acaba afectando a los que sobreviven los aparta del resto de la comunidad para envolverlos en el más absoluto de los misterios. De Bárbara se enamora Duncan, un joven abogado y, tras pedirle permiso a la muchacha, comienza el ritual del cortejo, en el que las visitas de Duncan a la extraña mansión poblada de habitantes maniáticos que nunca se dejan ver o que deliran en sus conversaciones, se suceden hasta que el misterio de la casa gris, que no dejaba ver el faro al resto de los habitantes del pueblo, se nos revela.

El comienzo del relato nos sitúa en una casa gris:

(...) flanqueda por dos inmensos magnolios de hojas polvorientas, la casa grande que impedía al resto del pueblo la visión del faro.1

La dimensión simbólica ya se encuentra presente en las primeras líneas y le sirve a Espido para crear el espacio mítico en el que desarrollará toda la acción. En este caso nos hallamos en un pueblo pesquero, en el que la vida pareció esfumarse con la desaparición de las ballenas, dejando tras de sí un bienestar plagado de abulia y melancolía. Los Nomen aparecen ligados a la propia figura de la ballena que trae a los habitantes del pueblo el recuerdo de tiempos más apasionados, más vitales. Un pasado que se recuerda con nostalgia. No podemos evitar recordar la historia de la ballena blanca más famosa de todos los tiempos: Moby Dick y sobre la que tantas páginas se han escrito a cerca de su interpretación simbólica como la lucha del bien y del mal, etc. En este caso las ballenas añoradas se relacionan con una familia: el nombre de Nomen, como puede apreciarse, no es una casualidad. Nomen significa “Nombre”en latín, pero en inglés “No - Hombres”, como Irlanda significaba “País de los Hielos perpétuos”, Natalia “La Recién Nacida”; como Gabriel lo relacionamos al punto con el arcángel. La literatura consiste en nombrar. Dios creó a sus criaturas y les dio nombre. Según Huidobro “el poeta es un pequeño dios”. Quizá la enorme casa de los Nomen es gris y misteriosa porque la envuelve el silencio, porque todos, allí, viven como fantasmas, exactamente igual que los espectros de las ballenas, cuya silueta ya sólo permanece en los recuerdos y en los sueños. El nombre de Bárbara, por otro lado, significa: “La extraña” pues “bárbaro” es el extranjero; y, automáticamente se nos viene a la memoria la figura del extraño, del otro, del extranjero no aceptado en el seno de una comunidad. Ejemplos de extraños pululan por doquier en la Literatura: El Extranjero, de Albert Camus o el protagonista de la novela de Benito Pérez Galdós, Doña Perfecta. Tampoco debemos olvidar a Santa Bárbara, a la que los pescadores adoran y veneran por tener poder sobre las tempestades, patrona de las profesiones de alto riesgo, que vivió en Turquía y a la que su padre encerró en una torre para prevenir un posible rapto, ya que era famosa por su belleza. Allí encerrada, la niña se dedicó al estudio, al cultivo del saber y esto provocó que se sintiese como una extraña en el entorno en el que era obligada a vivir. Un entorno en el que a una mujer no le estaba permitido pensar y decidir por sí misma. Su arrogancia le costó cara, su padre acabó cortándole la cabeza. Sin embargo, la ira de Dios la vengó fulminándolo con un rayo.

La luz que guía, el faro, no puede ser visto porque la casa lo impide. La luz es la resolución del enigma familiar que convierte casi en leyenda a la casa gris, y que sólo conoce el personaje de Bárbara, la Bárbara narradora que va enredando a Duncan, pues en este relato se juega con la figura narrativa más deliberadamente, quizá, que en Irlanda, como veremos más adelante. No debemos olvidar, sin embargo, que, en todo caso, quien mejor conoce los resortes de la propia composición literaria es la misma autora, y, por ende, esta figura del faro (amén de ser una figura fálica que, como veremos tiene una importancia decisiva) no sólo atañe como símbolo al mismo espacio narrativo en el que todo se desarrolla, para ser más claros: el símbolo del faro se refiere a la situación de la casa con respecto al pueblo, o viceversa, pero también a la propia figura narradora y cómo no, a la del autor, con respecto al lector. Por otra parte, el empleo de la figura de la casa, tanto en Sinfonía como en Irlanda se asemeja al realizado por Poe en “El hundimiento de la Casa Usher”, y al que también lleva a cabo Julio Cortázar en “Casa Tomada”. La destrucción psicológica de las dos protagonistas y el deterioro o derrumbamiento de la casa en la que moran corren parejos. Esta identificación del alma o lo psicológico con la palabra “Casa” vendría de muy antiguo pues ya San Juan de la Cruz hace uso de esta relación simbólica. Un ejemplo lo constituye su poema “Noche Oscura”. Este es el contexto en el que la trama se teje, y sólo hemos comenzado.

Pero, ¿cuál es la historia de esta familia? ¿Quién es en realidad Bárbara? Todo ello se nos va revelando poco a poco, con un crecimiento intenso y progresivo que estalla al final, tal y como Edgar Alan Poe recomendaba a la hora de escribir relatos. La autora nos ofrece, con su peculiar estilo basado en la sugerencia, un retrato de cada uno de los personajes. Pero, como ella bien ha afirmado en alguna de sus innumerables entrevistas, en este cuento, como en todo lo que ella escribe, nada es lo que parece. Y sólo hilando en el filo de lo sutil puede uno ir descubriendo la auténtica verdad que se esconde tras lo que los personajes callan, silencian, ocultan y que es todo aquello que los define y los arrastra a un destino previsible, absolutamente coherente, pero en la mayor parte de los casos trágico, pues así son las pasiones humanas, particularidad que caracteriza a las grandes obras de la Literatura Universal, sin ir más lejos, Shackespeare, a quien la autora conoce al dedillo.

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Artículo de Mónica Poza Diéguez. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero20/freire.html CopyLeft
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