Capitulos de este wiki
  1. 1 La obra narrativa de Espido Freire (I)
  2. 2 La obra narrativa de Espido Freire (II)
  3. 3 Bibliografía
  4. 4 Notas

La sugerencia de la trama o la magia narrativa de Espido Freire - La obra narrativa de Espido Freire (II)

2 - La obra narrativa de Espido Freire (II)

Artículo creado por Mónica Poza Diéguez. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero20/freire.html
07 de Septiembre de 2006

Nuestra andadura por la galería de personajes comienza por Duncan, el joven abogado que se enamora de Bárbara. Duncan parece un hombre prometedor que, a pesar de los halagos del abogado Lucien persiste en trabajar para su padre. La imagen que tiene de Bárbara es la de una muchacha tímida y silenciosa. La palabra clave que define la mirada de Duncan con respecto a Bárbara es: fragilidad. Este parece ser el motor del enamoramiento, y sería así, si lo que estamos leyendo fuese una novelita sentimental, con cierto arrobo romántico y un propósito absolutamente neo-costumbrista. Pero en el párrafo en el que se produce el encuentro entre Duncan, Bárbara y su tía Montana encontramos algunas sugerencias hechas por la autora: “la mirada indefinible de sus ojos líquidos”, ó “Montana permanecía en su mundo privado, absorta”. Lo que Duncan observa en la tienda, más allá de lo que un hombre alcanzado por la flecha de Cupido puede experimentar, es a una joven frágil de cuerpo y espíritu, acompañada por su tía demente. No es de extrañar, por tanto, que muestre interés por la historia de su vida. Lo que su madre le cuenta lo hace reafirmarse en su observación sobre Bárbara, ya que la chica es huérfana de madre, su padre había desaparecido hacía ya varios años y vivía:

(...) en una casa de parientes consagrados a sus extravagancias y sus recuerdos.2

Así, la joven había crecido:

(...)rodeada de locos que habían cedido a sus manías.3

Tampoco es de extrañar que Duncan, al llegar a su casa, se encierre en su despacho para investigar toda la documentación de que dispone sobre la familia Nomen, a través de la que no sólo conoce a cada pariente, sino también las propiedades de que disponen y, para su sorpresa, descubre que Bárbara, la muchacha tímida en la que nadie había reparado por su carácter y la rareza de su familia, es la heredera de una considerable fortuna. Por muy terrible que nos parezca, es esta y no otra la razón de sus sentimientos. La novelita sentimental se nos ha caído al suelo para hacerse pedazos.

Bárbara se acerca a él y, a partir de ese instante se formaliza el noviazgo. Pero los padres de Duncan aceptan a regañadientes este compromiso porque en el pueblo había crecido:

(...) la impresión de que los dueños de la casa gris habían brotado directamente de la tierra, como las vides, como la hiedra, enredados unos con otros y sin principio ni fin.4

En el párrafo que acabo de transcribir se intuye el lazo que une a los habitantes de la casa de los magnolios, ese lazo que ha constituido su desgracia, pero también su perpetuación y el mantenimiento de sus bienes: el incesto. Pero también se nos sugiere algo muchísimo más sutil y que sólo cobra su verdadero sentido en el desenlace. Pero continuemos con Duncan. En el breve párrafo que transcribimos a continuación la ironía perfila el auténtico rostro del joven abogado a quien lo único que le interesa es el dinero y su posición social:

Duncan no se ocupaba de esas cosas, absorto en la flor de cerezo que era Bárbara; se decía entonces que debía ser valiente, olvidar los comentarios crueles de sus padres y enfrentarse con las manos vacías y calientes a su destino, a la posibilidad de que algún día Bárbara pudiera perder la razón. No ignoraba que aun bajo los deseos de felicidad la gente podía ser cruel, que podía ser más difícil compartir su círculo que hacer mella en el corazón de una estatua, y aún más incierto...5

La probable locura de Bárbara lo convertiría en el heredero universal automáticamente, ahora bien, ¿de qué le serviría toda esa riqueza si por los prejuicios de la gente contra los Nomen se le negara medrar en los círculos sociales de más elevada categoría? ¿De qué sirve ser rico en la soledad de un viejo caserón repleto de fantasmas y locos?

La figura de Duncan es trascendental en este relato, no sólo por el antagonismo que representa con respecto a la protagonista, sino porque el lector, una vez que se adentra en la casa gris guiado por el narrador en tercera persona, lo observa casi todo a través de los ojos de Duncan. Afortunadamente para nosotros, lectores, nuestra propia posición como tales nos hace intuir la auténtica historia, a diferencia de Duncan que:

(...) sentía que le llevaría tiempo hilvanar una tras otra las distintas voces de la casa gris, comprender algo fuera de las sombras; sentía que era él, y no Raúl, el compositor de una gran sinfonía conjunta; y por un momento, mientras la casa le ocultaba el mar y el faro brillante, era posible que se sintiera como se sentía Montana, o como sentiría Miguel, si aún se contara entre los vivos: parte de la familia, un instrumento más de la casa gris.6

Para cuando Duncan consiga hilvanar todas esas historias, será demasiado tarde. Y, ante todo, se equivoca: Duncan no es el compositor, como, en realidad, tampoco lo es Raúl. Ambos, efectivamente, no son más que instrumentos, como se verá posteriormente.

En las visitas que Duncan realiza a la casa gris, toma contacto con los raros familiares de Bárbara. Allí, sentado en el sillón verde de la sala (qué magnífico guiño al Cortázar de Continuidad de los Parques), esperaba a que Bárbara se cambiara de vestido, charlando a trompicones deshilachados con la tía Montana, envueltos por la música obsesiva del tío Raúl, a quien su sinfonía lo mantenía tan ocupado que jamás salía a recibirlo. Una y otra vez repite sin descanso la misma composición hasta detenerse en un mismo punto. Bárbara le dice a Duncan que esto es así porque:

“Hace mucho tiempo que no continúa avanzando en la sinfonía. Se le marchó la sugerencia.7

Pero añade que:

Luego, de pronto, le dará término. Pero mientras tanto pierde el ánimo y no piensa en otra cosa.8

Por Bárbara sabe Duncan que el tío Raúl vive encerrado en sí mismo, obsesionado con crear una música que nunca antes se haya escuchado. También a través de ella sabe que el tío Raúl los espía a escondidas y que le molesta la llegada del joven porque ella, Bárbara, le ha pedido que no toque mientras están juntos en la casa; y que existen más composiciones, todas ellas tituladas con los nombres de los miembros de la familia. Es este un dato importante que no puede pasarse por alto porque, en realidad, todo lo que Duncan sabe de cada uno de los Nomen, es gracias a lo que Bárbara le relata, ya que ellos o están muertos, o divagan demencialmente, cuando no viven encerrados en una especie de autismo. En cualquier caso, parece ser Bárbara la comunicadora, la narradora, el puente que une a todos esos seres que están más allá de lo real, en un juego de espejos que Espido Freire maneja con harta soltura y gracias al cual se nos desmenuza entre los dedos la idea de un narrador absolutamente fiel y fidedigno, que narra con toda sinceridad y de cuya boca no salen más que verdades absolutas. Aquí, en este juego metaliterario queda patente la mirada enfermiza del narrador, o la mirada malévola, lo cual nos hace pensar que la literatura de Espido, además de ser fiel a la realidad crea sus relatos conforme al principio de verosimilitud, como ya ha apuntado Ángel García Galiano en una conferencia sobre esta autora, titulada: “La nueva narrativa bilbaína ante el tercer milenio”. Impartida en la Universidad de Deusto el 10 de noviembre de 2000.

La sinfonía en la que trabaja el tío Raúl se desliza en el relato como elemento que cohesiona y articula, pero también es un símbolo. Sinfonía no significa otra cosa que “ausencia de voz”, es aquella composición musical en la que no intervienen las voces, en la que sólo participan los instrumentos. El título del relato no ha podido ser más acertado porque en él se nos devela el misterio que lo entraña. Esta es la palabra clave, ya que el relato que nos ocupa no es otra cosa que una “sinfonía”. Efectivamente, el tío Raúl saldrá de su bloqueo y terminará su composición musical de forma rápida. De nuevo tenemos una referencia metaliteraria que nos avanza el modo en el que Espido Freire ha escrito el desenlace, siguiendo, repito, las consignas mantenidas por la mayor parte de los buenos escritores de relatos, entre ellos, Poe.

Pero continuemos con el resto de personajes. El tío Lear también vive recluido en un silencio desesperado y doloroso, causado por la muerte de la única mujer a la que logró amar, un amor jamás correspondido. Desde entonces vive dedicado a sus flores y a su enajenación.

De Montana sabemos por el narrador que a su ajuar

(...) hubo que darle precipitadamente otro uso.9

Y que tuvo un hijo, al que Bárbara está ligado de manera misteriosa y del que habla como de un mellizo, que murió pronto, llamado también Lear. Montana se dedica a recordar el pasado, los tiempos en que su hijo vivía, siempre de manera deslavazada, en fragmentos inconexos que no parecen tener sentido. Pero como el dicho popular reza: “Los borrachos y los locos siempre dicen la verdad”, así, encontramos detalles en las palabras de Montana, o en las del propio narrador que nos habla de ella, y que nos ayudan a conformar el mosaico. Algo extraño sorprende al lector cuando Montana, enajenada, dice:

Si no fuera por el viento que nos visita cada noche, esta casa se hundiría bajo el polvo. A Raúl le gustaba ver todo limpio y ordenado. Si encontraba motas se disgustaba, y luego me reñía. A mi sobrina no le decía nada, porque mi sobrina era como una criatura decorativa e inútil, y tan dulce que no necesitaba ser otra cosa. Me gustaría tener alguna ocupación perpetua, los pentagramas de Bárbara, como si yo fuese la única de esta casa a la que no repartieron una afición, un alma en pena que vaga en el silencio...10

Nos sorprende el pretérito con el que Montana se refiere a Raúl y más nos sorprende su alusión a los pentagramas de Bárbara. Sabemos, por otro lado, que Duncan:

Escuchaba, lejos, el grito de Montana, Montana que recordaba a su hijo bastardo, a su hijo muerto, o que tal vez sintiera lástima del ausente Miguel, con quien conoció el secreto de la ternura.11

Ahora podemos comprender por qué al ajuar de Montana hubo que darle un uso precipitado, ligado al tema de la relación sexual fuera del ámbito del matrimonio, con el consiguiente escándalo que esto pudiese provocar en la sociedad conservadora, puritana y no exenta de cierta santurronería propia de un pueblo cuyas distracciones seguramente se basarían en las historias tejidas a base de chismes, aparece el del incesto, ya que Miguel, el padre de Bárbara, y Montana eran hermanos. El párrafo citado más arriba lo explicitaba sobradamente al comparar los habitantes del pueblo a los Nomen con las vides o enredaderas. Este tema del incesto aparece ya en otra obra de Espido Freire. Concretamente, en la novela “Donde siempre es Octubre”, en el capítulo titulado: “Carbón”. Pero es éste un tema al que se recurre con frecuencia en la Literatura Universal, empezando por el incesto edípico, pasando nuevamente por Shackespeare, de la mano de Hamlet y la relación entre su madre y su tío, que da pie para el asesinato del rey, idea de la que parte esta tragedia y que es su eje central. Y así, un largo etcétera.

De la madre de Bárbara no se dice nada explícito, pero la protagonista nos da ciertas pistas al decirle a Duncan:

Fueron años terribles. Mis tíos, confusos y perdidos, buscaban amor y consuelo en mí, como había hecho mi padre, que continuaba presente, aunque hacía ya mucho que se había ido. La tía Montana paseaba su locura, el niño que se le había muerto. La tía me daba miedo. De pequeña imaginaba siempre así a las madrastras: oscuras, funestas, desgreñadas y pálidas.12

De este párrafo se extraen varias ideas, no sólo la hipótesis de que Montana matase a la madre de Bárbara por amor a Miguel, sino que también se intuyen los coqueteos a los que Bárbara se vio sometida tanto por parte de su propio padre, como de sus tíos Raúl y Lear. El lector comienza a sospechar el final terrible que Espido nos acerca muy poco a poco, nota a nota, avanzando en esta sinfonía como es la vida de Bárbara:

(...) una sinfonía inacabada. Como ha sido toda mi vida.13

En su charla con Duncan prosigue y dice:

Somos las mujeres las más infelices, ¿sabes? Criaturas al acecho de sus héroes, hilos tendidos entre la familia.14

Y no sólo eso, en realidad, algunas notas desperdigadas por el texto, incluso desde sus inicios, nos advertían con respecto a la protagonista Bárbara que:

Apenas se asomaba a las calles: cuando recogía hojas de los árboles, su figurilla menuda, vestida con colores claros, se confundía a través de los hierros negros de la verja con el resto de la casa (...)15

Recuérdese que recoger tiernas flores en literatura siempre ha sido un símbolo que expresaba locura en el personaje correspondiente. No hay más que echar mano de la Ofelia de Hamlet, que recogía flores, y que murió ahogada y loca, o Garcilaso de la Vega, que sitúa a su desgraciado pastor Nemoroso de la Égloga I recordando, en medio de su dolor ante la pérdida de la amada, los tiempos felices en que, como un presagio, él y su amada recogían flores. No en vano, la flor ha sido siempre símbolo de lo bello y dulce efímero.

La confusión entre la figurita menuda de Bárbara y la casa gris resulta primordial pues ya habíamos visto la relación entre psicología de la protagonista y el lugar en el que vive, y que redunda en el tema de la locura. Como ya adelantamos más arriba, la comparación de los Nomen con las vides y la enredadera en una confusión sin fin no sólo nos adelanta el tema del incesto, sino también el de una psicopatología de múltiple identidad materializada en dos gestos simbólicos. Uno, en el vestir y desvestir, entre biombos, casi podríamos decir que entre bastidores, como si de una obra teatral se tratase, que Bárbara lleva a cabo en sus ratos de charla con Duncan. Y el segundo, en la figura de los espejos de la galería de la casa gris, que le devuelven únicamente su reflejo, y que aparece justo al final del relato, cuando el lector ya ha resuelto el enigma. Otros datos que se nos dieron para completar la imagen de Bárbara, fueron su silencio y sus ojos líquidos.

El desenlace llega, efectivamente, tal y como Bárbara habló de su tío Raúl a la hora de encontrar la sugerencia que lo haga finalizar su composición musical:

Luego, de pronto, le dará término.16

Y así, de forma precipitada y explosiva, Espido Freire nos desvela el final de este cuento; ilustrativo en cuanto a su quehacer literario, además de ser magnífico, no creo que haya mejor forma de concluir este artículo que la propia literatura de su autora. Observen, por favor, el magistral empleo del estilo indirecto libre. Como conclusión cabe preguntarnos si, nosotros, lectores, no hemos sido engañados por la voz que nos ha tejido esta trama, si no es, como en el caso de Natalia, un narrador poco fiable y que justifica sus crímenes deformando la realidad de los hechos, unos crímenes cometidos al albedrío de la propia locura. Pues, a pesar de que este relato se encuentra narrado en tercera persona (a diferencia de Irlanda) todo nos lleva a la hipótesis de que no parece otra que la voz de Bárbara (enajenada de sí, fuera de sí misma, siendo “otra”, como cuando es alguno de sus parientes) la que nos ha compuesto, por tanto, ahora sí, una auténtica sinfonía en la que la locura no consistiría únicamente en una psicopatología de múltiple personalidad, causada por un acoso sexual de índole incestuoso; sino, ante todo, por la recreación imaginaria de tal acoso, es decir, se basaría, fundamentalmente, en una manía persecutoria asesina, de imposible justificación. La locura en estado puro. En tal caso, no cabría otra interpretación que la de que el lector, sin saberlo, gracias a esa desconcertante tercera persona (la de la “otredad” en Bárbara, sin duda), ha sido engañado, pues toda la historia fue vista a través, no de los ojos ingenuos aunque maliciosos de Duncan, sino a través de la mirada perturbada de Bárbara, que no cree en el amor de su pretendiente, sino en sus ambiciones más abyectas, como tampoco creyó, probablemente, en el amor filial que tradujo en un acoso sexual incestuoso, y que le lleva a matar sistemáticamente a todo hombre que se le acerca. El lector no puede sino sentirse “atrapado”. Para él, como para Duncan; como para todos los demás, fue “demasiado tarde”, la clave sólo la posee quien sabe la verdad, quien, lejos de vivir en sombras, ve la luz, la luz-guía de un faro.

Y así se despedía de Bárbara (...) como tantas veces, y pensaba en su rostro cuando la persuadiera (...). Pensaba que Bárbara lloraría, sin duda, imbuida de ideas erróneas (...), pero Duncan la convencería de que se equivocaba. Y ante el miedo a la locura él, Duncan, tomaría entre sus brazos a Bárbara, petalito al aire, y ella inclinaría la deliciosa cabecita sobre su hombro, preciosa Bárbara de ojos líquidos. Pero Bárbara no le veía marchar. Apenas Duncan desaparecía tras la verja, caminaba a través del jardín y retocaba matas, arrancaba hojas macilentas y cortaba algunas flores; cumplía con la tarea de Lear (...) entraba en la casa, se dirigía a la polvorienta habitación baja y durante varias horas tocaba el piano (...). No le preocupaba Montana, perdida y loca (...) pero Duncan regresaría al día siguiente, ansioso por la casa gris, ansioso por ella (...) como todos ellos, todos los hombres, se habían mostrado. Raúl, con el engañoso propósito de enseñarle a tocar el piano; Lear, que buscaba en ella consuelo a la indiferencia de la otra mujer, su padre, aburrido de Montana. Y Bárbara había aprendido con ellos a defenderse. Con el primo, aún joven, aún indefenso, a prevenir. Bajo sus pies, la madera crujía en la habitación silenciosa y los espejos del salón le devolvían entre sombras su reflejo. Duncan se marcharía (...) como se escapaba la vida por la herida abierta en el jardín de la casa gris. Y tras su marcha, ella podría concentrarse en la última parte de la sinfonía; podría dedicar sus tardes, como antes, no a aburridas veladas en el salón, no a fingir movimientos y ruidos en la casa vacía: observaría desde el jardín, desde las tumbas, el parpadeo constante del faro, sabiéndose la única del pueblo que podía hacerlo. Atisbaría el mar violeta en busca de ballenas olvidadizas. Y cerraba la puerta de la casa, la verja de la casa, con sus movimientos lentos y seguros, con la suave fosforescencia de sus ojos líquidos.17

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Artículo de Mónica Poza Diéguez. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero20/freire.html CopyLeft
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