Las posibilidades de la televisión y del cine se vieron extendidas con la invención del vídeo. Aunque este invento supuso para el segundo un perjuicio -reflejado en una disminución de la asistencia a las salas cinematográficas- ya que permite introducir el espectáculo en casa. A grandes rasgos, podrían decirse que los aparatos de vídeo: la cámara y el reproductor, poseen dos características fundamentales: por un lado, permiten la grabación de imágenes y, por tanto, la re-creación de la realidad, en un ámbito doméstico; y por otro, la reproducción, manipulación de dichas imágenes. Estos dos aspectos se tratan en las novelas de Ray Loriga y José Ángel Mañas, en las cuales, el vídeo -aunque no posee la relevancia de los otros dos medios audiovisuales que hemos estudiado- es nombrado y usado por los personajes. Estos últimos, además, expresan en algún momento, las posibilidades que estos aparatos les ofrecen.
El vídeo supuso un cambio en el sistema televisivo y cinematográfico, por su capacidad de ampliar para el usuario las posibilidades de situarse ante una imagen. Con este aparato, el espectador puede recibir imágenes sobre las que, en principio, no posee ningún control, y a la vez, almacenarlas, manipularlas y verlas cuando desee. El carácter efímero de las proyecciones del cine o la televisión se pierde con este nuevo medio. Las películas, que, vistas en la sala del cine requieren un mayor esfuerzo de la memoria para su retención, gracias a las cintas de vídeo, estas películas pueden tenerse en casa guardadas, como si estuviesen dormidas. Basta que el espectador lo desee para despertar todas las historias que viven en ellas. Una cinta de vídeo es una caja que almacena todo un mundo de emociones, que, al igual que un libro o un disco, se puede abrir y cerrar según el deseo del espectador en cada momento. Se trata, por tanto de un almacén de sensaciones. En Héroes, por ejemplo, el protagonista hace alusión explícita a esta ventaja del vídeo:
Cuando tuve mi primera cinta de vídeo sentí algo muy extraño: almacenaba sensaciones que antes perdía dos o tres días después de haber visto una película. Antes cuando iba al cine, trataba de retener la sensación de Al Pacino durante mucho tiempo pero siempre se escapaba y lo que quedaba era el recuerdo de la sensación y eso ya no es lo mismo. Con el vídeo puedes tener la sensación aislada como un virus, y recuperarla siempre que quieras. Como el que se pone su sombrero favorito. (Loriga, pp. 72-73)
Otra característica del vídeo a la que también se hace referencia en Héroes, es la manipulación que se puede hacer de las imágenes grabadas en este formato. El vídeo permite acelerar una imagen, ponerla a cámara lenta, pasarla hacia atrás o adelante, fijarla, repetirla o borrarla. Este hecho también se refleja en Historias del Kronen, ya que el vídeo y la televisión son compañeros inseparables del protagonista. Carlos tiene dos o tres películas predilectas que ve constantemente; a veces, sólo ve una escena, rebobinándola una y otra vez. Gracias al vídeo, Carlos puede empaparse de su dosis diaria de violencia (elegida a su gusto, además), y alimentar y aumentar su obsesión por ella: “rebobino la película. Quiero volver a ver la escena en la que Otis viola a su hermana.” (Mañas, p. 31) Lo mismo le sucede con las películas porno, que, junto al género anterior, es su favorito. Otra de las posibilidades del vídeo que se describen en Historias del Kronen es que éste permite simultanear el visionado de la película elegida con la realización de un acto real. Es lo que hacen Carlos y su amiga Rebeca con La Naranja Mecánica, en un momento de la novela, mientras tienen sexo. Esto permite mezclar y simultanear la sensación real con la que produce la película, aumentando la intensidad de las sensaciones experimentadas ante las dos situaciones: la ficticia y la real.
El segundo rasgo general del vídeo, al que me refería, está más bien ligado a la cámara, es el de convertir la realidad más cercana o la propia, en espectáculo. Este aparato -al alcance de casi todo el mundo- supone un remedio casero para todo aquel que desee aparecer en una pantalla y convertirse en “estrella” por un momento; aunque sea en magnitudes evidentemente más reducidas que las que ofrecen el cine o la televisión. Imágenes de un momento en la vida que pueden ser revividas en cualquier momento. El vídeo guarda fragmentos en movimiento del pasado, yendo, de este modo, mucho más lejos que la fotografía. En este caso se trata de la consideración del vídeo como el do it your self del espectáculo.
Respecto a la creación del espectáculo doméstico a través del vídeo, encontramos un buen ejemplo en Mensaka. David, uno de los protagonistas, hastiado de su vida, hace referencia al deseo de coger una cámara de vídeo y grabarse así mismo para demostrar al resto de la gente todo lo que tiene que soportar a diario y los motivos de su áspero carácter:
lo que tenía que hacer una mañana es llevarme un vídeo conmigo y filmar todo lo que me pasa y todo esto a nivel de reportaje durante un mes y luego me pegaría un tiro y todo el que viera el vídeo lo comprendería perfectamente. (p. 7)
Este ejemplo muestra que los personajes de estos libros saben, como cualquier ciudadano de nuestros días, que todo puede ser espectáculo, incluso la cotidianidad. Como se deduce del éxito que tienen el cine y la televisión acudiendo a estas fuentes. Esto ocurre porque, generalmente, el espectador va a adquirir aquello que puede reconocer, bien porque le sirve para identificarse con ello, o bien, porque le puede inducir a soñar que su vida cotidiana también puede ser interesante en el momento en que ésta se utiliza como inspiración artística. A esto se le añade uno de los rasgos típicos de la producción cultural actual: la democratización de la producción artística; todo es arte si el (supuesto) artista se lo propone y, además, tiene quien le avale en su empresa. Uno de los propósitos de la idea del todo vale es huir de una cultura elitista que sólo llegue a unos pocos. Como expresa Román Gubern “en el cambio de siglo, ya es posible afirmar que es arte cualquier cosa que decida designarse con ese nombre.” (El Eros electrónico, p. 56)
En el libro de Ray Loriga Caídos del Cielo aparece un ejemplo similar al de Mensaka. El narrador cuenta cómo su hermano grababa todo lo que hablaba la gente en la calle:
Él se levantó un día y grabó en una cinta todo lo que decía la gente por la calle. Teníamos un pequeño walkman con un micrófono que se podía disimular fácilmente debajo de la ropa. Se pasó el día dando vueltas, subiendo y bajando de autobuses y entrando en todos los grandes almacenes. Luego volvió a casa. Grabó cosas como: Nunca, puede que sí, a mí también me importa, todo lo que quieras y nada por ahora, sigo esperando, ... (Loriga, p. 57)
Es curioso el paralelismo en las dos novelas. En la primera ocasión con una cámara de vídeo y en ésta con una grabadora: imágenes y voces de uno mismo y de la gente, respectivamente. De este modo se confirma la idea de que con los audiovisuales, todo puede ser espectáculo, todo puede ser verdad o mentira, según decidan sus artífices. Y aún más lejos, con estos aparatos domésticos, los protagonistas ahora son los propios usuarios. Todo puede ser arte y todo el mundo puede protagonizar su propia creación. En Mensaka, el protagonista de la película es él mismo que al final acabaría suicidándose, “para que todos comprendan.” Viéndose así mismo como un héroe dentro de una sociedad que no lo trata bien, pero por la que morirá -delante de una cámara- para que los espectadores vean cuáles pueden ser las consecuencias del mundo en el que vivimos. De este modo se alza a sí mismo como una especie de mártir, de “Cristo posmoderno”.
Al protagonista de Caídos del Cielo le interesa el mundo de la calle, el de la gente anónima. Las cosas que graba no tienen conexión entre ellas; son más bien un collage de sonidos y frases sueltas que recogen pensamientos o sentimientos de los transeúntes. Sin embargo, el chico redondea su obra con un principio y final: “Te quiero” y “ya no te quiero.”