Lo moderno se hace tradición con el rostro cruzado de interrupciones. De cada llaga de la ruptura brota el comienzo. La tradición lleva dos marcas: la de la irrupción en el presente de una idea que barre con la anterior, y la de estar hecha de momentos de ruptura fragmentados. Nuestra modernidad está constituida por la sucesión de tradiciones, de la polémica y de la agonía de ellas, de manifestaciones momentáneas de actualidad, condenada a ser siempre distinta.
Sin embargo, nuestra modernidad no se distingue únicamente por la novedad y la sorpresa, sino que por la continuidad de la interrupción, la crítica al pasado inmediato.
La ruptura es un cambio en el horizonte -estético, eidético- hecho por la negación de la tradición y que lleva una nueva propuesta, que puede ser tanto la invención nunca antes imaginada, como lo milenario, que se presenta como resurrección de civilizaciones desaparecidas.
Dado que Paz plantea que aún vivimos la generación de la ruptura. No pertenecemos al postmodernismo, sino al ultramodernismo, en que cada sujeto perteneciente a ella parece haber tomado la tarea de la ruptura como símbolo ya no sólo de identidad, sino de crecimiento, de liberación. La tradición moderna borra las oposiciones entre lo antiguo y lo contemporáneo, lo cercano y lo distante, debido a la crítica, enamorada del instante presente e irrepetible. Percibimos la aceleración del tiempo histórico, por el crecimiento del número de acontecimientos que se da en él o de los que nos enteramos. A la vez, la rápida sucesión de cambios y revoluciones estéticas nos hace advertir la continuidad de las rupturas.
Como secreta unidad y creador, principio del cambio y oposiciones culturales, se asienta la figura del hombre, la naturaleza humana. Observando nuestra historia ¿Estamos volviendo al antropocentrismo? Quizás este sustento permanece inalterado ante la furia de la oscilación histórica. Nuestra tradición moderna se distingue por la expresión del cambio como fundamento. Tal vez nuestra imagen del tiempo cambió cuando nos hicimos conscientes de la tradición, pues al hacerlo, fuimos capaces de interrogar nuestro pasado sin quedarnos en el mero lenguaje vivido y expresado desde la tradición. Fuimos capaces de un metalenguaje, de indagar desde fuera de un tipo lógico, avanzar a uno que lo contuviera. Para explicar esto, recurro a Gregory Bateson (1976), quien planteaba que la paradoja es una “contradicción que resulta de una deducción correcta a partir de premisas congruentes”. En la paradoja nos hallamos en una regresión infinita, en donde algo es falso cuando es verdadero y, a la vez, verdadero cuando es falso. Según la teoría de los tipos lógicos de Russell y Whitehead, todo lo que incluye a la totalidad de un conjunto no debe ser parte del conjunto. Se establece un orden jerárquico riguroso de los niveles de abstracción en el manejo de los conceptos de la lógica. Se concluye que una clase no puede ser miembro de sí misma ni un miembro de la clase puede ser él mismo la clase. Existe discontinuidad conceptual entre la clase y sus miembros, ya que cada uno se ubica en un tipo lógico distinto en la jerarquía de tipos. La clase es de un tipo lógico superior a la de sus miembros. Adjudicar incorrectamente una propiedad particular de los miembros a la clase o viceversa, son errores de tipificación lógica que generan paradojas. La teoría de los tipos lógicos plantea la posibilidad de que la realidad está estructurada en una jerarquía creciente de niveles de abstracción, la cual al ser transgredida genera confusiones y situaciones insostenibles.
De la paradoja sólo es posible escapar mediante la metacomunicación, la metaobservación. Sólo al ver las cosas desde un nivel diferente se es capaz de proponer una realidad nueva, alejada de las contradicciones, con la clave del cambio. Esta observación debe asumir que es realizada por un observador, y que de ahí parte, ni más ni menos, sin adjudicarse la superioridad emanada de una supuesta observación objetiva y esterilizada. Implica una autoconsciencia, la de no sólo vivir dentro de una tradición, sino saberse dentro de ella. Desde ahí es posible cambiarla y ser dueño de la libertad de una nueva proposición.
La heterogeneidad de nuestra tradición de la ruptura se opone a la unidad del tiempo que está después de los tiempos. Rechaza el cese de las contradicciones y prefiere leer en ellas su porvenir.
Para miembros de culturas orientales, nuestro triunfo y perfección es siempre ideal e incompleta, insuficiente, ya que no es lo que es, sino lo que será. Las utopías.
La ruptura como forma de avance, llevada a ciertos extremos puede hacernos caer. Estamos acostumbrados a movernos en un mundo dividido por líneas imaginarias, que enfrentan como en lucha a fenómenos o seres. Hemos transformado la diferencia en oposición. Hombre-naturaleza, hombre-mujer, blanco-negro, imperialismo-comunismo, etc. Haciendo que el hombre crea que los fines a largo plazo de sobrevivencia como seres-en-su-acontecer (o seres-en-el-mundo, según Heidegger) que se basan en la cooperación, sean reemplazados por los fines a corto plazo, que significan batalla, lucha, competencia.
Cuando el objetivo personal es estar del lado de la línea que es aceptable separándose del resto, surge el prototipo de hombre exitoso en la sociedad y surge la proyección de la hostilidad y violencia en quienes quedan “al otro lado”, sus no-yo, de modo que se les considera merecedores de castigo y explotación.
La ruptura como oposición en todo ámbito humano puede crear situaciones en las que, al final, todo se resuelve en una conversación de poder.