Capitulos de este wiki
  1. 1 La ruptura de los arquetipos históricos en nuestra época
  2. 2 Lo moderno no es sólo novedoso, sino heterogéneo
  3. 3 El concepto de la tradición de la ruptura
  4. 4 Bibliografía

La tradición de la ruptura de Octavio Paz - La ruptura de los arquetipos históricos en nuestra época

1 - La ruptura de los arquetipos históricos en nuestra época

Artículo creado por Claudia Martínez Rayo. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero26/ruptupaz.html
29 de Septiembre de 2006

Según el poeta Octavio Paz (México 1914-1998), nuestra singular sociedad actual ha inventado la expresión de la tradición moderna como un signo de búsqueda de fundamento en el cambio, y ya no en el pasado o algún principio inmóvil.

En la división tripartita del tiempo, para las sociedades primitivas el arquetipo temporal que modela el presente y el futuro es el pasado inmemorial, que emana y confluye en el presente, haciéndose la única actualidad valedera. El rito lo trae siempre a la memoria y evita la intromisión del cambio. La permanencia se refleja en las normas sociales. El tiempo suprime la variación y al recrearse y repetirse, este tiempo se transforma en presente. Lo que se vislumbre que suceda no causa incertidumbre, es aquello que fue y que debe seguir siendo. La norma ajusta la acción y lo que se busca es la inmutabilidad de un tiempo eterno, un tiempo sin tiempo, situado en los orígenes, para imitarlo eternamente. Las sociedades primitivas imaginaban un más allá, al que querían aproximarse permanentemente, concibiéndolo como un tiempo en reposo que ya no cambia porque ha dejado de fluir, o que fluye interminablemente, pero que siempre guarda celosamente el principio de identidad. La historia es caída, traición y distancia del tiempo perfecto. El tiempo pasado debe animarse, ser, nacer, crecer y morir para renacer. La recurrencia elimina la muerte como absoluta desaparición. Al contrario, la historia se presenta como una decadencia mortal. El único modo de escapar de ello es el eterno ciclo. La renovación no significa innovación, sino la seguridad de que al final del ciclo, lo único que espera es el pasado original. Así, futuro y pasado se fusionan.

Los cristianos también contemplan una eternidad, pero la vuelta a aquel paraíso perdido la sitúan al final de los finales, cuando tras el juicio apocalíptico cada hombre y mujer se haga uno con la divinidad, admirando el rostro iluminado de su creador. El tiempo en que apareció tal revelación rezumaba el temor del fin de los tiempos, de ahí que el número de quienes se acurrucaron bajo sus alas protectoras fuera grande, pues ofrecía una respuesta individual a la propia muerte. Frente a una solución pagana de un tiempo circular infinito e impersonal, el cristianismo se ofrecía como un ciclo temporal finito y personal. Al final, y por esos incomprensibles designios que sólo la divinidad conoce, el tiempo de abominación y pecado desenfrenado -así como de sus hijos, el sufrimiento y la culpa- tiene su desenlace en el fin de los tiempos, en la muerte de la muerte misma. La tregua ofrecida a la decadencia por el eterno retorno tenía su contrapartida en el premio o la condena final, donde una presencia iba a estar esperando a cada uno de los seres humanos que existen y que alguna vez existieron. Lo central no es el cosmos del mundo, su orden, sino que el cosmos individual que se alcanza al final. Al llegar a la unión divina, la idea de un re-comienzo se hace absurda para los cristianos: el tiempo es irreversible.

Antes del cristianismo, en culturas occidentales, chinas y mesoamericanas, se simbolizaba la edad dichosa con signos áureos y de jade, representando el tiempo condensado o el renacimiento desde la putrefacción, el pasado que regresa y en que se conjuga todo el tiempo en un instante. Los accidentes y aparentes sucesos únicos pierden su sorpresa, y se conciben como momentos inexorables. Citando a Milan Kundera (1984) “el mito del eterno retorno viene a decir, por negationem, que una vida que desaparece de una vez para siempre, que no retorna, es como una sombra, carece de peso, está muerta de antemano y, si ha sido horrorosa, bella, elevada, ese horror, esa elevación o esa belleza nada significan (...) la idea del eterno retorno significa cierta perspectiva desde la cual las cosas aparecen de un modo distinto a como las conocemos: aparecen sin la circunstancia atenuante de su fugacidad. Esta circunstancia atenuante es la que nos impide pronunciar condena alguna. ¿Cómo es posible condenar algo fugaz? (...) demuestra la profunda perversión moral que va unida a un mundo basado esencialmente en la inexistencia del retorno, porque en ese mundo todo está perdonado de antemano y, por tanto, todo cínicamente permitido (...) En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso una insoportable responsabilidad”.

Ante la cuestión de la salida del círculo del tiempo, los habitantes de la India la resolvieron reduciéndola a la ilusión, con dos variaciones: la negación del tiempo en el ser inmóvil igual a sí mismo siempre (brahmán) y la vacuidad inmóvil (nirvana). Ambas realidades más allá del ser, del tiempo y del lenguaje, son sólo una disipación de los ciclos.

El arquetipo del pasado atemporal primitivo, el tiempo cíclico, la vacuidad budista, la inmovilidad brahmánica y la eternidad cristiana, tienen en común el principio único de ser intentos de minimizar o acabar con los cambios. Ante la pluralidad de la sucesión temporal, oponen la unidad de lo diverso. Las consecuencias son, por un lado, la anulación del paso del tiempo, y por otro lado, la presencia de las edades del mundo, en una espiral que conjuga los tiempos en un presente eterno.

La época occidental moderna, que carga con la visión temporal lineal del cristianismo, se opone tanto a ésta como a las visiones cíclicas, dejando de lado la tradición de lo inmutable. Se exalta el cambio, el futuro como novedad y base, ya no en el presente ni en lo que ya fue, sino en el evasivo futuro que se cree vislumbrar, pero que no ha sido visto, fugaz. Al no situar lo conocido delante, nuestra época vive en la incertidumbre, intentando vaticinar lo que acontecerá y que sabe que no le tocará vivir, porque está más allá de la propia vivencia. Lo que maravilla es el cambio, los procesos. Nada será como fue y, por lo tanto, todo es posible. El presente se hace evanescente, inasible. De allí la vertiginosidad que puede desestabilizar a quien se dedica a observar lo que no permanece. Para ello, sólo basta mirarse al espejo.

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